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Full text of "Adan y Eva (Ciclo): Doña Milagros"

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OBRAS COMPLETAS 

DE 

EMILIA PARDO BAZÁN 

TOMO XI 



ADÁN Y EVA 
(ciclo) 

IDO$TJ±. MILA&ROS 



OBRAS DE EMILIA PARDO BAZÁN 



NOVELAS 
Pascual López, 3. a edición, un volumen. 
Un Viaje de Novios, 3. a edición, un vol. 
La Tribuna, 2. a edición, un vol. (3 pesetas.) 
Una Cristiana , un vol . 
La Prueba, un vol. 

La Piedra Angular, un vol. (3 pesetas.) 
Los Pazos de Ulloa, 2. a edición, un vol. (3 ptas.) 
La Madre Naturaleza, 2. a edición, un vol. (3,50 ptas.) 
Cuentos de Marineda, un vol. (3 ptas.) 
Insolación y Morriña, un vol. (3,50 ptas.) 
Cuentos nuevos, un vol. (3 ptas.) 

CRÍTICA É HISTORIA 

San Francisco de Asís (siglo xm), 2. a edición, dos 
volúmenes. 

La Cuestión Palpitante, 4. a edición, un vol. (3 pe- 
setas.) 

La Revolución y la Novela en Rusia, 3. a edición, 

un vol. (3 pesetas.) 
De mi tierra (Galicia), un vol. (3 pesetas.) 
La Leyenda de la Pastoriza. (Agotada.) 
Estudio crítico sobre Feijóo, un vol. (Agotada.) 

LOS PEDAGOGOS DEL RENACIMIENTO. 

El Padre Luis Coloma. (Biografía y estudio crítico.) 
Pedro Antonio de Alarcón. (Biografía.) 
Los Franciscanos y Colón. 

Polémicas y estudios literarios, un vol. (3 ptas.) 

VIAJES 

Mí Romería, un vol. (2 pesetas.) 
Al pie de la Torre Eiffel, un vol. 
Por Francia y por Alemania, un vol. 

POESÍA 

Jaime (poema), un vol. (Agotada. ) 



Nuevo Teatro Crítico. Años 1891 , 1892 y 1893 , 30 nú- 
meros. 



EMILIA PARDO BAZÁN 

OBRAS COMPLETAS. —TOMO XI 

ADÁN Y EVA 

(CICLO) 

DOÑA MILAGROS 




ADMINISTRACIÓN 
calle de S. Bernardo, 37 , principal, 
MADRID 



Es propiedad. 
Queda hecüe el depósito 
que marca la ley. 



Agustín AvriaL, impresor. — San Bernardo , 92. 
Teléfono 3.0» 4 



ADAN Y EVA 

(CICLO) 



PRÓLOGO EN EL CIELO 



El Héroe (deteniéndose en el umbral de la 
gloria).— Señor de cielos y tierra, ¿es ver- 
dad que voy á entrar en la mansión de los esco- 
gidos? Apenas me atrevo á creer tamaña ventu- 
ra. ¿Cuál es han sido mis merecimientos, Señor, 
para que te dignes mirar con indulgencia á tu 
siervo? ¿Yo en la gloria? ¿Yo entre santos, 
mártires, confesores y vírgenes, tronos, jerar- 
quías, potestades y dominaciones? 

Voz del Espíritu de Dios (que sale de una 
ardiente nube). — No estarás entre los santos, 
ni entre los vírgenes, porque no lo eres. En- 
tre los mártires y confesores bien podrías , pues 
algún martirio padeciste y algunas veces me 
confesaste. Si sólo los santos entrasen en el cie- 
lo, muy solitaria se hallaría mi mansión. La 
santidad, como el genio luminoso y la belleza 



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DOÑA MILAGROS 



soberana, es patrimonio de pocos. ¿Has ima- 
ginado tú que Yo crié, perfeccioné y redimí 
al género humano para destinarle á condena- 
ción eterna, verle retorcerse en el fuego del 
Purgatorio ó aullar en los braseros del Infierno? 

El Héroe (transportado de alegría). — Señor, 
es cierto que si pequé, mi corazón no es el de 
un malvado. Yo deseaba guardar tus manda- 
mientos, aunque no los he guardado siempre, 
y en Ti he creído y esperado con firmeza. Nun- 
ca, aun en medio de las pruebas que te dignaste 
enviarme, se entregó mi alma á la negra de- 
sesperación, ni osó desconfiar de Tu providen- 
cia, ni censurar Tu obra, ni renegar del don 
precioso de la vida que otorgaste á Tus criatu- 
ras. No te serví con el celo y fervor que de- 
biera; pero Tú sabes que no he sido impío. Sin 
embargo, estoy confuso... Nada hice bueno, y 
algo malo sí... i Algo muy malo!... 

Voz del Espíritu (suave, armoniosa y mu- 
sical, como si brotase de los registros más de- 
licados de un órgano).— Has amado mucho. Re- 
cuerda que á quien mucho ama, mucho se le 
perdona. Tu corazón fué un foco de ternura. 
Eres el Padre, por otro nombre el Pelícano. En 
tus párpados hay huellas de llanto y señales de 
prolongadas vigilias. En tus manos no veo ni 
oro ni jirones de honra. Abrelas... Están va- 
cias. En una de ellas... 

El Héroe ( temblando , lloroso y contrito). — 
Señor, Tú que todo lo comprendes, ¿no distin- 
gues esta... esta manchita... así... roja?.., ¡Mise- 
ricordia, Señor... Misericordia de mí! 



POR E. PARDO BAZÁN 



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Voz del Espíritu (grave y serena).— No; no 
la distingo. La vi cuando cayó. Después la ha 
borrado tu constante arrepentimiento. 

El Héroe (respirando y enajenado de gozo). 
— ¿Con que no soy asesino? ¿No soy crimi- 
nal? 

Voz del Espíritu (misteriosa y lejana).— El 
hecho descarnado nada significa para mí. Mi 
justicia no se parece á la que tú conociste allá 
en el mundo. El beso de Judas fué asesinato; el 
tajo de Pedro, que cercenó la oreja á Maleo, 
fué caricia. Cuando Pedro desenvainó la es- 
pada, rebosaba amor por mi Hijo. Intenciones, 
motivos, pensamientos... Hechos no. El hecho 
no existe en estas regiones. El hecho es la cás- 
cara de la realidad. 

El Héroe (creyendo soñar).-— ¿He matado y 
estoy sin culpa? 

Voz del Espíritu (clara y firme). - He medi- 
do y pesado los móviles de tu falta. Ya has ex- 
piado viviendo. El que mata y vive, expía. Con 
todo, aún te queda una penitencia que cum- 
plir. Antes de entrar en el goce de la beati- 
tud, bajarás otra vez á la tierra y escribirás tu 
historia, para bien de algunos de tus seme- 
jantes. 

El Héroe (asustado).— ¡Señor ! ¡Escribir! No 
ignoras que nunca aspiré á la gloria literaria. 
Ni aun he combatido en el estadio de la prensa. 
Es decir... Para que no se ría el diablo de la 
mentira, recuerdo haber puesto dos ó tres co- 
municados en el Grito Cantábrico y en el 
Nautiliense , cuando el ayuntamiento de Villal- 



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DONA MILAGROS 



ba, contra toda ley y razón, se empeñó en ex- 
propiarme... 

Voz del Espíritu (benévola). — Ahora es 
asunto de mayor importancia. La narración de 
tu vida tendrá forma novelesca. 

El Héroe (más incrédulo que antes, temiendo 
ser víctima de una pesadilla).— ¿Noveles... ? 

Voz del Espíritu (enérgicamente).— Nove- 
lesca. 

El Héroe (á dos dedos de la más satánica re- 
beldía).— Señor, ¿eres Tú quien me mandas ha- 
cer una obra novelesca? ¿Una novela, hablando 
pronto? ¿Es Tu voz ó es la de Lucifer la que 
escucho? ¿Yo que me he pasado la vida tapando 
los agujeros por donde pudiesen deslizarse en 
mi casa esos libros nefandos y pestilenciales , á 
fin de que no se posasen en ellos ¡ay de mí! los 
ojos de mis amadas hijas? ¿Yo que he cazado 
folletines como quien caza serpientes? Ya sé 
que, según dicen, las novelas de ahora no se 
parecen á las de antes; pero tengo entendido 
que aún son peores, porque rompiendo todo 
freno presentan la vida humana con repug- 
nante desnudez, y la fotografía pornográfica 
más descarada no llega adonde llegan tan as- 
querosos librotes. Pornográfica es palabra de 
un amigo mío sumamente ilustrado... que me 
dijo que así debían calificarse... 

Voz del Espíritu (con lentitud solemne).— 
Obedece y calla. Yo soy la Verdad, la Belleza 
y la Bondad juntas , y nada de lo que ha sido 
hecho se hizo sin Mí. En Mí está la Vida, y la 
Vida es la luz de los hombres. 



POR E. PARDO BAZÁN 



9 



El Héroe (para sí, aturdido).— Esto se me 
figura que lo dicen en la misa... 

(Desvanécese la ardiente nube , y aparece 
otra nubecilla nacarada, y cabalgando en ella 
un angelito muy risueño, pálido, que representa 
unos cuatro años de edad.) 

El Angelito (al Héroe).— Ven conmigo. Yo 
te guiaré á que cumplas tu expiación , como 
manda Papá del cielo. ¿Qué? ¿no me conoces? 
¿ya no te acuerdas de mí? 

El Héroe (haciendo pantalla con la mano).— 
No... digo, sí... se me figura... no sé... 

El Angelito.— ¡Si soy tu Moncho, tu Ramón, 
el que se cayó del tercer piso por un descuido 
de la niñera y se hizo tortilla contra las piedras 
de la calle! 

El Héroe (conmovidísimo).— ¡Hijo de mi al- 
ma! ¡Monchito! ¡Válgame Dios! ¡Quién iba á 
conocerte con esas alas tan cucas , y esa clari- 
dad que te rodea, y esa cara de bienaventurado! 
¡Ay! ¡Dichoso tú! ¡Si supieses las horas que 
pasé cuando te subieron sin vida, caliente aún 
tu pobre cuerpecito ! No estabas nada desfigu- 
rado, ni tenías roto nada, al parecer... Sólo 
un cuajarón de sangre debajo de la naricilla... 
¡Qué de besos te di! ¡Infelices padres los que tal 
ven! 

El Angelito (riendo). — Pues ahora consué- 
late, papá. Suerte como la mía... El trago fué 
para ti. Yo, tan contento. Nada me dolió: duró 
aquello un instante , y creo que ya llegué 
muerto á las losas. Aquí nada me falta. Tengo 
una legión de compañeritos, y jugamos á la pe- 



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DOÑA MILAGROS 



Iota y al volante con unas estrellas más lin- 
das... Ahora, á la tierra. Agárrate á mis alas. 
No, si están muy fuertes; no me las arrancas ni 
tú ni diez como tú. Así... fuera miedo. 

El Héroe (al atravesar el tercer cielo).— Se 
va muy bien... me parece que soy pájaro y que 
he volado toda mi vida. Pero oye... Contigo 
tengo yo más confianza para hacer ciertas pre- 
guntas. ¿Es posible que Dios, sobre mandar 
escribir una novela , que ya es cosa bastante 
rara, se lo mande á quien ni tiene facultades, 
ni costumbre, ni...? ¿Cómo empezaré? ¿Sabes 
que me da en qué pensar? ¿Irá bien si empiezo: 
"En una serena tarde del mes de Julio...?,, 

El Angelito (riendo á carcajadas).— Jesús, 
papá... Le cuelgas á Dios unas tonterías... Tú 
no tienes que escribir la novela. Basta con que 
la inspires. Yo te llevo á casa de un novelista 
de profesión; te acercas á su oído y susurras; 
"Mire V. , cuando vivía hice esto, aquello y lo 
otro; pensé así, sentí asado...,, Y basta. El se 
encargará del resto. 

El Héroe.— Eso mismo dudo que pueda ha- 
cerlo de manera que el novelista saque algo en 
limpio de mi historia. Yo sé bien lo que me ha 
sucedido y lo que sentí allá por dentro ; pero 
hijo, las explicaderas... 

El Angelito (con ternura).— Papá, ya verás 
cómo así que te llegues al novelista se te 
despabila el meollo y ves claramente muchas 
cosas que en vida no entendiste ; y además te 
entran una franqueza y una elocuencia tales, 
que declaras los móviles de tus acciones más 



POR E. PARDO BAZAN 



I I 



leves y ensartas los pormenores de los sucesos 
más insignificantes de tu verdadera historia. Y 
ai irlos refiriendo, adivinarás la coordinación 
secreta de los efectos y sus causas en la vida... 
Has de pegarte algún cachete en la frente. ¿No 
ves cómo hablo y discurro yo, desde que subí 
al cielo? 

El Héroe (algo amostazado). —Bien, obedez- 
co... pero conste que no me explico esta orden 
del Señor... En fin, quien manda, manda. 

El Angelito. — ¡Ay, papá, qué descontenta- 
dizo! ¿Preferías un añito de Purgatorio? 

El Héroe.— Yo qué sé... Ahora enciérrese 
V. en el cuarto de un escribidor, que será algún 
tugurio, y el dueño tal vez un perdis rematado... 
Me mirará por encima del hombro; me juzgará 
con dureza, y escudriñará impúdicamente el 
alma de mis desventuradas hijas. 

El Angelito (partiéndose de risa).— ¡Qué 
gracia, papá, qué gracia! Cuando veas á dónde 
te conduzco... 

El Héroe (colgado del ala de su hijo y mi- 
rando hacia abajo). — ¿Qué es esto? ¿No es Ma- 
rineda la ciudad que se extiende allá... sobre 
el azul? ¿No es esa la bahía redondeada en for- 
ma de concha, la torre del Faro, los amenos 
jardines del Terraplén? El corazón se me sale 
de alegría. ¿No es aquella la chimenea de mi 
propia casa? 

El Angelito (cariñoso).— Sí , papá... pero no 
la mires... Ahí no has de volver nunca. 

El Héroe (con ansia).— Dos minutos... Ver- 
las... ¡Por caridad! 



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DOÑA MILAGROS 



El Angelito.— No puede ser. Tu expiación 
comienza. 

El Héroe (afligido).— ¿A dónde me guías ? 

El Angelito. — ¿Ves aquel caserón antiguo 
del Barrio de Arriba? ¿Balcón con palma en el 
primer piso...? 

El Héroe.— ¿Galería en el segundo? 

El Angelito.— Justo... ¿Ves dos ventanas del 
tercero abiertas? ¿Una gran mesa... estanterías, 
libros, cachivaches, plantas, flores? ¿Una mujer 
que atraviesa la habitación con un violetero 
lleno de violetas en la mano...? 

El Héroe (admirado y gozoso).— ¡Ah!... de 
modo... con que es ahí... Ya... Claro... Respi- 
ro... Al menos hablaré con una persona del 
mismo Marineda, una señora, un alma com- 
pasiva... Ya sabrá ella parte de mi historia. 

El Angelito.— Anda, papá... Es preciso que 
entre allí tu espíritu antes de que se cierre la 
ventana... Va á llover y tengo mucha prisa de 
regresar al cielo. En este clima tan húmedo no 
hay modo de vivir sin paraguas, impermeable 
ó cosa así. Cuélate pronto... y abur... ¡Hasta 
luego! i Que ya cierran la vidriera...! 

El Héroe (desde el alféizar de la ventana).— 
Hijo mío, no te mojes... Arrópate bien en la 
nube... Mira que los catarros, ahora en esta es- 
tación... 

El Angelito (con risa argentina y encanta- 
dora).— Abur, abur. Volveré por ti cuando esté 
terminada la última cuartilla. 



DOÑA MILAGROS 



i 



En la pila bautismal me pusieron el nombre 
de Benicio. Por el lado paterno llevé el ape- 
llido de los Neiras de Villalba, pueblo digno de 
eterno renombre, donde se ceban los más sucu- 
lentos capones de la Península española. En el 
escudo de mi casa solariega, sin embargo, no 
campean estas aves inofensivas, sino un águila 
coronada y un par de castillos de sable sobre 
campo de gules. Tales zarandajas heráldicas no 
impidieron á mi padre, el mayorazgo, casarse 
con la hija de un confitero y chocolatero natu- 
ral de Astorga, establecido en los soportales 
de la Plaza de Lugo. Era mi padre (Dios le 
haya perdonado) algo antojadizo y terco y bas- 
tante libertino; y como la recia virtud de mi 
madre no consintió rendirse á sus asaltos, á 
contrapelo de toda la familia la hizo su esposa. 



14 DOÑA MILAGROS 



Yo creo que en tan desigual enlace quien 
salió perdiendo fué la confitera. Poseedora de 
las cualidades morales que faltaban á su ma- 
rido ; hacendosa , recta y cristiana á carta ca- 
bal, mi madre vivió sola, despreciada, mal- 
tratada, y faltándole cariño, consagró el suyo 
entero á mi hermana y á mí. Digo mal : yo fui 
el preferido, el único amado tal vez, porque mi 
hermana, que pecaba de intrigante y chismo- 
suela, fué desde pequeñita el ojo derecho de mi 
padre. Mi niñez corrió triste , viendo á mamá 
esconderse para llorar por los rincones de la 
casa, y echándome á temblar cuando papá gri- 
taba y maldecía y soltaba cada terno que se 
venía abajo la bóveda celeste; pues una de las 
peores mañas del autor de mis días era jurar 
como un carretero desde que abría la boca; y 
recuerdo que mi madre me inculcó el odio á tan 
feo vicio, hasta hacerme caer en el extremo de 
considerar los juramentos, las blasfemias y las 
palabras soeces como el mayor y más estúpido 
pecado que puede cometer el hombre. Esta y 
las demás enseñanzas de mi madre se me gra- 
baron indeleblemente, viniendo á ser la base 
de mis convicciones y principios ; así como en 
el fondo de mi carácter quedó una blandura y 
un apocamiento, que atribuyo á haberme enso- 
pado y reblandecido el corazón los terrores y 
las lágrimas maternales. Mi madre era mujer 
chapada á la antigua, é hizo predominar en mí 
el elemento tradicional sobre el innovador, 
porque (ahora lo discierno claramente) no ca- 
bía en sus facultades equilibrar los dos de tal 



POR E. PARDO BAZÁN 



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manera que yo me encontrase en condiciones 
favorables para vivir en la época que Dios había 
señalado á mi paso por el mundo. Aprendí de 
mi madre la probidad, el horror á las deudas, 
el respeto de los contratos y de la honra de las 
mujeres, la modestia, la economía, la frugali- 
dad, la veracidad, virtudes que adornan á la 
grave raza castellana, aunque se atribuyan en 
general á la ibérica. También me fué inculcado 
por mi madre otro sentimiento nada común en 
la sociedad actual: una consideración profunda 
por las personas de elevado nacimiento, unida 
á cierto democrático individualismo y á mucha 
llaneza con los inferiores. En cuanto á la ense- 
ñanza religiosa, por entero la debí á mi madre: 
ella me obligó á aprender de memoria el Cate- 
cismo, me hizo rezar diariamente el Rosario, 
me leyó en el Año Cristiano las vidas de los 
Santos y en el Kempis los capítulos referentes 
á la resignación, á la humilde sujeción, al hom- 
bre bueno y pacífico, á la tolerancia de las inju- 
rias, al puro corazón y la intención sencilla. 
Tales doctrinas prendieron en mí maravillosa- 
mente : sin duda existía oculta conformidad 
entre ellas y mi carácter; por lo cual llegué á 
imaginarme (a posteriori) que me hubiese con- 
venido más ser amamantado en principios de 
energía, acción y violencia, porque hallándose 
éstos en pugna con mi condición natural, se es- 
tablecería el provechoso equilibrio donde quizá 
reside el secreto de la armonía, perfección y 
felicidad humana. Someto este problema á los 
doctos, y paso adelante. 



l6 DOÑA MILAGROS 



Cuando me veía quejoso y dolorido del pro- 
ceder de mi padre, mamá me predicaba la con- 
formidad más entera. "Las faltas del maridó- 
me decía— no excusan jamás las de la mujer. El 
es el jefe de la casa, y se le ha de obedecer y se 
le ha de querer bien ; todo lo que no sea esto se 
queda para bribonas infames. Rezar mucho á 
ver si se convierte y se hace bueno... y pacien- 
cia, y que cada cual acepte su cruz. Contra el 
marido y el padre jamás tienen razón la mujer 
y el hijo. Silencio... y Dios sobre todo.,, 

Uno de los sanos consejos de la que me llevó 
en sus entrañas, fué el de seguir una carrera. 
"Hijo — me decía — Dios sabe á dónde llegare- 
mos... Puede suceder que tengamos que pedir 
limosna.,, La vida rota y relajada de mi padre 
daba cierta verosimilitud á tan tristes profe- 
cías. Asistí, pues, al Instituto, con propósito de 
ingresar más tarde en el Seminario, ordenarme 
y conseguir un curato de aldea donde viviría- 
mos mi madre y yo , humildemente , según el 
espíritu del Kempis, pero sin mendigar. La 
muerte de mi madre, casi súbita, de un ataque 
de reuma al corazón, malogró estos planes. 
Por consejo de mi tío Ventura Neira, el abo- 
gado, se me envió á la Universidad compostela- 
na á cursar leyes. 

Cuento mis épocas de estudiante como las 
mejores de mi vida. La alegría y descuido de 
la mocedad, el trato regocijado de los amigos, 
las bromas y los entretenimientos propios de 
mi edad y mi estado , me dejaron delicioso re- 
cuerdo. Debo advertir que esto ocurría allá por 



POR E. PARDO BAZÁN 



17 



los años 45 á 50, cuando todavía decir estu- 
diante era decir buen humor, chispa, viveza, 
ingenio, travesura. Ahora las estudiantinas (to- 
dos los Carnavales se presenta alguna en Mari- 
neda) parecen cuadrillas de penitentes, según lo 
compungidas y contritas que se muestran : ni 
por casualidad provocan el más leve desorden; 
ni siquiera galantean á las muchachas; embol- 
san el dinero que las dan, con la misma tristeza 
con que los pobres vergonzantes se guardan el 
socorro; andan como si se hubiesen tragado el 
molinillo; en fin, estos no son escolares. Nos- 
otros armábamos cada guitarreo y cada baile 
de máscaras y cada gresca, que si me acuerdo 
aún me rio. Yo no figuraba entre los invento- 
res de las diabluras ; pero no descomponía par- 
tido ; se contaba conmigo siempre , y una vez 
metido en danza, no me quedaba atrás (enten- 
diéndose que nuestras humoradas no pertene- 
cían al género de las que dejan en pos de sí 
deshonor y llanto). 

Excuso decir que ni rastros persistían en mí 
de la supuesta vocación eclesiástica. Al contra- 
rio... Confesémoslo si rebozo: mi corazón juve- 
nil latía dulcemente solicitado por misteriosas 
voces y por ansias indefinibles. Un aguijón, un 
estímulo suave me incitaba sin cesar á que me 
aproximase á la mitad bella de la humana pro- 
genie. Estudiante más enamoradizo que yo, 
dudo que haya existido desde que hay aulas en 
el mundo. Sólo que en mí no llegaba á adquirir 
la pasión amorosa el grado de concentración y 
de fijeza que la hace terrible: á fuerza de gus- 
Adán y Eva 2 



iS 



DOÑA MILAGROS 



tarme tanto las mujeres, no me perdía por nin- 
guna. Verlas y derretirme en babas, era todo 
uno; sus insinuaciones me encontraban siempre 
rendido, galante, hecho un caramelo; hoy me 
mareaban unas pupilas de azabache, mañana 
dos ojos azules me volvían tarumba... y, al fin, 
nada; revoloteos de mariposa, sin consecuen- 
cias ulteriores. 

Mi espíritu no anhelaba los torturadores go- 
ces del amor culpable, pagados con el desaso- 
siego de la conciencia: lo que me sonreía, en 
medio de tantos zascandileos amorosos, era la 
perspectiva de la honesta felicidad conyugal.—* 
"No hay remedio: me caso no bien acabe la ca- 
rrera,, — decía, pareciéndome lo más natural del 
mundo que como el ave busca pareja y nido, 
busque companera y hogar el hombre. Así es 
que apenas tuve en el bolsillo mi título de licen- 
ciado, empecé á tender la vista, por si distinguía 
la media naranja... No fué en Compostela, cen- 
tro al fin de vida un poquillo disipada, donde se 
me apareció, sino en Monforte, la villa medioe- 
val, legendaria, que aún domina, ceñudo y fiero, 
el torreón de los Hidalgos. ¡Allí te encontré, 
cara esposa, Ilduara mía, en quien hasta el 
nombre revistió carácter de noble severidad, 
de dignidad austera! ¡Algunas veces, al ver tu 
majestuoso continente, tus formas en que cada 
año fué acentuándose más la línea recta , y so- 
bre todo, tu energía indomable , tu intransigen- 
cia loabilísima , te he comparado al torreón de 
tu pueblo natal ! Sin embargo, al tiempo que te 
conocí, la amable risa descendía aún á tus ojos 



POR E. PARDO BAZÁN 



tg 



y á tus labios. ¡ Después del primer año de boda 
fué cuando empezó á ocurrírseme que te pare- 
cías al torreón ! 

Poseía mi Ilduara bienes y casas en Monfor- 
te, y allí vivimos algún tiempo y nacieron nues- 
tros primeros vastagos. Porque esta fué otra 
excelencia y cualidad singular de mi esposa: 
rendir infaliblemente su cosecha anual. Fecun- 
didad semejante es extraordinaria aun en Ga- 
licia misma. En esta narración se irá paten- 
tizando hasta dónde llegaba la fertilidad de llda: 
debo decir que no puede compararse sino con el 
prodigioso desarrollo del sentimiento de la filo- 
genitura en mí. Tal sentimiento dormía en las 
profundidades de mi ser afectivo, y sólo aguar- 
daba , para revelarse en toda su fuerza, la abun- 
dancia de prole con que quiso Dios bendecir 
mi casa. Desde los paseos á las altas horas, des- 
calzo y con el canario de alcoba muy agasajadito 
en el pecho , hasta las corridas á cuatro patas 
con el nene montado sobre el espinazo; desde 
la fabricación de trompos y cometas hasta los 
perennes repasos de silabario y Astete, recorrí 
todos los grados de la paternidad celosa y ba- 
bosa: mi Ilduara bastante tenía con parir... 

Un trágico acontecimiento fué el primer cáliz 
de amargura que me hizo apurar la paternidad. 
Mi primogénito era un varón, de lo más tra- 
vieso, adelantado y listo que se ha visto nunca: 
un fenómeno de talento para sus cuatro años. 
Con decir que ya juntaba las letras... Cierto día 
se puso la criada á vestirle , teniéndole sentado 
en el hueco de una de esas ventanas antiguas 

f 



20 



DOÑA MILAGROS 



que forman como nichos hondos. La vidriera 
estaba entornada... En una vuelta que dió la 
infame mujer, el niño se inclinó... La cabeza le 
pesaba más que el cuerpo... ¡ Ay de mi! 

Desde entonces Monforte se me hizo aborre- 
cible. Los guijarros de las calles tenían sangre 
de mi pequeño. Nos trasladamos á Lugo. 

Encontré á mi padre completamente subyu- 
gado por el marido de mi hermana, un procu- 
rador llamado Garroso , lo más fullero y tram- 
posazo que han conocido los siglos. Mi Ilduara, 
desde el primer instante, adivinó la situación , y 
las dos cuñadas se declararon guerra á muerte, 
sin tregua ni cuartel posible. Guerra solapada, 
eso sí, pero doblemente feroz: tiroteo incesante 
de chismes, delaciones, enredos, competencias, 
murmuraciones, desdenes y mal encubiertas 
groserías. Lo primerito que hicieron, ponerse 
motes. Mi hermana apodó á mi esposa el Es- 
tandarte , y mi esposa se vengó llamando á mi 
hermana la Dulcera. ¡Inconsiderada profana- 
ción de la memoria de mi santa madre! 

No es decible la hiél que yo tragué con seme- 
jantes rencillas. El dolor causado por la des- 
gracia de mi Monchito era al menos un dolor 
noble y que podía confesar y desahogar ante 
las gentes; pero estas miserables cuestiones , si 
pudiese, me las callaría á mí mismo. Andaba 
avergonzado. Comprendí entonces por primera 
vez que el esposo, cuando no establece desde 
un principio su autoridad doméstica y su legíti- 
mo ascendiente, queda anulado, sometido á la 
que, de subdita, se trueca en tirana fiera. Ilduara 



POR E. PARDO BAZÁN 



2 í 



desoyó mis ruegos, se mofó de mis consejos y 
hasta volvió contra mí las faltas de los mios. Mi 
padre tomó , por supuesto, el partido de mi her- 
mana, y, enfermo de gravedad, no quería reci- 
birme ni sufrirme á su cabecera. Falleció, y ni 
aun después de muerto me lo dejaron ver. Se 
abrió el testamento, y aparecí perjudicado en 
todo lo posible, con la saña y la mala voluntad 
que podrían desplegarse contra el hijo más ca- 
lavera é ingrato. Yo me inclinaba á conformar- 
me y tomar lo que buenamente me diesen; pero 
Ilduara, sin conocimiento mío, consultó á varios 
abogados, y me forzó á entablar una serie de 
litigios, de lo más embrollado que registran los 
laberínticos anales de la curia gallega. Allí 
tuve ocasión de comprobar el acerado temple 
de alma de mi esposa. Ella aseguraba que su 
bello ideal era pleitear "hasta quedarse por 
puertas,, con tal de ver á la familia de Garroso 
pidiendo también limosna. El lecho conyugal, 
campo reservado á más tiernas expansiones, se 
convirtió para mí en antecámara de la Audien- 
cia marinedina, y todas las noches oí hablar de 
incidentes, vistas, juicios, sala, autos, docu- 
mentos,— mezclado con invectivas y furibundos 
ataques á mis padres, cuñado, hermana, etcé- 
tera.— ¡Qué intimidades, santo Dios, qué intimi- 
dades! Dos años duró este tósigo. Al fin, mi 
cuñado me propuso secretamente una transac- 
ción. Leonina, claro está; pero si el pleito de 
partijas continuaba, todos quedaríamos igua- 
les, en camisa... Temblé por mis pobres chiqui- 
llos, y esta idea me dió fuerzas para abrazar 



2 2 



DOÑA MILAGROS 



una resolución sin consentimiento de Ilduara. 
Abracóla, y firmé... 

Menos funesto hubiese sido para mi paz do- 
méstica abrazar á todas las mozas de seis le- 
guas en contorno. ¡Oh firma, oh rúbrica, que 
aún me parece estar viendo al pie de la escritu- 
ra, con vuestras letras encogidas, con vuestros 
trémulos rasgos! Por obra vuestra descendí 
definitivamente desde el augusto solio de jefe 
de familia al humilde lugar de esclavo consorte; 
vosotras , como las letras de fuego que muda- 
ron la faz del destino del monarca babilónico, 
señalasteis en mi existencia de esposo y padre 
un trágico momento de crisis. Desde entonces 
íuí el acusado, el culpable, el traidor de la fami- 
lia; todas nuestras escaseces y adversidades se 
achacaron á aquel Benicio Neiray Quiñones... 
en mal hora estampado; cuantas veces intenté 
hacer prevalecer mi opinión en mi hogar, ó 
emanciparme en algo , vino la fatídica firma á 
taparme la boca, y oí resonaría frase tremenda: 

— Como tú arruinaste á tus niños con la es- 
critura de partijas... 

A fuerza de oirlo repetir, llegué á creerlo yo 
mismo; sí, llegué á creer que, en efecto, con la 
malhadada firma, había consumado la perdi- 
ción de tan queridos seres. 

Sin embargo , para que se vea lo que son las 
pequeñeces y cuánto pesan en la balanza de 
nuestra vida, no fué la desdichada transacción, 
sino otro suceso harto insignificante, lo que 
hizo rebosar el vaso de la cólera y disgusto de 
mi Ilduara, y la movió á adoptar una determina- 



POR E. PARDO BAZÁN 



23 



ción tan radical como la de trasladar nuestra 
residencia fuera de Lugo. Es el caso que el odio 
que mi esposa sentía hacia la familia de mi 
hermana se comunicaba á nuestra progenitura, 
y ya varias veces mi hija mayor, Gertrudis, 
había andado á la greña, en la escuela, con las 
chiquillas de Garroso. Sólo el varón primogé- 
nito de los Garrosos, llamado Luis, de cinco 
años, se empeñaba, con magnanimidad noto- 
ria, en echar pelillos á la mar; y apenas me veía 
desde cien leguas , ya estaba gritando : — " ¡ Tío 
Benitio... tío Benitio!... ¡Tayamelos!... „ — En 
épocas de relativa concordia había yo contraí- 
do el hábito de regalarle, siempre que le 
encontraba, dos ó cuatro cuartos de esta golo- 
sina; y el ángel de Dios, por no perder la cos- 
tumbre, venía á reclamar su renta. Era tan 
guapote, tan colorado y tan zalamero aqueí 
sobrino mío ; se parecía tanto á la pobre mamá, 
que, vamos, cada vez que le hacía un desaire, 
me dolía el corazón. Una tarde salía yo de la 
Catedral, de oir la plática del señor Peniten- 
ciario sobre el perdón de las injurias, cuando 
me veo venir disparado al rapaz, repitiendo su 
estribillo:— "Tío... tayamelos... tayamelos!...,, 
— Agarrado á mi gabán, y saltando á la pata 
coja, me llevó hacia los soportales, á la más 
próxima confitería. Tuve un momento de fla- 
queza. — "Mira que no digas nada á nadie. Lui- 
sito...,, — Y le puse en las manos un cucurucho. 
Cuando salíamos de la confitería vi en los so- 
portales de enfrente á mi hija Gertrudis, por 
donde comprendí que se preparaba un conflic- 



-4 



DOÑA MILAGROS 



to, y me propuse agachar las orejas y callar. 
Mas ¿cómo podía figurarme que, en vez de los 
sermones á que iba habituándome ya, mi mu 
jer me recibiese con estas palabras disparadas 
á boca de jarro? 

— He escrito á Marineda preguntando por los 
alquileres de las casas. 

— Por los aiq... 

— Mañana empezaremos á levantar esta. Yo 
no sigo viviendo en infierno semejante : no y no. 
—Pero esposa, Ilda... 

Cuando comprendí que la cosa iba de veras, 
me resigné. ¿Qué había de hacer? Un infierno 
era realmente nuestra existencia, envenenada 
por lo que más repugna á mi carácter: odios, 
luchas y desazones diarias. — Sólo que, si se 
hubiese querido oir mi consejo , sería contrario 
ála traslación de domicilio á Marineda, donde, 
según mis noticias, la vida empezaba á compli- 
carse con exigencias de lujo que me asustaban, 
y favorable á Monforte, residencia más con- 
veniente para un matrimonio tan prolífico como 
el nuestro.— -Ha de decirse la verdad. Yo no 
creo que la tontería aquella de los caramelos 
bastase á precipitar á Iiduara de tal modo. Juz- 
go que influyó muchísimo su vanidad, ó , mejor 
dicho, su justo amor propio de esposa del ma- 
yorazgo de Neira, que se ve arrojada de la casa 
solariega por manejos más ó menos turbios de 
un procurador; pues este era el caso verdade- 
ramente triste en que nos encontrábamos, y 
el aguilucho y los torreones de Neira, como 
todo lo más lucido de mi patrimonio, después 



POR E. PARDO BAZÁN 



2 5 



de la consabida transacción, á mi cuñado per- 
tenecían. Se me figura, pues, que Ilduara creyó 
humillante la retirada á Monforte, y dió por 
cierto que la marcha á Marineda revestía cierto 
carácter triunfal, como si por medio de ella di- 
jese á su aborrecida cuñada: — " ¡Usurpadora, 
ave de rapiña, quédate ahí hecha una lugareña, 
una procuradora de mala muerte! Nosotros, 
los Neiras verdaderos, nos vamos adonde la 
gente fina ha de apreciarnos más, adonde están 
nuestros iguales, adonde vivamos en 1a esfera 
que nos corresponde y en el pie que nos com- 
pete. „ 

Para mí el trasplante fué doloroso. Y si ana- 
lizo bien los motivos de la pena que sentí al de- 
jar á Lugo, sus humedades y sus brumas, yo 
mismo declaro que pertenecen al número de 
aquellos sentimientos que demuestran que está 
lleno de contradicciones el corazón humano. Me 
afligía dejar á Lugo , por lo mismo que en él no 
gocé ni por casualidad un rato bueno. Y aque- 
lla gente ávida , indelicada, sin fe, entre cuyas 
manos se quedaba lo mejor de mi herencia pa- 
terna y la paz de mi hogar, me angustiaba, 
i quién lo dijera!, el perderla de vista, porque de 
tal pasta soy, que no puedo desencariñarme de 
cosa ni de persona alguna... Además, pare- 
cíame destruir, con el cambio de horizontes, mi 
ser tradicional de propietario é hidalgo , en el 
cual fundaba, no diré mi orgullo, pues esta 
profana virtud ó nervio viril del orgullo, bri- 
llante vicio del alma superior, me faltó siempre, 
pero sí mi modestísima dignidad, y el ambiente 



26 



DOÑA MILAGROS 



de lo que puedo llamar mi vida histórica. — Yo 
venero el pasado. Jamás miré sin respeto las 
miniaturas de mis abuelas y tías , con sus man- 
gas de jamón y su peinado á lo nene ; nunca 
creí que se pudiese ser cosa mejor que Neira 
de Villalba; y la conservación de los muebles, 
inmuebles y fincas legadas por los antecesores, 
la juzgué religioso deber. Uno de mis dolores 
del alma fué que ciertos estafermos que poseía- 
mos desde tiempo inmemorial , ciertos majes- 
tuosos muebles apolillados, se vendiesen á una 
prendera, por imposibilidad de acomodarlos en 
nuestra residencia marinedina. Después supe 
que entre aquellos trastos nos deshicimos de 
algunas antiguallas de mérito. 

Quizá por la prevención que llevaba conmigo, 
al pronto Marineda no me agradó. Luego fui 
convenciéndome de que se la puede contar en- 
tre las más lindas capitales de provincia de Es- 
paña, si se exceptúan tres ó cuatro ciudades de 
gran importancia, como Barcelona y Sevilla.— 
En esto convenían todos los forasteros. — Loque 
me arrebató y cautivó fué el mar. Ni nunca lo 
había visto , ni nunca pude imaginarme la her- 
mosura, la atracción, la grandeza de tan mag- 
nífico elemento. Los pensamientos religiosos y 
hasta filosóficos que me sugería, no los quiero 
revelar, porque no sé si parecerían disparates, 
y además porque tienen algo de vago é intra- 
ducibie, que sólo podría condensarse en pala- 
bras si Dios me hubiese otorgado dotes poéti- 
cas. Lo cierto es que la ocupación de contem- 
plar el mar vino á ser predilecta para mí, y si 



POR E. PARDO BAZÁN 27 



los días de tormenta y vendaval me extasiaba 
el soberano espectáculo del Océano en el Va- 
radero , los días tranquilos me embelesaba con 
el siempre variado cuadro de la bahía, la en- 
trada y salida de vapores, el movimiento de 
la grúa y el ir y venir de las lanchas pasajeras 
cargadas de gente. 

No disponía, sin embargo, de mucha libertad 
de espíritu para semejantes contemplaciones, 
porque mi vida doméstica era agitada, angus- 
tiosa, merced á la repetición periódica del fe- 
nómeno de la paternidad. Desde la llegada á 
Marineda, en vez de amainar, había arreciado 
el chaparrón de hijos (lo cual podía atribuirse 
á influencias del aire salitroso). De esta co 
secha no toda llegó á espigar y lograrse ; pero 
entre embarazos, partos, amas, niñeras, médi- 
cos, denticiones, escarlatinas, escuelas y maes- 
tras de costura, estábamos que no nos llegaban 
á media muela el tiempo ni los cuartos. No obs- 
tante, hacia el principio de la década de 1878 á 
88, Dios consintió algún alivio en nuestra enfer- 
medad, que maliciosamente llamaría alguien 
plétora de salud. Sea que experimentásemos 
cierto cansancio vital, sea por otras causas des- 
conocidas, pasaron cinco ó seis años, ¡cinco ó 
seis años!, sin que amenazase caer de nuevo 
sobre nuestras cabezas la bendición del Señor. 
Yo miraba á mi Ilduara de reojo, y me congra- 
tulaba viendo su talle, no ya esbelto, sino plano. 
Esta satisfacción la amargaba un poco la deca- 
dencia física de mi leal compañera, en quien 
notaba yo, y cuantos la conocían, un estado de 



2* 



DOÑA MILAGROS 



salud nada floreciente. ¿Y cómo era posible otra 
cosa después de tan continuas batallas , de fe- 
cundidad tan increíble? Padecía mi esposa di- 
versísimos achaques, unos acabados en algias, 
como neuralgias, gastralgias y cefalalgias; 
otros en agías, como hemorragias; otros en 
emia, como anemia...; pero todo ello, hablando 
en cristiano, se podía encerrar en dos síntomas 
funestos: debilidad de un organismo gastado, 
pérdidas de sangre que agotaban su escaso cau- 
dal de vigor. Lo extraño es que semejantes 
empobrecimientos y aflicciones no paraban en 
apagarle el carácter á Ilda , ni en doblegar su 
firmeza. Al contrario, aquel carácter de bron- 
ce parecía más recio y bravo con los males 
físicos; á semejanza de los mártires que en 
el tormento cobraban fuerzas, mi mujer se 
crecía más cuanto más sufría. Nunca ejerció 
mejor la dictadura; nunca la familia se incli- 
nó más sumisa bajo su férreo , aunque prove- 
choso yugo. Aquel cuerpo, en vez de rendirse, 
parecía curtirse á la intemperie, como el famo- 
so torreón; aquel genio, en vez de amansar- 
se, se volvía más arisco y fiero; aquella boca, 
en vez de ayes, exhalaba filípicas y rega- 
ños por cualquier motivo leve, ó sin motivo 
ni sombra de él. Era esto bien contrario á mi 
índole, pacífica de suyo y codiciosa de tranqui- 
lidad en el sagrado recinto de mis lares; y 
nuevamente lamenté no haber desplegado, des- 
de los primeros días del matrimonio , un poco 
de energía y de tesón que afianzase en mis ma- 
nos el cetro de la autoridad, mía y sólo mía en 



POR E. PARDO BAZAN 



2Q 



su divino origen, como varón que soy. Si en 
casa de mis padres obedecía siempre la mártir 
mujer, en la mía el marido era... francamente: 
era la carabina de Ambrosio. 

No obstante, lo llevaba todo con paciencia: 
asperezas, persecuciones, bufidos, el amargo y 
perpetuo reproche de haber arruinado á nues- 
tros hijos , de ser un panarra y un hombre in- 
útil : sólo llegó á sacarme de quicio cierta pe- 
regrina manía que á deshora padeció Ilduara... 
y fueron los... risa da escribirlo... los furiosos 
celos que impensadamente empezaron á tortu- 
rarla... digo mal... á torturarme á mí. 

Siempre había notado en mi esposa atisbos 
de esa rabiosa enfermedad; caso tanto más 
raro, cuanto que Ilda (dígase en honor suyo) 
nunca se mostró en nuestra relación conyugal 
extremosa y apasionada, como yo la hubiese 
deseado allá en los venturosos días de Mon- 
tarte , aurora de nuestro amor; sino que supo 
guardar, hasta un extremo inconcebible y para 
mí muy doloroso al principio, aquella casta ri- 
gidez y recato de la verdadera esposa cris- 
tiana, y aquella reserva y aparente frialdad 
que, si enojan al enamorado loco, deben satis- 
facer profundamente al marido cuerdo. 

Respecto á los celos de Ilda, mi ejemplar con- 
ducta, mi fidelidad á prueba, el empeño que 
ponía en desvanecer y calmar sus aprensiones, 
habían impedido que llegasen á adquirir carác- 
ter perturbador de nuestra tranquilidad. ¡ Y lo 
que no había sido en la mocedad más que tran- 
sitoria afección, retoñaba después de los años 



3o 



DONA MILAGROS 



mil, adquiriendo proporciones alarmantes! Yo 
no volvía de mi asombro, en especial cuando 
me miraba al espejo. Si allá, por los tiempos en 
que era Neirita el estudiante y rasgueaba en la 
guitarra, en tertulias caseras, la Marcha de 
Luis XVI yendo al cadalso, pude alabarme 
de una regular presencia, ahora de todo ape- 
nas quedaban señales ; y como no soy fatuo ni 
me dió nunca por hacer el pisaverde , lo decla- 
ro y pongo aquí el inventario descriptivo de 
mis gracias: — Mediana estatura; cabeza pe- 
queña y piriforme , cubierta de un cepillo cer- 
doso y entrecano ; bigote híspido y color de ala 
de mosca; dientes largos, calzados de verdín, 
como teclas de piano viejo que atacó la hume- 
dad; ojos... vamos, los ojos podían pasar, y 
aun creo que en su negra profundidad se refle- 
jaba la honradez de mi alma, por lo cual su 
expresión no carecía de atractivo. — Para defi- 
nir de una vez lo peculiar de mi aspecto, diré 
que mi cara era una cara de época, atrasada, 
como reloj que se ha parado, de estas que en 
mi país se llaman caras antiguas; pero no de 
carácter histórico tan remoto como esta frase 
parece significar, pues la fecha que marcaba 
mi semblante era la de Espartero y la milicia; 
estaba diciendo Constitución ó muerte. Creo 
que á ello ayudaba mi manera anticuada de 
afeitarme, rasurándome todo el vello facial, ex- 
cepto el bigotillo de hisopo y la saliente mosqui- 
ta. Volviendo al asunto porque saqué á relucir 
mi facha, claro que ésta no justificaba la rara 
aprensión que le entró á mi buena esposa, apren- 



POR E. PARDO BAZÁN 



sión de la cual debo hablar con indulgencia, 
pues demuestra gran amor, aunque extraviado. 
En gracia de él la perdoné y vuelvo de todo co- 
razón á perdonarla aquel tomar y despedir de 
criadas , cocineras y niñeras , aquel andar bus- 
cando para nuestro servicio las más feas jimias 
y los más espantables monstruos , aquel humi- 
llante espionaje á que me vi sometido, aquellas 
insensatas acusaciones y aquellas denigrantes 
sospechas. Se las perdoné, claro está, aunque 
en el momento me consternaban, á mí que pro- 
feso la religión del lazo conyugal y que desde 
mis bodas no había encaminado mi gusto sino 
por la honesta vía del deber. En ocasiones me 
daba al diablo, no sabiendo qué idear para de- 
volver el juicio á la digna matrona. 

En lo más enconado de este período de celosa 
furia, sucedió algo que me hizo sentir escalo- 
fríos de terror. Ilduara mandó bajar del des- 
ván cierto mueble arrinconado hacía tiempo : la 
cuna, la vieja cunita de forma de nao, estrena- 
da por mi primogénito en Monforte veintinueve 
años antes, y en que tantos pimpollos míos 
durmieron el primer sueño... Pero ¿es posible, 
oh Providencia dadivosa, más bien derrocha- 
dora? ;La cuna, la cuna otra vez! 



TI 



Creo que ha llegado el momento de decir 
cuál era el estado de mi familia, ó más bien de 
mi tribu, cuando bajó del desván la ya arrum- 
bada cuna. Me vivían entonces diez retoños; 
seis estaban en el cielo. Por mandato de Dios, 
y ejecutando sus inescrutables designios, la 
muerte se había cebado en los varones, deján- 
dome casi todas las niñas. Para nueve damas, 
sólo tenía un galán. Aunque en el curso de 
estas páginas irá apareciendo mi prole, trazaré 
una especie de índice cronológico de sus indi- 
viduos. 

Debo decir en elogio de mi hija mayor, Ger- 
trudis ó Tula , que poseía las dotes de gobierno 
de su madre, y aun aquella misma índole sus- 
picaz y algo avinagrada. En lo físico era tam- 
bién muy semejante á Ilda, pero faltábale la 
beldad correcta y majestuosa que me había 
hechizado algunos lustros antes. Tenía de mi 
Iiduara la curva nariz y los ojos grises, el talle 
recto y las formas angulosas, y su rostro ofre- 
cía semejanzas con la agorera y meditabunda 
faz de una lechuza. Clara , la segunda, á quien 
Adán y Eva 3 



34 



DOÑA MILAGROS 



Tula llevaba lo menos cuatro años , ofrecía el 
mismo tipo, que, según oi decir á un amigo 
entendido en ciencias de estas de moda, es el 
de la raza sueva, de la cual se conservan en Ga- 
licia muy caracterizados ejemplares:— rubia, 
alta, seria, nariz de caballete, ojos claros, bas- 
tante linda; — pero no tanto como la que la sigue, 
María Rosa, en la cual (sin vanidad) prevalecía 
el tipo paterno; y con no ser el papá ningún 
Adonis , ella había salido una muchacha nota- 
ble, fresca como las flores — por lo cual la lla- 
mamos Rosa á secas.— Dentro de la diversidad 
de gustos que inspira los juicios humanos , po- 
día no obstante discutirse si la palma de la 
hermosura, en mi descendencia, tocaba á mi 
tercer hija ó á la cuarta, María Ramona. Rosa 
tenía en su abono el esplendor de la tez, la 
perfección y la irreprochable plástica de su 
cuerpo; pero la belleza de María Ramona llegó 
á ostentar un carácter tan expresivo y tan dra- 
mático, que era imposible mirarla con indife- 
rencia. Para especificar el mérito de María Ra- 
mona, diré con qué mote la conocíamos. Siendo 
niña aún, el Penitenciario de Lugo, admirado 
de su cara pálida y perfecta como la de una 
imagen, y de sus ojazos guarnecidos con una 
rejilla de pestañas que parecían plumas de 
cuervo, la llamó Argos divina, nombre que 
un libróte del siglo pasado da á la Virgen del 
camarín de la Catedral, más conocida por 
Nuestra Señora de los ojos grandes. 

Estas cuatro, Tula, Clara, Rosa y Argos 
divina , y la quinta, Constanza, eran las que 



POR E. PARDO BAZÁN 



35 



ya gozaban del fuero de mujeres hechas y dere- 
chas. Las demás estaban en la categoría de ni- 
ñas aun. Después de estos cinco pimpollos 
femeniles venía el varón, Froilancito, llamado 
así por devoción al santo patrono de Lugo (ex- 
cuso decir que en Froilancito tenía yo cifradas 
mis esperanzas todas). Seguía á Froilán una 
niña muy revoltosa y diabólica, extravagante, 
mimosa, á quien conocíamos con el nombre de 
la primera de las virtudes teologales, Fe; por 
lo cual sus hermanas, empeñadas en hacerla 
rabiar siempre , no la llamaban más que Feíta 
(y la verdad es que no se pasaba de hermosa). 
Había luego dos chicuelas, Rosario y Mizucha 
(diminutivo de Mercedes), y, por último, el gru- 
po de mi familia remataba, como esos racimos 
humanos que en los circos forman los gimnas- 
tas, en un saladísimo angelón hembra de cinco 
años, que por haber caído su venida al mundo 
días antes ó después de las Candelas, respondía 
al bonito y comprometido nombre de Pura. 
Los intervalos entre estos retoños los habían 
llenado diferentes malos partos, y los ángeles 
que perdí. 

Del trabajo que costaba ai familión encon- 
trar casa donde alojarse , no hablaría aquí si 
no fuese por observar de paso que uno de los 
ramos más caros en Marineda es el de alqui- 
leres. Cuando por última vez bajó del desván 
la cuna, habitábamos una de Tas casas acaba- 
das de construir en el Páramo de Solares , que 
unía al barrio de Arriba con el de Abajo y ya 
iba trocando el antiguo nombre por el de Plaz^ 



3 6 



DONA MILAGROS 



de Marihernández , pues tenía dos lados de su 
rectángulo casi guarnecidos de construcciones, 
entre las cuales se contaba la casa de Correos, 
con su esquinal siempre helado, siempre barri- 
do por la ventolera furiosa. Pertenecen las ca- 
sas nuevas del Páramo á esa clase de edificios 
que, pactando secretamente con el genio de la 
molestia y de la mezquindad , levantan el bien- 
estar de oropel y el engañoso lujo moderno. El 
portal, embaldosado con rombos de mármol 
negro y blanco, ostentaba una portería iluso- 
ria, pues no había ocurrido jamás que el infeliz 
visitador pudiese averiguar en ella dato algu- 
no que le ahorrase la ascensión de los seis 
pisos. Estos se contaban con las falaces y su- 
tiles distinciones madrileñas , destinadas á ha- 
lagar la vanidad de los inquilinos haciéndo- 
les tragar que viven en un segundo cuando 
realmente habitan un sexto. Para fomento de 
la susodicha vanidad , no faltaba mucho meda- 
llón de yeso, mucho rodapié pintado, mucho 
barniz, mucho chinero en el comedor, mucho 
papel estampado, mucha alcoba estucadita, y, 
en fin, itíucho de todo eso que remeda la como- 
didad y aun la elegancia. En cambio, la distri- 
bución era lastimosa; los dormitorios estaban 
sacrificados al quiero y no puedo de la sala y 
el gabinete; los tabiques, mejor que á salva- 
guardar la independencia y el aislamiento que 
aun en el seno de la familia reclaman el pudor 
y la dignidad del individuo , parecían llamados 
á servir de conducto acústico, de tal manera se 
pía todo al través de ellos; en la antesala, tenía 



POR E. PARDO BAZAN 



37 



que pedir permiso el que entraba al que abría 
la puerta, por no caber los dos juntos, y los 
pasillos, más que pasillos, semejaban intestinos 
ciegos. De las estrecheces de otras piezas muy 
necesarias, nada quiero decir sino que eran oca- 
sionadas á percances harto ridiculos. En lo que 
se había corrido el arquitecto, era en la altura 
de techos, haciéndola tan disparatada y fuera 
de proporción con la importancia de la vivien- 
da, que yo pensaba para mí la gran lástima que 
era no poder tumbar nuestro piso dejándole 
de ancho lo que tenía de alto, y lamentaba que 
las camas de los niños no pudiesen ponerse 
como jaulas de pájaros, colgadas por las pa- 
redes. 

Dos resultados daba esta altura de techos 
descomunal : el primero , que no había cortinas 
que alcanzasen y á todas fué preciso añadir 
una especie de volantes ó faldamentas; el se- 
gundo, que la cantidad de escaleras que subía- 
mos para llegar á nuestro domicilio era capaz 
de poner enfermo del corazón á quien más sano 
lo tuviese. ¡Ah! Esto de la casa me fiabía dado 
y siguió dándome mucho en qué pensar. Imagi- 
né mil veces que la angostura en que vivíamos 
tuvo bastante culpa de habérsele agriado el 
genio á Ilduara. No hay nada que impaciente 
como vivir estrecho , físicamente comprimido. 
Y este malestar lo habíamos de sentir doble los 
que veníamos de un pueblo como Lugo, más 
atrasado y barato que Marineda, y donde por 
ínfima renta se podía disfrutar de un caserón. 
Si mis hijas se conformasen con irse á vivir al 



38 



DOÑA MILAGROS 



Barrio de Arriba , la parte antigua y aristocrá- 
tica de Marineda, podríamos encontrar refugio 
en algún edificio viejo, más ó menos destarta- 
lado—pocos van quedando ya, pues Marineda 
se reconstruye toda de unos treinta añoá á esta 
parte.— ¡Pero váyales V. con eso á las niñas; 
impóngales V. que habiten en aquellos barrios 
desiertos, en la melancólica zona que com- 
prende el Hospital militar, las iglesias románi- 
cas y el triste Jardín de amarillentas flores, col- 
gado sobre el mar como un nido de gaviota y 
adornado, en vez de fuentes y estatuas, con un 
sepulcro! No hubo más remedio sino ir acer- 
cándose al Barrio de Abajo , centro del comer- 
cio, de las distracciones y de la vida marine- 
dina. Lo que decían las pobres muchachas :-— Si 
una no puede salir, al menos se asoma á la ga- 
lería y ve pasar la gente. — Para complacerlas, 
nos apretamos y nos desprendimos de los pocos 
muebles que aún recordaban los esplendores 
de la casa solariega. ¡ Ay ! ¡Qué desplumado se 
iba quedando el aguilucho aquel de nuestro 
blasón! 

Así vivíamos, como sardina en banasta. Para 
mí, la civilización, los adelantos de la edad mo- 
derna, tomaron desde el primer instante for- 
ma... ¿ cómo diré? forma asfixiadora. En Villal- 
ba y Lugo, sobrábale á nuestro cuerpo espacio 
donde moverse, aire que respirar, alimentos 
con que sustentarse y leña para quemar du- 
rante el invierno. En Marineda todo venía con 
estrecha medida y tasa, todo mermado por la 
angustia del bolsillo, que se echaba á temblar 



POR E. PARDO BAZÁN 



39 



ante las cuentas, Ilduara solía repetir: ¡tiento!, 
; mucho tiento ! Ninguna de estas circunstancias 
era á propósito para reconciliarme con la nueva 
vida. Mas si á todo me avenía con tal que no se 
alterase la paz doméstica, en un punto no supe 
allanarme á las circunstancias, y si en este pun- 
to me contrariasen, capaz sería de dar al traste 
con mi condición bonachona y de lanzarme á 
la revolución. Este punto era... convengo en la 
puerilidad del caso... que yo no quise, no pude, 
no supe acostumbrarme al pan marinedino, 
amasado con harinas de ajuera, importadas 
de Santander. En balde me objetaban que peor 
era aún el agua que el pan; que éste, en suma, 
si no por exquisito , pasaba por tolerable; yo lo 
declaraba un asco, un veneno, y le echaba la 
culpa de todas las enfermedades novísimas— 
tuberculosis, difteria, reblandecimiento, diabe- 
tes.— No me dijesen á mí : ¿pues quién oyó, 
veinte años hace, mentar semejantes pade- 
cimientos? Cuando se comía el honrado trigo 
mariñán y el no menos honrado centeno mon- 
tañés, nadie padecía de esas enfermedades so- 
lapadas y traidoras. Fiel á mi convicción, todos 
los miércoles y sábados, que son en Marineda 
los días de mercado, una panadera rural, veni- 
da desde la inmediata aldeíta de la Erbeda, á 
lomos de ágil borriquillo, entregaba en mi casa 
un reverendo mollete, cortezudo, bazo, á me- 
dio cocer, para que pesase más; y al hincarle 
el diente, no me trocara yo por el rey de Espa- 
ña. Sería un capricho mío esto del pan de la 
Erbeda, pero también podría ser el instinto del 



4 o 



DONA MILAGROS 



propietario territorial , que en la introducción 
de las harinas forasteras presentía la quiebra 
de nuestros míseros cereales. 

No fué este el único alarde de independencia, 
la única manifestación de personalidad que 
me permití , á riesgo de concitar las iras de mi 
Ilduara. A la verdad, tampoco quisiera que se 
creyese que Ilduara no me consentía, con su 
cuenta y razón, hacer mi gusto. Yo había con- 
traído el hábito de entretener parte de la noche 
en la Sociedad de Amigos de Marineda. ¡Som- 
bra de mi Ilduara , no te vuelvas hacia mí , ce- 
ñuda y destellando indignación! Lo que me 
llevaba allí era el profundo é inefable deseo de 
libertad, 

¡Oh nombre dulce entre todos, qué música 
misteriosa encerrarán tus tres sílabas, para que 
así hechices nuestra alma! Es evidente, y lo 
afirmo con sinceridad de hombre de bien, que 
yo no tenía ni quería tener pensamiento, pala- 
bra ni obra cuyo último fin no fuesen las cuatro 
paredes de mi hogar; que al encerrar en él mis 
aspiraciones encerré también mi ternura ; que 
por cuanto oro hay en el mundo, no rompe- 
ría un solo eslabón de la sagrada cadena que 
me echaban al cuello mis deberes de esposo y 
padre. Pues con ser esto tanta verdad, no lo 
es menos que la cadena que no quería rom- 
per, me encantaba levantarla un r^tito y no sen- 
tir su peso; que ese hogar donde tenía deposi- 
tado acendradísimo amor, me hacía feliz per- 
derlo de vista dos ó tres horas ; y que , fanático 
de mi casa, me gustaba la Sociedad de los Ami- 



POR E. PARDO RAZAN 



41 



gos porque... porque no era mi casa, precisa- 
mente. 

Reflexionando sóbrelos casinos, círculos y 
sociedades, he caído en la cuenta de que, con 
sus gravísimos defectos ¡vaya si son graves!, 
tienen ventajas suficientes para que no se deba 
pensar en suprimirlos, (al menos mientras no 
se perfeccione bastante la institución matrimo- 
nial;) y entre ellas, la de hacerle á uno olvidar 
las penalidades domésticas. A los pobres dia- 
blos como yo, que ni se pueden solazar con las 
grandes concepciones del arte ni chapuzarse 
hasta la coronilla en las hondas corrientes de la 
ciencia, y tampoco han de buscar en el trabajo 
manual la fatiga que trae la sedación del sue- 
ño, quíteles V. esta válvula, y capaces son de 
pegar un estallido. ¿Quién sabe? Si las mujeres 
pudiesen gozar del mismo desahogo, quizá 
no tomase nunca su carácter la acritud y dis- 
plicencia que desgraciadamente adquirió el de 
mi esposa. El encierro atiranta los nervios. La 
familia, foco dulcísimo de calor, pero que á 
veces tuesta y sofoca, para los hombres tiene 
una ventanita que da aire respirable. Sin ese 
aire, la atmósfera se carga, la electricidad se 
condensa y la tormenta es inminente. 

Con anuencia tácita de mi esposa, pasaba yo 
en la Sociedad de Amigos unas horitas algo 
retasadas, pero entretenidas, aperitivas, exci- 
tantes hasta por el estímulo de la oposición y 
contrariedad entre mi genio y el de la mayor 
parte de los concurrentes á aquel Centro,— el 
que en Marineda reunía más gente granada, 



42 



DOÑA MILAGROS 



por lo cual tenía sus ínfulas y se preciaba de 
no admitir á cualquiera. — Yo allí me sentía 
bien, aun cuando experimentaba, en lo moral, 
una impresión parecida á la que en lo físico me 
causaba el ponerme delante de un espejo: en- 
contrábame algo anticuado, retrasado en ideas 
y gustos, y muy distante del aplomo, resolu- 
ción, dogmatismo de opiniones y arrobo en la 
lucha por la existencia que creía notar en los 
demás. Por eso en las discusiones me mostraba 
tímido: apenas me atrevía á meter cucharada, 
prefiriendo los apartes en la sala de lectura ó 
en algún sofá, á las grandes polémicas en que 
terciaban, hablando á voces y sin entenderse, 
más de una docena de socios. 

En aquellas grescas cotidianas , que siempre 
tenían por origen cualquier futesa,— pues no 
he visto discutir sobre la punta de un alfiler 
como allí se discutía — no dejaba de divertirme 
el papel de escucha; y más si se discutiese con 
modo, y no tan aturdidamente, que no valían 
argumentos ni razones y se llevaba el gato al 
agua quien vociferase más. Gimnasia de pul- 
mones y derroche de laringe. Otra cosa des- 
agradable: allí se hablaba con libertad excesiva, 
por no decir con soberana desvergüenza. Todas 
las interjecciones y palabrotas del idioma espa- 
ñol salían á relucir; el anfiteatro de disección 
estaba siempre abierto, siempre preparadas 
las mesas y afilados los escalpelos y bisturíes. 
Allí se contaba, se comentaba y se exageraba 
cuanto ocurría en Marineda : las honras se ha- 
cían añicos , las más veces sin dañino propósi- 



POR E. PARDO BAZÁN 



43 



to, bien como las olas del mar, por la sola vir- 
tud de su maquinal embate, minan los cimien- 
tos de una torre. Falta de miramiento es lo que 
había en la Sociedad de Amigos de Marineda y 
en otros muchos centros análogos. Y entiénda- 
se que esta palabra miramiento, que yo em- 
pleo muy á menudo, encierra multitud de con- 
ceptos ; es la fórmula del respeto á infinidad de 
cosas respetables, que la gente moderna pro- 
pende á desacatar: honra de la mujer, creen- 
cias religiosas, principio de autoridad en las 
sociedades y las familias... sacras ideas en las 
cuales se funda nuestra vida moral. Lo con- 
fieso : si generalmente procuraba oir como quien 
oye llover las atrocidades que se decían en la 
Sociedad, á veces también montaba en cólera 
y protestaba indignado. Y estos breves momen- 
tos de enojo (véase qué extraña es la condición 
humana) eran de lo que más me apegaba al 
salón de los Amigos. En mi hogar sólo tenía 
el derecho de enfadarse mi dulce costilla. Si- 
quiera en la Sociedad me dejaban derramar la 
bilis. En tales momentos me creía más hombre. 
¡Qué descansado me quedaba después, y con 
cuánto alivio subía las escaleras de mi casa! 

Sí; la Sociedad de Amigos había llegado á 
serme tan indispensable como el aire que res- 
piramos. ¿Dónde sino allí encontraba yo á los 
cuatro ó seis conocidos que ayudaban con su 
amena conversación á disipar las sombras que 
acumulaban en mi espíritu las inevitables pre- 
ocupaciones caseras? ¿Cómo evaluar la suma 
de bien que me hacían las sensatas razones de 



44 



DONA MILAGROS 



Mauro Pareja, á quien propios y extraños co- 
nocen por el Abad; las lucubraciones profun- 
das de Arturito Cáñamo , lumbrera de la cien- 
cia penal española; las graciosas chifladuras 
del insigne matemático Díaz del Alimón ; la ins- 
piraciónirrestañable del frondoso poeta Ciríaco 
de la Luna, y las donosísimas humoradas de 
Primo Coba, siempre oportuno y regocijado, 
capaz de extraer el bálsamo de la risa de las 
tablas de un ataúd? ¡Oh caros contertulios, 
cuánto os ha debido de consuelo mi atribulado 
espíritu durante los momentos de angustia que 
sobran en este valle de lágrimas ! 

Aunque no aparezca bullicioso, soy socia- 
ble, amigo de la conversación y de la broma; 
desde mis tiempos de estudiante me acostum- 
bré á la pandilla , al compañerismo , á vivir 
de prestado sobre la alegría, la cháchara y el 
buen humor ajeno , y nunca se ha apoderado de 
mí la negra misantropía, el tedio de la huma- 
nidad.— Y no omitiré, entre los encantos que 
para mí tenía la Sociedad de Amigos, la rela- 
tiva anchura de sus salones, comparada con la 
exigüidad de mi vivienda. Por último... en la 
Sociedad de Amigos yo satisfacía un hábito 
vicioso, el único, según creo, que se ha apo- 
sentado en mi alma: mi afición al tresillo. 



III 



Tenía muy mal naipe. Generalmente, al final 
de la temporada me encontraba con un mediano 
déficit en los escasos fondos que para el bolsi- 
llo me otorgaba mi prudente esposa. La cual 
era dueña absoluta de la llave de la gaveta, 
ó dígase de la cómoda donde guardábamos el 
dinero... Costábame trabajo confesar mis pér- 
didas; y por eso (lo escribo con rubor) me re- 
servé el importe de ciertas pensiones que se 
me abonaban por conducto de un procurador 
amigo mío, á fin de poder asegurar á Ilduara 
que habíamos salido de la temporada pie con 
bola. Asusta pensar de lo que hubiera sido yo 
capaz, á dominarme otras pasiones menos ino- 
centes que la del tresillo. La ocultación de las 
pensiones demuestra que no es oro todo lo que 
reluce en mi hombría de bien. 

Hacía ya un mes que la cuna había vuelto á 
salir del desván, y, limpia de telarañas, ocupaba 
un rincón de nuestra reducida alcoba, cuando 
mi esposa dió en mostrarse peor humorada que 
nunca, y en renegar de su estado, que ella afir- 



4 6 



DOÑA. MILAGROS 



maba no haber sido jamás tan penoso, queján- 
dose de síntomas extraños, de inusitado peso 
y volumen, de raras perturbaciones y de anor- 
males sufrimientos. Por esparcir mi ánimo acon- 
gojado, frecuenté más la Sociedad de Amigos, 
y justamente entonces apretó mi mala suerte 
en el juego. Racha tan fatal, no la recordaba 
nadie. Me vi en la precisión de confesar á mi 
mitad las reiteradas pérdidas. Solía Ilda poner- 
me como un trapo en ocasiones semejantes; 
pero observé con sorpresa que prefería verme 
salir y jugar , á que me quedase en casa, 
asistiendo á la tertulia que formaban mis 
hijas con la vecina del principal y los del tercero 
de la derecha. Aprovechando benignidad tan 
desusada , me cebé en la partida con el afán 
del desquite, que así acucia al febril ruletero, 
como al morigerado tresillista. 

Casi todo el mes de Octubre estuve tan de 
malas, que alrededor de nuestra mesa se formó 
un corro alborozado, sólo para jalear mi perra 
suerte. Me cruciñcaban á chistes. Estas bro- 
mitas llegaban á veces á sacarme de mis ca- 
sillas; peor para mí, pues las guasas llovían más 
espesas. Una de las estúpidas matracas favo- 
ritas, era la de suponerme felicísimo en em- 
presas galantes, por aquello de "afortunado 
en amores,,, etc. Si esta chanza se contuviese en 
justos límites, anda con Dios; pero la llevaban 
á tal extremo y la adornaban con pormenores 
tan feos y chabacanos, que serían capaces de ru- 
borizar á los bustos de piedra del paseo de las 
Filas. Aquella gente se relamía de gusto oyen- 



POR E. PARDO BAZÁN 



47 



do las impertinencias de Primo Coba , bufón 
de la Sociedad. Descuajábanse de risa al ase- 
gurar Primo que me había visto con sus pro- 
pios ojos, al anochecer, atravesando la calle 
del Varadero (la más sospechosita de Marine- 
da), muy embozado y en compañía de la gra- 
ciosa modista B ó la salada cigarrera H. Ulti- 
mamente el pesado guasón daba en la flor de 
embromarme con la vecina del principal, la 
esposa del comandante del regimiento deOtum- 
ba... y aunque el marido, un colosal asturiana- 
zo, andaba por allí dando vueltas , no había 
modo de conseguir que Coba pusiese término 
á chanza tan inconveniente. 

Cierta noche — ¡noche memorable! — me diri- 
gió una sonrisa la coqueta de la suerte, en forma 
de solo de esos llamados de Fernando sépti- 
mo. Seis triunfos de espada, mala, rey, caballo, 
en palo corto; dos fallos y un monarca. Imper- 
dible. Mi cara lo estaba proclamando á voces; 
mis ojos bailaban de gusto, y mis manos tem- 
blaban ligeramente, estrujando contra el pecho 
el haz de cartas. Para mayor fortuna andaban 
en el platillo dos puestas gemelas, encimadas — 
al tanto á que se jugaba, representarían un 
duro. 

Ante todo importa declarar que no era sólo 
el vil interés causa de la placentera excitación 
que me obligaba á teclear sobre las cartas y 
sonreír de júbilo. No se me estaban pu- 
driendo en el bolsillo los pesos; sin embargo, 
lo que irradiaba triunfalmente en mis pupilas 
era el puro é ideal deleite de la victoria. Era 



4» 



DOÑA MILAGROS 



el amor propio, interesado en chafar á los ma- 
jaderos mirones queme acribillaban á chirigo- 
tas. Por ellos, por ellos me alegraba. ¡Conde- 
nados! Yo creo que aquellos malditos, sospe- 
chando la condición suspicaz de mi Ilduara, 
tenían gusto en propalar ciertos absurdos , á 
fin de producirme desazones. 

— ¡Tienda V« las cartas, hombre! — me decía 
el coronel de ingenieros Diaz del Alimón.— ¡Si 
es rodado! ¡Qué carabina! 

—No — respondía yo alardeando de modestia 
para disimular el gozo.— Jugarlo, señores, ju- 
garlo, que no sabemos todavía... Si la contra 
está en una sola mano... Salgo de espada... no 
me la fallen Vds.... (La gracia de esta agudeza, 
que suele repetirse por término medio quince 
veces cada noche, sólo pueden percibirla los 
que conocen la marcha del tresillo.) 

Convencidos de la infalibilidad del coronel de 
ingenieros, autoridad en la materia (aunque 
por economía no jugase jamás), y espejo de la 
ciencia matemática, los compañeros se rindie- 
ron, y volqué en mi exangüe cesto el platillo re- 
pleto de fichas. Dieron nuevamente, y... ¡ah, qué 
brinco pegó mi corazón de tresillista! Otro solo, 
morrocotudo, un solo que pararía en bola quizá. 

— ¿D. Benicio? — articuló á mis espaldas una 
voz sumisa y oficiosa. 

— ¿Eh? ¿Es por mí? ¿Qué se ofrece? — res- 
pondí sin volver la cabeza, por no distraerme 
en momentos tan dulces. 

¡Implacables mirones! Ellos fueron los que 
gritaron, llenos de feroz contento : 



POR E. PARDO BAZÁN 



49 



— Es el mozo, que quiere hablar con V.... 
¡ Cómo se ceba en las ganancias este hombre! 
Me volví. 

—¿Qué hay, Antón? 

—Una joven, que pregunta por V. 

jCristo, qué alboroto! Tuve que alzar la voz 
y exclamar : 

—¡Tengan Vds. miramientoooo... ! ¿A ver? 
¿Por mí? ¿Una joven? 

—Sí, señor... Una chica así... bastante simpá- 
tica, no despreciando. Dice que es la de V.... 

— ¿ La mía? Cuidado con lo que se habla... ¿La 
mía? ¿Qué es eso de lamiiiiiaaa? 

Expectación. 

— Ella dijo así... Y que se llama Eduarda. 

— ¡Acabáramos! La criada, señores... Ya me 
parecía... Pregúntele, Antón, á ver, qué ocu- 
rre... ¡Eh, sigamos el juego!... Tres bazas... y 
arrastro... 

No podía dudarse , era una bola. Sí , una bola, 
de esas que bien llevadas no las corta ni el 
verbo. Estaba en lo más comprometido de la 
jugada, cuando he aquí que vuelve el mozo, 
arrastrando los pies. 

— Señor, que vaya V. á casa... La señora, 
su mujer, está con dolores. 

¡Con dolores!... ¡Ah, conocidísima frase! Sí; 
eran los dolores clásicos, los dolores por anto- 
nomasia, los únicos que no necesitan más califi- 
cativo: los dolores... Recordé. A la hora de 
comer y por la tarde, llduara ya se había que- 
jado, no muy fuerte, pero varias veces. Mas á 
los veteranos en estas lides no incruentas, nos 
Adán y Eva 4 



5o 



DOÑA MILAGROS 



sucede lo mismo que á los de otras cruentísi- 
mas: nos dormimos sobre el cañón cargado, 
fumamos sobre el barril de pólvora, y disfru- 
tamos del más regalado descuido momentos 
antes de la batalla. Mi mujer con los dolores... 
jPobrecita! Bueno... El mozo insistió. 

—Con dolores... vamos, de parir. 

Toda la Sociedad soltó la carcajada. Creo que 
se rieron hasta las alfombras y las fichas del 
tresillo. 

—Esas tenemos, ¿eh? ¿Aumento de familia? 
D. Benicio... ¡PillínlPero ¿cuándo se jubila V. 
con el haber que por clasificación le correspon- 
de? ¿Chiquillos á estas alturas? 

—Digo que es una inmoralidad... Debía pro- 
hibirse... Raya en desvergüenza. 

—Hombre, que le pensione á V. el Estado... 
¿De qué taberna gasta V. el vino? Queremos 
las señas... (Esto fué Primo Coba.) 

—Miramiento, señores... Permítanme dar un 
recado al mozo...— exclamé con desconsuelo, 
porque faltaban dos bazas no más para ganar 
aquella bola suspiradísima.— Oiga... dígale que 
voy ahora mismo... Que vaya avisando ai señor 
de Moragas , ¿eh? Al médico, para que se haga 
cargo. 

—¡Hombre, qué lástima!— exclamó uno de los 
tresillistas, el secretario del Gobierno civil.— 
Ahí estaba Moragas no hace un cuarto de hora 
en el salón de lectura. 

—Sí, pero son las diez y media largas de 
talle; ya se recogió á casa, de seguro— objetó 
el Comandante del puerto. 



POR É. PARDO BAZAN 



5i 



Todos aprobaron. En Marineda, y particu- 
larmente en aquel foco de hablillas que se llama 
la Sociedad de Amigos, sábese puntualmente 
á qué hora está cada quisque en su domicilio ó 
en el ajeno, sin que en el cálculo de probabilida. 
des quepa más error que el de minutos arriba 
ó abajo. A no mediar caso análogo al mío, 
Moragas se encontraría en su alcoba, leyendo, 
para conciliar el sueño, alguna revista france- 
sa: hasta de esta clase de pormenores estába- 
mos al corriente. Seguro, pues, de que la fá- 
mula acertaría con el comadrón y éste correría 
á mi casa, me creí con derecho á terminar 
la jugada, que, según mis presentimientos, 
resultó bola. Alguien me preguntó si liqui- 
daba: ¡ liquidar ! el favor de la suerte me em- 
briagaba de tai modo, que manifesté deseos 
de dar un par de vueltecillas más, hasta sa- 
car todas las puestas. A la verdad, también 
me satisfacía tener un pretexto para dilatar 
el regreso adonde me esperaba una escena 
siempre desagradable; desacostumbrado ya de 
ella por el largo interregno, me infundía ahora 
ese sentimiento que yo llamaría pavor domés- 
tico, miedo que cobramos á ciertos deberes y 
actos de la vida familiar , y que tal vez no es 
sino una forma del hastío. Y al mismo tiempo 
que me dejaba dominar por la cobardía, sin ver 
que las más elementales nociones del deber 
conyugal me llamaban al lado de Ilda, deseaba 
aturdirme, matar la fiebre de mi emoción con 
el choque délas fichas y el zumbido de la charla. 

—Cerca de treinta años hace que me casé, 



52 



DO^A MILAGROS 



señores, y he visto nacer diez y seis hijos, sin 
contar el que está llamando á la puerta. 
Felicitaciones, vítores. 

-—Pero no me viven todos. Sólo conservo diez. 
Los otros...— esto debí de decirlo con los ojos 
algo húmedos y la voz ronca — andarán allá, 
pidiendo por mí... Crean Vds. que, desde el ter- 
cero , preferiría uno que no viniesen ; pero si 
uno los ve aquí, no desea que se vayan. Sobre 
todo, el de la desgracia, el mayorpito, Moncho... 
señores, me dejó unos recuerdos... A los tres 
años casi leía de corrido... es decir, empezaba á 
deletrear... ¡Juego! Una entradita... 

Gané una jugada magnífica, y la satisfacción 
me puso más excitado. Proseguí: 

—A mí nadie me quita de la cabeza que aque- 
lla criatura, si no llega á desgraciarse, honra á 
la familia... ¡Era mucho despejo el suyo! 

A esto contestó Mauro Pareja, por sobre- 
nombre el Abad , que acababa de entrar y mi- 
raba por cima de mi hombro el juego. 

—Señor de Neira, más valió que se le mu- 
riese á V. ese niño de tantísimo talento, que 
sus preciosas hijas. Al menos, nosotros los 
solteros opinamos así. 

Se alzó un clamor aprobando el parecer del 
Abad , y á renglón seguido acercóse á la mesa 
mi vecino el comandante de Otumba, á quien la 
noticia de mi nueva paternidad traía desde el 
cuarto de lectura á darme la enhorabuena. Y 
para repetir los términos en que me la dió el 
bueno de D. Tomás Llanes, yo me vería en 
mediano apuro, si no recordase cómo su propia 



POR E. PARDO BAZÁN 



33 



esposa explicaba aquel modo pintoresco de ha- 
blar, diciendo que su marido, al despertarse, lo 
primero que soltaba era una colección de pei- 
netas y otra de moños. 

D. Tomás, que tenía las proporciones y el 
aspecto de un oso velludo, de aquellos que se 
merendaron al rey astur, acercóse á mí y dándo- 
me, con su finura acostumbrada, una palmadaza 
en el hombro, exclamó : 

— Moño, y qué suerte de hombre... Peineta, 
otro chiquitín... y con veinticuatro lo menos que 
ha tenido ya... ¡Moño, y para los demás ningu- 
no! ¡Yo que llevo diez años de casado, y ni no- 
ticia ! 

—¿Y eso, qué?— respondí demostrando fe in- 
quebrantable en la fecundidad humana. — Ya 
cuajará... Mire V., por mi casa hubo años esté- 
riles... y también tuvimos fracasos... 

—¿Eso más?— preguntó Primo Coba. — Pero 
hombre, V. cultiva todas las formas de la pater- 
nidad, incluso la frustrada... la tentativa de pa- 
ternidad. 

Acababa de sacar otra puesta, y de buen hu- 
mor con este triunfo, respondí: 

—Tan cierto es eso, que hasta tuvimos un em- 
barazo falso... 

Se armó una greguería, y hube de dar expli- 
caciones á los solteros, que se fingían asus- 
tados. 

—Era lo que llaman una mole, señores... una 
mole... un pedazo de carne, sin hechura, sin 
ojos, sin cabeza... 

No sé en qué pararían las risotadas quearran- 



34 



DOÑA MILAGROS 



có este boceto, á no haber distraído la atención 
un incidente, una disputa entre tresillistas y 
mirones. 

— ¿Pero cómo juega V., Domingo, hombre? 
¿No está V. viendo que ahí el arrastrar de bajo 
es una barbaridad? 

—Manía de meterse en negocios ajenos. Si 
sabré lo que me hago , sin necesidad de que me 
aconsejen. 

— Así dicen todos los chambones. Si sólo se 
perjudicase V., corriente. Pero hace V. daño 
á ios compañeros. Es una calamidad el que V. 
tenga que ir á la contra. 

—Esas apreciaciones... 

—Nada, yo soy así; antes que todo la fran- 
queza. 

—Cualquiera es franco metiéndose en camisa 
de once varas... 
—Hay que pensar lo que se dice... 

— {Moño! ¡Peineta! Señores... 

— ¡Señores... miramiento, miramiento! — in- 
tervine yo, pues no gusta ver á dos personas 
regulares, ó por lo menos obligadas á serlo, po- 
niéndose como un trapo por si debieron soltar la 
sota y largaron el siete, verbigracia. La discu- 
sión empezaba á aplacarse, cuando he aquí 
que el mozo, arrastrando los pies y con aque- 
lla cara de memo malicioso que hacía la felici- 
dad de Primo Coba, entró y se acercó á mí, 
murmurando misteriosamente: • 

— Señor... SeñordeNeira... Está ahí su chica... 
Me volví sobresaltado, festituido á la con- 
ciencia de mi deber. 



POR E. PARDO BAZÁN 



55 



— ¿Qué... qué pasa? Voy, voy... 

—Dice... — secreteó el mozo — que la señora, 
su mujer... ya... ya salió del apuro, vamos... 

Respiré anchamente. ¡Tan pronto! Mejor, 
mejor; ya estamos fuera del paso: ¡gracias, San 
Ramón de mi vida ! Entre el coro de plácemes, 
alcé la voz para preguntar : 

— ¿Te dijo si era niño ó niña? 

El mozo me miró con ojos que parecían los 
de un pez, y articuló soñolientamente: 

— Dice que tiene una niña... 

Los solteros vinieron á darme la mano, á sa- 
cudírmela con gran énfasis, y á repetir: 

— Dentro de veinte años... cuente V. conmi- 
go, D. Benicio, cuente V. conmigo. 

—Aunque sea dentro de quince— murmuró 
reposadamente el Abad. 

—Aunque sea dentro de trece— balbució el so- 
námbulo Diaz del Alimón, aficionado al pan 
tierno. 

Cuando me dejaron respirar, exclamé diri- 
giéndome al mozo que seguía allí hecho un 
poste: 

— ¿Estás seguro de que dijo niña? 

Y entonces... ¡oh cielo pródigo, cielo que no 
mides, ni tasas, ni regateas los bienes de este 
mundo; cielo que siembras tus dádivas como 
quien siembra alcacer!... el mozo, columpián- 
dose y sin alzar la voz , respondió: 

— Dijo una niña, sí señor... y que vaya allá 
en seguida, que va á nacer otra. 

¡Naturaleza, naturaleza! Me quedé lo mismo 
que el náufrago cuando una ola le zapatea con 



5<5 



DOÑA MILAGROS 



tra el casco del buque. ¡Un parto doble! Me 
iluminó como luz fatídica el recuerdo de aque- 
llos extraños fenómenos que notaba Ilda, de 
aquellos padecimientos raros , de aquella anor- 
mal gravidez. ¡Un parto doble! ¡Géminis! 

Al verme en la calle , corrí como un loco. Y 
entre el desorden de mis pensamientos y la 
muchedumbre de mis cuidados , predominaban 
los siguientes: 

— Hay que comprar otra cuna... hay que bus- 
car dos amas... ¿Y dónde duermen, santo Dios? 
¿Dónde? Lo dicho: como no se invente colgar 
las camas por la pared... 



IV 



Cuando empecé á ascender fatigosamente las 
escaleras de mi casa, subía delante de mí la 
mujer del oso, la comandanta de Otumba, doña 
Milagros. Ya sabemos que marido y mujer 
eran nuestros vecinos , sólo que vivían menos 
alto que nosotros, y no disfrutaban de tan 
hermosa vista al mar. Por cierto que de esta 
vista nació la intimidad de doña Milagros en 
mi casa, pues iba á extasiarse, las tardes que 
hacía bueno, con aquella gloria de Dios. 

— Como en mi pueblo— decía. Y en seguida 
añadía indefectiblemente:-— Porque ya sabrán 
ustés que yo soy gaditana. 

No creo atentar á la fidelidad que debí á mi 
Ilduara querida , si reconozco que la señora de 
Llanes me pareció entonces , más que de cos- 
tumbre, y acaso por contraste con la gente que 
dejaba en la Sociedad de Amigos, un objeto 
muy grato de contemplar. No diré que la co- 
mandanta fuese una belleza acabada y sorpren- 
dente, pero poseía en grado altísimo ese don de 
su raza que se conoce por sandunga. Hasta sus 



5» 



DOÑA MILAGROS 



defectillos eran de los que prenden y enganchan 
la voluntad mejor que las perfecciones clásicas. 
La sombra obscura sobre el labio superior, car- 
nosito y de un rosa algo pálido ; el lunar castaño 
con cerdas rizadas en el carrillo izquierdo; 
la abultada cadera, las ojeras cárdenas y la 
voz gruesa y un tanto bronca, no acierto á 
decir si la desmejoraban, ó si, por el contrario, 
la hacían seductora en grado sumo. Estos pun 
tos yo los había oído debatir en la Sociedad de 
Amigos con gran calor, cuando el maridazo 
volvía la espalda, pues doña Milagros era mu- 
jer muy discutida , y no caía sobre ella ese ol- 
vido indiferente en que envuelven los varones 
á las hembras que no excitan su malsana curio- 
sidad. 

Mientras la señora subía la escalera , añadiré 
que siempre que en la Sociedad se trataba de 
doña Milagros , ó se me daban con ella bromas 
inconvenientes, yo sufría. En torno de la co- 
mandanta existía una atmósfera que me causa- 
ba enojo, persuadido como estaba de que todo 
eran injusticias y hablillas, sin más base que 
los pruritos de la maledicencia. Cada vez que 
veía á aquella excelente señora y adivinaba la 
franqueza de su carácter y la bondad de su 
corazón, experimentaba un sentimiento de lás- 
tima. ¿Lo habría adivinado la pobre? Porque me 
demostraba á su vez una simpatía, una inclina- 
ción honesta, una particular deferencia halaga,- 
dora, que no sabía yo á qué atribuir. Y es el 
caso que mi Ilduara, sea que esas voces mal- 
dicientes hubiesen llegado hasta ella, sea que 



POR E. PARDO BAZÁN 



59 



las bondades de doña Milagros para mí la alar- 
masen , profesaba á la graciosa comandanta 
ojeriza tanto más tenaz, cuanto que la disimu- 
laba bajo apariencias engañosamente cordiales, 
y sólo la desahogaba con pasajeras indicacio- 
nes, rápidas y agudas como saetas. De cuanto 
se murmuraba acerca de la comandanta, lo que 
más recogía mi esposa eran los rumores sobre 
origen plebeyo. Lamento tener que descubrir 
estas flaquezas de mi Ilda: cuando llegamos á 
Marineda, supuso que todo el aristocrático ba- 
rrio de Arriba iba á dejarse caer en peso en 
nuestra mansión, para atendernos y festejarnos; 
mas nada de esto ocurrió, y los moradores de 
los cuatro ó seis edificios blasonados que en Ma- 
rineda se conservan aún, no hicieron el menor 
caso de nosotros, pobres hidalgüelos de gotera, 
quedándose reducidas nuestras relaciones á las 
que ofrecía la vecindad , y á dos ó tres familias 
procedentes de Lugo , que se enteraron de que 
existíamos. Esta herida de amor propio se le en- 
donó á Ilda, y en vez de buscar á toda costa re- 
laciones, volvióse más relamida, tiesa y difícil, 
dándose á inquirir los antecedentes de las per- 
sonas que nos trataban. Doña Milagros tenía su 
expediente en regla. 

—Pero esposa— decía yo en tono conciliador 
—¿qué sabes tú de malo respecto á doña Mila- 
gros? Amí me parece una señora como todas las 
demás ; es mujer de un comandante ; su cate- 
goría social la permite rozarse con lo mejor- 
cito. 

Mi mujer fruncía el entrecejo, apretaba los 



6o 



DOÑA MILAGROS 



labios y rezongaba no sé qué de un puesto de 
verdura en el mercado de Chipiona , donde la 
madre ó la tía carnal de doña Milagros... no 
consta cuál de las dos... 

— ¡Mujer, cada uno es hijo de sus obras... el 
trabajar no deshonra, y el vender berzas no es 
oficio infamante ! 

—Pues traeremos á casa á las verduleras 
para que traten con tus niñas, si te parece— 
respondía echando lumbres mi mitad. 

— Ilda querida... No es eso. Si doña Milagros 
vendiese berzas hoy, corriente... Pero en el día 
es la mujer de su marido, y, por lo mismo, una 
señora. 

Hasta para este argumento , al parecer* con- 
cluyente, tenía respuesta llda. 

—Señora, señora... A saber, á saber... Estas 
gentes que vienen así, de donde Cristo dió las 
tres voces... A luengas tierras, luengas menti- 
ras... Han estado en Ultramar, allá en Cuba... 
(A mi mujer la escamaban muchísimo los que 
habían estado en Ultramar, y los juzgaba ipso 
fado trapisondistas.) A ver, hijo del alma 
(cuando mi mujer me daba este dulce nombre, 
era para hacerme sentir mejor el peso de su 
cólera), á ver, tú que tanto cargas en lo del 
señorío, ¿estás bien seguro de que son marido 
y mujer verdaderos? 

Y, en efecto, no podía yo tener lo que se 
llama certeza absoluta , no habiendo asistido á 
las bodas ni visto los registros parroquiales. 
Juraría, así y todo, que no existía allí ni som- 
bra de contrabando. Mi mujer comprendía, á 



POR E. PARDO BAZAN 



61 



pesar de mi silencio, que no se me comunicaba 
su escepticismo, y añadía enrabiada: 

—Y además, hombre, ¡qué gente tan ordina- 
ria! ¡Cómo se les ve que son señores hechos 
á puñetazos ! El habla igual que un carretero 
y tiene pelos hasta en el paladar; ella parece 
una cualquier cosa, con aquel meneo tan des- 
carado que lleva por la calle. Así es que todo 
el mundo se la atreve , porque la confunden con 
una tía pindonga. He de salir yo cien veces á 
misa, y nadie me seguirá, de fijo; y á ella el 
otro día la iba siguiendo Baltasar Sobrado. ¡No 
me lo niegues , que yo lo vi ! 

Lejos de mí el pensamiento de negar seme- 
jante noticia; para aquietar á Ilduara, exhalaba 
una especie de gruñido de conformidad. 

—No , no tengas miedo de que persigan así á 
una mujer de bien... Lo que es á mí... ¡A mí no 
se me atreven! 

¿Y quién habia de atrevérsete ¡oh Ilduara 
mía! con aquel gesto tuyo y aquel entrecejo y 
aquella austeridad de líneas que alejaba todo 
pensamiento profano? En eso si que estuvimos 
acordes, mujer incomparable. 

—En fin, son gentecilla; él huele á cuchara, 
y lo que es ella, no quiero pensar á qué huele... 

Temeroso de que mi esposa cometiese con el 
matrimonio Llanes algún exabrupto si yo me 
metía en defensas , mantuve mi acostumbrado 
sistema de decir amén á todo. Allá en mi inte- 
rior, esta inicua confabulación dentro y fuera 
de mi casa contra una persona á quien no veía 
hacer nada malo, me infundía mayor interés 



62 



DOÑA MILAGROS 



hacia ella. Muy bajito, protestaba contra las ne- 
cedades y preocupaciones del mundo, que no se 
contenta con que una mujer sea noble y servi- 
cial , sino que además la exige que al andar no 
columpie las caderas, y que sus tías no vendan 
zanahorias. 

Porque aquella doña Milagros tan duramente 
juzgada; aquella bendita señora, objeto de co- 
mentarios tan poco caritativos, era una criatura 
de bondad, que se desvivía por encontrar ma- 
nera de servir de algo á sus semejantes, y en 
particular á los vecinos. Pronta y fogosa para 
todo, nadie tan capaz de sacrificarse con verda- 
dera abnegación por lo que no le iba ni le ve- 
nía. Se lo hice observar tímidamente á Ilduara- 

—Mujer, la debemos un ciento de favores. 

—Nadie se los ha pedido — contestaba Ilda 
con acento que parecía el ruido de un ascua 
encendida al caer en el agua. 

Al encontrármela yo en la escalera , doña Mi- 
lagros subía con brioso taconeo, haciendo vibrar 
los peldaños, de prisa, como persona á quien 
no pesan aún la edad ni las carnes, á pesar de 
hallarse éstas en condiciones de lozanía muy 
apetecibles y simpáticas, y alcanzar todo el 
turgente desarrollo que requiere la hermosura 
femenil. Siguiendo con la vista la alternativa 
de la claridad de la suela y la negrura del za- 
patito que calzaba el pie meridional de la seño- 
ra, me distraje de aquella pavorosa perspectiva 
de las amas por partida doble, pensando que 
era lástima que mi Ilduara no reuniese, á su 
aire digno, algo de la morbidez de la señora de 



POR É. PARDO BAZÁN 



63 



Llanes. Mientras me ocurrían estos pensa- 
mientos, los tacones diminutos continuaban 
produciendo agradable repique sobre la esca- 
lera. Cerca ya de la puerta de mi piso, doña 
Milagros notó que alguien subía detrás, se vol- 
vió rápidamente, y me saludó con efusión que 
rayaba en exaltada ternura. 

— Ay D. Benisio del arma... Mare mía de la 
Consolasión... Ay, ¿pero usté sabe lo suseío? Si 
es un milagro e los grandes... ¡Grasia á Dió 
que ha venío usté ! ¡ Jesú , hombre ! Si ya creí 
que se nos quedaba poallá , sin vení a ve la sal 
del mundo, la cosa más chistosa... ¡Ay qué 
envidia le tengo á su mujé, santo varón ! Monáa 
como las tales gemeliyas... ¡Por unas así daba 
yo sangre é la vena!... ¡No etiman la suerte 
argunas!... ¡Es usté un cabayero, Don Benisio! 

Al oir estos dichos , propios de tan apasiona- 
da señora, reparé que llevaba las manos ocu- 
padas con un sinnúmero de objetos: tiras de 
lienzo, tabletas de chocolate, una cazuelita 
chica, una maquinilla de esas de hervir agua 
con alcohol, un cucurucho, no sé qué más ca- 
chivaches... 

—Pues apenas va V. cargada. 

— Quiá, hombre... Menuensias que hasen farta 
en casos como estos... Yo nunca me vi en ellos, 
por mi suerte desdichá; pero con la afisión á 
los chicos, tengo ya más práctica... En cuanto 
supe que yegaba el lanse, arriba me planté, á 
ofreserme pa tó lo que haga farta, con con- 
fiansa, como si fuese de la familia, lo mismito. 
Más veses yevo subió y bajao... 



6 4 



DONA MILAGROS 



El sobrealiento de la señora probaba su afir- 
mación, y al verla así, tan cordial, tan cariñosa 
conmigo , no fui dueño de contener la gratitud 
que se me subía á la garganta, y murmuré 
alargando las manos : 

—Doña Milagros... es V. muy buena. 

Ella, no menos conmovida, quiso y no pudo 
echarme un brazo al cuello, murmurando: 

—Cayese usté. ¡Vaya unas bondaes, cristia- 
no! Ea, cargue V. con este artilugio. (Y entregó 
la maquinilla.) Andando, andando, que no es- 
tamos pá paliques. 

No fué preciso tocar á la campanilla. Como 
si detrás de mi puerta nos acechase un ser invi- 
sible, entreabrióse calladamente y apareció la 
nariz de mi hija mayor, Tula, cuyos ojos, que no 
por denigrarlos sino por definir su especial mi- 
rada he comparado á los de una lechuza, se 
clavaron en la comandanta y en mí. Y por entre 
el hueco de la puerta y de la persona de Tula 
se deslizó Feíta, deteniendo á doña Milagros, 
que iba á entrar como una manga de agua ó 
un ciclón , y diciendo : " ¡ Chist ! Cuidado con 
meter bulla , por causa de mamá. „ 

—Aquí tenéis espliego — dijo la señora entre- 
gando á Tula el cucurucho.— Sahuma, hija, sa- 
huma, que es lo má sano pá las parías... Toma 
la estufilla: verá tú cómo en un verbo hasemo 
agua santa, agua paná, agua de tilo... 

Cortó la inspiración hidráulica de la buena 
señora la aparición de otros dos vástagos míos, 
Ciara y Constanza, con lo cual la antesala que- 
dó de suerte que no nos podíamos revolver. Y 



POR E. PARDO BAZÁN 



65 



detrás apareció Rosa, emperejilada según cos- 
tumbre, con su cara deslumbradora, y una da- 
lia prendida detrás de la oreja. ¡Para dalias es- 
tábamos! 

—¡Dos niñas, papá! ¡Dos niñas!— exclamó con 
diferentes entonaciones el coro femenil. 

—¡Dos niñas!— repetí, sin que otra cosa se 
me ocurriese. — ¿Y mamá, qué tal? 

Feíta se adelantó , me cogió de la manga , y 
en voz apagada y discreta, voz de enfermera, 
murmuró : 

—Dice el señor de Moragas que bien... Ahora 
dormita... Venga, papá; venga á ver la cucada, 
la gracia del mundo , las gatiñas reoién naci- 
das... Las «otábamos lavando... ¡Si viese qué 
idénticas!... Como dos gotas. Más lindas... El 
señor de Moragas está ahí; pero se va á lar- 
gar, que tiene que hacer... 

Entré de puntillas, no en la alcoba conyugal, 
por respetar el sueño de mi esposa, sino en el 
gabinete que confinaba con ella. Moragas salió 
á recibirme , felicitándome en un tono en qtae 
discerní compasión y algo de chunga. ¡ Maldi- 
tas casas pequeñas, sin comodidad ni desahogo 
Allí mismo , en el gabinete, entre el armario de 
luna y el sofá, se había tenido que extender una 
sábana, y sobre ella, en un lebrillo lleno de 
agua tibia, mi hija Argos y la eriada lavaban 
á las gemelas, palpando torpemente los cuerpos 
blandufos. No se entendían para fajarlas; y sin 
consultar mi voluntad, me pusieron una en 
cada brazo , envueltas en la toaHa húmeda. 

— ¿Eh? ¡Qué bonitas! ¡Qué iguales! La que 
Adán y Eva 5 



66 



DOÑA MILAGROS 



nació primero es ésta : tiene atado á la muñeca 
un estambre verde para diferenciarla. 

Yo las miraba, girando la cabeza del lado de- 
recho al izquierdo. Parecíanme diminutas, co- 
lor de berengena y algo hinchadas : esto es co- 
mún en los recienes , é indica que de grandes 
serán excesivamente blancos. Al fin, inclinan 
dome, les di á mis niñas un beso. Entró en esto 
doña Milagros, y me las arrebató, y empezó á 
chillarlas. 

— Monáas, tesoros, cominiyos, peasos dema- 
sapán... ¡ Ay qué judia, tenerlas así en cuero, 
arresiditas de frío! i A ver, á ver, un capiyito, 
que la quiero vetir áeta emperatris de la China! 

La andaluza tomó el capillito templado, la 
faja, el pañolico triangular, la gorra, y empezó 
á vestir á una de las gemelas con extraña habi- 
lidad. Cualquiera pensaría que la comandanta 
había parido y criado media docena de chicos 
lo menos. Manejaba aquella masa gelatinosa 
con incomparable soltura, y enrollaba la faja 
alrededor del cuerpo lo mismo que si no hubiese 
hecho en su vida otra cosa. En cambio , Argos 
y Clara se veían y se deseaban para arreglar 
la suya. Feíta se entrometía, pretendiendo 
arrancársela de las manos. 

—i Yo!... ¡ Yo la amañaré ! 

—Quita, mocosa, chiquilicuatra— contestaban 
desdeñosamente.— Si te remangamos las faldas, 
verás qué azotes. 

— Papá... que me dejen...— articuló Feíta di- 
rigiéndose á mí, con la garganta atascada de 
sollozos. — Que me dejen. ¡Ya verán si sé! 



POR E. PARDO BAZÁN 



6 7 



Moragas, siempre en pleito con Feíta, y al 
mismo tiempo encariñado con ella y protegién- 
dola , indicó : 

—Déjenla Vds.... á ver cómo se las compone 
esta mona sabia... Puede que haga prodigios. 

—Bueno, que la vista...— ordené yo. 

¡Quién vió á Feíta! Iluminóse repentinamente 
su rostro con una expresión que, á no ser ella 
tan diablillo, podría llamarse angelical; y to- 
mando á la niña , sentóse en la butaca y la aco- 
modó en el regazo. Yo la miraba atónito , mien- 
tras Moragas me daba disimulados codazos, 
como diciendo: — ¿Ve V.?— En efecto, aquella 
empecatada chicuela , que no podía coger nada 
sin romperlo , que tenía los movimientos y las 
actitudes de un muchacho revoltoso , se trans- 
formaba de repente en la mujer más cuidadosa 
y solícita. Apretando y haciendo embudo con 
los labios , fijos los ojos en la criatura , con ma- 
nos que la tocaban como se toca á una santa 
reliquia, trémula de gozo y de orgullo al mismo 
tiempo , Feíta la vistió en tres minutos perfec- 
tamente. Y cuando estuvo liado el paquetito, 
lo levantó en alto, lo arrimó á la cara, y chilló 
con delirio : 

— ¡Uuuú... Moniña, moniña! 

Y luego, volviéndose hacia las hermanas ma- 
yores , que parecían burlarse de su triunfo , les 
sacó una cuarta de lengua, y les gritó : 

— ¡Aaaá... Pasmonas, chapuceras, envidio- 
sas ! 

Ellas contestaron sotto voce: 

— {Pericón! 



6S 



DOÑA MILAGROS 



La cosa no tuvo más consecuencias. Doña 
Milagros estaba en su elemento, daba órdenes, 
hacía preguntas: parecía un general en jefe, y 
por ese instinto que hace que obedezcamos á 
las personas de iniciativa, mis hijas ejecutaban 
sus mandatos al punto, excepto Tula, que hasta 
se me figura que la respondió dos ó tres veces 
con aspereza. Sobre el velador, retirado el ta- 
pete de croché, hervía con simpáticos gorgori- 
tos no sé qué infusión en el cazo de la estufilla: 
era un brevaje para paladear á las pequeñas: 
la comandanta, soplando en la cucharilla antes, 
se la metía entre los labios , y las oruguitas 
hacían gestos muy cómicos , entre estornudo y 
mueca, al percibir aquella primera sensación 
de los órganos del gusto. Luego doña Milagros 
comenzó á lamentarse de que no hubiesen traído 
un indispensable jarabe, á lo cual mi hija Tula 
contestó agriamente que no se podía pensar en 
todo y que bastante se había hecho. La coman- 
danta entonces salió disparada, regresando á 
los dos minutos con la noticia de que ya iba 
por el jarabe su asistente; y como Moragas y 
yo conferenciásemos en el hueco de una ven- 
tana, se vino á nosotros hecha un basilisco , y 
cual si se tratase de su propia alimentación, me 
interpeló acerca de la de mis hijas. "¿Cómo 
estábamos de amas?,, Sí, empleó el plural. 

—A ver, usté, señó Neira, ¿qué jase usté ahí 
tan parao? ¿Cuándo dispone que tengan teta 
etas dos asuseniya? 

—Si no se la damos usté ó yo, señora...— con- 
testé riendo, porque no había medio de forma- 



POR E, PARDO BAZÁN 



6 9 



lizarse con una mujer tan excelente, aunque tan 
entrometida. 

— ¿Yo?... Peasitos de mi corasón, con vía y 
arma se la daría. ¡Qué felisiá, criar un nene! 
¡Pa qué quería yo más! Pero esto no pué seguí 
así. Hijas, yorá pa que os busquen teta, que os 
tienen desfayesías. 

Lo mismo que si obedeciesen á un conju- 
ro, las gatitas dejaron oir quejumbrosos ma- 
yidos, que resonaron en mis blandísimas en- 
trañas de padre. Entre el médico , la señora y 
yo comenzamos á debatir aquella pavorosa 
cuestión de subsistencias, que más bien era de 
capacidad. El bolsillo, trémulo de pavor, se 
arriesgaría á afrontar la doble lactancia; pero 
era humanamente imposible buscar acomodo al 
ama sufragánea. Para alojar á la que ya estaba 
contratada en la Erbeda y sólo aguardaba avi- 
so, había sido indispensable repartir á los niños 
en los cuartos de sus hermanos, y convertir 
en dormitorio un chiribitil antes destinado á 
cuarto de plancha y leonera. ¿Qué hacer? ¿Qué 
hacer, Dios santo? 

— Mire usté— exclamó con fuego doña Mila- 
gros.— Por eso no se apure usté ná. Abajo so- 
bra sitio. Tan holgaos estamos, que para cáa 
pierna y cáa brazo hay su habitasión. Se bajan 
el ama y el angeliyo, y abajo duermen y abajo 
están tóo el santo día. Tomás , loco con la gu- 
rruminita; yo, con más babas que un caracol; y 
se ha sarvao la patria. 

Todo lo facilitaba, y por poco me convence, 
aunque yo opinaba que aguardásemos á que 



7o 



DOÑA MILAGROS 



despertara mi esposa, cuyo sueño encargaba 
Moragas que no se perturbase, por la necesi- 
dad que tenía de reponer sus fuerzas. Pero 
cambió nuestros planes el ver entrar á mi hija 
Feíta empuñando una botella llena de un líquido 
blanco. Nunca mostró la cara tan animada y 
satisfecha como entonces. 

—Papá... mira lo que he discurrido. Con esta 
botella hago un biberón, y le doy de mamar á 
las niñas. No se necesita ama ninguna. Son 
unas galopinas, unas cargantes. Yo, yo sola 
crío á las pequeñas. Y divinamente. Verás. 

Nos burlamos de la chiquilla ; pero Moragas, 
risueño y todo, la cogió por la barba, la pasó la 
mano por el cabello , y dijo : 

—Sí, Lucifer, trasto, tú salvarás á tus her- 
manas... No vendrá más que un ama, y la otra 
será la señorita Fea... Ya verás cómo te doy 
un curso de cría con biberón... En tres leccio- 
nes te gradúas de doctora. 

Así quedó resuelto el espantable conflicto. 
Al otro día muy temprano llegó de la Erbeda 
el ama, y por la tarde se bautizaron las gatitas. 
Se les puso por nombre, á una María Remedios 
y á otra María Teresa , por haber nacido el 
día 14 de Octubre, fiesta de Nuestra Señora 
de los Remedios, y bautizádose el 15 del mismo 
mes, fiesta de la santa doctora de Avila. Mis 
hijas y doña Milagros hicieron prodigios para 
adornar á las gemelas. Encaje de aquí, cinta de 
acá y bordado de acullá , me las pusieron tan 
majas. Al volver de la iglesia, el ama alzó los 
pañolitos de nipis que tapaban la cara á mis dos 



POR E. PARDO BAZÁN 



7} 



retoños , y me dijo las palabras sacramentales: 
"Llevé unas moras y traigo unas cristianas.,, 
Miré á las inocentes criaturas, que dormían. 
Disipada la hinchazón de sus caritas, con la au- 
reola de encajes de las gorras, no se puede ne- 
gar que estaban hechiceras. Las tomé en peso, 
una en cada brazo, y la idea de ser autor de 
aquellos ángeles me hizo pensar entre orgu- 
lloso y triste : 

— ¡Quién duda que son unas monadas!... Si no 
fuese que ya tiene uno en casa otras diez... Si 
el zapatero y el panadero no enviasen cuen- 
tas... Si estuviésemos en el Paraíso terrenal... 



V 



La venida al mundo de las dos encantadoras 
criaturitas pesó sobre mi espíritu como losa de 
plomo : acaso por primera vez comprendí la 
gravedad de la obligación en que me había 
puesto al decidirme á ser padre de doce hf¡os. 

En mis meditaciones solitarias y penosas; en 
mis horas de considerar el negro porvenir, me 
acusaba á mí misrrK), por no acusar á las ins- 
tituciones sociales. Era clarísimo que no debí 
haber engendrado aquellos dos vástagos más, 
y su existencia probaba de un modo evidente y 
casi afrentoso para mí que yo no tenía un adar- 
me de juicio, de buen gusto, ni de sentido co- 
mún.— Cuando dos seres humanos, en todo el 
hervor y fuego de la edad juvenil, siendo su 
cómplice la naturaleza, que les brinda una pri- 
mavera llena de flores y fragancias, que les 
canta en las espesuras el epitalamio con coros 
de avecillas, y les alumbra las bodas con la 
lámpara de plata de la luna, se dejan arrastrar 
á cualquier flaqueza, el desliz les condena á 
reprobación , y le ocultan como si fuese el ma- 



74 



DOÑA MILAGROS 



yor atentado. Y en cambio, si dos personas como 
Ilduara y yo, que nos acercamos á la vejez, sin 
aliciente alguno, en prosa vulgar, damos al 
mundo seres que ni tenemos medios de soste- 
ner, ni tiempo de ver criados, á nadie se le 
pasa por las mientes discutir si será lícita 
acción semejante., y se festeja el nacimiento 
como si fuese algún motivo de regocijo y 
zambra. 

Lo único que tranquilizaba un poco mi con- 
ciencia (tranquilidad puramente negativa), era 
pensar que el mayor tanto de culpa quizá no 
me correspondía á mí , sino á mi pobre espo- 
sa, y que algo pudieron dañarnos sus desaten- 
tados celos y sus absurdas suspicacias... Líbre- 
me Dios de profundizar tan delicado asun- 
to, y El me preserve también de censurarla por 
lo que mostraba á las claras su conyugal amor, 
en el cual creo á pesar de todo.,. Probable- 
mente la firmeza y la prudencia faltaron en mí ; 
tal vez no supe, con finas y tiernas demostracio- 
nes, de un orden ideal y delicado, persuadirla 
de lo invariable de mi lealtad... En fin, lo cierto 
es que ahí estaban las mellizas , dos seres des- 
validos y adorables , que sólo de mí esperaban 
protección, sustento , y lo que debe la vida á 
cada individuo... ¿Y cómo iba yo á cumplir ¡Se- 
ñor Dios!, obligación tan perentoria y sagrada? 
¿Cómo sostener dos boquitas más, donde ya 
sólo á fuerza de orden podíamos soportar las 
exigencias de una posición falsa y de una vida, 
aunque modesta, mucho más lujosa de lo que 
permitían nuestros medios? 



POR E. PARDO BAZÁN 



75 



Empecé á ver que lo que complicaba la si- 
tuación de mi familia , era la fatalidad de que 
la naturaleza se empeñase en regalarme hem- • 
bras y no varones. Son las hembras, desde 
tiempo inmemorial, la plaga, la aflicción y el 
castigo de la fecundidad humana. He oído que 
en algunos países se acostumbra darlas muerte 
al nacer; y aunque se me haga duro creer tan 
horrible crueldad, lo cierto es que aquí, si no 
las matamos, renegamos de ellas. Once veía yo 
á mi alrededor, como los retoños de la oliva: 
cinco casaderas, una que lo sería bien pronto, 
y las demás , pobres criaturitas indefensas, 
desarmadas para todas las luchas, sin más 
apoyo que la protección de un hombre ya en- 
trado en años, con un pie en el sepulcro. Si 
aparecían maridos , soberbio ; pero si no apa- 
recían, ¿qué iba á ser de mi prole? ¿Qué come- 
rían hoy ó mañana ? ¡ Como no echasen en el 
puchero el consabido aguilucho!... Si Froilan- 
cito despuntaba, las ampararía... ¡Era preciso 
que Froilancito nos saliese una eminencia ! 

Me distrajeron de estas cavilaciones otras más 
urgentes. Es el caso que mi Ilduara quedó ex- 
hausta desde la última y onerosa contribución 
pagada á la naturaleza. Contemplándola des- 
pués de su doble parto , me asustó : parecía un 
cirio. La maternidad, que embellece y refresca 
á las mujeres relativamente jóvenes, había aca- 
bado de aniquilar el ya gastado organismo de 
mi pobre compañera, y comprendí que para re- 
ponerse necesitaría muchos meses de absoluto 
reposo, y, añadió Moragas, "el aire del campo,,. 



7 G 



DOÑA MILAGROS 



Desgraciadamente estábamos en Octubre, y 
cuando Ilduara pudiese ponerse en camino, se- 
ría bien entrado Noviembre. No cabía ni soñar 
en irse á una aldea, sin recursos, con frío, con 
lluvias incesantes. 

A falta de campo, se ordenó una alimenta- 
ción nutritiva, y yo no sé lo que gasté en galli- 
nas durante los días de la convalecencia. Si no 
iba en persona al mercado (¿quién se fía de 
criadas?), -encomendaba á doña Milagros este 
pormenor, que no me atrevía á encargar á la 
inexperiencia de mis hijas ; y en el pasillo nos 
encontramos más de una vez la comandanta y 
yo , muy ocupados en sopesar y en soplar el 
obispillo á una gorda gallina, discutiendo si 
valía ó no los doce reales que costaba. 

Es de advertir que en cuanto mi esposa re- 
cobró ánimos, impacientóse con la inmixtión de 
la comandanta en nuestros asuntos domésticos- 
Ilda siempre había sido guardadora de su auto- 
ridad, lo cual, añadido á la prevención que con- 
tra doña Milagros alimentaba , dio por resul- 
tado una tirantez de espíritu y una sobreexcita- 
ción que se declaraban sólo con sentir los pasos 
de la infeliz señora en el recibimiento. Acaso 
la debilidad había desatado los nervios de Ilda, 
porque nunca la vi en estado semejante. Por 
desgracia, la andaluza subía más que nunca: 
nos la encontrábamos hasta en la sopa. Había 
cobrado á mis gemelas tal cariño , que rayaba 
en frenesí, y no sabía pasarse dos horas sin 
echarles la vista encima. Lo que sobre todo 
embelesaba á doña Milagros, era la dificultad 



POR E. PARDO BAZÁN 



77 



de distinguir á las gemelas, por lo muchísimo 
que se parecían. ¿Hay encanto como no saber 
cuál es Zita ni cuál es Medial (Mi hija pequeña, 
Pura, las confirmó así con su media lengua y 
su ceceo incorregible.) Para señal, doña Mila- 
gros había traído una medallita de plata del 
Carmen, y una del Corazón de Jesús; y todo el 
día andábamos con el ajetreo de abrirles el ca- 
pillo á las mellizas y exclamar: " ;Ay, ama, que 
esta niña no ha mamao... A ver... la medaya... 
Pues no, eta es Zita... eta si se echó una buena 
tragantá al cuerpo... es la otra la que está 
muerta de hambre! ... ¡Gloria er mundo, bisco- 
chiyo, reina regente! ¡Te comería... huuum, te 
comería! ¡Pues si se ríe ya... ama, se ríe... ya 
se ríe ! „ 

Otras veces ayudaba á Feíta en sus tareas de 
nutriz, en las cuales se lucía el diablillo. Mora- 
gas le había explicado la higiene de la botellita 
vital, destinada á reemplazar el calor y la 
afluencia del seno humano, y la chiquilla se 
penetró tan perfectamente de aquello de la lim- 
pieza, y la temperatura, y las cantidades de 
agua y leche, que las niñas tomaban con igual 
gusto el pezoncillo de goma que el pecho del 
ama. Era esta una moza soltera, costurera de 
oficio, que ya por segunda vez ejercía el de al- 
quilar su cuerpo, convirtiendo en granjeria la 
quiebra de su virtud. Doña Milagros no estaba 
á bien con la muchacha , ni le parecía ama sufi- 
ciente para una sola de las niñas , cuanto más 
para las dos, por mucho que las ayudase la 
botellita dichosa; y el ama, notando que la co- 



7? 



DOÑA MILAGROS 



mandanta no era amiga suya, le había cobrado 
una inquina sorda y solapada, pero fiera. Yo 
llegué á sospechar más adelante , cuando so- 
brevinieron acontecimientos funestísimos, que 
aquella pécora contribuyó á sobreexcitar á mi 
esposa. Pero también alguna de mis hijas en- 
traba en la conspiración doméstica contra doña 
Milagros. Tula, en todas las cosas tan semejan- 
te á su madre, lo fué asimismo en ésta. Es im- 
posible describir su gesto al ver á la andaluza. 

Esta marejada me disgustaba mucho, no so- 
lamente por lo que á mi parecer tenía de in- 
justa , sino principalmente porque contribuía 
á que se empeorase llduara, cuya enfermedad 
tomaba forma de malquerencia contra doña Mi- 
lagros. Yo veía á mi esposa cada día más exte- 
nuada, sin fuerzas para levantarse, porque 
generalmente , cuando á fin de mullir su cama 
la trasladábamos á un sillón, solía acometerla 
algún desvanecimiento. Para evitar que per- 
diese la poca vida que le quedaba, recomendá- 
bale Moragas que se mantuviese con los pies 
más altos que la cabeza, y que guardase la ma- 
yor inmovilidad posible; pero sólo con oir la 
voz déla comandanta en la antesala, mi mujer 
se retorcía como pisada culebra, y vibrando 
odio por ojos y boca, exclamaba: 

—Vamos, bueno... ¡Ya está ahí esa mujer! 

Los ofrecimientos y servicios de la compla- 
ciente andaluza, en vez de calmar á mi esposa, 
acrecentaban su furia de un modo que para mí 
sería increíble si no lo hubiese visto. Y el caso 
es que fundaba su enojo en razones enrevesa- 



POR F,. PARDO BAZÁN 



79 



das y estrambóticas, y argumentaba sin permi- 
tir que yo abogase en favor de aquella exce- 
lente señora. 

—Se necesita poca vergüenza para meterse 
así en las casas ajenas , donde no le llaman á 
uno, ni le necesitan. Gente ordinaria al fin y al 
cabo, militarotes de cucharón, furrieles inde- 
centes, acostumbrados á comer del rancho y 
dormir en cama redonda. ¿Quién llama aquí á 
esa chula^-porque es una chula, Benicio, desen- 
gáñate?— Viene á curiosearlo todo, á enredarlo 
todo. Luego , qué frescura, qué falta de pundo- 
nor. Le ve á uno serio, y nada, cara de corcho. 
Hasta que la echen á puntapiés... 

— ¡Ilda... Ilda! — murmuraba yo.— Hay que 
tener miramiento... Eso que dices es terrible. 
La señora de Llanes se desvive por obse- 
quiarnos. 

— ¿Y quién le pide semejantes obsequios? Sin 
ellos hemos vivido siempre, sin ellos seguire- 
mos viviendo muy contentos y felices, en paz y 
en gracia de Dios. ¿Se los has ido tú á mendi- 
gar? Puede que sí. 

—No, mujer, por los clavos de Cristo... Pero 
la buena voluntad se estima , aunque no se so- 
licite. Son atenciones que, al fin, nadie las tiene 
con uno más que esa señora. 

— Atenciones, atenciones... Abusos é imperti- 
nencias les llamo yo. 

—Ya sabes que mima muchísimo á nuestros 
niños... ¿Cuántas veces se los lleva á merendar 
y jugar abajo? 

—Para sonsacarlos y averiguar todo lo que 



So 



DOÑA MILAGROS 



aquí sucede. Tú eres un papamoscas : á ti te 
pasan las cosas delante de los ojos, y como si 
nada. 

Olvidando el estado de mi esposa, que me 
imponía la obligación de asentir á cualquier 
absurdo, me formalicé, tan infundada me pare- 
ció la acusación. 

—Pero vamos á ver, Ilduara querida , tómate 
el trabajo de discurrir con la cabeza. ¿Qué dia- 
blos tiene que averiguar doña Milagros de lo 
que aquí sucede? ¿Qué le importa? En resu- 
men, ¿qué sucede aquí? Ni le hacemos falta 
para nada, ni ella viene sino porque es así, una 
infeliz , amiga de servir y de complacer, y aca- 
bóse. Tú eres la que ves visiones y armas líos, 
hija. 

Me detuve, porque Ilda, incorporándose en 
la cama , con las mejillas encendidas y la voz 
ronca, gritó frenética: f 

—Ciertas defensas me llaman la atención... 
Sacar la espada por ciertas personas, no se 
comprende sino mediante ciertas razones. Si 
entre doña Milagros y tu familia escoges á doña 
Milagros, á esa verdulera, y la prefieres á una 
mujer que te ha parido diez y ocho hijos, enton- 
ces dilo claro y entendámonos de una vez. Si 
no, sírvate de gobierno que esa individua no ha 
de venir más á entrometerse donde sólo yo 
mando. En mi casa soy la reina, y como vuelva 
aquí á mangonear, la canto las verdades del 
barquero. ¡Ya lo sabes! A mí no me engañan 
las amabilidades ni los servicios de ciertas pá- 
jaras. No me la pegan las doñas Milagros. ¡Des- 



POR E. PARDO BAZÁN 



81 



interés , atención! Ya sabemos lo que viene á 
buscar. Lo que no tiene en su casa. ¡Y no me 
obligues á desbocarme, porque saldrán sapos 
y culebras! 

Quedé aterrado. Sapos y culebras parecíame 
que, en efecto, se asomaban á aquella calentu- 
rienta boca. En primer lugar, preveía un dis- 
gusto feroz con la familia Llanes; en segundo, 
veía á mi esposa al borde de una recaída, arries- 
gando su salud por un furor inexplicable. ¡ Ah, 
Ilduara mía, compañera fiel y leal, casta y hon- 
rada esposa! Créelo: en aquel momento lamenté 
de todo corazón mi carácter débil y la resigna- 
ción completa que en tus manos hice del poder 
desde que nos unió la santa coyunda, Toda au- 
toridad que se subvierte, se corrompe. ¿Quién 
sabe si, con más tesón, poseería sobre ti el as- 
cendiente necesario para traerte entonces al 
camino de la razón, de la delicadeza y de la 
sensatez, y evitar las desgracias que sobrevi- 
nieron? 

Intenté apaciguar á mi esposa con dulzura; 
pero vi que, lejos de lograr el objeto apetecido, 
sólo conseguía aumentar su enojo; noté que la 
irritaba el eco de mi voz y hasta mi tono hu- 
milde. Seriamente preocupado, como si el co- 
razón me avisase de alguna desdicha, me 
aparté ¿le su cabecera, saliendo á la galería, 
por donde empecé á pasearme angustiadísimo. 
No sé si lo que influía en mí era aquella vieja 
educación cortés, la enseñanza materna, que 
me ordenaba guardar consideración á las mu- 
jeres, y me hacía temer que á una lamaltrata- 
Adán y Eva 6 



82 



DOÑA MILAGROS 



sen bajo mi techo.... ó si era la ardiente simpa- 
tía que me inspiraba la señora de Llanes ; pero 
el caso es que sentí una turbación y una pena 
y una vergüenza mortal. Con las manos atrás, 
caída la cabeza sobre el pecho , empecé á me- 
dir la galería de arriba abajo , tropezando en 
los tiestos y cajones de flores y enredaderas 
que aglomeraran allí mis hijas. Aquel cierre de 
cristales tenía una particularidad que lo dife- 
renciaba de los restantes de Marineda: y es que 
su parte baja la componían vidrios alternados 
de distintos colores, azules, rojos, verdes y 
amarillos, al través de los cuales se veía el 
puerto y el anfiteatro de montañas que lo coro- 
na, teñidos de un matiz fantástico, semejante al 
de los cosmoramas. La vistosa alternativa de 
los cristales me sugería ideas, ya lúgubres , ya 
consoladoras. El país de oro que veía al través 
del vidrio amarillo me reanimaba, y la fúnebre 
palidez del azul me abatía y acoquinaba ente- 
ramente. 

Entre vuelta y vuelta , la idea de bajar y 
espontanearme con doña Milagros se me apa- 
reció como un faro salvador. La señora, ente- 
rada de las rarezas de Ilda y prevenida contra 
cualquier rasgo de barbarie, hasta ayudaría á 
desterrar aquella mala disposición de mi espo- 
sa, ya presentándose menos, ya empleando al- 
gún otro artificio, fácil para su entendimiento y 
despejo natural. Se me venían á la imaginación 
cláusulas enteras del discurso que iba á espe- 
tarla. "Mire V., doña Milagros, en este mundo 
cada uno tiene sus manías, y V., con su buen 



POR E. PARDO BAZÁN 



«3 



talento, ha de saber dispensar ciertas cosas...,, 
Y delante del vidrio dorado , la cosa me pare- 
cía, no sólo fácil, sino grata, porque me lison- 
jeaba la idea de desahogar mis cuitas en el co- 
razón de aquella bondadosísima señora, que no 
dejaría de compadecerme y consolarme. Pero 
al pasar delante del vidrio azul , melancólico y 
afligido, se me ocurrieron todas las dificulta- 
des de la empresa. ¿Si doña Milagros lo tomaba 
por donde quema y subía á pedir cuenta á mi 
esposa de sus extrañas prevenciones? ¿Si aun 
cuando doña Milagros guardase el secreto, ave- 
riguaba Ilduara mi visita al piso de abajo y mi 
entrevista con la comandanta, por la bien mon- 
tada policía de mis hijas? Tampoco era fácil 
encontrar fórmula adecuada. "Mire V., doña 
Milagros, mi mujer dice que no quiere que 
aporte V. por casa en los días de su vida.,,— 
"Oiga... ¿y por qué? ¿Se pué saber?,,— "Pues 
porque cree que V. es una métome-en-todo, y 
una revoltosa, y una pues, y una tal y una 
cual... „— ¡En fin, que ciertas cosas no hay me- 
dio humano de decirlas ! 

Mientras me hallaba en esta perplejidad, 
vino á librarme de ella un suceso que no me 
dió tiempo de poner por obra ninguna resolu- 
ción. Y fué, que viendo un día de otoño bastante 
claro y sereno, dispuso Ilduara que sacase el 
ama á las gemelitas á tomar el aire. Rosa, siem- 
pre dispuesta al callejeo, y Constanza, fueron 
comisionadas para acompañar y vigilar al ama. 
Arregláronse y bajaron todos ; pero apenas 
haría diez minutos que habían salido , cuando, 



8 4 



DONA MILAGROS 



¡tilín, tilín!, volvimos á sentir en la antesala 
el estruendo de sus voces, y el llanto de una de 
las niñas. 

Ilduara, que se levantaba por tercera ó cuarta 
vez, hallábase tendida en el sofá. Al ver regre- 
sar el grupo, saltó sorprendida. 

— Ama, ¿qué es eso? ¿Por qué vuelves? ¿Se 
ha olvidado algo ? 

—Es que doña Miiagre...— pió el ama con su 
vocecilla remilgada de costurera campesina— 
nos mandó... 

El rostro de mi esposa se puso del color de 
los tomates maduros; tan rápidamente acudió á 
él la poca sangre que andaba repartida por las 
venas de su cuerpo. Y manoteando y enronque- 
cida ya, gritó furiosa : 

—Conque doña Milagros, ¿eh? Magnífico... 
¡Pues me hace gracia I ¿De manera que ya no 
puede cada uno disponer de su casa y de sus hi- 
jos, sino que ha de venir la gente de fuera á 
enmendarle la plana? ¿Y á ti, santa boba, quién 
te dice que obedezcas á cualquiera? Y vosotras 
— añadió dirigiéndose á Rosa y Constanza — 
¿para qué os envío con las pequeñas, sino para 
hacer respetar la voluntad de vuestra madre? 
¡Ahora mismo... ahora mismo me estáis ba- 
jando otra vez á la calle, y me paseáis á las 
niñas hasta las doce de la noche! ¿Habéis oído? 
Hasta las doce. Si volvéis un minuto antes , cui- 
dado conmigo... A ver si aquí mandaquien debe» 
ó las desvergonzadas. 

Yo, que presenciaba esta escena y escuchaba 
esta filípica, me quedé helado al ver que por la 



POR E. PARDO BAZÁN 



83 



abertura de la puerta asomaba doña Milagros 
su rostro moreno. 

— Esposa... Ilda... ¡Por la Virgen... mira que 
está ahí... que te oye! — supliqué con angustia, 
acercándome á mi mujer. 

—Mejor— chilló Ilda más lato.— Lo que estoy 
deseando es que oiga. No lo ha oído más pronto 
porque no ha querido. No hay peor sordo... 

Ya entraba la impetuosa andaluza como un 
rehilete, sin fijarse en lo que Ilduara decía, 
atenta sólo á su idea. 

— i Ay, Jesú! . . . ¡Fortuna han tenío esos cachos 
de sielo en encontrarse conmigo!... ¡Pulmonía 
como la que piyan si no!... ¡Yo no sé cómo hay 
való pa enviá á esos angeliyos fuera con una 
tarde tan fría ! ¡ Y desabrigás ! ¡ Ni el gabansiyo 
e franela yevaban! De forma que dije: — Ama, 
arribita con eyas... 

Charlando así , había tomado en brazos á una 
de las gemelas, y la cubría de besos gorjeados 
y sonoros. Yo temblaba, mirando á mi esposa 
inmóvil , erguida como el torreón aquel , con un 
aspecto arquitectónico y una calma fría del 
peor agüero. Tan significativo y terrible era 
su ademán, que mi hija Rosa, muy partidaria 
de doña Milagros , se atrevió á murmurar: 

— Mamá, es cierto... Hace un frío que pela, 
ahí en los soportales... A las niñas, aun no bien 
salieron, se les puso morado el hociquito. 

Ilda ni siquiera prestó atención. Con una deci- 
sión glacial que me asustó mucho más que un 
acceso de cólera, se adelantó hacia la coman- 
danta, y, arrancándole de las manos la criatura 



86 



DONA MILAGROS 



que en ellas tenía y restallando cada frase como 
un latigazo, dijo así: 

— Señora, V. á disponer en su casa, pero no 
en las ajenas. Y si quiere V. manejar chiquillos, 
haga por tenerlos , que los míos son míos y de 
nadie más. ¿Ve V. esa galería? Pues si me da 
la gana de tirar por ella á la niña, la tiro... ¿ve 
V.? La tiro... así. 

Echó á andar hacia la vidriera abierta, muy 
encendida de color, temblando de ira, con la 
nena en alto; en la sala resonó un grito terrible, 
que á un mismo tiempo lanzamos la andaluza, 
Rosa y yo. Por mis ojos pasó una nube, ó mejor 
dicho un relámpago lívido, y en vez de ver en 
aquella acción de mi esposa un recurso orato- 
rio, feroz sí, pero teatral, vi sencillamente el 
cuerpo de la niña que volteaba en el espacio é 
iba á estrellarse contra las losas de la calle, 
como un día se estrelló el de su desgraciado 
hermanito. Mi clamor fué de agonía; dando un 
salto de tigre, me arrojé á cortar el paso á II- 
duara, y valiéndome de su debilidad, le arran- 
qué la pequeña, ayudándome doña Milagros, 
que sujetó por la cintura á mi frenética esposa. 
La cual gritaba, ya fuera de tino: 

—¿Para qué me pone V. las manos encima? 
¿No ve V. que yo no soy una verdulera como 
V., sino una señora? Una señora de toda la 
vida, ¿entiende V.? de padres á hijos, porque 
los Pimenteles de Monforte siempre fueron ca- 
balleros. Una señora no se mete en las casas 
de los demás... una señora se está en la suya... 
Si V. lo fuera, hace tiempo que no pondría aquí 



POR E. PARDO BAZÁN 



los pies. Pero lo que es V. todos lo saben, y si 
V. quiere, se lo digo yo ahora mismo. 

La fina tez de la andaluza palideció bajo este 
chaparrón de injurias: en sus preciosos ojos 
se pintó el asombro de verse tratada así , y me- 
dio sollozando, exclamó: 

— ¡Ay Jesú!... ¡Pero estamujé está de luna!... 
jEn nada la he fartao, y me sapatea!... Señó e 
Neira, ¿qué pasa, qué tiene su señora de uté? 
¿Se ha guerto loca? ¿Está arrebatáa con sus 
enfermeaes y su pariura?... ¡Y grasia que no ha 
tirao er angeliyo por la ventana! ¡No ma queao 
gota e sangre en las venas!... ¡Jesú, Jesú!... 
¡Una hiena del Africa parece! ¡Que yamen al 
señó e Moragas volando! 

—¡Doña Milagros... si le quedan á V. unas 
miajas de vergüenza... no se queje á mi esposo! 
¡Lárguese V.! 

A todo esto , los gritos habían atraído á la 
sala á mis hijas; y al través de la puerta, la 
criada, atónita, miraba el escándalo. La anda- 
luza se volvió como el toro cuando se ve en el 
redondel acosado y aturdido. 

—Pues ná, que esta mujer se ha guillao— 
dijo, dirigiéndose al público.— Me dise verdu- 
lera, y al mismo tiempo me farta y arma la 
bronca conmigo, conmigo que no la farto en 
ná... Me echa como á un perro. Por vosotras lo 
siento, angeliyos, que os quiero más que á las 
telas der corasón. En mi casa me tenéis pa lo 
que se os ocurra. Señó Neira, haga usté favó 
de declarar aquí que no les debo dinero, grasia 
á Dió , y que no me habrá usté visto portarme 



88 



DOÑA MILAGROS 



mal en ná. ¿Digasté? ¿Me tiene uté, sí ó no, por 
una señora? 

Un impulso irresistible puso en mi boca estas 
palabras, mientras penetrado aún del terror 
pasado, estrechaba á la recién nacida contra el 
pecho. 

— Doña Milagros, V. es toda una señora, y 
yo no puedo decir otra cosa, porque sería men- 
tir, y Benicio Neira no miente. 

Ilduara me miró con extraviados ojos, y vi- 
niéndose sobre mí... la sinceridad me obliga á 
no omitirlo... pero no lo repitan Vds.... ¡me 
puso... me puso en la faz la mano...! Retro- 
cedí ; ella quiso hablar y no pudo, y negra de 
furor, se desplomó en brazos de Tula, que la 
sostuvo y la condujo al sofá. Hubo un silencio 
entrecortado por exclamaciones de angustia: 

—Un ataque... 

— ¡Ay Dios mío!... 

—¡Papá, papá... mamá se muere!.... — sollozó 
Argos, cogiéndose á mi manga.— ¡ Ay papá ! 

— Papá — dijo Tula, pálida y severa, acercán- 
dose á mí — que se vaya la señora de Llanes. Ya 
debía irse cuando mamá la echó... Ahora, 
échala tú... porque mamá agoniza. 

Yo creía volverme loco. Solté la pequeña 
dándosela al ama, me llegué á doña Milagros, 
y la dije con acento suplicante : 

— Señora, me parece mejor que baje V.... Ya 
ve en qué circunstancias nos encontramos... 
Dios me pone á prueba muy dura... 

La andaluza me contestó entre lástima y en- 
fado: 



POR E. PARDO BAZÁN 



8 9 



—Ya tomo la puerta , ya... Encaríñese V. con 
la gente pa esto... Vaya por Dios... ¿Medejasté 
dar un beso á las gatiyas? 

—Es mala ocasión... En otra... Todo se arre- 
glará... Vayase V.... 

Me pareció mentira cuando la sentí cerrar la 
puerta y pude atender á Ilduara , á quien tras- 
ladamos á la cama lo mejor que supimos. Salió 
la cocinera á buscar al médico, y mientras las 
niñas prestaban á su madre los cuidados que su 
estado requería, yo me quedé al pie del lecho 
abrumado por el presentimiento de una gran 
desgracia. El cariño por mi desdichada esposa 
se despertó con toda la fuerza de los sentimien- 
tos inveterados, que están en nosotros sin que 
notemos su presencia, como no notamos la de 
los órganos que sostienen nuestra vida. Me en- 
tró inmenso remordimiento de haber provoca- 
do con palabras quijotescas el mal de mi espo- 
sa; y de todo corazón me arrepentí de haberlas 
pronunciado. Las exclamaciones de dolor de 
mis hijas me partían el alma. "Mamá... mamá 
querida... Vinagre... un poco de éter... Que se 
muere, Virgen de los Dolores.. Sujetarla... No 
se puede... La arde la frente... Se ha sofocado 
muchísimo... ¿Qué tiene, mamá? Hable, diga 
por Dios...,, 

Sintiéronse en la antesala pasos de hombre, 
y me precipité, creyendo que venía el señor de 
Moragas. Ya anochecía. En el pasillo me tro- 
pecé con un bulto ingente, enorme, una especie 
de animalazo barbudo , peludo y bronco, y en- 
treoí lo que sigue: "Moño, vecino; aquí vengo 



QO 



DOÑA MILAGROS 



á cantarle á V....„ Comprendí que el coman- 
dante de Otumba quería pedirme una satisfac- 
ción por los insultos á su esposa. ¡ Cuánta ma- 
yor prudencia demostraría doña Milagros — la 
verdad — no enterando á su marido! Pero, ¿pue- 
den guardar reserva personas de un carácter 
tan fogoso y tan polvorilla? El comandante, 
viendo mi silencio, me echó la zarpa al brazo. 

—¡Peineta, hijo, no se escurra V...! Vengo á 
decirle dos ó tres cosas calientes, y á ver si 
está V. conforme , moño , en que nos rompamos 
las narices, remoño peinero... A mi señora, 
peineta, nadie la falta estando yo á su lado, y 
hay ciertas cosas, moño, que sólo yo se las 
puedo decir; pero, peineta, á los demás no se 
las aguanto, retemoño! 

— ¡Tenga V. miramiento!— contesté al bárba- 
ro.— Ahí al lado hay una señora enferma, ¿está 
V.? enferma de gravedad; y hay también se- 
ñoritas que no deben oir la ristra de cebollas 
que V. ensarta constantemente; y esto no es 
cuartel, ni las personas regulares somos quintos. 

— ¡Peineta, peine! Aquí se ha ofendido, moño, 
á mi señora, y... yo vengo á armar la de Dios 
es Cristo, y á quemar, moño, la casa y hasta el 
barrio... No me salga V. conque si hay enfer- 
mos, si no hay enfermos... A las señoras, moño, 
se las respeta siempre... 

El oso me sacudía el brazo con ira. La puerta 
del recibimiento se abrió de repente, y doña 
Milagros, en bata y zapatillas, se apareció y se 
me figuró una visión angelical. Con aquella voz 
de almíbar y aquel salado ceceo suyo, y con 



POR E. PARDO BAZAN 



91 



sobrealiento que parecía el azorado anhelar de 
las palomas cuando alguien las coge y las aprie- 
ta, se dirigió al bruto , y le dijo tartamudeando 
de emoción : 

— A ver si dejas en pás al señó Neira... Bas- 
tante abroncao estará el pobre hombre con las 
majaerías y los selos y los sopitipandos é su 
mujé... No me ha fartao él, y la señora está 
medio espichando y toa entrambilicáa... Vámo- 
no á nuestra casa, que aquí náa se no pierde, 
i Ay, Jesú! Qué geniasos hay pó el mundo. 

—Moño; como me dijiste, moño... 

—No he icho ná. Abajito má pronto que la lus. 

¡Buena, dulce doña Milagros! Mi corazón se 
inundó de gratitud hacia ella en aquel instante, 
como en la escalera la noche del nacimiento de 
las gemelitas, y con los ojos repentinamente 
humedecidos, murmuré : 

—¡Si supiese V. qué mala está Ilduara! 

— ¡Sea por Dios! —exclamó la andaluza.— Si 
hago farta, naa de remilgos: mandar recao. No 
soy rencorosa. Oigo yo á las locas como si oye- 
se cantá la sartén. 

Y se retiró, arrastrando á su marido. Mora- 
gas vino de allí á poco. Enterado del suceso, y 
habiendo visto á la enferma, puso cara grave y 
sombría, cosa tan desusada en él cual lo sería 
el bigote en un niño de seis años. No dijo nada, 
pero pronta y enérgicamente ordenó varios re- 
medios, revulsivos la mayor parte. 

— Ahora hay modorra— indicó. — Temo que 
por la noche habrá mucha temperatura. 

Prescribió lo que debíamos ejecutar y en qué 



Q2 



DOÑA MILAGROS 



caso convendría llamarle; y, en efecto, á las 
altas horas de la madrugada fué preciso en- 
viarle apremiantísimo recado. 

La casa estaba en la mayor desolación. Tra- 
tábase de una supresión y un retroceso á la 
cabeza, que constituía verdadera congestión 
cerebral. Al corto abatimiento había sucedido 
la agitación, la hiperemia, y luego altísima fie- 
bre. Serían las tres cuando comenzó á delirar. 
A las primeras palabras que pronunció ronca- 
mente, con voz que parecía salida de lo más 
profundo de su ser, Moragas me hizo expresi- 
va seña, y ordené á mis hijas que se retira- 
sen. Obedecieron de mal talante, y sólo el mé- 
dico y yo presenciamos el tremendo desvarío 
de aquella mujer dignísima, de aquella madre 
de familia ejemplar, que á última hora, perdido 
el albedrío, adoptaba en breves y tristes ins- 
tantes la máscara de una arpía furiosa. ¡Qué 
lenguaje, Dios mío, y cuánto sufrí al escuchar- 
lo! ¡Qué horribles acusaciones las que me lan- 
zó, no mi esposa, sino su fiebre, su locura! ¡Con 
qué desesperación la oí renegar de su mater- 
nidad, maldecir la tarea que la dignificaba á 
mis ojos, y abrumarme con un aborrecimiento 
sañudo y atroz! Diríase que, abierta la miste- 
riosa llave del corazón, salía de él algo tan 
cínico y tan feo, que yo retrocedía de espanto. 
Ilduara se jactaba de haberme devuelto mal 
por mal , condenándome á la servidumbre do- 
méstica más ignominiosa. "Calzonazos, pelele,,, 
repetía con expresión que no puedo recordar 
sin estremecerme aún. ¡Pobre esposa de mi vida! 



POR E. PARDO BAZÁN 



93 



No temas , no , que yo te atribuya á ti lo que 
puso en tus labios el genio del mal, para des- 
mentir en minutos toda una vida consagrada al 
deber y al conyugal amor; ¡porque tú me ama- 
bas, Ilda de mi corazón, compañera de treinta 
años, santa madre de mis hijos , y aquellas fra- 
ses preñadas de odio y de hiél , aquellos espu- 
marajos de desprecio, burla y rabia, no eran 
sino las convulsiones de una epiléptica agonía, 
que á costa de mi propia vida quisiera yo aho- 
rrarte!... 

Al amanecer después de tan funesta noche, 
cesó el desvarío y sobrevino un estado coma 
toso, profundo y mortal. Ni el Viático pudo 
traerse. Luego sobrevino cavernoso estertor, 
se apagó la pulsación y se vidriaron las pu- 
pilas... 

Así me quedé viudo. 



VI 



El golpe de la pérdida de su madre influyó de 
modo muy diverso en cada una de mis hijas. 
Las que yo creí que se afligirían más (verbi- 
gracia , Tula , tan semejante á Ilduara , tan iden- 
tificada con ella), fueron las que , por el contra- 
rio, conservaron bastante sangre fría; eso sí, 
Tula se manifestó dispuesta desde el primer 
instante á empuñar las riendas del poder domés- 
tico, y gobernarnos á todos, recogiendo la auto- 
ridad correspondiente á su derecho de primo- 
genitura. 

Tampoco en Rosa— pagado el tributo de lá- 
grimas que las mujeres no regatean á casos 
mucho menos lastimosos duró la pena: los 
arreglitos, los fúnebres perifollos del luto la 
distrajeron, y no tardaron en volver á sus me- 
jillas los sonrosados colores, y á sus ojos el ra- 
diante brillo. 

En Constanza no sé si he dicho que nada 
hacía mella, ó por lo menos nada se exte- 
riorizaba : era imposible averiguar cuándo á 
aquella criatura la complacían los sucesos , ni 
cuándo no: tan extremada era su indiferencia, 



o6 



DOÑA MILAGROS 



su pasividad, su apatía de linfática. Lloraba 
sin alterar la expresión del rostro , y sus lágri 
mas ni siquiera conseguían enrojecerla los pár- 
pados. Agua pura. 

Las que dieron señales de pena grande y pro- 
funda fueronClara, Argos... yFeíta. Eran estas 
tres j cada cual á su modo, mujeres de viva sen- 
sibilidad, y Argos sobre todo propendía á 
exaltarse y á tomar las cosas de un modo arre- 
batado y vehemente; en casa la llamábamos 
centellita, y recordábamos algunos rasgos y 
anomalías de su infancia y de su primera ju- 
ventud, que denotaban un "alma montada so- 
bre alambres eléctricos,,, según frase de Mo- 
ragas. En la ocasión del fallecimiento de Ilduara 
revelóse este ser característico de Argos con 
caracteres muy alarmantes. 

Ha de saberse que á la hora y media escasa 
del tránsito de mi pobre compañera , pre- 
sentóse doña Milagros vestida de lana negra, 
con los ojos húmedos , el rostro expresando pie- 
dad, el aliento congojoso y la voz timbrada de 
emoción; y en palabras cordiales y casi humil- 
des me explicó que venía, como siempre, á 
servir de algo ; que sentía reconcomio y pesa- 
dumbre inmensa por haber ocasionado invo- 
luntariamente la catástrofe , y juraba y perju- 
raba que , si nosotros no le habíamos cobrado 
aborrecimiento , ella estaba allí invariable , á 
nuestra disposición convida, alma y voluntad. 
Tula recibió á la comandanta tiesa como un 
palo; pero mis otras hijas se la echaron en bra- 
zos sollozando y gimiendo , y los chiquillos , que 



POR E. PARDO BAZÁN 



97 



la querían por lo mucho que les mimaba , tam- 
bién la besaron tristones y calladitos , como 
suelen estar los inocentes ante la muerte. 

Al acercarse la señora á Argos y verla color 
de cera, muda, agitada por un temblorcillo, 
con los ojos secos y contraída la boca, hízome 
una señal afectuosa y significativa, y, lleván- 
dome al hueco de una ventana, secreteó: 

—Es presiso que esta chica yore. 

—Sí, señora...— contesté — pero ¿qué le hago 
si no llora? Y vaya si alivia el llanto — añadí, 
enjugándome los párpados con el pañuelo. 

—Pues é que si no yora la chiquiya, verá usté 
lo que pasa. Vamo á tené lanse. Quedándose 
así cortá, ar momento meno pensao, verá usté: 
un sopitipando, ó un mal del corasón. Yorará. 
Déjeme usté á mí... Capás soy de haser yorar á 
un guijarro. 

Los mil tristes quehaceres que acarréala pér- 
dida de un ser querido me hicieron olvidar la 
cuestión del llanto de mi hija. Doña Milagros 
bullía, trajinaba, activa, infatigable, presente 
doquiera, arreglándolo todo, dando cien vuel- 
tas en un minuto y evitándonos rozamientos, 
de esos que son tan dolorosos cuando, por 
decirlo así, está el espíritu en carne viva. Ni 
aquel día, ni en la mañana siguiente, pudo lo- 
grarse que asomase á los ojos de Argos esa 
lluvia bienhechora, indispensable para que el 
dolor no se derrame interiormente y nos sofo- 
que. Recursos ingeniosos se emplearon para 
conseguir que Argos llorase; mas no dieron 
rcsuliado. La recordaron palabras de su nia- 
Adán y Eva. 7 



oS 



DOÑA MILAGROS 



dre ; trajeron á sus hermanitas y se las pusie- 
ron en brazos, diciéndola que aquellas huér- 
fanas reclamaban amor y protección; adminis- 
traron medicamentos; fué inútil , y al cumplirse 
las veinticuatro horas del fallecimiento de Ilda, 
realizáronse las profecías de doña Milagros. 
Vino el anunciado sopitipando, la convulsión 
con sus arrechuchos delirantes, sus contorsio- 
nes frenéticas, sus chillidos, sus ímpetus sui- 
cidas de batir la frente contra los hierros de la 
cama ó la madera de los muebles. Argos se dis- 
locaba, se descoyuntaba, formando su cuerpo 
arco vibrador, como espinazo de culebra; entre 
cuatro personas no la podíamos sujetar: tal 
fuerza desarrollaba bajo el influjo del aura epi- 
leptiforme. El acceso fué determinado por la 
vista de la mortaja ó hábito que traían para ves 
tir á su madre. Apenas logramos sosegar á la 
muchacha á puras dósis de éter y bromuro, ó, 
por mejor decir, asi que gastó la pobrecilla todo 
su repuesto de fuerza y se aplanó , empezó á 
preocuparnos la idea de lo que sucedería cuan- 
do se cerrase la caja y Argos comprendiese que 
sacaban el cadáver, y resonasen en la calle los 
piporros y los fagotes del entierro, y en la esca- 
lera los pasos de los que bajasen el ataúd. En 
aquella vivienda de cartón, ¿cómo ocultarle á 
la infeliz niña la salida del cuerpo? 

Al acercarse el momento solemne y triste en 
que alguien desciende por última vez las esca- 
leras de su casa,— donde quedan los que le ama- 
ron, los que vivieron á su lado, —para mudarse á 
1S' eterna soledad del nicho, doña Milagros pe- 



POR E. PARDO BAZÁN 



99 



netró en la salita en que recibíamos el duelo. 
Estaba ésta, según la costumbre, menos que á 
media luz, es decir, casi á obscuras. Mis hijas 
mayores, desaliñadas, despeinadas, con pañue- 
los de seda negra, permanecían fijas en el sofá, 
contestando por medio de monosílabos, ó sólo 
de suspiros, á los saludos de las amigas. Estas 
suspiraban también al tornar asiento, como si se 
hallasen cansadas ó muy doloridas. Luego se 
entablaba tímidamente, en voz baja, algún diá- 
logo soso. "Hace frío, ¿eh?„— "Sí, yo también 
lo noto.,, — "Y mire V., es raro; aún puede 
decirse que no llegó Noviembre.,, — "Pues tiene 
V. razón: enfriaron muchísimo las tardes.,,— 
"Ya no pesa el gabán de paño.,,— Etc., etc.— 
Mientras palabreaban, el pensamiento estaba 
allá, en la otra sala, la que caía á la marina, 
donde las del duelo sabían que se encontraba el 
cadáver, y de donde iban á sacarlo muy pronto. 
Con disimulo miraban todas para Argos, de- 
seando y temiendo á la vez la dramática escena 
que cortaría el denso aburrimiento de tan fas- 
tidiosas horas. Me han dicho después (porque 
yo en tales momentos no estaba para observa- 
ciones) que Argos era una perfecta y hermosí- 
sima imagen del extravío mental. Me aseguró 
doña Milagros que sólo se la podía comparar á 
una Dolorosa, pero una Dolorosa que, en vez 
de derramar lágrimas, se encontrase á punto 
de perder la razón. Sus desencajadas facciones 
parecían esculpidas en fino marfil; sus inmen- 
sos ojazos negros miraban con persistencia á 
un punto del espacio, y el mirar destellaba som- 



100 



DOÑA MILAGROS 



brío fuego, como si lo que veía Argos fuese 
alguna aparición horrenda. El lienzo de Doña 
Juana la Loca , de Pradilla, puede dar idea del 
semblante y expresión de mi hija en tal mo- 
mento. Las señoras del duelo cuchicheaban, 
conviniendo en hablar más alto y hacer ruido 
para que no se oyesen martillazos, pasos ni sa- 
lida de los restos. A cada sordo rumor que ve- 
nía de fuera, estremecíase Argos con hondo 
escalofrío, y giraban sus pupilas, volviendo 
después á la fijeza propia de la insania. 

Aun cuando ningún ruido sospechoso delató 
la llegada de los mozos que debían bajar la caja, 
Argos, con o si les olfatease, de pronto se en- 
derezó, y sin pronunciar palabra, rígida, tan 
pálida como la difunta, estiró el brazo y el dedo 
señalando á la puerta, mientras dilataba sus 
pupilas el espanto de una visión. Era una actitud 
admirable, digna de una gran trágica. Su en- 
sanchada nariz parecía aspirar horror; sus 
abiertos labios se movían, pero su. garganta no 
formaba sonidos ; su redondo pecho subía y ba- 
jaba, cual si se viese pasar á través de él la ola 
de la aflicción inconsolable. 

Fué entonces cuando doña Milagros realizó 
uno de los hechos que debieran eternizar su 
nombre. Repito que penetró disparada en la 
sala; con vigoroso empuje cogió á Argos por 
la cintura; y bañándole la cara de llanto y cu- 
briéndosela de besos, la dijo sencillamente: 

—Hija, ven. 

A la vez que lo decía, la empujó al aposento 
donde llda, amortajada con hábito de los Dolo- 



POR E. PARDO BAZÁN 



101 



res, yacía en la caja aún abierta, entre cuatro 
cirios, y sobre una especie de estrado de ma- 
dera, pues no teníamos cama imperial. Ami- 
gos, conocidos, carpinteros, empleados de los 
carros fúnebres, criados y vecinos curiosos; 
toda esa gente que se mete, con razón ó sólo 
porque sí, en las casas donde hay un difunto, 
miraba atónita á doña Milagros y le ábría calle; 
tras su paso se oía reprimido murmullo de cu- 
riosidad. Cruzó impetuosamente la señora, 
arrastrando, mejor que conduciendo, ámi hija; 
y sin transición, con calculada brutalidad, la 
impulsó de suerte que fuese á caer de bruces 
sobre el cadáver , gritando al mismo tiempo : 

—Hija, despídete de tu madre... Se la yevan... 
Dale un beso, hija, que ya no la ves más sino en 
el sielo. 

Argos se abrazó al ataúd, exhalando un deli- 
rante chillido. Vi que juntaba sacara á la de la 
muerta, y que jadeaba , con ese anhelo especial 
del llanto, en que parece sacudirse y retemblar 
el espinazo y el cuerpo todo; y en efecto, pasado 
aquel minuto desgarrador, apenas alzó el rostro 
la muchacha, observamos que corría dé sus 
ojos abundante raudal de lágrimas, que desli- 
zándose hilo á hilo por las mejillas, las refres- 
caba, las coloreaba, regaba su viva flor. Con 
la misma energía de antes, doña Milagros tomó 
á Argos casi en vilo, y la trasladó á su dormi- 
torio; y obligándola á detenerse ante un Cristo 
antiguo de talla, resguardado por un doselillo 
de damasco rojo,— una de las pocas reliquias 
que nos quedaban de nuestro esplendor sola- 



102 



DOÑA MILAGROS 



riego,— exclamó en voz persuasiva y pesando 
sobre los hombros de la muchacha para que se 
arrodillase: 

— ¡Yora ahí, hija de mi corasón!.. ¡Ese lo con- 
suela toó ; yora , yora ! 

Díjome después el doctor Moragas que doña 
Milagros era el mismo demonio ; que con la gra- 
cia pudo haber matado á mi hija , ó trastornarle 
la razón; que había noventa y nueve probabili- 
dades y media de que así sucediese, pero que 
casualmente la otra media fué la que se presen- 
tó, y á esa chiripa debíamos la salvación de 
Argos. 

La cual, desde la tremenda experiencia, quedó 
totalmente variada. El carácter hosco y huraño 
de su pena, la vaguedad de la mirada y el es- 
panto de la expresión, habían desaparecido, 
cediendo el paso á un abatimiento apacible , á 
una especie de mansa tristeza, que, de allí á poco 
tomó forma de religiosidad exaltadísima, como 
veremos. Diríase que no cabía en mi hija térmi- 
no medio, pues de la desesperación y el frenesí 
saltó á una conformidad glacial lo mismo que si 
la muerte de su madre y todas las demás cosas 
de la tierra la fuesen indiferentes, y sólo la 
importase la nueva dirección de su espíritu. De 
esta evolución de mi Argos y de sus conse- 
cuencias he de hablar más largamente; por 
ahora debo pasar á otro asunto, á otro dolor 
filial muy vivo. Grande, increíble fué la meta- 
morfosis de Argos con motivo de la muerte de 
su madre; pero ¿qué vale en comparación de la 
que sufrió el empecatado diablillo de Feíta? 



POR E. PARDO BAZAN 



103 



Es de advertir que ya no era tal diablillo: 
quizás el nacimiento de las gemelas; acaso la 
crisis de la pubertad, habían sosegado y aman- 
sado su carácter , que más que bullicioso debe 
llamarse explosivo. He dicho que los deberes 
de ama seca los cumplía Feíta admirablemen- 
te: dormía al lado de Media ó Remedios, que 
era su crío , y á la cual , con mucho biberón y 
exquisito cuidado, iba sacando á flote. A pesar 
de lo embelesada que andaba Fe en estos ma- 
ternales deberes, que la volvían loca de orgullo 
y júbilo , al morir llduara comprendí que la 
nfta se convertía en mujer, y que el duende in- 
quieto se aplomaba definitivamente, ¡dando in- 
dicios de una índole reflexiva y grave, que yo 
no hubiese sospechado nunca. Ella fué, en los 
primeros días que siguieron á la desgracia, mi 
verdadero paño de lágrimas , mi ángel conso- 
lador. Al encontrarme callado y abatido, sen- 
tado en la galería, con los ojos fijos en el mar» 
al verme comer silenciosamente y alzarme de 
la mesa suspirando, la niña salía detrás de mí, 
y acurrucándose á mi lado, fijaba en los míos 
sus ojos verdes, pestañudos y chiquitos, espian- 
do mis movimientos, por si se me ocurría pedir 
alguna cosa. A mi menor indicación , ya la tenía 
saltando : 

— Papaíño, ¿qué quiere? Papaíño... ¿traigo el 
bastón y el gabán? ¿va á salir? Papaíño... ¿en- 
ciendo el quinqué , que ya anochece? ¿El perió" 
dico? ¿Quiere ver á la gatita, papaíño? La voy 
á traer aquí... verá qué mona, cómo gorjea. 

Al disfrutar de estos cuidados y compañía, 



104 



DOÑA. MILAGROS 



me fijé en la muchacha y estudié con sorpresa 
su extraño carácter. Lo primero que en ella se 
notaba era una mezcla de mucho desenfado, 
travesura y marimachismo , con una ternura 
de corazón sorprendente. Además, podía afir- 
marse que Fe era precocísima, y hacía y decía 
cosas admirables en sus años. Estaba dotada de 
una segunda vista ó instinto de adivinar lo que 
en realidad no podía saber, é iba derecha siem- 
pre al enigma y á la contradicción , para resol- 
verlos con arreglo á una lógica irrebatible. Hay 
mil ideas y juicios hechos, que por la fuerza del 
hábito se nos antojan muy naturales á los gran- 
des, pero que son verdaderos contrasentidos, 
y á una razón virgen y fresca como la de mi 
Feíta se aparecen en todo su ilogismo , exci- 
tando la insaciable curiosidad discutidora , ori- 
gen quizá de la ciencia humana. 

1 Ah! Si Feíta hubiese nacido de un matrimo- 
nio ansioso de sucesión, de esos que tienen 
tiempo para contarle las risas y las gracias al 
primogénito, no hay duda que pasaría plaza 
de criatura asombrosa, de niña fenomenal. Pero 
donde hay muchos hijos, crecen inobservados. 
Siendo mi Feíta muy pequeña, tuvo unos aso- 
mos de raquitis, que combatimos con baños de 
algas marinas; y su notable desarrollo fron- 
tal, la agudeza de su discurso y la viveza de 
su comprensión, fueron siempre tales, que 
Moragas , cada vez que venía á vernos , la lla- 
maba "mona sabia,,, encargando mucho cuida- 
do con la chiquilla , que era "un haz de nervios 
al servicio de unos lóbulos cerebrales „. No se 



POR E. PARDO BAZÁN 



ios 



crea que por eso presentaba Feíta el tipo de la 
chicuela meditabunda y triste, abrumada por 
su temprano desarrollo. Al contrario. Corre- 
gida ya la propensión á la raquitis, su cuerpo, 
aunque delgado, iba poniéndose derecho; sus 
ojos húmedos y sus labios de clavel rebosaban 
vida; su color era trigueño y sano, y sólo la 
excesiva delicadeza de sus faccioncitas y cierta 
pobreza de los tejidos revelaban la lucha entre la 
materia que se desarrolla y un meollo, ó, por me" 
jor decir, un espíritu que todo lo quiere para sí. 

Cuando se peleaba con sus hermanas, cuando 
todo lo ponía patas arriba, cuando nos daban 
ganas de atarla para que no nos volviese locos, 
Feíta era un bichejo, un tití enredador, cuya 
graciosa insensatez ya fatiga, ya divierte; pero 
al hablar conmigo á solas, quieta, seria, adver- 
tíase en ella inclinación á ponerse en lo justo , á 
observar lo real y á conocerlo todo y juzgarlo 
todo con un sentido exacto, original y radical, 
que bien podía admirar en mozuela tan tierna. 
Añádase una comprensión sorprendente y una 
asombrosa memoria, por lo cual la encargué, 
además de la cría de Media, de repasar las 
lecciones á Froilancito, el único varón de mi 
estirpe, que cursaba el bachillerato y en quien 
fundábamos nuestras esperanzas. A poco de 
imponerla esta tarea de repasar, es decir, de 
tener el libro delante y ver si su hermano se 
sabía la lección, Fe mostró tendencia á pre- 
guntarlo todo: parecía el Catecismo. Cuando 
Moragas venía á casa, la primer persona que 
le salía al encuentro era la chiquilla. 



io6 



DOÑA MILAGROS 



— Explíqueme, Moragas... ¿qué significa eso 
de angina gangrenosa? ¿Es lo mismo que ga- 
rr Otilio? Ayer lo he visto en un periódico... 
¿Qué es eso de bacillus que dijo V. anteayer? 
¿Es un bichito? Dibújeme en un papel ese bichi- 
to. ¿Será así... como las pulgas... ó más pe- 
queño? ¿Y cuándo me enseña V. un micros- 
copio? 

Moragas solía contestar : 

— ¡ Ea, y a está el diantre de la mona sabia ésta 
empeñada en que le haga una mono-grafía ! Te 
haré una mico-grafía, bien; pero condición : que 
te vienes á vivir conmigo, y ya no te suelto 
hasta que aprendas medicina. ¡ Se ha fastidiado 
el caballero Hipócrates! ¿Se ríe V., D. Benicio? 
Pues no vale reir, porque el arrapiezo puede 
con eso y con mucho más. Ese cabezón admite 
todo lo que echen dentro. Mientras da biberón 
á su hermana, no crea V. que la descansa la 
mollera á la chiquilla. 

—-Las mujeres — contestaba yo— mejor están 
dando biberón que discurriendo. No la haga V. 
caso, señor de Moragas. V. la mima demasiado, 
y ella se cree alguien. Que le repase las leccio- 
nes á su hermanito... bueno; pero si veo que se 
mete en honduras y echa terminachos y quiere 
saber lo que no la importa... la administraré 
una azotaina. 

— Déjela V....— decía Moragas, atrayéndola á 
sí con benevolencia humorística. — Cuando digo 
que la voy á dejar en herencia mi gabinete , mis 
libros y mis instrumentos... 

Claro está que lo que yo estimaba en Feíta 



FOR E. PARDO BAZÁN 



IO7 



no eran sus listezas ni sus curiosidades, repro- 
bables en una muchacha, sino su cariñosa pre- 
visión mujeril. Las fuentes del sentimiento es- 
taban tan intactas y brotaban tan copiosas en 
el alma de Feíta , que á pesar de la dramática 
pena de Argos , creo que la persona que más 
lloró la muerte de su madre fué la traviesa 
criatura. Ya dejo indicado que poseía una vi- 
veza tan extraordinaria, que parecía montada 
al aire, siéndola punto menos que imposible 
estarse quieta y lo que se llama formal dos 
minutos. Movida como por impulso febril, ne- 
cesitaba dar vueltas entre los dedos á alguna 
cosa, enrollar flechitas de papel, imitar el bi- 
rimbao con los dedos en el labio inferior, pegar 
saltos de carnero, pintar monos ó barcos en el 
libro y en la pared, pegar cromos en los vi- 
drios, sentarse en posturas raras, tocar á todo, 
abrir cuanto encontrase delante, y, si algo 
la ponía nerviosa, arrancarse los botones y 
hasta los corchetes y cintas de la ropa. El 
síntoma en que noté que nuestra desgracia la- 
braba en su corazoncito hondo surco, fué que 
se paró lo mismo que si á cada pie la hubie- 
sen colgado una bala de diez libras de peso; 
que cesó de atar sillas en hilera para que for- 
masen el tiro de la Ferrocarrilana, y de capear 
á sus hermanas con un pedazo de coco encar- 
nado, y de ponerlas banderillas de papel : que 
por extraordinario, sus indómitos pelos apare- 
cieron lisos, y sus faldas sujetas á la cintura, 
y sus trastos en orden. Cuando nos sentamos á 
la mesa para esa primer comida de familia tan 



io8 



DOÑA MILAGROS 



triste, en que se mira, sin poder tragar bocado, 
hacia un sitio vacío, díjome de repente Fe: 

— Papá, ¿dónde estará mamá ahora? 

—En el cielo, hija mía— contesté, mientras las 
lágrimas me enturbiaban la vista y se me atra- 
vesaba el pan en el garguero. 

— Y di, papá. Los que se matan á sí mismos, 
¿van al cielo también? 

— ¿Por qué lo preguntas? 

— Porque...— la niña bajó la voz y acercó su 
silla.— Porque mamaíta, en mi opinión, se ha 
suicidado. 

—Calla, mocosa... ¡Suéltale á ese diablo un 
azote que la deje en carne viva!... — exclamó 
Tula levantándose airada. Pero yo impuse si- 
lencio, y Feíta siguió, revelando convencimier- 
to profundo : 

—No lo dudes, papá. No es la materialidad de 
que mamá se pegase un tiro. Pero se suicidó, 
jverás cómo!, enfadándose, rabiando, desobe- 
deciendo al señor de Moragas. Ahí tienes tú 
cómo se suicidó. Porque hay muchas maneras 
de hacer las cosas... ¿no te parece, papá? 

No contesté, y la niña, adivinando que me en- 
tristecía aquello, se quedó también callada, ba- 
jando los ojos, de los cuales se desprendió lím- 
pida gota. 



VII 



Volviendo á los terribles instantes en que 
perdí á Ilduara, diré que arrostro las burlas 
de mi siglo,— que pone en solfa el amor entre 
cónyuges ya viejos, cuando la antorcha amo- 
rosa lanzó su destello último,— y declaro que 
me quedé sumido en melancolía profunda. No 
calculaba yo mismo el lugar que ocupaba en mi 
existencia la compañera de tantos años. Ella 
regía casa y hacienda , y si bien las regía con 
poca suavidad, no por eso ha de negarse que 
su firmeza y su vigilancia eran sanas y útiles. 
Podríase comparar á mi Ilduara con un corsé 
emballenado y recio, que si oprime, sostiene. 
Pero aparte de este que no sé si llame dolor 
egoísta, el dulce y natural imperio de la cos- 
tumbre me hacía sufrir á cada instante al ver 
el sitio frontero de la mesa ocupado por Tula, 
y al hallarme de noche solo en un lecho que me 
parecía de nieve. Perderían el tiempo y el pe- 
cado los maliciosos: mis soledades de viudo 
eran espiritualísimas: ningún estímulo vil me 
acuciaba: procedía mi nostalgia de un senti- 
miento puro y elevado, compuesto de lo mejor 



I 10 



DOÑA MILAGROS 



de mí mismo, barajado con otros sentimientos 
prosaicos , de conveniencia , de rutina afectuosa 
si se quiere, pero hondamente arraigados, in- 
destructibles. 

El encontrarme tan solo, tan alicaído, tan 
desquiciado moral y materialmente, me apro- 
ximó á doña Milagros. Libre de la preocupa- 
ción de que el trato con la comandanta pudiese 
ocasionar celosos desvarios, me entregué sin 
escrúpulo al consuelo de oir y ver á una señora 
que tan especial afecto me demostraba, y más 
aún que á mí, á mis hijos, y particularmente 
á las gemelillas, de las cuales puede decirse 
que no se apartaba casi. Mi amorosa lástima 
de los huerfanitos vestidos de luto que veía 
á mi alrededor; mis inquietudes por su porve- 
nir; mi prurito de que fuesen dichosos, se con- 
virtió en apasionada gratitud hacia doña Mi- 
lagros, que obraba el prodigio de reanimar 
nuestra casa , siendo el único rayo de luz que 
entraba en mi hogar velado por tétricos cres- 
pones. 

En aquellos días de dolor, nostalgia y prueba, 
además de la pareja de ángeles que me dejó mi 
compañera como recuerdo vivo de sus últimos 
instantes, vino á aposentarse en mi casa otro 
ser impecable é inocente. Describiré su físico, 
con toda la prolijidad que merece belleza tan 
divina. Tenía esta lindísima criatura el cabello 
abundoso, rubio, de un matiz de oro cendrado* 
formando tirabuzones y caprichosas sortijillas 
alrededor de la frente, la cual era tersa, lisa 
y blanca como el alabastro más puro. Rodeaba 



POR E. PARDO BAZÁN 



sus ojos azules , tan grandes que parecían ma- 
yores que la boca , una selva de curvas y ne- 
grísimas pestañas. Miraba con serena dulzura, 
algo atónita. Su naricilla era perfecta, redon- 
deada y con meseta en la punta como las de 
las esculturas clásicas; bajo la nariz, un hoyo 
suave anunciaba las carnosidades y curvaturas 
de la imperceptible boquita, rehenchida como 
dos mitades de guinda, roja lo mismo que coral; * 
y entre ella brillaban los dientes blancos , me- 
nudos y tan parejos, que su igualdad causaba 
asombro. No era menos sorprendente la pureza 
del contorno de sus mejillas, ni el arrebol siem- 
pre igual, limpio y delicadamente difumado que 
las coloreaba. También las orejitas, la gargan- 
ta y los brazos se hacían notar por su forma, 
así como las manos, que generalmente tenía 
extendidas, en actitud cariñosa de acoger ó 
implorar. 

Con ser tan acabada la hermosura de la niña, 
debo mayores elogios á su dulce genio, á su 
índole apacible y encantadora. Mientras mis 
gemelas alborotaban y echaban abajo la casa 
á berridos, ya porque el ama no se desabro- 
chaba pronto, ya porque no las paseaban ó no 
las acunaban en el momento crítico en que las 
daba la gana , esta otra recienvenida se pasaba 
horas y más horas en calma absoluta, en per- 
fecto estado de reposo, siempre con sus ojazos 
azules abiertos de par en par y sus manos gor- 
dezuelas extendidas. Jamás se oyó decir de ella 
que hubiese reclamado destempladamente el 
necesario sustento, ni que cometiese ningún 



I 12 



DOÑA MILAGROS 



desafuero en pañales ó camisa. Su limpieza y 
pulcritud rayaban en maravillosas, y á Pura y 
á Mizucha solíamos decirlas, cuando comían 
con los dedos ó se pringaban de sopa los ho- 
cicos: 

— Mira la Nené, que no se baba y no es una 
puerca marrana como tú. 

Y cuando había que cambiarlas el vestido ó 
quitarlas unos pantalones húmedos : 

— La Nené nunca hace chis en la ropa. Es 
una monada ver lo aseadísima que se conserva. 
No rompe los vestidos ni los zapatos andando 
arrastra por la habitación. 

En efecto, la Nené, pues con este nombre ha- 
bíamos bautizado familiarmente á la huéspeda, 
guardaría intacto y fresquísimo su traje de raso 
rosa con encajes negros, si mis hijas, sobán- 
dola y abrazándola y desnudándola y vistién- 
dola otra vez, no la ajasen sus trapitos de cris- 
tianar. Por lo cual se determinó que convenía 
hacerla una bata de percal sencilla, para diario, 
que se encargaron de cortar mis hijas peque- 
ñas, y salió como de tales manos , con cada can- 
dil que daba miedo. También se creyó que se 
la debía resguardar la ropita interior, y en 
lugar de la enagua y pantalones de deshilado 
muy tieso, con puntillas ordinarias, se la hizo 
una camisa de lienzo, y un refajo de franela, á 
causa del frío. 

Lo más meritorio de Nené , entre tantas bue- 
nas propiedades y ejemplares virtudes, era la 
sobriedad. Las tentativas de mis hijas de ha- 
cerla comer fruta r probar una cucharada de 



POR E. PARDO BAZAN 



dulce ó deglutir un sorbo de vino, resultaron 
completamente frustradas. No la engolosina- 
ban ni los caramelos: se dejaba embadurnár 
los carrillitos; pero en cuanto á abrir la boca 
para chuparlos... ni por asomos. En cambio 
dormía como una marmota. Indistintamente 
echaba su siesta en el sofá, sobre una mesa, 
reclinada en una butaca, debajo ó dentro de una 
cama, en las posturas más incómodas , cabeza 
abajo, patas arriba, desabrigada ó sin abrigo. 
Para hacerla conciliar el sueño, y que sus pár- 
pados recubriesen sus ojos lentamente, basta- 
ba con tirar de un alambrito que tenía entre 
los dos omoplatos... 

Sí... Nené era una muñeca , ya que ha llegado 
la hora de decirlo. Una muñeca artística, lujo- 
sa, parlante, de un coste elevadísimo, con cara, 
manos y pies de porcelana-bizcocho, con peluca 
de verdadero pelo, traída de París directamen- 
te al bazar más elegante y surtido de Marineda. 
Su precio había asustado á todo el mundo, me- 
nos á doña Milagros, que se paró embelesada 
ante el escaparate donde aquel hermosísimo 
simulacro de infancia se exhibía. Y con las ma- 
nos juntas, la lengua seca por el ardor del de- 
seo, los ojos encandilados, exclamó á gritos: 

— ¡Ay Jesú, María y José! Si paese un chi- 
quiyo é veras. 

Era de oir cómo contaba la buena señora sus 
reflexiones y cálculos en presencia de Nené, las 
vueltas que dió á la idea de adquirirla para 
tener luego el gustazo de figurarse que era 
una niña que le había nacido, y á la cual sería 
Adán y Eva ü 



ii4 



DOÑA MILAGROS 



preciso vestir, adornar y componer lo mismo 
que á una criatura verdadera. Pero treinta y 
siete duros que el ladrón del tendero pedía por 
la muñeca, son una suma capaz de asustar á la 
persona más hambrienta de sucesión. La co- 
mandanta batallaba entre sus ansias materna- 
les y su prudencia económica. Como lo mis- 
mito le pasaba á toda la gente marinedina, ga- 
nosa de poseer aquel magnífico juguete y re- 
traída por la salsa, sucedió que el dueño del 
bazar, cansado de ver á la muñeca eternizarse 
en el escaparate, discurrió rifarla con cédulas 
de á real. ¡Gran negocio! Todo Marineda com- 
pró papeletas de la rifa; doña Milagros adqui- 
rió ella sola por valor de dos duros, no sin 
consultar los números con un San Antonio que 
tenía á la cabecera, y que, según la señora, era 
muy perito en esto de acertar los que saldrían 
gananciosos en los sorteos de la lotería. Y en 
efecto, San Antonio acertó de medio á medio, 
pues la muñeca vino á parar á casa de la co- 
mandanta. 

No necesito pintar el regocijo de la agra- 
ciada, i Y mis niños! Creí que se volverían 
locos. Las más pequeñas no cesaban de bajar 
al piso de la comandanta para ver qué le suce- 
día á la niñita nueva. De tal modo se cebaron 
en admirarla, manosearla y acariciarla; y tal 
idolatría les entró por ella; y contal ansiase 
desvivían por acompañarla á todas horas , que 
la generosa doña Milagros, en uno de sus 
arranques, nos envió la Nené, regalándosela 
en propiedad á mis hijos, á condición de que 



POR E. PARDO BAZÁN 



a cuidasen mucho y la gozasen por turno, sin 
lpeleas. 

Aquella atención me conmovió. Entre mis 
defectos y malas propiedades para vivir en la 
sociedad actual, tuve yo la de un agradeci- 
miento casi enfermizo. Cualquier favor que se 
me hiciese lo estimaba de suerte que en vez 
de causarme satisfacción me producía una es- 
pecie de dolor; con tal urgencia anhelaba pa- 
gar, cumplir, restituir el préstamo. Procedien- 
do de doña Milagros , me enternecía más cual- 
quier rasgo de bondad. [Espontáneo y gracioso 
obsequio! 

¡Ay! Bien necesitaba consuelos mi espíritu; 
bien necesitaba algún halago ; bien necesitaba 
la solicitud de Feíta y el fundente corazón de 
la comandanta , para olvidar nuevas angustias 
que comenzaban á asediarme, y de las cuales 
quiero decir algo, porque si son del orden infe- 
rior y humilde;, en mi existencia pesaron de tal 
modo, que las sentí atirantar mi cuello como lo 
atirantaría una piedra de molino. 

Es el caso que aquel año , en que tan bien se 
presentó la cosecha de niñas de carne y hueso 
y de niñas de porcelana-bizcocho, anduvo re- 
matadamente mal la del centeno en la montaña, 
y no mucho mejor la del trigo en la llanura: y 
el gobierno, que sin duda tuvo soplo, recargó 
un poquito más la contribución territorial, 
ejemplo que siguió el municipio en la de con- 
sumos; y en el reparto, que se hizo con arreglo 
á las órdenes del cacique comarcano, me echa- 
ron á mí, pobre hombre sin mangoneo ni in~ 



I 1 6 DOÑA MILAGROS 



fluencia, todo el peso de la cuota. Para mayor 
dolor, cuando la simiente de la cosecha nueva 
empezaba á germinar, descargó un airado pe- 
drisco, y la mayoría de los caseros vino á pe- 
dirme prórroga , llorando á moco y baba , di- 
ciendo que de fijo 3^0 no me proponía acabar 
con ellos ni echarlos á pedir limosna por las ca- 
rreteras. Uno de ellos, anciano ya, me conmo- 
vió profundamente. 

Llamábase el tío Farruco de Cornide, y era 
de mis mejores y más antiguos arrendatarios 
montañeses. Casero de mi padre había sido el 
suyo, y de padres á hijos se sucedían en el 
lugar. Cuando el tío Farruco acudía á pagar 
su renta, reuníanse mis niños en la antesala 
para verle, pues venía muy majo y bien por- 
tado , con su ropa de las fiestas : chaqueta y cal- 
zones de rizo azul, botonería de filigrana de 
plata, camisa blanquísima de lienzo del país, 
pañuelo de. seda carmesí atado bajo la montera 
de terciopelo, y rebasando del pañuelo los me- 
chones de plata de sus canas. 

Acompañábale siempre alguno de sus hijos ó 
yernos, portadores de ancha cesta donde se 
amontonaban, cubiertos por niveo aunque 
grueso trapo, el pago en especie y los rústicos 
obsequios de aquellas gentes sencillas. La ren- 
ta en especie consistía en tres pares de lucios 
y amarillentos capones, con las enjundias cla- 
vadas por medio de una pluma á las rollizas 
zancas, y en varias orzas de manteca; los re- 
galos, en huevos, quesos de tetilla, una olla 
de'miel, dos ó tres tortas con pedacitos de azú- 



POR E. PARDO BAZÁN 



117 



car sembrados por cima. Estas provisiones ha- 
cían que la llegada del tío Farruco, que ocu- 
rría generalmente hacia Navidades, fuese una 
especie de solemnidad para la familia, pres- 
tando á nuestra mesa, por espacio de algunos 
días, sana abundancia. Esta vez, acontecida 
la muerte de mi esposa, nos afligió á todos la 
venida del arrendatario. Al darme el pésame 
con labriegas razones, al pobre viejo se le lle- 
naron los ojos de agua, acordándose de su pro- 
pia viudez y de su difunta, "una loba para el 
trabajo, señor,, Y cuando decía esto vi en su 
cara atezada, de firmes líneas, como bronceada 
por el sol y el aire, una expresión de dolor 
verdadero. Después, sin transición, pasó á las 
cuestiones prácticas, y en solapadas frases me 
dió á entender que era preciso tener influencia 
y mezclarse en elecciones, como hacía mi cu- 
ñado Garroso, pues si no las contribuciones se 
lo comían á uno. 

— En otro tiempo, señor— dijo el viejo en su 
dialecto, sacudiendo la cabeza melancólicamen- 
te—bastábale á un hombre ser honrado y tra- 
bajar para comer pan: los holgazanes y per- 
dularios eran quienes se morían de hambre; 
los que echábamos mano al azadón y al arado 
teníamos el pote seguro. Hoy día ya no sucede 
así. De poco sirve que uno se mate á trabajar 
y se reviente labrando la tierra. No trabajamos 
para nosotros, señor mi amo, créame, que es 
como el Evangelio : trabajamos para los pillas- 
tres de los recaudadores y para el maldito chu- 
pón gobierno , con perdón de V., que los envía 



Il8 DOÑA MILAGROS 



á sacarnos el jugo. Los que se meten en tra- 
camundanas políticas, esos aún van saliendo 
avante...; pero los moros de paz, que callamos 
y apretamos los puños, pagamos por todos, y 
estamos ya que no sabemos si vale más vivir ó 
morir de vez. 

Y el viejo , después de sonarse con un gran 
pañuelo de hierbas, volviéndose hacia la pared 
por cortesía, añadió: 

—Señor mi amo, ya sabe si el tío Farruco de 
# * M Cornide, en toda la vida que lleva de ser su ca- 
sero, le ha pedido nunca espera ni rebaja. Pues 
señor, hoy se la tengo que pedir, y si me la 
niega, se acabó el tío Farruco y la casa del tío 
Farruco. Siquiera hasta allá por Julio ó Agosto 
no puedo pagar, señor, á no ser que lo vaya á 
pedir prestado y me envuelva en réditos , que 
aún es mejor para un hombre echarse al río 
con una piedra al pescuezo , bien gorda. Si así 
vamos, señor amo, y las contribuciones no 
amainan, y si ahora no me da un poco de espe- 
ra, yo, que, lavado sea Dios, nunca me aver- 
goncé delante de nadie, porque, bendito Asús> 
he sabido trabajar, andaré á pedir limosna. 

—Andaremos todos, tío Farruco — respondí 
haciendo grandes esfuerzos por ocultar mi an- 
gustia.— Vaya tranquilo... y en Julio, si puede... 

— En Julio, señor mi amo, pierda cuidado... 
¡Mas que no comiese pan todo el invierno! 

Había traído el viejo, á falta de las monedi- 
tas, su acostumbrado cestón, y lo destapó 
humildemente, significando que hacía cuan- 
to estaba en su mano, dada la penuria de los 



POR E. PARDO BAZÁN 



119 



tiempos. Vi asomar las patas amarillas de los 
capones, que se me figuraron bastante menos 
orondos que de costumbre; diríase que la bru- 
jería del fisco chupaba la enjundia de aquellas 
suculentas aves, como si ellas fuesen á modo 
de esquema ó representación del contribuyen- 
te. Hasta los huevos me parecieron desmedra- 
dos, la manteca rancia, los quesos chicos y du- 
ros , sin aquella suave morbidez de otras veces, 
que, unida á su forma ubérrima , los convertía 
en adecuada imagen de la agricultura fecunda, 
maternal, nutriz de las naciones. 

¡Bien sabe El que todo lo sabe la íalta que 
me hacía el dinerete que solía traer el viejo, y 
el que por fuerza hube de perdonar, atendida la 
miseria de la añada, á otros caseros más nece- 
sitados aún! Entre el parto, el bautizo, la enfer- 
medad y entierro de Ilduara, las incumbencias 
de la testamentaría y otros mil agujerillos más, 
me vi con el agua al cuello antes de que llega- 
se la primavera. Y la conciencia me obliga á 
que declare dos cosas, para honra y buen cré- 
dito de dos personas : primera, que mi nunca 
bastante llorada Ilduara dejó una reservita, una 
pequeña alcancía, caso portentoso, pues no 
sé cómo pudo ahorrar un céntimo con las infi- 
nitas y apremiantes atenciones que por todas 
partes nos rodeaban; segunda, que Moragas, 
cuando le supliqué que fijase sus honorarios de 
comadrón y médico, me miró con una expre- 
sión que no olvidaré nunca, y contestó en tono 
guasón, pero dejando transparentar una pie- 
dad inmensa : 



120 



DOÑA MILAGROS 



—¿Que qué me debe V.? El médico es quien 
debía pagarle á V. algo, porque le engañó, y 
en vez de una boquita para mamar, le trajo 
dos... Pero en fin, si se empeña V. en mandar- 
me cuartos, mándeme los que guste, en la in- 
teligencia de que cuantos menos sean, más 
contento he de quedar. 

Inverosímil parecerá este desprendimiento: 
los médicos pasan plaza de ávidos y codicio- 
sos, y se refieren cosas espantables sobre sus 
cuentas. Yo creo que en esta profesión hay de 
todo, y si la pasta archibuena de Moragas no 
abunda, tampoco serán regla general esas 
atrocidades de un galeno que pide por un parto 
miles y miles , y de otro que tasa á peso de 
oro la operación que sólo él sabe ejecutar con 
maestría. 

Volviendo á mis apuros, diré que, á pesar de 
las economías de Ilduara y del noble desasi- 
miento de Moragas, me hallé tan ahogado al 
acercársela primavera, que acepté con júbilo 
la proposición que me hizo bajo cuerda mi cu- 
ñado Garroso , de comprarme ciertas pensiones 
que le redondeaban un partidillo de renta á él. 
Mi difunta esposa siempre se había opuesto á 
esta venta , más bien por la tirria que profesaba 
al cuñado, que por apego á las pensiones. Yo en 
cambio me avine sin gran dificultad á desha- 
cerme de ellas: al fin una pensión no es tierra , 
no son bienes. He sido educado en el culto de 
la tierra; la tierra la consideré sagrada. Pare 
cíame que debía dejarme cortar una mano antes 
que vender un pedazo de tierra: así entendía 



POR E. PARDO BAZAN 



121 



mis deberes de propietario rural, juzgándome 
obligado á guardar y transmitir á mis hijos 
la herencia de mis antepasados, chica ó gran- 
de. ¡Quién me dijera que con estos princi- 
pios...! En fin, ello es que entonces enajené 
las pensiones y pude respirar y cubrir necesi- 
dades urgentes. 

Por aquellos días Baltasar Sobrado, dueño 
de la casa donde habitábamos, me pasó aviso 
de que le era imposible seguir dejándome el 
piso en el precio convenido , y subiéndome un 
duro al mes. No son un caudal doce duros al 
año; pero para una familia tan numerosa y un 
presupuesto tan exiguo, no hay gasto pequeño, 
y con doce duros se calza á seis criataras Lla- 
mé á capítulo á mis dos hijas mayores, y las 
consulté si convendría tomar una casa más ba- 
rata, aunque careciese de vista al mar y se en- 
contrase situada en punto no tan céntrico; pero 
convinimos en que una mudanza cuesta bas- 
tante más de doce duros , y que se debía aguan- 
tar aquella exigencia intempestiva y vejatoria. 
Con secreta alegría permanecí bajo el mismo 
techo que cobijaba á doña Milagros. 

En vida de Ilduara no me incumbían estos 
detalles; me enteraba de ellos de noche, á obs- 
curas, en la intimidad del tálamo (pues de día 
nunca se está solo en casa de familia tan nu- 
merosa). Allí, marido y mujer nos hacíamos 
confianzas sobre el estado económico y las cri- 
sis pecuniarias (que eran el pan nuestro de cada 
día), y nos comunicábamos nuestras inquietu- 
des respecto á probables subidas del aceite, 



122 



DOÑA MILAGROS 



faltas de peso en la carne ó sisas de la fámula... 
No puedo explicarme la razón por qué me era 
imposible hablar de todo esto con mis hijas. 
Parecíame que la paternidad me imponía el 
deber de no afligirlas con cuestiones de dinero, 
y de darlas , como el ave á su pollada , la pitan- 
za y el nido, sin que tuviesen una hora de pre- 
ocupación por tales miserias. — Al absolutismo 
de Ilduara había sustituido una oligarquía que 
dificultaba mucho el gobierno. Todas mis hijas 
querían mandar; ninguna se sujetaba á la auto- 
ridad de Tula, y si ella disponía una cosa, era 
lo suficiente para que no se ejecutase ó se hi- 
ciese enteramente al revés. Tula por su acritud 
y su falta de prestigio; Clara por su prudencia 
y poca afición á luchar; Argos por lo que la 
abstraía la devoción; Rosa por su frivolidad; 
Constanza por su insignificancia, no se pres- 
taban á regir aquel estado diminuto; y las úni- 
cas personas á quienes yo enteraba de la mar- 
cha de los asuntos domésticos, fueron — ya lo 
supondrás, lector— doña Milagros y Feíta. A la 
comandanta la hablaba de las grandes líneas de 
mi situación, del miedo al porvenir, de la in- 
quietud de verme viejo, morirme el día menos 
pensado, y dejar á once mujeres— algunas de 
ellas niñas — sin amparo, casi sin recursos, sin 
elementos para sostener su posición social. 
Con Feíta solía conferenciar sobre menuden- 
cias terribles , la cuenta apremiante, el mueble 
desvencijado ó la prenda de ropa que necesi- 
taba sustitución. 
Recuerdo que una tarde lluviosa, encontrán- 



POR E. PARDO BAZÁN 



123 



donos sentados alrededor de la tibia camilla,— 
mientras Feíta daba vueltas á un serón de paja 
del verano y lo forraba con un retal de merino 
negro , para sacar un sombrero de invierno de 
riguroso luto, y doña Milagros arrullaba y en- 
tretenía á Media, agitando un sonajero para 
divertirla y meciéndola después para que con- 
ciliase el sueño, — á propósito del sombrero 
aprovechado se suscitó la conversación de lo 
caras que cuestan las mujeres, de lo imponente 
de la partida de trapos y moños, por modesta y 
sencillamente que se vista. 

—Es lo que yo le digo á papá— exclamó Feíta 
con viveza y energía suma, escupiendo el cabo 
de hilo que la estorbaba entre los labios. — No 
hay mayor desgracia que reunirse tantas Ma- 
rías como aquí nos hemos reunido. Si en vez de 
mujeres fuésemos hombres, saldríamos ade- 
lante, ¡vaya si saldríamos! Pero esto es un ga- 
llinero. No entiendo qué será de nosotras, por- 
que realmente no servimos más que de estorbo. 

—Hija... estorbo precisamente, no— observó 
doña Milagros dando palmaditas en las nalgas 
á Media, arbitrio muy eficaz para que los ro- 
rros concilien el sueño. — Si os quedáis para 
vestir santos, no digo... pero... encontrando 
maríos buenos , como el mío ó como tu padre... 

—Sí señora... Esos maridos buenos se encar- 
gan á París y vienen del Printemps ya prepa- 
radlos y atados con cintas de color— exclamó 
la chicuela.— ¡ Anda! ¡Bonitos están los tiem- 
pos para maridos! 

■—¿Qué sabes tú, pispajo? 



124 



DOÑA MILAGROS 



—¡Vaya si sé! ¿Soy alguna tonta? No parece 
sino que aquí llueven maridos. ¡Eso quisieran 
mis hermanas! 

— ¡Calla, trasto! Si te oyen... 

— ¡Qué han de oir! Tula, por no perder la 
costumbre, está regañando á la cocinera; Clara 
durmiendo la siesta, porque es más comodona! 
se ha propuesto ver lo que dura una chica bien 
cuidada... Rosa... colgada de la ventana, á ver 
no se qué, los charcos, porque diluvia; y Ar- 
gos... en la plática del Padre Incienso. Cons- 
tanza... papando moscas, por variar... y las 
otras... Las otras no entienden aún. 

Reímonos, y la chiquilla, engreída, prosi- 
guió: 

—Ya ven: Tula me parece á mí que está ma- 
durita; además, por casarse, se casaría con el 
perro de San Roque... Pues el perrito no pare- 
ce... Clara ya no cumple los veintiséis... Pues 
tampoco pasa un alma por la calle. Rosa es 
bien guapa... La miran muchos... la dicen ton- 
terías... pero todo jarabe de pico. Argos... ¡A 
esa, no siendo que la hagan el amor los mona- 
guillos...! 

—Hija mía— dije interviniendo con tono de 
severidad que exhorta— una señorita, si no en- 
cuentra marido, no tiene por qué apurarse; 
como que probablemente se ahorra mil penas 
y sinsabores... En su casa está muy bien. Tú no 
entiendes de eso. 

—Entiendo— afirmó con aplomo.— En su casa, 
la señorita se aburre. En su casa se pone hecha 
un alacrán, papaíño. Si Tula rabia tanto por 



POR E. PARDO BAZÁN 



125 



cualquier cosa, es que está pirrada por casarse. 
Que aparezca el novio, y verás una paloma. 
¡ Pues Rosa ! ¡ Pues Argos! 

— ¿Argos dise? ¡Hijita del arma! — intervino 
doña Milagros, que ya había dormido en su re- 
gazo á la nena.— ¡Anda! Si párese que está tu 
hermana elevá al quinto sielo! i Si es una san- 
tiya! ¡Sieya confesar, eya comulgar, eya re- 
sar tó el día y toa la noche, eya metía en aquel 
saco de estameña de hábito del Carmen! ¡Si 
edifica, mujé, edifica! 

—Bueno, bueno, pues es... es porque... preci- 
samente... quiero decir... En fin, que por lo 
mismo... y aunque á Vds. les parezca así... una 
cosa rara, de tantísimo comerse los santos... 

La chiquilla se confundía y embrollaba, no 
sabiendo cómo expresar la idea. Al fin, retor- 
ciendo un alambre, añadió : 

—Tula, y Rosa, y Argos, y todas , pero todas, 
lo que esperan y lo que piden es casaca, papá... 
¿No podrías tú hacer algo para que encuentren 
marido? Y V., doña Milagros, que es tan amiga 
nuestra, ¿no podría ayudarnos? Allá en su tie- 
rra de V. probablemente los maridos abunda- 
rán más que aquí... V., ¿cómo hizo para ca- 
sarse? 

— ¡Miren el cascabeliyo este, y qué cosas 
pregunta!— exclamaba doña Milagros perdida 
de risa, tocándome familiarmente en un hom- 
bro y empujándome : confianza que me supo 
tan bien , que me alentó á abrir mi corazón. 

— ¡ Ay, amiga mía! Este cascabel no va muy 
descaminado. Hay algo de razón en los desati- 



I2Ó 



DOÑA MILAGROS 



nos que hilvana... Mentiría si dijese que no ca- 
vilo en lo del establecimiento de las niñas... 
¡Qué harán cuando yo falte! ¡Qué va á ser de 
ellas, con pocos intereses, sin guía ni direc- 
ción, sin nadie que las quiera y las aconseje, 
porque mi hermana nos odia y su marido nos 
vería gustoso ir descalzos! ¡Qué destino espera 
á estas chiquitas, las que Dios me envía tan 
tarde, cuando ya no puedo esperar fundada- 
mente que las veré con uso de razón! 

Al oirme decir esto , la comandanta fijó en mí 
los flecheros ojos, se puso seria, y vi que sus- 
tituía á la risa un enternecimiento evidente y 
el gesto del que va á decir algo que hace tiem- 
po le hormiguea en el corazón. Cogióme la 
mano; me la apretó tiernamente; y mientras 
yo, trémulo, no me atrevía ni á devolver el 
amistoso halago , murmuró en el tono con que 
una santa se ofrecería á rezar por un devoto: 

— Misté, don Benisio... no apurarse... Dios 
aprieta... pero no ahorca. Usté es mu bueno... 
y yo le tengo... vamo... una ley, que aunque 
fuéramos hermanos de padre y madre! Pues 
usté... siempre y cuando quiera dejar ampa- 
ras á las pequeñiyas... á éstas... á este par de 
pendientes de perla engarsaos en oro... me las 
da, y me hase usté felis... tan felis como si me 
regalase un miyón! Yo no he tené chicos... allá 
yo me entiendo: no los he tené... y si la Vir- 
gen me encomendase estas presiosidaes... loca, 
vamo, loca me pongo de enserrar... Usté me 
da las rosiyas de pitiminí; yo las hago de ma- 
má; parentela no hay que gruña por heren- 



POR E. PARDO BAZÁN 



127 



sias; una tía tengo ricachona, y lo suyo pa mí 
es... y lo mío pa las reinas mellisas, y á usté le 
quean toavía nueve... ¡nueve chávalas!... que 
me párese bastante. ¡Se contesta... hombre... 
se contesta! ¡No digo nada que ofenda! Y lo 
digo como si hablase á Dios. 

El calorcillo de la mano; el magnetismo de 
los ojos; lo afectuoso de los conceptos; la gene- 
rosidad de la proposición, todo me conmovió 
de suerte que tuve k harto que hacer en repri- 
mir las lágrimas. Tartamudeando , articulé 
unas gracias confusas. Doña Milagros me 
apretó la mano más fuerte, metiéndome en la 
piel sus torneados dedos, como si sellase un 
pacto. 

—Es que no va de guasa... hablo formal... 
formal!... No pueo yo vivir sin las gatiyas... Si 
me trasláan ó se va usté... no quiero pensá la 
que me espera. Cojo yo cariño á too; á un gato , 
á una escoba... pero á éstas... no es cariño, que 
es chiflaura... ¡Es un delirio, una enfermedá! 

Oyóse en esto la voz de Tula, que llamaba á 
gritos á Feíta para reclamar no sé qué objeto 
que no parecía por ninguna parte. Y al que- 
darnos enteramente solos, la comandanta, lle- 
gándose á mi oído y hablando tan de cerca que 
sentí en mis mejillas el divino calor de su alien- 
to, balbució: 

— Si á veses se me mete en el arma que no 
las parió su mujer de usté, Dió la haya perdo- 
nao. ¡Qué iba á parirlas eya! ¡A fe de Milagro, 
que me han salió á mí de la entraña! 



VIII 



Prestábame doña Milagros diariamente el 
gran servicio de acompañar á mis hijas á que 
tomasen el aire por sitios retirados, — paseos 
largos, como se dice en Marineda;— á la esta- 
ción, á las afueras, á todos los lugares no veda- 
dos por el rigor del luto. Conviene advertir que 
las muchachas llevaban el de su madre con exa- 
gerada puntualidad. Salían hechas unas tapa- 
das de la época de Felipe IV, con vestidos de 
lana escurridos y sin adornos, y larguísimos 
mantos de beatilla con tupido velo de crespón, 
que, por delante, les llegaba casi hasta los pies, 
dejando entrever en confuso esbozo las faccio- 
nes. Verdad que bajo aquella apretada celosía 
se adivinaban rostros espolvoreados de arroz, 
cabelleras bien peinadas y artísticamente riza- 
das, moños de construcción arquitectónica, for- 
mas turgentes delineadas por la estrecha cárcel 
del faldellín, piececitos calzados con esmero y 
manos cuidadosamente enguantadas. Diré más: 
tanto recato y tenebroso misterio realzaban mu- 
cho los atractivos juveniles, y parecían las en- 
lutadas un enjambre de negras mariposas. La 
Adán y Eva 9 



'3° 



DOÑA MILAGROS 



identidad del vestido y del tocado multiplicaba 
el efecto de la hermosura, bien como en los es- 
caparates fascina más un objeto repetido ó pre- 
sentado en gran cantidad. Empezó entonces á 
correr por Marineda la fama de que eran muy 
bellas mis hijas: lo cual si pudo afirmarse de 
Rosa y Argos , no tanto de Clara , y de Tula y 
Constanza mucho menos; mas ya se sabe que 
donde hay varias hermanas, una nota domi- 
nante de belleza ó fealdad se aplica en general 
á todas. 

Comenzaban á estar de moda las de Neira; á 
disfrutar de ese favor del público que en pro- 
vincia dura tan corto tiempo, pasando en se- 
guida la gente á cansarse de las muchachas lin- 
das , como se cansa de las actrices y de las ce- 
lebridades. Lo cierto es que, desde el luto, se 
hicieron populares mis niñas, y muchos de esos 
oficiosos que nunca faltan, me llamaron la aten- 
ción acerca de si convenía al buen nombre y 
crédito de tan guapas chiquillas dejarlas auto- 
rizar por doña Milagros. Mauro Pareja, alias 
el Abad, me dijo con aparente candor en la 
Sociedad de Amigos: 

—Ya veo á sus preciosas hijas. Las encuentro 
por ahí... por los andurriales. Siempre con la 
comandanta de O tumba, ¿eh? ¿Es parienta de 
Vds. la comandanta de Otumba? A quien echo 
de menos es á Argos... Esa se quedará en San 
Agustín , admirando al Padre Incienso , que es 
el predicador y el confesor de la crema. El otro 
día oí que Díaz del Alimón le comparó al Padre 
Ravignan y luego al Padre Jacinto... Sospecho 



POR E. PARDO BAZAN 



que Díaz del Alimón no ha leído ni al uno ni al 
otro. 

No era yo tan lerdo que no entendiese la iro- 
nía de la preguntita acerca del parentesco de 
doña Milagros. \ Parentesco ! ¡ Oh mundo que te 
pagas de formalidades externas y del mecanis- 
mo del azar! ¡Mis parientes! Una hermana que 
me había despojado, un hermano político que 
afilaba las uñas para no perder hilacha de lo 
que yo soltase... Nuestros parientes son los que 
nos aman, los que nos auxilian, los que nos dan 
calor de afecto... Y con ira reconcentrada res- 
pondí al Abad : 

—Si señor : soy próximo pariente de doña 
Milagros. 

Ya no podía sufrir la guerra de mordaces re- 
ticencias y obscuras calumnias , la cobarde cru- 
zada contra la señora de Llanes. Nadie aca- 
baba nunca de decir en qué consistían las mal- 
dades de ésta. Yo que la veía á todas horas, 
yo que era su amigo, me creí en el deber de 
sacar la cara por ella, y á una insinuación más 
procaz que otras, respondí proclamando á la 
comandanta de Otumba la mejor señora dei 
mundo. 

Mi arranque caballeresco dió que reir. Y 
cuando me vieron atufado, furioso, recogieron 
velas de un modo significativo. Saqueó en lim- 
pio sus medias palabritas , que me creían loco 
de amor por doña Milagros. La hipótesis no 
me ofendía, pero me desatinaba, porque po- 
día manchar aquella honra limpia como un es- 
pejo, pese á canallas malsines. 



DOÑA MILAGROS 



Confieso que, después de la gresca, pasé dos 
ó tres días muy malos. ¡Yo, casto y limpio ; yo, 
enemigo de infringir la ley, acusado de tan ilí- 
citos tratos, de tan impuros propósitos! Estu- 
diaba con anhelo la cara del comandante Lla- 
nes, á ver si revelaba enojo; miraba ansiosa- 
mente á doña Milagros, por si fruncía el ceñito 
ó se le nublaban las pupilas; observaba á mis 
hijas, por si maliciaban algo. Nada alarmante 
noté. Las chiquillas conservaban su misma acti- 
tud de siempre respecto á la comandanta: Tula, 
hostil, bufadora como gato montés; las demás, 
cariñosas; algunas, apasionadas, porque al fin 
la comandanta las complacía y halagaba como 
jamás lo hiciera su madre. Comencé á tranqui- 
lizarme, diciéndome á mí mismo: 

— Ven acá, infeliz. ¿Piensas tú enfrenar las 
lenguas? Más fácil te sería atar las hojas de los 
árboles. ¿Cómo has de evitar que digan todo 
género de absurdos? Yes que ni siquiera los 
dicen, tonto. ¿No lo ves? Cuando quieres pre- 
cisar, poner el dedo en la llaga, nadie da cuerpo 
y nombre á la calumnia: ¡frases vagas, indica- 
ciones traidoras, reticencias embozadas, que 
no resisten al enérgico empuje de tu honrada 
conciencia ! Ese run-run insidioso , en cuanto se 
le acosa de cerca, se desvanece. Es cobarde 
porque es infame. Combatirlo es pretender atra- 
vesar con una espada un fantasma de niebla: la 
espada pasa al través, y el fantasma como si 
tal cosa. No ; no incurras en la niñería de lidiar 
con nubes. Desprecia esas calumnias, ellas 
caerán de suyo. Si te alborotas, sólo conseguí- 



POR E. PARDO BAZÁN 133 



ras arrojar una mancha verdadera sobre la 
reputación de la angelical señora. La murmu- 
ración no encontraba asidero: lo buscará en ti, 
y entonces sí que se cebarán en ella sin mira- 
miento alguno. Lo que hoy no pasa de broma, 
tomará carácter serio, y la desgraciada caerá 
bajo el peso de una grave acusación , que lle- 
gando tal vez á oídos de su marido, estorbará 
y quebrantará para siempre vuestra amistad. 
¡Lenguas viperinas! ¡Sociedad inicua, mundo 
malo, malo, malo! ¡Qué felices son los que no 
tienen que habérselas contigo! ¡Qué dichosos 
eran los frailes, y al mismo tiempo qué sabios! 
¡Venturoso estado el suyo! ¡Por qué se habrá 
acabado la costumbre de retirarse á los con- 
ventos ! 

El resultado de todo fué que sentí hacia la 
comandanta un delicado respeto unido á inex- 
plicable ternura. Sus palabras me embelesa- 
ban; su gracia y monería en hablar me tenían 
cautivo, y me hubiese pasado veinte años oyén- 
dola el ceceo y los dichitos salados y graciosos. 
Cualquier tontería contada por ella adquiría el 
mérito de la sandunga. Escuchándola llegué á 
creer que cuanto le sucediese á aquella mujer 
merecía la pena de referirse , y que á cada paso 
la ocurrían cosas chuscas, reideras y donosas, 
que no nos pasaban á los demás. Como todas 
las personas de individualidad muy acentuada 
y típica, doña Milagros parecía crear vida alre- 
dedor de sí; diríase que la trama de la existen- 
cia diaria, tan pálida, vulgar y monótona, para 
ella estaba entretejida de hilos de color y de 



'34 



DOÑA MILAGROS 



pajuelitas de oro. En mi casa hacía sol cuando 
entraba doña Milagros. 

Estaba entonces la señora en temporada hu- 
morística, pues todos los días tenía algo que 
contar del asistente , á quien por sus torpezas 
apodaba Gedeón. Las gracias de Gedeón eran 
inagotable tema de risa. Subía doña Milagros 
agitada y abanicándose con un periódico; dejá- 
base caer en el primer asiento que encontraba 
á mano , y emprendía el relato de las gedeona- 
das. Gedeón había servido en el mismo asa/ate 
el chocolate de ella y las botas embetunás de 
su marido; Gedeón había cepillado un traje de 
lana á pintitas, y persuadido de que cada pinta 
era una mancha, medio había deshecho la tela; 
Gedeón había colgado el cuadrito de San Anto- 
nio cabeza abajo ; Gedeón, con las abrazaderas 
de las cortinas de la sala, había adornado la 
mesa. — "Hoy ese mardito me hiso pedasos la 
compotera buena, sin más que cogerla así, en- 
tre el purgar y el dedo índise... Yo le dije : Mira, 
Gedeón, borrico de mi arma, que te aviso que pá 
otra ves que derrames el dulse por el piso, te 
hago lamer el suelo con la boca... hasta que no 
quée rastro...! ¡Ay Jesú, D. Benisio! Los asis- 
tentes aquí son muy rudos. No se puede con 
eyos.„ De pronto la veíamos echar á correr so- 
bresaltada:— "¿Qué pasa?,,— "Ná; que hay que 
colar un caldo, y tengo miedo que ese Gedeón 
me lo cuele por un calsetín.,,— Las chapucerías 
deGedeón se habían hecho proverbiales. El po- 
brecillo era un quinto montañés , á quien el co- 
mandante había escogido para asistente me- 



POR E. PARDO BAZÁN 



135 



diante no sé qué recomendaciones que no podía 
desairar ; pero tan cansada estaba doña Milagros 
de sus fechorías, que había intimado al señor 
de Llanes la orden de desenterrar un mozo lis- 
to, limpio y útil, "una cosa desente,,. 

Aquella temporada noté pocas ganas de salir, 
y cierta repugnancia á la Sociedad de Amigos 
y hasta al tresillo. ¿Sería que estaba casi segu- 
ro de encontrarme siempre allí dos ó tres pró- 
jimos dispuestos á hincar el diente ponzoñoso 
en la honra de doña Milagros? Lo cierto es que 
prefería quedarme en casa. Transcurrido el pri- 
mer mes del luto, habíamos armado una tertu- 
lia. Era de toda la confianza imaginable y po- 
sible: mis niñas cosían ó bordaban, revolvían 
figurines, consultaban catálogos delPrintemps, 
comentaban noticias de amoríos, bodas, tea- 
tros y fiestas , y doña Milagros elaboraba una 
constelación , ó sea un cubrecama de gancho en 
que entraba la friolera de trescientas y no sé 
cuántas estrellas. Oíase fuera el ruido de la 
lluvia y del viento, y junto á la lámpara diálo- 
gos de este jaez: 

— ¿Cuánto cuesta ese vestido de armure ne- 
gra, con adorno de azabache? 

— Sesenta francos... doce duros. 

Ay, Jesús , qué baratito ! Chicas , si es de 
balde. Aquí, entre forros, corchetes, aceros, una 
cosa y otra , subiría doble. Yo me voy á encar- 
gar la corbata con encaje... porque también es 
una ganga. ¿Qué querrá decir esto de bonito paf? 

—Es un puf... ¿no lo veis? Un puf... ¡ Ay ! este 
catálogo está lleno de disparates. 



136 



DOÑA MILAGROS 



— Enséñame las muestras, Rosa... ¿Cuál te 

gusta á ti? 

— ¿A mí? La verde y oro... La azul gendar- 
me... La fresa, ¡sobre todo la fresa! 

Quien llevaba la batuta en lo concerniente á 
trapos y moños, era Rosa. Podría afirmarse de 
ella que ni existía ni respiraba sino para empe- 
rejilarse. Lo exiguo de nuestra bolsa no per- 
mitía á Rosa desarrollar su vocación; pero cada 
cual hace lo que pu^ide, y dentro del límite que 
por fuerza tenían sus gustos , Rosa hacía pro- 
digios. Ingeniábase para variar de adornos sin 
comprar ninguno nuevo; volvía del revés los 
trajes; les añadía perendengues, volantes apro- 
vechados ; la pasamanería que guarnecía la fal- 
da subía al cuerpo, y á la falda bajaba el fleco de 
las hombreras, repartido en golpes... Veía en 
un escaparate algo nuevo y caro; suspiraba, 
daba cien vueltas en redor del vidrio... y en 
casa, con vejeces, imitaba al punto la novedad. 
Siempre estaba refrescando sombreros, impro- 
visando cinturones, forrando manguitos ó plan- 
chando encajes. Su lectura predilecta consistía 
en figurines; su encanto eran las crónicas de 
sociedad y los ecos de salón. ¡Pobrecilla! Su 
mundo ideal no estaba á su alcance. 

Algunas noches venía á pasar un rato con 
nosotros el casero, Baltasar Sobrado, persona 
muy bien acogida de mis hijas, porque les traía 
siempre noticias frescas, chismes picantes, sa- 
zonados con la sal y pimienta de su experiencia 
del mundo. Sobrado había sido militar y casado 
con mujer rica , de la cual estaba viudo hacía 



POR E. PARDO BAZÁN 



137 



cinco años ; había corrido mundo y tratado gen- 
tes, y no carecía de despejo y facilidad para la 
conversación. Se le sabía una aventura añeja 
con cierta cigarrera muy hermosa, Amparo, 
por mote la Tribuna. De esta historia había 
recuerdos vivos; un niño, hoy un muchacho 
tipógrafo, socialista, que se hacía llamar el 
compañero Sobrado. A Baltasar le escocía fuer- 
te todo esto, y no aludía jamás á sus moce- 
dades. 

¿Vendría á mi casa atraído por la belleza de 
alguna de mis hijas? Esta idea se me pasó por 
la cabeza, pero no tardé en desecharla, por- 
que la sustituyó otra muy cruel. El verdadero 
imán para el opulento viudo era doña Milagros. 

Recordé la afirmación de Ilduara , que asegu- 
raba haber visto á Sobrado siguiendo por las 
calles á la andaluza. Me fijé en ciertas disimu- 
ladas atenciones, en ciertas galanterías que, 
con bastante cautela, tributaba Sobrado á la se- 
ñora. No presumo de observador ni me paso de 
malicioso; pero hay cosas que sólo no las ve 
el que no quiere verlas , y el ya antiguo pleito 
entablado con toda la ciudad de Marineda so- 
bre la virtud de doña Milagros, me abrió el ojo 
y me despabiló el entendimiento en semejante 
coyuntura. "Ahora se averiguará— pensé— -si 
tienen razón los que zapatean á esta mujer ejem- 
plar, modelo de esposas y de madres... es de- 
cir, de madres no, porque la naturaleza no ha 
querido que llegue á serlo; pero ¿qué le falta 
para la maternidad? Lo material y fisiológico: 
moralmente, ¡qué madre más sublime!... Ya no 



i 3 8 



DONA MILAGROS 



dirán que es buena porque nadie la asedia: aquí 
tenemos el escollo. Sobrado no es viejo , está 
muy bien de figura , viste con primor, su trato 
es agradable, y reúne una circunstancia de 
gran peso en esta sociedad corrompida : dine- 
ro, posición ; es socio de la casa Sobrado y Com- 
pañía ; es de las personas más consideradas de 
Marineda... Ahora, ahora voy á cerciorarme 
de que esta mujer no es de frágil cristal, sino 
de oro purísimo... ¡Ah! Yo velo, seductor, ca- 
lavera infame y disimulado... Te juro que no 
ha de escapárseme la más leve de tus artima- 
ñas. En caso de necesidad, prevendré á la ben- 
dita á quien tratas de corromper... ¡Ojo, So- 
brado! Estoy aquí.,, 

Me puse alerta y atisbé. Ninguno de los artifi- 
cios del rancio burlador de cigarreras se me 
escapaba. Llevaba cuenta de las medias pala- 
britas , de las blandas insinuaciones , de las mi- 
radas de reojo , de las maniobras para colo- 
carse al lado de la andaluza y poder hablarla 
en secreto. 

Sin duda el galopo de Sobrado, no atrevién- 
dose á intentar el asalto á domicilio por miedo 
al comandantazo Llanes, se había deslizado en 
mi casa y elegídola como aguas neutrales, di- 
gámoslo así. A mí probablemente me tenía por 
un memo, un alma de Dios, á quien le pasan 
las cosas por delante de los ojos sin que se en- 
tere; y á mis hijas, por unas vanidosuelas ton- 
tas, pagadas de su hermosura, y persuadidas 
de que todo el que se aproximase á ellas caía 
vencido. Como que fingía cortejar á Rosa; pero 



POR E. PARDO BAZÁN 



139 



yo veía la hilaza. Sí, la veía. ¡Ah! Aunque sen- 
cillo, no tan bobo, caballero Sobrado. 

Lo pescaba todo, todo: el mirar de borrego 
moribundo, las tentativas para juntar sillas des- 
viadas, las capciosas preguntas, las intentonas 
audaces, furtivas , cuya insolencia me arreba- 
taba á la cabeza la sangre... 

Un día vi más. Por cierto que estuve á punto 
de echar á rodar los miramientos. Necesitando 
doña Milagros retirarse de la tertulia más tem- 
prano que de costumbre, Sobrado, mientras la 
señora recogía la labor, recordó que tenía tam- 
bién una ocupación urgentísima y se ofreció á 
acompañar á la andaluza y darla el brazo por 
la escalera. En efecto, bajaron de bracete, y 
quedé más muerto que vivo, presa de tan fiera 
inquietud, que no sé cómo no salí corriendo de- 
trás de ellos , para impedir que la noble senci- 
llez de doña Milagros la hiciese víctima de algu- 
na infame asechanza. Sin embargo, no hallé 
pretexto ; hube de tascar el freno ; la noche que 
pasé fué de las más negras de mi vida : se me 
figuraba que era mi deber proteger á doña Mi- 
lagros, arrebatarla de las uñas del lobo; y me 
acusaba por no haberla hablado francamente, 
advirtiéndola del riesgo que corría su honor. 

Tanta zozobra y amargura se transformaron 
en una alegría inmensa, loca. Porque ignoro 
lo que pudo suceder entre el casero y la inqui- 
lina, pero es lo cierto que él no volvió á pre- 
sentarse en la tertulia, ni doña Milagros á men- 
tarle sin decir: "Ese mamarracho... ese pedaso 
e monigote, que me quería dar la casa de bal- 



140 



DOÑA MILAGROS 



de...„ Y no pudo caberme la menor duda de 
que, en aquella empresa, don Baltasar había 
ido por lana para salir trasquilado. Lo que más 
me demostró el fracaso del tenorio burgués , es 
que desde entonces se dedicó á sacarle á doña 
Milagros el pellejo á tiras en la Sociedad de 
Amigos , dejando aparte el pérfido sistema de 
las reticencias, que sin manchar empañan y sin 
herir desfloran, y pasando á afirmaciones con- 
cretas, directas, fundadas ¡qué horror! en mí, 
en mí mismo. 

Lo supe por una indiscreción de Primo Cova, 
y me retraje enteramente del Circulo, consa- 
grándome á nuestra dulce tertulia nocturna, 
cada vez más deliciosa para mí. Si me encon- 
trase con Sobrado, temería no poder contener- 
me. Sí; no lo duden Vds. : me desataría, yo que 
soy la quintaesencia de la paz. Pero confiesen 
que hay acciones capaces de sacar de sus casi- 
llas al mismísimo Job. 



IX 



Lo que me aguaba la fiesta de la tertulia era 
la resistencia de Argos á presentarse en ella. 
Verdad que no asistía casi á ninguno de los 
actos de la vida familiar. Nada : mi hija se había 
"dado á la mística,,. Ya dije cómo empezó á in- 
dicarse esta evolución de su apasionado espíri- 
tu, á vista del cadáver de su madre, cuando 
doña Milagros la empujó, la lanzó al frío beso 
de la muerte. Sólo que la crisis se graduaba, y 
ahora tenía su devoción un carácter de vehe- 
mencia que rayaba en insano frenesí. Si puede 
la devoción calificarse de manía, maniática es- 
taba Argos. 

Levantábase tempranito , antes de que ama- 
neciese, y en ayunas salía á no perder las pri- 
meras misas. Dijérase que cuanto más tempra- 
nas, á hora más intempestiva é incómoda, me- 
jor le sabían, cual si el valor de esta práctica 
piadosa consistiese en realizarla antes que los 
barrenderos terminasen su modesta faena. Era 
el templo predilecto de mi hija una antigua igle- 
sia conventual, hoy entregada á los Jesuítas^ 
tan madrugadores en celebrar como solícitos 



142 



DONA MILAGROS 



en atender al culto. Despachadas las misas, 
confesiones y comuniones , siempre había algu- 
na función que entretuviese á Argos hasta las 
diez; más tarde no, porque, en el fervor de su 
vida austera, mi hija repugnaba ver y ser vista 
de gente. La mañana la dedicaba á bordar 
pues estaba haciendo un manto muy repicado 
para un San José. Por la tarde, manifiesto: á 
velar al Santísimo. De noche se recogía á su 
cuarto , donde suponemos que leía ó meditaba. 

Lo seguro es que no podíamos reducirla á 
compatir nuestros inocentes y honestos sola- 
ces. Diríase que en ellos olfateaba insidias del 
demonio. También era arduo conseguir que 
acompañase á sus hermanas á los paseos, con 
ser éstos tan retirados y solitarios; y rara vez 
podíamos lograr que, convelo tupidísimo y saco 
de estameña , se uniese á la familia para tomar 
un poco el aire y hacer el ejercicio que reclama 
la salud. Yo insistía en que saliese, porque 
Moragas , al observar á Argos , solía decirme 

— Esa señorita le está buscando tres pies al 
gato... Mucho cuidado, señor de Neira. Su hija 
de V. está provocando una congestión en el 
alma... 

No era para notado sin inquietud el que la 
extremosa Argos, lejos de hallar en su nueva 
existencia mansedumbre y paz , humildad , su- 
misión y agrado, frutos naturales del amor di- 
vino , diríase que contraía una excitación mal- 
sana y alarmante. No podía yo echar la culpa 
á la devoción, porque Clara, otra hija mía, á 
quien siempre se le había notado afición á la 



POR E. PARDO BAZAN 



143 



iglesia , solía volver de ella como volvemos de 
los sitios adonde vamos por nuestro gusto , con 
cara satisfecha , plácida sonrisa , humor inme- 
jorable , y una voluntad, por decirlo así, baque- 
teada , suavizada , amoldada á las contrarieda- 
des, que tomaba luego con más paciencia y re- 
signación. Argos, en cambio, traía de sus ma- 
drugonas , ó una acometividad impaciente , un 
prurito de censurar cuanto hacíamos y decía- 
mos, por encontrarlo profanísimo y pecamino- 
so , ó una tétrica reserva que la aislaba de nues- 
tro afecto. Si la señal del provecho que hacen 
al alma las devociones es el estado moral de esa 
alma misma, Argos con sus rezos empeoraba. 

Hubo semana en que casi no la vimos , de tal 
modo la embelesaba una novena muy solemne, 
en la cual debía cantar, en unión de otras varias 
señoritas de Marineda que ensayaban los Go- 
zos. No recuerdo si dije que Argos poseía voz 
de contralto: siempre la tuvimos por hermosa 
y extensa , pero á las pocas lecciones del orga- 
nista y de una profesora que por devoción diri- 
gía el coro, resultó admirable. Soy poco inteli- 
gente; pero la voz de mi hija, apenas educada, 
me pareció, en efecto, un prodigio; al entonarlos 
primeros compases del Ave María de Gounod, 
vibraban en su acento toda la pasión y toda la 
arrebatada sensibilidad de su carácter: era una 
voz profunda, timbrada, sonora, pastosa, que 
llegaba al corazón. Hablóse mucho de esta voz 
en Marineda, y la iglesia se llenó de curiosos. 
Recuerdo que un día me dijo Feíta misteriosa- 
mente : 



144 



DONA MILAGROS 



—Papá... ¿Sabe lo que hice hoy? Estuve ha- 
ciendo rabiar á Argos divina más de una hora. 
¡Se puso conmigo hecha un escorpión! ¡Si vie- 
se! La dije que desde que anda vestida de ma- 
marracho, con un hábito tan feo, y confesándo- 
se hasta de que respira, ha echado un genio 
peor que el de antes. Y que no hace nada en todo 
el santo día, más que gorgoritos y leer libros 
que no entiende. Y que á mí me parece que las 
mujeres... vaya... y también los nombres... de- 
ben rezar una horita... bueno, aunque recen 
horita y media... y el resto del tiempo trabajar 
ó divertirse; porque ni somos frailes ni monjas. 
¿No crees tú que tengo razón? ¿Es bueno eso 
de rezar como un molino, tacarataca, tacara- 
taca? 

—Claro que no... Las cosas necesitan un tér- 
mino medio. 

—Pues es lo que yo quería decir; que no hay 
cosa que no tenga su término medio. Y cuando 
se exagera... pataplúm. 

—¿Qué significa eso de pataplúm?— pregun- 
taba yo, embobado con la labia de la chiquilla. 
\ — Quiere decir que. ..vamos... ¡lámar! Porque 
hasta para Dios debe de ser muy cargantito que 
continuamente le esté mareando Argos. A ella 
todo se le vuelve "voy á ver á Dios,,; "abur, 
que me espera elSantísimo Sacramento,,. ¡Vaya! 
Al Santísimo Sacramento no le gustará la gente 
machacona. Y !caramba ! con la compañía del 
Santísimo, parece que una chica se ha de volver 
más amable y más servicial y más cariñosa, ¿no? 

— Claro, enemiguiilo. 



POR E. PARDO BAZÁN 



145 



— Pues mi hermana, cuanto más va á la igle- 
sia, más se avinagra y más se chifla. Hoy creí 
que me arañaba, porque la dije: "Arguitos, tó- 
male á Froilán la lección de latín, que yo no 
puedo ahora; anda, mujer, que yo rezaré por 
ti el Rosario.,, ¡Ay! ¡El fin del mundo! Saltó 
chillando que no se llamaba Argos, sino María 
Ramona; que eso de Argos era un mote y una 
profanación, y que ya me enseñaría á llamarle 
Argos. Luego me dijo que la lección de latín 
que la tomase el diablo ; y como yo respondí 
que nombrar al diablo era pecado, agarró los 
zorros de sacudir las sillas y se vino detrás de 
mí corriendo. Sino ando lista, me zorrega. A 
bien que ya pagaría yo la tunda en moneda 
de oro. 

— ¡Bah!— contesté en tono conciliador.— Son 
bromas entre hermanos. Y al fin, ¿quién le 
tomó la lección al chico? 

— ¿Quién había de ser? Doña Fea... man- 
gue.,, como de costumbre. Y también como de 
costumbre no sabía palotada el señorito. Me 
veo y me deseo para meterle en la cabeza los 
pretéritos. Pero mira, papá. Esta Argos, el día 
menos pensado te dará el disgusto del siglo. 
Pudiera suceder que se volviese loca. ¿Tú 
crees que eso de rezar y cantar por tnrno no 
será una enfermedad lo mismo que otra cual- 
quiera? 

—No, hija mía. Es fervor que le ha entrado. 
Debemos respetar eso, porque no se trata de 
ninguna mala acción. 

-¿Fervor, papá? Pues á mí se me figura 
Adán y Eva 10 



DOÑA MILAGROS 



que en lo del canto tiene su vanidad correspon- 
diente Arguitos. Sabe que van á San Agustín 
muchos tontos, y cuando hay tontos es cuando 
florea y se despepita. No es oro todo lo que re- 
luce, papaíño... 

Sorprendente era la paciencia con que doña 
Milagros, tan asidua en escoltar á mis hijas 
por paseos y tiendas, se prestaba también á la 
devoción de Argos, acompañándola á la iglesia 
siempre que era preciso y aun asociándose con 
ella para rezuquear. El Rosario lo despabila- 
ban juntas: y era interminable, la corona entera 
con sus misterios dolorosos ó gloriosos, segui- 
do de una retahila de padre nuestros, credos, 
salves, actos de fe, trisagios y letanías. Re- 
uníanse asimismo para las novenas caseras, 
poniendo en común su tesoro de devociones 
especiales. Y si se ha de creer á Feíta, las de 
doña Milagros eran de un género sumamente 
original. 

—¡Papá... si viese qué santos tiene doña Mi- 
lagros en su alcoba! Una Dolorosa que parece 
un acerico... Dos San Sebastianes que parecen 
dos pollos desplumados... Una Virgen del Car- 
men con miriñaque... Cuando rezan ella y Ar- 
gos, se duerme y contesta medio dormida... 
¿Sabe V. cómo rezaban ayer? Doña Milagros 
echó un puñado enorme de garbanzos sobre la 
mesa del comedor, y empezó á decir á voces: 
"¡Satanás! ¡En mí no entrarás! Porque diré mil 
veses: Jesú, Jesú, Jesú....,, Y á cada Jesú; ¡pin! 
un garbanzo al cesto que tenía debajo de la 
mesa... 



POR E. PARDO BAZAN 



147 



—Chiquilla, no inventes patrañas. 

—Papá, es verdad; es verdad, papá— afirma- 
ba Feíta con esa especie de angustia de los ni- 
ños, que se consternan cuando no se les cree. 

Otro día me trajo unos papeles encontrados 
en el cuarto de su hermana. Titulábanse, el uno 
Ferrocarril celeste; el otro, Receta para con- 
fitar almas. Eran de esas hojitas donde por 
medio de un simbolismo del orden más pedes- 
tre, se quiere hacer accesibles á la inteligencia 
y al corazón verdades altas y sublimes de nues- 
tra religión sacrosanta. Debo anticiparme á 
advertir que mi hija leía cosas mejores, libros 
piadosos que, sin saber de dónde procedían, vi 
varias veces sobre su mesa ; entre ellos reco- 
nocí la Imitación , las sagradas páginas que 
santificaron á mi madre... y que sin duda Ar- 
gos no entendía ó no aplicaba tan bien. 

Aquellos días en que ensayó Argos el Ave 
María de Gounod, empezó á divulgarse por 
Marineda la noticia de que deseaba entrar en 
un convento. La primera vez que me lo pre- 
guntaron personas extrañas, sentí un golpe en 
el alma. ¿Pensaría en efecto mi hija sepultarse 
entre cuatro muros? ¡Monja mi Argos! ¡Monja! 
Enterrada en vida, separada de mí por vallas 
de hierro, sin esperanza de ninguna ventura 
terrenal, virgen, estéril, sola, muerta! 

En Marineda se comentaban estos supuestos 
planes de monjío, que llamaban la atención, 
como la llamaba ya todo lo referente á Argos, 
su hábito, sus madrugonas, su voz, su canto, 
y, ¿por qué no decirlo? su pálida cara de ima- 



148 



DOÑA MILAGROS 



gen, alumbrada por los dos ardientes cirios de 
sus ojazos negros. En las ciudades poco popu- 
losas la vida no puede ser original; hay para 
ella un patrón común, y quien pretenda apar- 
tarse de ese patrón, ó ha de llevar una exis- 
tencia tan obscura que nadie le vea, ó ha de re- 
signarse á que le roan los zancajos y le zaran- 
deen como á escobajo de uva pisada. Esto le 
sucedió á mi hija la devota. Dió la gente en 
fijarse más en ella , con su saco de añascóte y 
su velo de merino, que en sus hermanas, las 
cuales, emperejilándose lo que consentía el 
luto, no hacían más de lo acostumbrado en mu- 
chachas de su clase y edad. Argos— envuelta 
en el sayal, con la mata del obscurísimo cabe- 
llo apenas sujeta, pronta á desatarse y caer 
trágicamente por sus espaldas — en vez de sus- 
traerse á la curiosidad del mundo y encontrar 
aquel espiritual retiro que tanto agrada al alma 
contemplativa, lo que conseguía era ser blan- 
co de todas las miradas y tema de todas las con- 
versaciones. 

¡Monja! Buen católico soy, á Dios gracias, y 
venero el claustro; pero nunca se me había 
ocurrido separarme de una hija para no verla 
más, tropezar con unas rejas que se interpo- 
nen, negras y frías, entre su querido cuerpo y 
mis brazos; perderla, en suma. Sólo de pen- 
sarlo se me encogía el corazón. Si calculaba 
desprenderme de una hija, era para dar su 
mano á un hombre que la amase, y me hicie- 
se abuelo de unos serafines que pudiese tener 
sobre mis rodillas ; y mil veces fantaseaba yo 



POR E. PARDO BAZÁN 



149 



cómo sería la casita de mis hijas casadas, qué 
muebles tendría, y qué butaca grande me re- 
servarían á mí , al abuelito helado por la ve- 
jez, en un rincón muy confortable, cerca de la 
ventana por donde entrase á torrentes el sol. 

En la Sociedad de Amigos, en la calle Mayor, 
en las Filas, no me dejaban vivir. "¿Es cierto 
que la más bonita de sus niñas se mete monja? 
¿Es verdad que ya tiene elegido el convento?,, 
Mauro Pareja, sobre todo, revelaba en su asom- 
bro su carácter, porque nada le admira como 
las resoluciones extremas. Un ingenuo pasmo 
se pintaba en sus facciones. Parecía exclamar: 
"¡Quiere ser monja! ¡Es posible que haya quien 
intente cosas tan románticas!,, 

Por entonces Argos incurrió en nuevas ex- 
travagancias. 

Estábamos en Carnaval. En Marineda hay 
años de gran animación carnavalesca, mien" 
tras otros transcurren lánguidos : esto pende 
de circunstancias imprevistas, del estado de los 
bolsillos, de la duración de la temporada tea- 
tral, del humor de los Presidentes de las so- 
ciedades. El año de la muerte de mi pobre 
Ilda, tocaron Carnestolendas bulliciosas; sobre 
todo hubo muchas máscaras por la calle, á lo 
cual ayudó el caer la "temporada de locu- 
ra,, á fines de Marzo, y estar el tiempo sereno, 
despejado y magnífico. La primer comparsa la 
organizó la Nautilia, sociedad nueva y em- 
prendedora, empeñada en eclipsar á otra más 
antigua y acreditada, el Casino de Industria- 
les, La comparsa de la Nautilia, que salió el 



i5o 



DOÑA MILAGROS 



Jueves de Comadres por la tarde, representa- 
ba la entrada del Dios Momo, cuyo bando ó 
proclama iban repartiendo profusamente unos 
demonios vestidos de colorado ; anunciaba 
Momo que traía en sus baúles alegría y felici- 
dad para los pollos, noviazgos para las niñas, 
melancólicas reminiscencias para las viejas, y 
que se marcharía de jando en pos chascos y des- 
engaños á montones. Los que iban á esperarle 
cantaban versos alusivos, y regresaban luego 
escoltando la dorada carroza donde se repanti- 
gaba el dios, lucio, risueño, enviando á dies- 
tro y siniestro saludos con la mano enguantada 
de blanco, que metía á veces en un saquito de 
raso rosa para arrojar confites á las señoritas 
que descollaban entre el gentío. Como la tarde 
era primaveral, la temperatura deliciosa y el 
espectáculo alegre, entretenido y gratis, des- 
pobláronse las casas de Marineda: todo el mun- 
do se dirigió hacia los arrabales para admirar la 
lucida comparsa. 

Mis hijas resolvieron no salir aquella tarde, 
porque precisamente el barullo carnavalesco 
invadía los lugares por donde ellas solían pa- 
sear; y la incomparable doña Milagros también 
decidió quedarse haciéndoles compañía. Se con- 
vino en entretener la tarde con arreglos de tra- 
jes de las pequeñas y con sacar, de una mante- 
leta vieja de la señora, un abrigo de luto para 
la muñeca Nené, que, en opinión de Purita, lo 
necesitaba muchísimo. Reunióse en nuestra 
sala la tertulia, mientras yo, desde la galería 
abierta , recreaba la vista con el airoso balan- 



POR E. PARDO BAZÁN 



ceo de las embarcaciones y el azul espléndido 
del mar en calma, que parecía una placa de em- 
pavonado acero. Reinaba tal soledad aquel día 
en la población, que se oía claramente sobre 
las losas del muelle el ruido de los zuecos de 
algún marinero que pasaba, ó la risa de un 
niño, resonando límpida y argentina en la pu- 
reza de la atmósfera; por momentos llegaba una 
bocanada de música, la de la comparsa, que 
iba acercándose á la ciudad. 

Al principiar la sesión, Argos tomó dedal y 
aguja como las demás; pero parecía azorada. 
Dos ó tres veces la vi acercarse á la vidriera, 
y mirar hacia el sitio donde la comparsa debía 
de encontrarse entonces , como si los efluvios 
primaverales que llenaban el aire y los ecos le- 
janos de la algazara la excitasen é irritasen 
profundamente. Esta vaga desazón duró hasta 
que la música de la comparsa, aproximándose, 
se dejó oir interrumpida aún, pero más clara y 
distinta. Entonces, Argos, saliendo precipita- 
damente de la sala, regresó al cabo de dos mi- 
nutos con el manto puesto. Como no tenía que 
hacer ningún preparativo de tocador, sus sali- 
das eran así, súbitas, instantáneas; algo de 
fuga , la correría del que se siente perse- 
guido. 

—¿A dónde vas, chica? — preguntaron las cos- 
tureras. 

— Irá á la iglesia, de seguro —respondió por 
ella doña Milagros. 

—No... ¡lo que es ahora no voy á la iglesia!... 
—contestó sombría y enfáticamente la devota. 



152 



DOÑA MILAGROS 



—¿Pues á dónde, hija, á dónde? — interrogó 
sorprendida la andaluza. 

—A ver á mamá— declaró Argos, tomando el 
rumbo de la puerta. Pero ya doña Milagros y 
Clara se habían levantado interponiéndose é 
impidiéndole salir. 

—¿Estás loca? ¿Ar Campo Santo soliya? Esa 
grasia no te la permito yo y papá tampoco. 
Escuche, señó Neira: sola se quiere ir por ese 
camino del sementerio, que es un presipisio, y 
donde hase poco le dieron á una mujer de pu- 
ñalás. ¡Dios nos asista! Tú tiene el bicho en la 
cabesa. / 

— Dice bien doña Milagros. De ningún modo 
consiento que vayas, y mucho menos sola. Den- 
tro de hora y media es noche cerrada; te expo- 
nes y además te... criticarían. Deja eso, hija..., 
por Dios. 

— Pues venga conmigo, papá, si quiere. Ven- 
ga. Porque yo, sola ó acompañada, hoy he de 
visitar á mamá, que está en el nicho, mientras 
todo el mundo ríe y se divierte. 

El ruego me cayó encima como un lienzo de 
muralla que me dejase aplastado. ¡Qué idea tan 
lúgubre, tan antipática, tan fea! ¿A qué, vamos 
á ver, á qué tenía yo de ir, — cuando precisa- 
mente me encontraba tranquilo , dulcemente 
conmovido por la vista del mar y la hermosura 
de la tarde, — á abrir heridas y cultivar dolo- 
res? ílduara mía: tú, que á última hora calum- 
niaste tu existencia; desde el cielo, que espero 
que en él estás, bien ves los móviles que enton- 
ces inspiraron mi conducta. Mientras viviste, 



POR E. PARDO BAZÁN 



<53 



traté de hacerte dichosa: cumplí siempre tus 
deseos; te guardé fidelidad, y hoy que todo lo 
sabes, sabrás que no falté á mi deber. Si de algo 
te sirviesen las visitas á tu nicho, las prodiga- 
ría; pero ¿qué alivio puede prestarte el que me 
abisme en la aflicción, y además coja un reuma 
con la humedad del cementerio? 

Algo así objeté á Argos para que renunciase 
á su antojo sentimental. Me contestó unas bo- 
berías: "Su mamá estaba muy sólita. La gente 
de fiesta, y ella allí, abandonada, sin más com- 
pañía que los gusanos del sepulcro! Ella oía 
que su madre la llamaba; sí, oía su voz.,, Repli 
qué que para ser cristiano y rezarles á los di- 
funtos, á lo sumo bastaba con ir á la iglesia. 
Pero la muchacha se obstinaba en su deseo: 
despreciando mis ruegos y mis órdenes, otra 
vez se lanzó hacia la puerta. Entonces cogí el 
sombrero y la seguí; y doña Milagros, no me- 
nos diligente, se echó el manto y se reunió con 
nosotros en el portal. Después supe que Mizu- 
cha y Purita, alborotadas, con el instinto de 
imitación propio dé su edad, querían también 
ir al cementerio , como si fuese cosa muy re- 
creativa; y porque Feíta quiso convencerlas, 
rompieron á llorar y tomaron un cabrito que 
no se les quitó en toda la tarde. 

¡Qué tétrico es el camino del cementerio de 
Marineda! Lo limitan terrenos baldíos, pardos 
peñascales, y el mar inmenso que se estrella 
con zumbido lúgubre y perenne contra la brava 
costa. A cada revuelta se ve surgir la alta mole 
del Faro, cuya luz, ya se entorna, ya rebrilla 



154 



DOÑA MILAGROS 



fulgente. Y cuando se cruza la verja, vense 
tres patios llenos de nichos, donde brotan hier- 
beciilas amarillentas y pálidas; tres patios como 
de cárcel, sin un sauce, sin un ciprés, sin esa 
vegetación que poetiza la muerte... La unifor- 
midad desolada de las lápidas blancas y negras* 
y el viento del mar que azota el rostro y seca 
las lágrimas... 

No me atreví á penetrar en el recinto. Pare- 
cíame como si no hubiese muerto Ilduara, y me 
la fuese á encontrar erguida, airada, maldi- 
ciéndonos á la comandanta y á mí. ¡ Peregrina 
aprensión! Hasta creía oir sus palabras iracun- 
das y despreciativas: "Muy bonito... Vienes á 
visitarme con la verdulera... Para escándalos, 
este... Quítate de mi vista, ¡panarra, mal ma- 
rido!,, Entró Argos, apresurada, derecha, sin 
volver atrás la vista, como las somnámbulas. 
Doña Milagros y yo nos quedamos á la puerta, 
mirando cómo declinaba el sol y sus últimos 
resplandores tendían sobre el Océano unos 
rizos de oro y fuego, deshechos al punto. Sin 
decírnoslo, comprendíamos la señora y yo que 
era muy bonito aquello, que el espectáculo 
tenía algo de misteriosamente conmovedor. La 
andaluza había suprimido su cháchara; yo me 
deleitaba en callar. Un vientecillo fresco, pre- 
cursor de la noche, vino á acariciarnos. Argos 
prolongó la visita como un cuarto de hora. 
Cuando volvimos, empezaba á asomar la luna. 



X 



Pasaron Carnestolendas , y el mal de mi hija 
arreció, hasta tal extremo, que vi llegada la 
hora de vencer la debilidad de mi carácter y 
adoptar alguna resolución , porque aquello más 
que á santidad trascendía á delirio. Antes de 
que confirmase mis recelos el médico, había yo 
comprendido que Argos ni era santa ni peniten- 
te , sino enferma. 

Después de la visita al cementerio , sus rare- 
zas redoblaron. Había días que se recluía en su 
cuartito (tenía uno para ella sola , de donde ha- 
bía expulsado á Rosa, bajo pretexto de que 
Rosa quería espejos, floreros y otras profani- 
dades), y nuestros ruegos para que saliese á 
comer eran inútiles : dejaba correr horas y ho 
ras sin probar alimento, tal vez llorando; lo 
encendido de sus párpados la delataba. Aquella 
devociónsordomudade los primeros días ; aquel 
bullir de la segunda época, aquel piadoso zas- 
candileo en unión de la marquesa de Veniales, 
Paciencita Borreguero, Regaladita Sanz y de- 
más fundadoras y socias del Roperito ; aquella 
afición al canto, aquel continuo ensayar trinos 



i 5 6 



DONA MILAGROS 



y fermataSj habían cedido el puesto á fúnebre 
preocupación , á un lirismo que puedo llamar 
mortuorio. Pasábase en el cementerio muchas 
tardes; y era lo peor que se escabullía sola, á 
pesar de mis mandatos. Nunca la vimos más 
desaliñada, más olvidada de que era mujer, y 
mujer joven y hermosa. El abandono de su traje 
sólo podía compararse al de su peinado. Más de 
una semana trajo vendada la frente con trapos 
negros, afirmando que era por culpa de unas 
jaquecas horribles. La venda era angosta, y 
prestaba singular realce al rostro de la mucha- 
cha, en cuyos ojos ardía la fiebre. Todo esto 
debía asustarme. Consulté, en primer lugar, á 
mi amiga. 

—Sí, señó -exclamó la andaluza cuando la 
manifesté mi propósito de avisar al Doctor.— 
Hase usté mu bien; pero no sé que el Doctor 
le pueda sacar á la chica los mengues del cuer- 
po y el clavo del corasón donde afincao lo tiene. 
Los médicos piensan que too es resetar, que 
tóo es tomar el pulso y dar medicamentos con- 
tra el flato y para engordá la sangre, y yo le 
digo á usté que hay otras cosiyas en el arma, 
y que los médicos no hasen caso de eya, y son 
unos jumentos , hablando mal. 

—Según eso, ¿V. cree que no la curará el 
Doctor? Doña Milagros, querida doña Milagros, 
dígame su opinión, porque estoy que se me pue- 
de ahogar con un pelo. V. , que ve á la chiqui- 
lla á todas horas; V., que la acompaña mil ve- 
ces (Dios se lo pague); V., á quien, como mu- 
jeres que son las dos, ella enterará de cosas 



POR E. PARDO BAZAN 



157 



íntimas que conmigo no ha de conferir nunca, 
sea franca conmigo. Siempre he tenido en V. 
mucha confianza; pero de algún tiempo á esta 
parte, la miro á V. como á un ángel bajado del 
cielo... Y no digo más, porque no quiero enter- 
necerme. 

La comandanta sonrió , apoyando su dedito 
moreno y afilado en sus labios descoloridos, 
tan lindos y tentadores. Era la actitud de la re- 
flexión, en ella poco usual. Pasaba el diálogo 
en la sala de la señora, puesta con el aseo 
algo anticuado y la sencillez sin gusto de las 
casas meridionales. Las paredes estaban llenas 
de fotografías de familia : individuos mal enges- 
tados, displicentes, vestidos de domingo y apo- 
yados en las estelas jónicas y en los muebles 
recargados de talla de la guardarropía foto- 
gráfica. Me había explicado la andaluza cien 
veces el parentesco, el grado de consanguini- 
dad y la afinidad que la unían á los originales; 
pero yo siempre los confundía, viendo, no obs- 
tante , en tal exhibición de parentela una prueba 
de la respetabilidad de la señora. 

—¿Ve usté? — solía decirme.— Esta es mi pri- 
miya Paula, la que casó el año pasao con este 
sanguango, un capitán de lanseros... Esta se ha 
quedao viuda la pobre : Juaniya se yama. Estos 
son los chicos de esta misma Juaniya. Mire el 
pequeñiyo, qué mono (ya sabemos que á doña 
Milagros le parecían una monada todos los chi- 
cos). Esta... tan farfantona... la del mantón y el 
pañuelo... es mi tía la ricacha, la Tomatera de 
Chipiona, que la disen así porque ganó su for- 



158 



DOÑA MILAGROS 



tuna cargando tomates para manda á toda Es- 
paña y á Inglaterra... Podría de dinero está... 
y yo no me avergonsé de ella cuando empesa- 
ba á negosiar, y así me adora y me hase mil 
regalos y dise que me dejará su hasienda. A mí 
el interé no me siega; pero ¿avergonsarme de 
una mujer honrá? ¡Sabe Dios cuántas conde- 
sas quisieran ser como eya! ¿Verdá, Don Be- 
nisio? 

Esta charla no se repitió hoy, porque la anda- 
luza, como dejo dicho, reflexionaba; operación 
penosa y difícil para quien era pura esponta- 
neidad, instinto y arremetida franca y súbita, 
semejante á la del toro que por primera vez ve 
flotar el rojo é incitante trapo. Al fin sus ojos 
entornados irradiaron luz de inspiración; y 
echando mano de toda su diplomacia, de toda 
su oratoria, de toda su sabiduría , de todo cuan- 
to en ella formaba el elemento intelectual, me 
embocó este que casi puede llamarse discurso: 

— D. Benisio, ya sabe usté que puede pedir- 
me la vía si la nesesita: yo no quiero gastar 
retóricas para desir que se le apresia... Por lo 
mismo voy á hablarle como quien pisa huevos, 
y como quien mete la mano en brasas y no la 
quiere tostar. Cosas delicás saldrán á cuento, y 
si usté se me ofende á las primeras de cambio, 
meteré la cabesa debajo el ala., y agur. 

Hice un ademán expresivo animando á la se- 
ñora á que se explicase, y ella, dando tormento 
al abanico, aunque ni hacia calor ni estábamos 
en verano, prosiguió sin perder la gravedad: 

—¿Usté se acuerda, santo varón, cómo empe- 



POR E. PARDO BAZAN 



159 



saron los trabajos que pasamos en este picaro 
mundo los hombre y las mujere? 

—Doña Milagros, ¿eso qué tiene que ver?... 

—Calma, cristiano, que allá voy. Todas cuan- 
tas desdichas y berrinches aguantamos , le vi- 
nieron á Adán por Eva y á Eva por Adán, y 
á los Adanes por las hijas de Eva, y á las hijas 
de Eva por los Adanes condenaos. Siempre que 
vea usté una mujer ó un hombre con fatigas de 
muerte, no se derrita los sesos cavilando: es 
por la otra cara de la luna... ¿está usté? es por 
un Adán ó una Eva, y digasté que yo lo digo. 
Cuanto zafarrancho se arma por ahí ; cuanto in- 
ventan los hombres, con esos discursos ende- 
moniaos de mecánicas y de construsiones y de 
embarcasiones; cuantas trifulcas arman de tea- 
tros y bailes y comersios y fábricas y diablos 
coronaos... todito es por la pingarrona de Eva, 
por eya nada más. Y cuanto nosotras nocompo- 
nemos y no asicalamos y no depepitamos y no 
ponemos tristes y no reímos a carcajá y rnur- 
muramo y chillamo, y arañamo y reñimo... y 
no tragamo á la gente... como le susedía á su 
difunta de usté, señó Neira... too es por el per- 
dio de Adán, ni ma ni meno. 

Oía yo sonriendo á la señora, por la sal de 
cielo con que echaba su relación; pero la idea no 
me parecía ciertamente ni muy nueva, ni muy 
aplicable al caso presente, ó sea al místico des- 
varío de mi hija Argos. Sin duda doña Milagros 
leyó en mis ojos, pues se apresuró á añadir: 

— Yo siento no tené más labia, más esplicae- 
ras, y sobre tóo más siensia, para haserle á usté 



i6o 



DOÑA MILAGROS 



ver claro como el agua este intríngulis del mun- 
do, que yo ayá á mi móo lo entiendo divina- 
mente... Porque usté ahora dise pa entre sí: "¿Y 
qué tiene que ver con las arrancadas de mi 
niña, que todas son por el lao de la iglesia, la 
casta de los Adanes? Presisamente la chiquiya 
se corre que quiere entrar monja... y en el con- 
vento Adanes no hay.„ Pues velay, Don Beni- 
sio : que á las mosita y lo propio á las mujere 
manías , no se crea usté , tanto las altera Adán 
de sobra como faltón... y basta, y usté ayúeme 
á hilar delgadillo esta madeja. 

Quedéme suspenso, sin saber qué objetar á 
tan incongruentes afirmaciones. 

—¿De suerte. ..—pregunté— que V. juzga que 
Argos... sus males... sus caprichos...? 

—Los tontos creerán que son por Dió Nuetro 
Señor. ¡Calumnia! Por Adán y nada má que 
por Adán; y si Moragas dise otra cosa, cóm- 
prele usté una gafa á Moragas. 

— Pero — insistí— ¿qué Adán puede ser, doña 
Milagros, el que me tiene trastornada á la chi- 
quilla? Sospecho que eso no lleva camino; por- 
que si alguno pretendiese á Argos ó Argos 
quisiese á alguien, Argos se compondría, Argos 
presumiría, Argos estaría como están las mu- 
chachas con novio. 

— i Ay qué material que es usté, Don Benisio! 
Pué si no hubiese en el mundo más enreos que 
los que están á la vista de la gente y los novias- 
gos á son de trompeta... Mil veses se enrea el 
corasón, y no lo sabe más que el corasón mis- 
mo: por fuera, nada: gayo tapao. 



POR E. PARDO BAZÁN 



161 



Me resonaron dentro estas palabras que con 
vivacidad acentuó la andaluza. 

—Su niña de usté es una mosa que tiene en 
aquella cabesiya un volcán. Tóo le entra por 
arrechucho, y se pinta eya á sí misma que sien- 
te la cosa más aún de lo que la siente. Por la 
mañana dise pá sí: "María Ramona, hoy tocan á 
yorar y á besa el suelo.,, Y se la caen los lagri- 
mone como aveyanas , y capas es de lavá el 
piso con yanto. Pues como diga: "Hoy tocan á 
canta...,,, más canta que un ruiseñor: vos como 
la suya, que tanto yegue al alma, en mi vida la 
he oído. Si la da la tema por está de rodiyas, 
de rodiyas aguanta horas y horas sobre la pie- 
dra, sin quejarse, aunque luego se caiga des- 
vanesía de dolor. Si se la pone en el periquito 
vestir el saco de estameña, el saco suyo ha de 
ser el más gordo y más bronco y más feo; y dé 
usté grasia á Dió que no se la ocurra arrastrar 
tisú , porque lo arrastraría del más vistoso, 
aunque la costase darse al diablo. 

—¡Doña Milagros!— pronuncié, saltando en 
la silla. 

—Perdone...— murmuró la señora, confusa, 
con tan hechicera mansedumbre que me desar- 
mó al punto. —No he querío ofender... Usté me 
pregunta... y yo,., vamos, tengo la lengua lar- 
ga... No se me atufe... Diga que me perdona. 
¿Así? ¿ Pases? 

Y para sellarlas , tomó mi diestra y la oprimió 
contra la parte baja del pecho izquierdo, don- 
de noté que el corazoncito sin hiél brincaba y 
golpeaba la tela tirante... 

Adán y Eva i i 



IÓ2 



DOÑA MILAGROS 



—Lo que he querío desir, don Benisio, es que 
su niña es una pila del telégrafo. Si tuviese 
novio, un Adansejo en regla, como Dios man- 
da, valdría más que no andar visitando á los di- 
funtos... La cosa es que... 

Doña Milagros vacilaba. 

—Que... vamos, en el caso de su hija de usté, 
el Adán no puede ser... no es posible que sea... 
¡Ay! se me traba la lengua, don Benisio... ¿no 
se va usté á enfadar?... Pues... ese Adán de 
Argos... si es que sale... nos saldrá... apestando 
á cera; eso... cabal... ! 

Me puse de pie. En mi cráneo, de improviso, 
retumbaban voces, carcajadas y burlas infa- 
mes. ¡Dios justo! Por primera vez se me ocu- 
rría la idea, la absurda idea... y ya no iba pa- 
reciéndome tan absurda, á los dos segundos de 
haberla concebido. Recuerdo que me eché á la 
cabeza las manos, para ahogar aquel estrépito 
diabólico. Doña Milagros comprendió con su 
agudeza femenil, y murmuró: 

— No hay que apurarse, señó de Neira... Esto 
que le digo yo á usté no creo que nadie lo sos- 
peche. Ni la misma Argos entiende lo que la 
estápasando ; eya se cree buenamente que anda 
así, afligía por sus pecaos y sus penitensias y 
sus étasis... y se figura que las cosa rara que la 
entran son ayá unas visitas de la grasia de 
Dios... y no hay para qué desengañarla, que 
los achares se la han de quitar. 

— Pero...— tartamudeé — ¿por quién, doña Mi- 
lagros, por quién cree V. que siente mi hija... 
debilidad... afición... en fin, eso? 



POR E. PARDO BAZÁN 



163 



— ¡Eh! No tan aprisa... No he dicho eso presi- 
samente; sólo que se me ha puesto aquí que al- 
guna tonta por el estilo será la madre del cor- 
dero. 

—Un nombre... ¿No se la ocurre á V. un 
nombre? 

—Don Benisio... es delicaiyo contestar. No 
nombro á nadie. Usté abra el ojo, fíjese, enté- 
rese, como es el deber de too padre, de lo que 
hace su hija y á quién ve... porque también es 
usté demasiado confiao y blandullón, y con usté 
hasen su santa volunta las niñas las veinticua- 
tro horas del día, vamo... Así como su señora, 
Cristo la haya perdonao, pecaba de dómina y 
de regañona, usté párese hecho de merengue: 
con usté las chiquiyas tienen república. Yo le 
aconsejo que mire por Argos... y no ha de sa- 
carme usté más, que estaría muy feo calum- 
niar... ó salir con algún sinfundo. 

No conseguí otra cosa. A mis súplicas opuso 
la señora un significativo, "se ha dicho bastan- 
te,,. Para torcer la conversación, sin duda, pre- 
guntóme de pronto : 

—¿Se ha enterao V. del cambio de ministerio? 
¿Ha visto al nuevo Gedeón? Es decir... éste de 
Gedeón no tiene nada. 

—Sí , se me figura que me abri3 la puerta 
una cara desconocida... ¿Ha encontrado V. su 
ideal? 

— ¡ Ay mare! pues si estoy que no quepo en 
mí de goso. Le digo, Neira, que ahora sí me 
encuentro en la gloria. No sé dónde ha podio 
desenterrar Tomás semejante alhaja; pero no 



.6 4 



DOÑA MILAGROS 



he visto náa como eso. Un muchacho más lim- 
pio que el oro; da ganas de comer verle: y tra- 
bajaor, no se crea usté: que hasta los suelos 
friega y saca lustre á los hierros del balcón. 
Mañoso como él sólito: mejor guisa que nin- 
guna cosinera: pone el arroz que se chuparía 
usté hasta el codo. Me tiene el fogón, que dan 
ganas de colgarlo al cuello por dije. No lo va 
usté á creer: plancha, pega botones y limpia y 
sacúe mi ropa. 

— ¡ Atiza! Como una doncella. 

— Que sí... Y no se crea usté por eso que es 
ningún mariquiyas. Es disposisión que Dios le 
ha dao. ¡Ay! Mis pies y mis manos es la criatu- 
ra. Ya le he cobrao una ley... 

—Vamos, un estuche. 

Quieras no quieras ( no tenía yo el menor 
empeño en admirar las habilidades del nuevo 
asistente), hubo que dejarse llevar á la cocina 
por unos pasillos obscuros. Entramos en la 
oficina de la bucólica, y vimos, de pie ante una 
mesa de pino blanco, á la nata, flor y espejo de 
los asistentes, con las mangas de la camisa 
arremangadas y frotando á todo frotar la hoja 
de unos cuchillos. El exterior del sirviente era 
de lo más simpático; pero yo, concierta repul- 
sión (afirmo que la sentí desde luego), me volví 
á la señora y pregunté en voz baja : 

—¿Es paisano de V.? 

— No, v'alensiano. 

Entonces reparé que, en efecto, aquel her- 
moso tipo meridional sólo podía haberse produ- 
cido en las márgenes del Turia, que llaman flo- 



POR R. PARDO BAZÁN 



l6 5 



ridas los poetas. Si no repugna hablar de la 
belleza de un hombre, hablemos de la de Vicen- 
te ó Visanté , que á tal nombre respondía el 
soldado. Pálido, con la palidez sana, caliente 
y marmórea de las razas semi-africanas ; de 
negros ojos, fogosos, largos y brilladores; de 
facciones correctas, espesa barba que azuleaba 
de puro sombría, dientes blanquísimos y procer 
estatura, era Vicente lo que se llama un arro- 
gante mozo. El brazo ligeramente velludo, que 
ostentaba su rica musculatura al fregar los 
cuchillos, tentaría á un escultor; y la mano, 
fuerte, morena, grande, pero flexible, de noble 
diseño, lejos de denunciar la baja extracción 
del fámulo, parecía decir que por sus venas co- 
rría ignorada sangre de árabes conquistadores. 
Al vernos, cuadróse el muchacho, como si vie- 
se al comandante en persona. 

— Aquí vengo á lusir tus grasias, Vísente — 
dijo la señora con garbosa familiaridad.— Mire 
usté, Neira, qué tinaja tan fregaíta. ¡Ay! E/i 
estas sartenes relusiente me gusta á mí freir 
los huevos, que salen abuñolaos. ¡Caye! Si has- 
ta el perejil me lo tiene este chico que párese 
un ramiyete— añadió tomando un vaso donde 
en agua muy clara se encrespaban ramas de 
perejil.— Abre ese cajón, Vísente, alhajiya. Too 
en orden, tóo aseado. ¡Qué almirés! ¡Qué pe- 
rol! ¡Qué encanto de chocolatera! 

El autor de tantas maravillas se mantenía 
derecho, inmóvil, callado, y al parecer melan- 
cólico, con esa melancolía noble que llevan se- 
llada en el rostro las bellas razas de Levante, 



i66 



DONA MILAGROS 



que saben ejecutar con dignidad los menesteres 
más bajos. 

Al salir de los dominios de Vicente , la señora, 
volviéndose hacia mí con orgullo, preguntóme: 

—¿Qué me dise usté del muchacho? ¿Es ó no 
es prenda? 

Era en la antesala; me acuerdo bien que la 
figura de doña Milagros se destacaba sobre una 
cortina de reps verde obscuro, y que sonreía, 
dejando ver la dentadura de nácar, ornato de 
su boca de adolescente que empieza á sombrear 
el bozo. Yo me sentía lastimado, abatido, con 
inmenso abatimiento, como el que acaba de re- 
cibir funesta noticia, ó de asistir á un espec- 
táculo repulsivo, ó de prestarse á algo que su- 
bleva su conciencia y su corazón; y de pronto, 
en medio de esta depresión moral, de esta an- 
gustia mal definida, cuya causa no me era 
posible inferir, ¡oh vergüenza para mis canas! 
¡oh vil y despreciable condición del hombre! 
¡oh barro de que somos fabricados, escoria, 
limo de la tierra, polvo, basura! ¡oh rastro del 
pecado original! una oleada de profana embria- 
guez me arrolló; un relámpago cruzó ante mis 
ojos, deslumhrándolos con el serpear de su luz 
siniestra; un golpe como de saeta que se clava 
repercutió en lo profundo de mi ser, y, despa- 
vorido, comprendí, sin que me quedase lugar á 
duda, qué género de sentimientos me inspiraba 
doña Milagros. 

Luché como un atleta para que no se me co- 
nociese. Sujeté mis ojos, contuve mi lengua, 
crucé los brazos sobre el pecho, clavándome en 



POR E. PARDO BAZÁN 



l6 7 



el antebrazo las uñas. Abochornado , sólo quise 
ocultar mi flaqueza, á manera de asesino que 
esconde el cuerpo de su víctima. Miraba dentro 
de mí y me parecía ver negra sentina de mal- 
dades. ¡Cuan lejos estaba doña Milagros de sos- 
pechar el verdadero estado de mi alma en su 
compañía y presencia! Sentí impulsos de pre- 
sentarla los carrillos diciéndola: 

— Abofetéeme V., señora.,. Echeme como á 
un perro tiñoso... Lo merezco... y me servirá de 
consuelo el que V. lo haga. 

Y en alta voz, en lugar de implorar castigo, 
lo que dije fué: 

—Doña Milagros... me voy ya, sin que V- 
aclare aquel enigma. 

— ¿Cuál, cristiano? — y la andaluza se apro- 
ximaba. 

— Entremos en la sala, entremos — murmuré 
turbado por la media luz del recibimiento, sofo- 
cado por el zumbido de mis arterias.— Aquí pue- 
den oir... 

— No , si es que me quiere sacar con tenasa el 
nombre del Adán... pierde usté el tiempo. Y 
adiós, amigo... Va á venir Tomás, y le va á 
volver loco con sus peinaos... Lárguese si no 
quiere aguantar el solo... ¡Tomás tiene la san- 
gre más gorda! Por hoy, chito: se ha dicho que 
no. ¡Hasta luego! 

Huí. Sentíame tan rebajado, tan indigno de 
ejercer de padre, que en vez de subir salí solo á 
la calle, recorrí el camino de la estación, me 
retiré tarde, no dormí, tuve calentura, y, al día 
siguiente, en vez de reprender á Argos por sus 



i68 



DOÑA MILAGROS 



exaltadas devociones, madrugué como ella y la 
acompañé á la iglesia de San Agustín. Ansiaba 
confesarme, limpiar mi conciencia y ofrecer á 
Dios, con mi firme propósito de la enmienda, 
mi arrepentimiento sincero y casi inmediato, 
pues lo mismo fué calmarse mi vergonzosa fie- 
bre, que pesarme de ella y conocer cuan mal le 
estaba á mi edad y cuánto ofendía al cielo. Si 
no acostumbraba importunar á Dios por le- 
ves circunstancias de la vida, en la gran tri- 
bulación no se me ocurrió pedir consuelo y 
ayuda á nadie más que á El. 

Mi hija caminaba á mi izquierda , cubierto el 
rostro, arrastrando sobre las baldosas de las 
bien empedradas calles marinedinas su blando 
calzado de beata. Creí notar que lejos de ale- 
grarla mi acto de religiosidad, iba de mal talan- 
te, reconcentrada y arisca. 

—¿Habrá quien confiese á estas horas?— la 
pregunté antes de entrar en el templo. 

—¡Ya lo creo que habrá!— fué su única res- 
puesta. 

Adelanté por la nave. Algunas formas con- 
fusas se rebullían á uno y otro lado de los ban- 
cos: el templo, sin estar obscuro como una 
cueva, no estaba tampoco claro: era la luz in- 
cierta del amanecer. Un jesuíta alto, encorva- 
do, de aire distinguido, salió de la sacristía 
dirigiéndose al confesonario. Mi hija se alzó 
el velo, corrió, precipitóse, y balbuceó supli- 
cante: 

—¡Padre Incienso!... ¡Padre Incienso! Estoy 
aquí. 



POR E. PARDO BAZÁN 



El proseguía andando, deslizándose, sin mi- 
rar á la devota : pero como yo añadiese : "Tam- 
bién deseo confesarme,,, volvióse vivamente» 
se fijó en mí, y exclamando: " Con mucho gusto, 
señor de Neira, inmediatamente,, , se introdujo 
en la garita de madera. Me arrodillé ante la 
rejilla: Argos se desvió: y, después de las fór- 
mulas y rezos que preceden á la confesión 
auricular, en un arranque efusivo, sincero, es- 
pontáneo, que debió de agradarte, ¡oh Dios que 
ves las almas!, derramé todas mis culpas en el 
oído y en el pecho de tu ministro. 

¿Quién, si tiene la fortuna de ser católico, no 
adivina lo que dije y lo que me respondieron y 
aconsejaron? ¿A qué profanar contándolo el ine- 
fable cuchicheo, el misterioso diálogo de nues- 
tras conciencias, las palabras, ya severas, 
ya consoladoras, las viriles exhortaciones, las 
advertencias prudentísimas, las firmes é indul- 
gentes frases del confesor, con todo lo demás 
que atañe á la sabia economía del admirable Sa- 
cramento de la Penitencia? Lo que importa es 
que me levanté sereno, aliviado, animoso, en 
una situación moral que sólo no envidian los 
que la desconocen , y que allí y sólo allí se con- 
sigue con tal plenitud y tan exquisito sabor de 
bienaventuranza. 

—Le daré á V. ahora mismo la sagrada co- 
munión , advirtió el jesuíta doblándose para 
salir del confesonario, 

— ¿Y yo, Padre Incienso?— susurró la voz de 
la mujer que aguardaba casi postrala, y en 
quien reconocimos á Argos. 



170 



DOÑA MILAGROS 



—V. no se confiesa hoy porque no tiene para 
qué : se ha ccnfesado ya dos veces en lo que 
va de semana — respondió el Padre.— Me acer- 
qué solo á la barandilla del presbiterio; dejé 
caer la frente sobre el paño blanco; una oración 
sin palabras se alzó de mi regenerado espíri- 
tu... y poco después, temblando de respeto ante 
el misterio augusto... sentí en los labios el Pan 
de los ángeles. 

Ahora, Satanás, puedes venir... Me he re- 
vestido de coraza, he embrazado el escudo, y 
he jurado que, si te presentas, te llevarás un 
chasco como para ti solo. En mí no entra- 
rás, que diría mi tormento, mi enemiga dul- 
císima, doña... No la nombremos: más vale. 



XI 



Apenas salí de la iglesia, donde Argos se 
quedó rezando, tuve un trasacuerdo. Pesóme 
no haber solicitado del director espiritual de 
Argos una conferencia reservada, uno de esos 
coloquios que, sin tener la solemnidad sacra- 
mental de la confesión, ni su virtud medicatriz 
para el espíritu, le sirven no obstante de luz y 
de guía y hacen ver claro lo que no discernía- 
mos antes. Una serie de reflexiones ó más bien 
de intuiciones rápidas, me dijo que sólo el con- 
fesor de mi hija podía darme consejo discreto, 
reservado y prudente. Él, mejor que nadie, co- 
nocía el verdadero estado moral de María Ra- 
mona; él, mejor que nadie, podía confirmar ó 
desmentirlas osadas conjeturas de... tengo que 
nombrarla por fuerza, pero al nombrarla, Se- 
ñor, purifico mi intención... de doña Milagros. 
— Consultar con el médico males del alma, se 
me figuraba que era atentar, en cierto modo, 
al pudor de la doncella. Unicamente con el 
sacerdote pueden conferirse ciertas cosas. 

Iba cavilando en esto, á tiempo que una voz 
tuerte y hombruna, pero enmelada, digámoslo 



172 



DOÑA MILAGROS 



así, por el propósito de resonar con inflexiones 
afectuosas , pronunció á mi espalda : " ¡Qué paso 
de muchacho lleva V. , señor de Neira ! „ Y al 
instante mismo emparejó conmigo el Padre In- 
cienso. 

Á la luz del sol pude reparar bien la fisono- 
mía y catadura del Jesuíta. Era alto, recio, del- 
gado, no mal dispuesto, aunque se doblaba por 
costumbre, lo cual le hacía parecer cargado 
de hombros ; su rostro expresaba firmeza é in- 
teligencia, y unos rastros de orgullo, involun- 
tario sin duda, pues se esforzaba en sonreír con 
agrado y apagar la chispa dominadora de sus 
ojos castaños, amarillentos por la bilis. Tenía 
la barba espesa y mal rasurada; el pelo obscu- 
ro y copioso, apenas salpicado de algún hilito 
de plata; la tez marchita y con ráfagas reque- 
madas sobre un tono moreno claro genuina- 
mente español; aguileña la nariz, los dientes 
blancos y juntos, pero descuidados, y la boca 
exangüe, casi sin labios, contraída, indicio cier- 
to de represión de las pasiones. La edad fluc- 
tuaba entre los treinta y ocho y los cuarenta y 
dos, aunque á primera vista parecía más avan- 
zada. Se adivinaba que el Jesuíta no era hombre 
á quien se le hacía fácil vencerse, pero también 
que,sillegase á caer, se despreciaría á sí mismo. 
La continencia, fuente á veces de plácido so- 
siego, á él sin duda le embravecía, reconcen- 
trando en su alma el vigor varonil, volviéndole 
más enérgico y un tanto impaciente 3 r duro. 
Esto se notaba en el confesonario y asimismo 
en el trato, no obstante todo el cuidado que po- 



POR E. PARDO BAZÁN 



173 



nía en mostrarse afable: en el púlpito, el Padre 
Incienso se transformaba, se volvía todo azú- 
car, y tenía una elocuencia dulzona, rizada 
y quintesenciada hasta dar en empalagosa; puro 
arrope conceptista, digno de un Gracián, ad- 
miración del vulgo y encanto de las beatas. 
Personificaba el Padre un aspecto muy conoci- 
do del genio nacional: la austeridad religiosa 
que oculta sus maceradas carnes bajo un recar- 
gado paño barroco bordado de pájaros y de flo- 
ripones. 

—Parece que se quería V\ escapar de mí— dí- 
jome con la misma violenta amabilidad de an- 
tes, al ver que yo me detenía respetuosamente. 

—Al contrario — exclamé. — ¡Si es cosa como 
de Dios! Tenía precisamente que solicitar de 
V. un ratito de conversación á solas. 

—Es mi mayor deseo— contestó con entona- 
ción que me pareció singular por lo expresi- 
va.— Sólo que, en la calle, imposible hablar de 
nada— y al decir esto miraba precavidamente á 
un lado y á otro, como si temiese seroído. — Tam- 
poco quiero ir á su casa de V. , ni que nos 
vean entrar juntos, mano á mano, en la resi- 
dencia. Si V. me dispensase el favor de venir á 
verme... aguarde V.... ¿Mañana, á boca de no- 
che... á la hora en que la gente de los balcones 
ya no atisba, y en la mayor parte de las casas 
se comeóse cena...? ¿Comprende V.? Porque 
to o c qro s a evitar comentarios... Supongo 
que se Ikicl V". cargo, y no necesito añadir 
más... Hasta mañana, ¿no es cierto, señor de 
Neira? 



174 



DOÑA MILAGROS 



El misterio y recato, las precauciones adop- 
tadas para la entrevista, me probaron que si 
yo tenía cosas graves que preguntar al Padre, 
no eran de poca monta las que el Padre deseaba 
comunicar conmigo. Un confuso presentimien- 
to , fundado en datos más ó menos elocuentes, 
me gritaba que el Jesuíta y yo nos buscábamos 
para tratar del mismo asunto. Yo sentía que la 
conferencia se llamaba Argos, y que la alar- 
mante muchacha, la pobrecita loca, la chiflada, 
la calamidad de mi familia, era quien nos reu- 
niría en plática grave y triste al padre de su 
alma y al de su cuerpo. 

Obedeciendo en todo y por todo las órdenes 
del Jesuíta, esperé la hora señalada 1 , y embo- 
zándome en mi pañosa, como el que acude á 
cita secreta, y dando primero mil reviravuel- 
tas por callejuelas á ñn de desorientar á los 
que averiguan cuanto no les importa, llegué á 
la residencia de los Jesuítas, viejo caserón si- 
tuado en solitaria plaza del Barrio de Arriba. 
No necesité llamar : la puerta de la calle , cerra- 
da al parecer y en realidad sólo arrimada, se 
abrió sin ruido alguno, y un donado, lego ó lo 
que fuese,— un corcovadito gangoso, que anda- 
ba sin hacer ruido, — me dijo en apagada voz: 

— Tómese V. la molestia de entrar. 

Cuando estuve dentro, el corcovado cerró de 
veras, con llave, y me alumbró para que no 
tropezase en la escalera vetusta. Atravesé va- 
rias piezas frías y aseadas , amuebladas sin po- 
breza ni lujo, decorosamente, hasta llegar á 
una sala chica, que sobre sus desnudas pare- 



FOR E. PARDO BAZAN 



175 



des blancas no mostraba más adorno que una 
detestable copia deja famosa Concepción de 
Murillo. Un hombre que leía, sentado ante una 
mesa con tapete de hule, se levantó al sentirme 
entrar, y murmurando "Bien venido, felices 
noches,,, me condujo á un sillón de gutapercha, 
acomodándose él enfrente, en otro igual, de 
tal modo que su cara quedaba en sombra, 
mientras la claridad que derramaba el quin- 
qué de petróleo puesto sobre la mesa me ilu- 
minaba por completo á mí. 

Callamos un instante los dos. El Padre tosi- 
queaba, afectaba sonarse; pero, al fin, su na- 
tural resuelto triunfó del embarazo que no po- 
día disimular, y después del ¡ejem! que pre- 
cede siempre á las primeras interrogaciones 
en el tribunal de la penitencia, dijo, eligiendo 
con evidente cuidado las palabras: 

—Al llamarle á V. á esta hora y de este mo- 
do, adivinará que tengo que manifestarle 
algo muy importante á su tranquilidad y su 
honra de V.... y á la mía no menos. Si me hu- 
biese sido posible resolver el conflicto con mis 
propias fuerzas, no acudiría á V.: desgracia- 
damente hemos llegado á tal punto, que, con- 
sultado mi superior, me ordena que me ponga 
de acuerdo con V., para que entre los dos re- 
mediemos el mal. 

El tono de persuasión y autoridad del Jesuíta 
me impuso tal respeto, que al pronto no acerté 
á contestar palabra: sólo el temblorcillo de mis 
labios y la ansiosa expresión de mi cara res- 
pondieron por mí. 



i 7 6 



DOÑA MIL/GROS 



—¿Ya habrá V. comprendido que aludo al es- 
tado de... su hija, la señorita María Ramona? 

—Sí, señor... digo, Padre... ¡Me lo supuse!... 

— Soy su confesor— advirtió el Jesuíta ponien- 
do sordina á la aspereza de la voz; — pero nada 
de lo que va V. á oir lo sé por el confesonario, 
porque entonces no me sería lícito tratar de 
ello con persona de este mundo. Sin aludir, 
pues, á relaciones que no tienen más testigo que 
Dios; por indicios externos, por observaciones 
que V. habría podido realizar si quisiese, y que 
puede comprobar cuando guste, he llegado á 
adquirir el convencimiento, señor de Neira, de 
que su hija padece una manía... fatal, pernicio- 
sa; y en mi opinión, V., interponiendo su auto- 
ridad de padre, debe prohibirla que frecuente 
tanto la iglesia, y no permitirla sino aquellos 
actos de piedad que no omite ningún buen 
cristiano. En el cuidado de su casa; en las la- 
bores de su sexo; en honestas distracciones, 
propias de su clase y estado, empleará el tiem- 
po bastante mejor que en extremos de devo- 
ción... que su director... autorizó al principio... 
pero que... bien mirado... ya no puede menos 
de reprobar severamente. 

Guardé silencio, esperando más razones, y 
el Padre continuó, poniendo el mismo tiento 
exquisito en la elección de palabras : 

—Si el cambio de vida y la distracción no bas- 
tasen para... para... sosegar... el espíritu de 
esa señorita... en mi entender sería muy con- 
veniente entregarla á un facultativo experto 
y sabio... como... como el doctor Moragas, que 



POR E. PARDO BAZÁN 



177 



creo es el que asiste á Vds. , y de cuya ciencia 
tengo formado excelente concepto. No soy tan 
enteramente profano en medicina (aquí el Padre 
sonrió intentando expresar modestia) que no me 
haga cargo de que el alma tiene con el cuerpo 
una relación estrechísima y que á veces , para 
granjear la salud del alma, es preciso evitar que 
sea juguete del cuerpo alborotado ó débil. Si su 
hija de V. no... no se reporta, póngala V. en cu- 
ra, señor D. Benicio... Y si no es indiscreción, 
á este ruego añadiré otro: no piense V. más 
que en las cosas de su casa, y en ellas... piense 
con ahinco, á toda hora, sin cesar. Tiene V. á 
su cargo la honra y la felicidad de muchos se- 
res;— no digo que su salvación eterna, pues ni el 
mismo Dios, que pudo hacernos sin nosotros, 
puede sin nosotros salvarnos , y la salvación de 
cada uno se la ha de procurar uno mismo; — pe- 
ro... por lo menos... á la de sus hijas, debe V. 
contribuir. 

No sé por qué , esta alusión á mis propias fla- 
quezas me desató la lengua y me prestó con- 
fianza para responder : 

—Padre, lo que V. va diciendo es el Evange- 
lio... Le sobra á V. razón...; y con todo, es preci- 
so que comprenda la situación en que me hallo. 
Ese estado de mi hija María Ramona..., vengo 
notándolo desde el fallecimiento de su madre, y 
desde que lo noté lo creí funesto y quise reme- 
diarlo. La hice mis reflexiones; intenté evitar 
que se excediese en las prácticas religiosas y 
en las penitencias... pero... lo malo es que... por 
la costumbre que había contraído mi esposa de 
Adán y Eva. 12 



17» 



DOÑA MILAGROS 



ejercer plena autoridad en el hogar domésti- 
co... y mi asentimiento á dejarla exclusivamen- 
te en sus manos... es lo cierto que las niñas se 
habituaron á obedecerla á ella... y... faltando 
ella... á mí... á mí., no me tienen respeto... es 
decir... no me tienen miedo ninguno... ó... fran- 
camente , soy la última carta de la baraja en 
esto de regir á la familia. Si señor : un cero á 
la izquierda. Hábitos así no se corrigen en días 
ni en meses. Las muchachas apenas cuentan 
conmigo; no es que no me quieran, no es que 
deseen faltarme; es que nunca vieron en mí al 
que gobierna... y acaso 3^0 también tenga... 
inexperiencia... y poca firmeza en el mandar. 

Esto lo dije lleno de confusión; y si no fuese 
por la hábil colocación de la luz, hubiese leído 
en la mirada del Padre,— de aquel hombre tan 
confitado en hablar y tan rudamente viril por 
dentro, — un menosprecio que apenas atenua- 
ba la piedad. De todas las miserias en que pue- 
de caer el varón, sin duda al Padre le parecía 
la más vergonzosa el dejarse usurpar la auto- 
ridad por una hembra. ¡Con qué magnífico des- 
dén se regocijaba entonces el Jesuíta de haber 
renunciado á la unión conyugal, que asícurte y 
reblandece las almas! 

—De manera— articuló precipitadamente— 
que V. no se encuentra capaz, dentro de su ca- 
sa, de hacer entrar en orden y en razón á su 
hija, ó al menos de impedirla que se ponga en 
ridículo... y que nos ponga en berlina á los 
demás? 

Ya no escogía términos el Padre. La desa- 



POR E. PARDO BAZÁN 



179 



zón, el enojo y la pesadumbre le salíanjá bor- 
botones por la boca. 

—¿En berlina? — pregunté dolorido á mi vez... 

—En berlina. Ya que ha llegado la ocasión de 
decir la verdad... me molesta, me contraria, 
me abochórnalo que está pasando... y, envene- 
nado por la malicia, es imposible inferir qué 
proporciones tomará. He empleado cuantos 
medios están á mi alcance para que su hija de 
V. suprimiese ciertas demostraciones... incon- 
venientes, indiscretísimas. He puesto tasa á las 
confesiones y comuniones; he evitado toda 
aproximación, excepto las que me imponía mi 
santo ministerio; me he servido de mi autoridad 
espiritual para prohibir cuanto pudiese dar pá- 
bulo á la maledicencia; he vedado el canto, 
porque desde que Argos cantaba, se fijaba mu- 
cho más en ella la atención; en fin, nada descui- 
dé... y como no ha surtido efecto; como está cada 
día más revuelto aquel meollo; como he notado 
cosas que... que prueban la debilidad de su cere- 
bro... como me la encuentro á... la pobrecilla... 
hasta creo que dentro de la faja... como se echa 
á llorar cuando me ve... como si no me ve me 
escribe y casi es peor... como ha dado en la ton- 
tería de regalarme pañuelos... y libros... y me- 
dallas de plata... que yo devuelvo, ya V. se lo 
figurará...! creo que ha llegado el instante de 
que V. venga en mi ayuda... y á la vez se ayu- 
de á sí propio. Porque si á mí me contraría 
¡bien lo sabe Dios! esta peripecia, á V..., á V. 
debe de sacarle de quicio! 

Calló el Padre, y como si se encontrase fati- 



iSo 



DOÑA MILAGROS 



gado reclinó el codo sobre la orilla del sofá, y 
la cabeza en el dorso de la mano cerrada. 

¿Por qué mi pensamiento se convirtió enton- 
ces hacia ti, oh mi adivinadora, mi maga, mi 
bruja, doña Milagros? Allí estaba la viva prue- 
ba de tu teoría, la clave de tu síntesis del mun- 
do: aquel hombre que en actitud apesadumbra- 
da tenía delante de mí; aquel hombre esclavo 
de una idea, vestido de negro, severo, inflexi- 
ble, feo, casi viejo ya, era el Adán, el estrafa- 
lario Adán por quien una Eva romántica, in- 
citada del demonio, desdeñaba el mundo, sus 
pompas y vanidades, y creía abrir las alas re- 
montándose al cielo, cuando en realidad se pre- 
cipitaba al abismo. La devoción de mi hija, sus 
rezos, sus deliquios, sus penitencias, su olvido 
completo de la coquetería femenil, no eran, no, 
llamamientos de lo divino... Eran aquel hombre 
y nada más que aquel hombre... ¡Adán y Eva, 
el drama eterno del Paraíso! 

Sin embargo, en cierto respecto, el caso pre- 
sente desmentía más bien que confirmaba las 
suposiciones de doña Milagros. Este Adán no 
era Adán, en el sentido terrenal y profano de 
la frase: al contrario, representaba la victoria 
del ángel sobre el instinto del hombre. La re- 
probación de ciertas flaquezas; la altanera re- 
pulsión hacia ciertos pecados; el horror al ce- 
nagal de la concupiscencia, se pintaban tan cla- 
ramente en las acentuadas facciones, en el ceño 
adusto y en los delgados labios desdeñosos del 
Jesuíta, que me sugirieron una envidia ex- 
traña: envidié á las almas soberbias que ven el 



POR E. PARDO BAZÁN 



pecado en forma de humillación, y que, por po- 
seer la naturaleza grandiosa del águila, llegan 
á adquirir la condición inmaculada del armiño. 
La protesta del ser espiritual y racional contra 
la materia impura hermoseaba tanto al Padre, 
que se transfiguraban las líneas de su rostro, 
dándole cierta semejanza con un arcángel mo- 
reno... un arcángel muy casto... y semirrebel 
de. Ocurrióseme que la castidad, bella en la mu- 
jer, adquiere en el hombre, en quien tiene tanto 
de inesperada, un tinte majestuoso y sobrehu- 
mano. 

El Jesuíta se levantó de pronto, lo mismo que 
si le impacientase la prolongación de nuestra 
plática, y comprendiese que ningún fruto saca- 
ría de ella. 

—En resumidas cuentas... ¿intentará V.... pro- 
bará? Mire V. que la situación actual es insoste- 
nible—pronunció con tedio. —Por ahora, el 
cuentecillo no pasa de las sacristías; hay al- 
guien que ha visto... que olfateado... pero 
aún no se divulgó por ahí la especiota. Se di- 
vulgará bien pronto; ya sabemos lo que pasa. 
Es la teoría de la mancha de aceite. 

—¡Qué vergüenza! — exclamé. 

— Sí por cierto... y añada V., ¡qué responsa- 
bilidad! —agregó de un modo incisivo, paseán- 
dose agitado por la reducida salita. — Pues an- 
tes de que estalle la bomba... á recogerla. No 
ignora V. que aquí, lo mismo que en todas par 
tes, existen unos papeluchos indecentes, órga- 
nos de las desmedradas logias locales, ó sólo 
de la desvergüenza y la grosería de quien los 



182 



DOÑA MILAGROS 



escribe. Los tales papeluchos señalan con pie- 
dra blanca el día en que averiguan yerros 
como el de su hija de V. Una señorita de bue- 
na familia, joven, hermosa, y un Jesuíta... {qué 
presa para esos sabuesos viles! Ya oigo sus 
ladridos irónicos; ya leo el suelto indigno, ya 
veo la asquerosa caricatura obscena... Ya me 
parece que las mejillas se me abrasan de rubor 
y que las manos me tiemblan, porque no pue- 
den abofetear, como lo merecería, al misera- 
ble...— Y al expresarse así, el Jesuíta se me ve- 
nía encima, con las manos abiertas y en acti- 
tud de agarrar algo para deshacerlo. — ¡Tan- 
tos años pasados en rogar á Dios que aparte 
de mí hasta la sombra de una calumnia; tantos 
años de combate, tanta perseverancia en el 
ejemplo... expuestos á perderse por la insania 
de una... de una... de una, pobre joven! ¡De 
cuantos deberes tengo que cumplir por obe- 
diencia, el único que me cuesta esfuerzo es éste 
de confesar á mujeres! Lo cumplo, lo cum- 
plo... ¡pero si V. supiese lo que se sufre! No 
parece sino que el aliento de la mujer enve- 
nena el aire... En fin, D. Benicio, ¿me promete 
V. sacar fuerzas de flaqueza? Se lo ruego por 
amor de Cristo sacramentado. 

— Padre — murmuré — yo he de hacer cuanto 
me sea posible; pero quién sabe si exagera V. 
algo nuestra desdicha. No me toca defender á 
mi hija en este caso: cuando V. dice que... que 
le molesta... que le acosa .. cierto será...; pero 
tal vez sus intenciones no cederán en pureza á 
las de V.; acaso sólo por imprudencia, por ex- 



POR E. PARDO BAZÁ.N 



l8 3 



ceso de celo, por fervor mal entendido, ha 
pecado María Ramona. 

El Jesuíta se había vuelto á sentar , quedan- 
do en la sombra su rostro. Un ligero estreme- 
cimiento de su cuerpo respondió á mi frase, y 
después, como violentándose, articuló : 

—Poco importa la intención al mundo, que ve 
las cosas por fuera. Yo le apercibo á V., en con- 
cepto de padre, porque, si no lleva á mal mis pa- 
labras sinceras , le diré que V. responde de esto 
que pasa... En mi ya largo ejercicio de confesor, 
he tenido á veces la desgracia de... de tropezar 
con mujeres... cuya cabeza regía mal; pero 
eran solteronas ya entradas en años, versos 
sueltos, por decirlo así , y no tenían las infeli- 
ces quien las contuviese. Una señorita tan jo- 
ven y de las... condiciones... de su hija de V 

jamás se me atravesó en el camino...! Sólo una 
huérfana podría... No me haga V. creer que sus 
hijas están huérfanas ó que deberían estarlo. 

Sentí que la sangre se me arrebataba á las 
mejillas y tartamudeé : 

— ¿V. sabe qae mi hija quiere entrar en un 
convento? 

— Su hija de V.... — contestó reposadamente 
el Padre...— Si, su hija de V.; pero no su hija 
María Ramona , que es de la que hablamos. 

— ¿Eh?¿Qué... qué dice V.?... María Ramo- 
na... Argos divina... 

—¡No señor! Pero ¿dónde vive V.? Veo que 
nuestra conversación era más necesaria de lo 
que yo mismo creía. ¡Válgame la Virgen san- 
ta! ¿Es posible que hasta ese extremo dispon- 



.8 4 



DOÑA MILAGROS 



gan de sí mismos los que de V. dependen, sin 
consultarle, sin enterarle siquiera? Don Beni 
ció... ¡la autoridad del padre es sagrada, pro- 
cede de Dios! ¡El que no la sostiene y no la 
ejercita, renuncia á sus más santos derechos! 
¡El que forma lazos y engendra familia, contrae 
deberes; V. ha permitido que todo se subvier- 
ta, que todo se corrompa en su casa de V.! ¡La- 
mento no haberle conocido á V. antes, para re- 
petirle sin cesar que quien manda, manda, y 
que mujeres entregadas á su albedrío no pue- 
den dar al varón prudente sino amarguras! 

— ¡No sé lo que me pasa! — exclamé ya atu- 
rrullado.— ¡Pero por Dios, acláreme V. el enig- 
ma! ¿Qué sucede? ¿Cuál de mis hijas , si no es 
Argos, aspira á la vida monástica? 

—Argos, como Vds. la llaman... esa... esa 
será monja cuando yo sea obispo — y una pálida 
sonrisa jugó en los marchitos labios del Pa- 
dre.— La que ingresará muy pronto en las Be- 
nedictinas de San Pa}^o de Compostela, es... 
¡increíble parece que V. lo ignore! Clarita, la 
segunda. 

—¡Clara! 

— La misma. 

— ¡Clara! 

—¿De qué se asombra V.? Clara ve el mundo 
tal cual es... y no quiere vivir en él. Es tam- 
bién mi confesada: he combatido al principio su 
vocación, lo tengo por sistema invariable; pero 
un día tras otro la vocación ha resistido á mis 
ataques, y he llegado á aprobarla y á alabar la 
resolución de la señorita. Su vocación no es de 



POR E. PARDO BAZÁN 



l8 5 



esas arrebatadas, ardientes; no la produce 
ningún amoroso desengaño, ningún antojo ó 
desarreglo del alma; es una determinación ma- 
durada despacio, fundada en razones sólidas y 
en consideraciones que revelan juicio y discer- 
nimiento ! 

—Clara vale mucho — exclamé entre afligido 
y lisonjeado. 

—Vale, vale... Piensa como un hombre— dijo 
indulgentemente el Jesuíta. — Sabe que no ha 
de heredar grandes bienes de fortuna: ve qae 
pasa tiempo y no la han pretendido aquellos jó- 
venes á quienes podría aceptar y con quienes 
podría ser una buena esposa; no quiere ni ima- 
ginar bodas con un hombre desagradable, que 
la repugne; cree, y no se engaña, que si el ma- 
trimonio encierra felicidades, también trae con- 
sigo grandes penas ; y , por último , en la imagi- 
nación de su hija de V. ha labrado huella el es- 
pectáculo de la incesante fecundidad de su ma- 
dre, el verla sufriendo siempre, siempre en 
cinta . siempre con el comadrón á la puerta y, 
por último, el verla morir como murió... En 
fin, — pronunció el Jesuíta con voz mordiente , — 
la han asustado Vds. CJara es de complexión 
tranquila, amiga del reposo, de la vida regu- 
lar y metódica, de las horas fijas, de la paz, 
de la calma, de la dignidad. En las Benedicti- 
nas estará como en su centro. La regla no es 
estrecha; el convento tiene una huerta pre- 
ciosa. 

Miraba yo al Padre, atónito y subyugado ante 
aquel hombre que me hablaba por primera vez, 



i86 



DOÑA MILAGROS 



y conocía mejor que yo los propósitos, el cora- 
zón y el carácter de mis hijas. 

— Debe V. — añadió el Padre — alegrarse mu- 
cho del monjío de Clara. En el convento será 
dichosa: los embates y las luchas del mundo 
no llegan allí. V. no tendrá que pensar en 
dote... 

-¿Eh? 

—Nada; la dota su padrino, el Penitenciario 
de Lugo... 

Yo me cogía con las manos la cabeza. 

— ¡Estoy soñando! Clara... ¡miClarita! ¡Pero 
si nada me ha indicado; si hace la vida normal; 
si se arregla, se adorna, ríe, pasea con sus 
otras hermanas! Buena cristiana, sí; pero no 
se come los santos... ¿Está V. cierto, Padre? 
¿Está V. cierto? 

—Sí, señor... No se lo diría á V. á no estar 
certísimo. Ahora llega V. á su casa, y se lo 
pregunta á ella misma... En fin, para ser fran- 
cos del todo, señor de Neira... Clarita me ha 
dado la comisión de enterarle á V. No se atre- 
vía... y contó conmigo para este encargo. Ya 
lo desempeñé... Ruego áV. que lo tome como se 
deben tomar cosas que ni nos perjudican ni nos 
avergüenzan. Pero que por Clara no se le olvi- 
de á V. María Ramona. Clara marcha bien. ¡A 
la otra, si tiene V. carácter! . .. 

¡Carácter, carácter! ¡Qué pronto se dice eso, 
Padre Incienso de mi vida! ¡Quisiera 3^0 que 
hubieses sido casado treinta años con doña II- 
duara Pimentel... y ya veríamos en qué para- 
ban tus fueros y tus bravezas! El manso gato 



POR E. PARDO BAZÁN 



I8 7 



casero no es el tigre, y el Jesuíta no es el mari- 
do... Por el camino, desde la residencia á mi 
casa, combiné unas entradas terribles, unas cati- 
linarias de papá fiero... y al abrirse la puerta y 
aparecer las chiquillas, sólo supe decir : 

—Hijas, ¿está la cena? Vengo muerto de de- 
bilidad. 

Y cuando Clara, un poco humedecidos los 
ojos, se me colgó del cuello, todo lo que pude 
exclamar fué : — ¡Ay Clarita! ¿Qué debía yo ha- 
certe? ¿De cuando acá á los padres los enteran 
los extraños? 



XII 



Me había ordenado en el confesonario el Pa- 
dre Incienso que procurase no estar nunca, 
nunca á solas con mi peligrosa amiga ; y de- 
seoso de obedecer al pie de la letra, no hallé 
medio de enterarla de lo referente á Clara y 
Argos y consultarla para que su incomparable 
talento me guiase y alumbrase ; porque yo no 
sabía qué hacer, ni cómo echarle á Argos do- 
bles llaves y triples cerrojos á fin de que deja- 
se vivir á la gente. 

Pasado el alboroto de los primeros instan- 
tes , se me figuraba que hubiese podido acer- 
carme á doña Milagros, oir su habla gra- 
ciosa y disfrutar de su compañía, sin que se 
desmandase ningún instinto inferior, ni apare- 
ciese ninguna forma baja é indigna del acen- 
drado afecto que me inspiraba aquella mujer 
seductora. Ni aun me explicaba cómo habían 
podido desencadenarse en mí los malos impul- 
sos. Esperaba no reincidir; en lo sucesivo con- 
sagraría á la señora, al par que un cariño hondo, 
un delicado respeto, el que merecía por sus 
virtudes. Virtudes he dicho, y no me retracto: 



190 



DOÑA MILAGROS 



rabien los lenguateros de la Sociedad de Ami- 
gos: el caso de Sobrado estaba ahí; yo tenía 
pruebas. El figurarme á doña Milagros honesta, 
legal, incólume, fidelísima, me tranquilizaba; de- 
purábase mi cariño, y se calmaba mi espíritu 
contristado. 

Siguiendo otro consejo del Padre, avisé ai 
médico para saber ante todo lo que procedía 
hacer con Argos , y cómo asistir á tan rara 
enferma. Y mientras ella estaba en el templo, y 
las mayores de paseo con la comandanta, y las 
chiquitas jugaban bajo los soportales, custodia- 
das por la niñera y por Visanté , Moragas 
acudió, dándose por enterado aun antes de que 
yo le expusiese el caso. 

—Su hija de V. — me dijo — hace tiempo que me 
llama la atención. Es cosa notable: una imagi- 
nación servida por órganos... y también pertur- 
bada por algunos. Ya V. me conoce: ya sabe 
mi manera de pensar... Pero no seré yo quien 
incurra en la vulgaridad de echar á la religión 
culpas que no tiene. Argos ha nacido con una 
fantasía exaltadísima, candente, rica, domina- 
dora, y tendencia á dramatizar la vida. Es, por 
vocación, actriz, y neurósicaportemperamento. 
En esta clase de naturalezas, á veces se desliza 
la niñez y parte de la juventud sin revelar lo 
que late, porque faltó el móvil, la sacudida 
inicial. Móvil ha sido para Argos la muerte de 
su madre y las escenas que precedieron y siguie- 
ron á esa muerte. Cuando su difunta señora 
de V. cogió en brazos á la niña y amagó arro- 
jarla por la ventana; cuando Argos se echó á 



POR E. PARDO BAZÁN 



191 



llorar conociendo que su madre se moría ; cuan- 
do al verla morir se quedó cortada, sin llanto; 
cuando luego se abrazó al cadáver y se arrodilló 
delante del Crucifijo, fué sufriendo otros tantos 
embates que la desequilibraron. 

— Pero...— murmuré, sin comprender bien 
— ¿V. cree que está la niña... trastornada?... 

— Enferma; diga V. enferma. 

—¿Loca?— interrogué como si sollozase. 

— ¿Qué adelantaríamos con poner rótulos?-- 
exclamó don Pelayo. — Las fronteras de la locu- 
ra están por deslindar: y casi inesplorado el te- 
rreno que limitan. Hay locos de un minuto, locos 
de una hora, de un día, de un año, de diez... Na- 
die se muere sin el cuarto de hora de locura. La 
razón nuestra no es una lámpara fija, inaltera- 
ble, resguardada por un globo de vidrio, sino una 
antorcha agitada por el viento... 

Como yo callase, Moragas volvió á tomar la 
ampolleta : 

—No se figure V. que lo de Argos es cosa 
nunca vista. Al contrario: la exaltaciónnerviosa 
es un mal característico del sexo. Tampoco 
piense V. que me parezco á esos que creen que 
hay dos medicinas, una para la mujer y otra 
para el hombre. Si el padecimiento de su hija 
de V. se presenta más á menudo en la mujer ó 
casi exclusivamente en ella, no es tanto por 
diferencias de organización, como por las de 
educación y vida social. El varón que nace do- 
tado de esa ardiente fantasía, de esa sensibilidad 
que notamos en Argos, tiene mil modos de em- 
plearlas: el estudio, el arte, el trabajo, la dis- 



IQ2 



DOÑA MILAGROS 



tracción, la multiplicidad de las relaciones exte- 
riores... y... no se asuste V.... el amor real. 

—¡Señor de Moragas!— exclamé. — No entien- 
do... Hábleme V. como aun ignorante que soy: 
dígame en qué consiste la enfermedad de mi 
hija y cómo se cura. 

— A eso voy... ¿Se acuerda V. de un refrán 
que dice: carrera que no da el potro, en el 
cuerpo se le queda? 

—Lo cual significa... 

—Que como la mujer no puede dar carrera 
ninguna... á no ser que la dé para perderse... 
se le va almacenando dentro, en los sentidos, en 
el cerebro, en el corazón, toda esa fuerza... y, 
en ciertas organizaciones, se produce fatal- 
mente la explosión... ¿Todavía no me ha enten- 
dido V.? 

—De suerte que las muchachas vienen á ser 
así... como una bomba de dinamita bien car- 
gada, y que al menor contacto, al menor sacu- 
dimiento... 

—No las muchachas todas... pero sí algunas 
muchachas... bastantes muchachas... las que 
poseen en alto grado ciertas facultades y no 
logran atrofiarlas con la vida pasiva á que las 
costumbres y las instituciones condenan á la 
mujer. ¡ Pobrecillas! ¿Qué quiere V. que ha- 
gan, D. Benicio? 

— ¿Qué? — exclamé. — j Lo que hicieron siem- 
pre... loque hizo mi santa madre! Mucho coser... 
mucho rezar... en casita... y querer á su marido 
y á sus hijos! 

Cuando expresaba estas opiniones tan cuer- 



PORE. PARDO BAZAN 



193 



das, parecióme que la sombra de Ilduara, irrita- 
da y fatídica, lívida de color, cruzaba por de- 
lante del vidrio azul de la galería— porque en la 
galería pasaba esta plática.— Y sobre el vidrio 
amarillo, como bañada en luz de oro, aparecióse 
doña Milagros. Ninguna de aquellas dos muje- 
res, tan diferentes entre sí,— las dos á quien yo 
había querido,— se asemejaba á mi madre en lo 
más mínimo. Entonces pensé que tal vez suceda 
con las mujeres lo que con los hombres, y lo que 
es bueno para unas sea para otras ominoso y 
detestable. El' Doctor, entre tanto, alisando su 
blanco cabello rizoso, estirando sus niveos pu- 
ños, derecho y engallado, sonreía maliciosa- 
mente. 

—Me parece que no está V. conforme, señor 
de Moragas— añadí al notar su buen humor. 

— No... lo que pasa es que se me figura que 
hablamos dos idiomas diferentes, y que por este 
camino no podremos entendernos jamás. Con 
el fin de que nos entendamos en lo indispensa- 
ble, en lo referente al tratamiento de su hija 
de V., sólo le ruego que se haga cargo de una 
cosa: que para querer al marido 3^ á los hijos 
hay que empezar por tenerlos... y que acaso, si 
Argos los tuviese, no descarrilaría. ¿Puede V. 
casarla? ¿No? ¿Entonces cómo quiere V. que 
realice el tipo ortodoxo de la hembra de nuestra 
especie? 

Según hablaba Moragas, pensé en mí mismo, 
y vi con extraña lucidez que yo, yo en persona, 
Benicio Neira, sí que realizaba el tipo señalado 
como ortodoxo para la mujer. Empapado en las 
Adán y Fva 13 



J94 



DOÑA MILAGROS 



ideas de mi madre acerca de la organización 
monárquico -absoluta de la familia, y no pu- 
diendo plantearlas porque mi esposa no se había 
sometido á mí, las había planteado sometién- 
dome yo á ella y viviendo única y exclusiva- 
mente para mis funciones de esposo y padre. No 
había cosido, es cierto; pero otros oficios domés- 
ticos que, en mi opinión, incumben á la mujer, 
ios había aceptado en ocasiones dócilmente. 
Una llamarada de rubor me encendió el rostro: 
no estaba seguro de mi virilidad; parecíame 
sentir alrededor de mi cuerpo crujido de ena- 
guas. Por fidelidad á mis ideas tradicionales, 
¿habría yo sido en mi casa el hernbro? ¿Tal vez 
quien no sirve para amo es necesariamente 
esclavo? 

— Señ'jr de Moragas — dije en alta voz y sin 
fe— que yo sepa, no piensa en amores mi hija. 
Trátase de una monomanía mística ; si algo 
tememos es que se nos meta monja. 

—Señor de Neira— respondió el doctor, — yo le 
aseguro á V. que no hay tal, y su hija está 
perturbada en el terreno amoroso. La conges- 
tión de la fantasía ha parado en eso; y cuando 
lo digo, tengo mis razones. La he examinado 
atentamente; pero no atribuya V. este rasgo 
mío á perspicacia, no; la malicia se ha adelan- 
tado á la ciencia, y corren voces por ahí... 

—¿Qué voces?— exclamé alteradísimo. 

—Las que nunca faltan... Las de los innume- 
rables chismosos de cada pueblo. 

—Pero... ¡Dios mío! ¿Con quién? Argos... 

Moragas tecleó en la pechera. 



POR E. PARDO BAZÁN 



195 



— Es difícil mi situación. La de V. también 
Hay otra situación peor todavía: la del hombre 
que, obligado á evitar, no ya el pecado, sino 
Hasta la apariencia de él; más sujeto dentro de 
su sotana que las vírgenes dentro de su blanco 
traje; forzado, sin embargo, á tratar con muje- 
res, á oir sus íntimos secretos, á ser, como ellas 
dicen, su director espiritual , su confidente, su 
amigo, ve á alguna de esas mujeres— de cuya 
conducta, en cierto modo, es responsable — caer 
en el abismo de la pasión imposible, absurda, 
reprobada, sin finalidad. ¿Qué se hace en casos 
así? 

No dijo más Moragas, ni era preciso para 
que yo comprendiese que sus noticias confir- 
maban enteramente las del Padre Incienso. Y la 
aflicción, la paternal humillación que sentí fue- 
ron tales, que se me saltaron las lágrimas. Por 
primera vez de mi vida apreciaba uno de los 
aspectos terribles de la solidaridad entre pa- 
dres é hijos: la responsabilidad que nos toca en 
el mal que no hemos cometido, como autores 
del autor de ese mal. 

La mano del doctor se apoyó en mi hombro. 

—¡Animo! ¡Ea! ¿Qué es eso? Alégrese V. de 
la persona en quien recae el extravío de Argos; 
esté V. cierto que no abusará de él. ¿Quiere V. 
saber más? Vamos, yo le voy á decir todo... 
siempre que prometa tener valor. 

—Lo tengo - respondí ;— sólo que lo que atañe 
á mis hijas, en esto de la honra, es lo único que 
me aplana... Pero diga V...., diga. 

—Pues allá va... Conviene que V. sepa que él 



I96 DOÑA MILAGROS 



mismo fué quien me avisó de... de la enferme- 
dad de Argos 
-¿El? 

—Sí... el director... Y mire V.... yo, el médico 
empecatado, el librepensador empedernido, 
tengo que reconocer que el diantre del Jesuíta 
se porta como hombre de bien... y además como 
hombre experto. Rayó á gran altura de dis- 
creción. Díjome que sabiendo que soy el médico 
* y el amigo de la casa, se creía en el deber de 
llamarme la atención respecto al estado de sa- 
lud de Argos... Me rogó que me fijase en ciertos 
fenómenos y síntomas, y dióme á entender que, 
entre las manifestaciones de la enfermedad de 
su hija de V., había algunas que rebasaban del 
límite de aquellas que la medicina puede com- 
batir... Añadió que, por su profesión y minis- 
terio, estaba habituado á ver casos semejantes, 
y que, hecho á diferenciar los verdaderos llama- 
mientos de Dios de las ilusiones que se forja la 
fantasía humana, no atribuía gran valor á cier- 
tas cosas... extraordinarias... peregrinas... que 
le ha referido Argos, y las consideraba síntomas 
de un estado de perturbación causado por la 
muerte de su madre... 

Callé. Algo ardiente me quemaba el rostro. 
Al fin, pude preguntar: 

— Y... ¿qué síntomas raros son esos... de que 
habló el confesor de mi hija? 

—Los hubiese yo podido relatar antes de oirle 
á él y de verla á ella... La agitación moral; la 
alteración funcional del sueño y de la comida, 
que ella toma por devoción, diciendo que ayuna 



POR E. PARDO BAZÁN 



197 



al traspaso cuando deja transcurrir un día en- 
tero sin probar alimento; la insensibilidad al 
frío , que la permite pasarse la noche en camisa, 
rezando ; el buscar el mismo frío para calmar el 
ardor de la piel, echándose sobre el santo suelo; 
y , por último , algo alarmante : las alucinacio- 
nes... Del oído: su hija de V., á cada momento, 
cree oir la voz del Padre que la ordena que haga 
esto, aquello ó lo de más allá... De la vista: su 
hija de V. cree que á ciertas horas se aparece, 
á su lado , el Padre... y siempre de pie, y al lado 
izquierdo siempre... Pues aún hay más .. i Hay 
más! Voy á enterarle de una cosa que V. no 
sabe, y... vamos... cosa peliaguda... Argos se 
alabó de tener... ¡ahí es nada! una llaga mila- 
grosa en la frente... como una santa... ¡no sé 
cuál! V. recordará mejor. 

Retrocedí, mirando espantado al médico. 

— No se asuste V.... Oiga con calma... En efec- 
to... la frente... ¿no ha reparado V. que la llevó 
vendada algunos días? La frente de su hija 
de V.... ha sudado sangre. 

Mi palidez, mi susto, fueron tales que so- 
bresaltaron á Moragas. Sentí un estremeci- 
miento que bien puedo calificar de terror sagra- 
do : aquel escalofrío de que habla Job, que entre 
las nocturnas tinieblas heló en sus venas la san- 
gre y erizó sus cabellos, vino á resbalar, como 
un hálito de tumba, sobre mi rostro que la an- 
gustia bañó en sudor glacial. Mis cincuenta años 
de fe; las creencias mamadas con la leche y 
enraizadas en el corazón; todo aquel fondo de 
catolicismo, que yo ignoraba á veces, pero que 



DOÑA MILAGROS 



no por eso dejaba de regir mi conciencia, mis 
sentimientos y mis actos, se condensó en un solo 
grito, en una exclamación venida del alma: 
—¡¡Jesús!! 

Y Moragas, cogiéndome del brazo y apretán- * 
dómelo consobrehumana energía, respondióme: 

—No es Jesús, no... Le hablaré á V., no como 
habla el médico , sino como hablaría el mismo 
Padre Incienso si V. le consultase... Jesús debe 
de complacerse en la pureza; Jesús debe de abo- 
rrecer la amalgama de la pasión humana y pro- 
fanísima, con las formas castas y místicas da la 
caridad .. No es el dedo de Jesús el que abrió 
en la frente de Argos esa llaga Es la circulación 
alterada por los fenómenos histéricos, y que, 
congestionando un punto cualquiera de la epi- 
dermis, lo hincha hasta que rompe la piel y sale 
la sangre por allí... Es un fenómeno caracterís- 
tico de la enfermedad, que combatiremos por 
medios racionales... Tan natural es eso, como el 
sangrar por las narices... No corre peligro la 
vida... Lo que sí peligra es la fama, es la consi- 
deración de su hija de V. ¡Ya empieza á susu- 
rrarse...! ¿Sabe V. quiénes lo llevan 3^ traen, 
quiénes lo propalan? Esas beatuelas, esas ratas 
de sacristía, esas diletantes del confesonario, 
que tienen de ella... ¿cómo me explicaré? una 
especie de celos... sí, de celos. Zoé Martínez 
Orante , Paciencita Borreguero , Regaladita 
Sanz, han sido las primeras en notar ciertas ton- 
terías de Argos... y en comentarlas con frases 
de emponzoñada miel. Yo puedo atender al 
cuerpo: á la reputación, sólo V. puede. 



POR E. P/RDO BAZÁN 



199 



— i Dios mío!— murmuré lleno de aflicción.— 
¡Dios piadoso! Bastante es para un hombre, 
señor de Moragas, cuidar de su propia concien- 
cia, de su reputación propia; celar su honradez 
y librarla de manchas feas... ¡L.a reputación de 
los hijos debiera ser sagrada! Sagrada, sí; los 
que atentan á ella proceden como infames... 
¡Ah! ¡Que no haya castigo para estos delitos! 
¡Mi hija desconceptuada! ¡La pobrecilla, que 
ignora tal vez su estado; que se cree inspirada 
por el cielo ! 

— Así es. Ella tiene en esto la misma respon- 
sabilidad que tendría si la saliese un tumor, ó la 
doliesen las muelas. En fin, no amontonarse. 
Calma, mucha calma, calma sobre todo. Voy á 
poner un directorio en regla: V. se obliga á que 
lo observe la muchacha, y sobre todo, no me 
la deja ir á la iglesia... ni á otros lugares de per- 
dición...! Y dentro de dos ó tres meses, según 
esté Argos, nos la llevamos á la Erbeda á beber 
leche y desgranar maíz. Campo, aire, libertad, 
sueño, comida. Salud segura. 

La tarde de este mismo día, entróme un esco- 
zor de comprobar por mí personalmente la 
verdad de las afirmaciones de Moragas y 
saber si, en efecto, la honra de mi hija andaba 
en lenguas. Se me figuraba— y no iba descami- 
nado — que sólo con acercarme á la Sociedad 
de Amigos, leería en los rostros la calumnia. 
Resuelto á observar , embocóme en mi capa y 
me fui á la Sociedad, á la hora en que sabía yo 
que se esgrimían las tijeras y el cuchillo. 

Así que entré, pude comprender que, en efec- 



200 



DOÑA MILAGROS 



to, allí se murmuraba, y lo que más me demos- 
tró que se hablaba de personas para mí queri- 
das, fué que, al llegar yo se estableció de súbito 
en el corrillo embarazoso silencioso. Como si 
mi presencia les hubiese echado una rociada de 
agua glacial, callaron y sorprendí codazos, 
gestos, miradas expresivas que decían con elo- 
cuentísimo lenguaje: "Ahora no podemos con- 
tinuar. Hay papel de estraza. A otro asunto.,, 

Entonces sentí un impulso que no había no- 
tado jamás en mis cincuenta años de vida esen- 
cialmente pacífica. Fué como una remoción, en 
lo profundo de mí, de todos los instintos anima- 
les y sanguinarios de que no carece ningún 
hombre. Fué un deseo vivo, ardiente, incoerci- 
ble, de destruir, romper, ahogar, hacer trizas. 
Sí; gustoso, gustosísimo, hubiese cogido á to- 
das aquellas gentes, y las hubiese retorcido 
entre mis flacas manos como se retuerce la ropa 
mojada. Una visión horrible me pasó ante los 
ojos: parecióme vej á mi hija, á mi niña querida, 
al pedazo de mis entrañas; pero verla... ¿cómo 
lo diré sin que se manche mi boca?, despojada 
de los ropajes que velan el pudor, tendida, 
pálida, exánime, sobre una losa de mármol; y 
las miradas de aquella gente maldita se clava- 
ban en ella, escudriñaban su hermosura, la 
registraban ávidos é impúdicos, la profanaban. . . 
¡ Ah! ¡Qué tentación, repito, de lanzarme á ellos 
y despedazarles! Acordóme de la gallina, que 
á pesar de su mansedumbre, se eriza y enfurece 
para defender á su progenitura ¡ Yo me volvía 
león! 



POR E. PARDO BAZÁN 



201 



Algo extraño debía de notarse en mi gesto, 
para que Mauro Pareja, el Abad , mirándome 
fijamente, me cogiese de un brazo y me llevase, 
como en amistosa demostración, hacia el cierre 
de cristales que daba al mar, en el salón de 
lectura. 

— D. Benicio... ¿qué le pasa á V.? — preguntó- 
me.— Parece que está V. así... como inmutado. 

— No sé... — murmuré apenas repuesto de la 
horrible impresión, — No sé.,. Déjeme V. aho- 
ra... aguarde un poco...! 

Y de pronto, encarándome con él ; 

— Mire V., D. Mauro... V. es amigo mío... V. 
me aprecia; digo, yo creo que me aprecia. 
Déme V. una prueba de amistad: una sola.. 

—Diga V.... :De qué se trata? 

—Pero no ha de engañarme V. 

— ¡Si no sé que es ello! — exclamó cada vez 
más sorprendido^ 

Al ver mi angustia , añadió : 
— En fin, bueno... se lo prometo á V. Expli- 
qúese. 

— Pues dígame ¡pero con verdad! de qué 
hablaba esa gente cuando yo entré, y por qué 
callaron de pronto. 

Mauro Pareja reflexionó breves instantes. Vi 
en su rostro señales de perplejidad. Al fin, 
enarcando las cejas : 

— ¿Me promete no sulfurarse? 
—Piaré lo posible... Venga... Espero. 
—Después de todo, si se sulfurase V., valiente 

tontería... Cuando no se trata de personas que 
á uno le tocan muy de cerca... 



202 



DOÑA MILAGROS 



— No entiendo... ¡No entiendo! 

— ¡Vamos... oiga,..! Como V. es tan amigo... 
— y Mauro recalcó la frase— del comandante de 
Otumba... y como se hablaba del escándalo... 
del escandalito monumental... 

— ¿Qué escándalo?— interrogué. 

— ¡Hágase V. de nuevas! Lo del asistente... 

—Del... ¿del asistente? 

—¡Vamos! ¡Conmigo no sirven disimulos! Ese 
asistente tan buen mozo... ¡Pues es un grano de 
anís!... V. me decía que las murmuraciones 
contra doña Milagros no tomaban forma nun- 
ca... Ya la han tomado... ¡y muy gallarda! Si 
yo soy mujer, creo que por un chico tan guapo... 
Aunque... francamente... la clase... la. .Digo, si 
doña Milagros no tiene el mismo aristocrático 
abolengo que el Vicente ! 

Apoyéme en la vidriera. Me caía. El mar dio 
vueltas y el cielo también. Entreoí que dijo 
Mauro Pareja: 

— Pero, ¡qué rábanos, Don Benicio!... ¡Senos 
va V. á desmayar como las mujeres! 



XIII 



¡Oh Dios, autor nuestro; Dios que sacaste de 
la nada esta hermosa bola verde-mar y color 
de chocolate, que gira por el espacio azul lle- 
vando en su seno tantas maravillas de la natu- 
raleza, de la civilización, del arte y de la indus- 
tria! ¡Oh Dios, que cuentas entre tus atributos 
la universal presciencia y la suprema sabidu- 
ría; Dios, que todo lo haces con número, medida 
y peso; Dios, que enlazas á la causa el efecto y 
derivas el fenómeno del númeno; Dios, que sólo 
puedes tener por divisa la armonía y la lógica 
inflexible; Dios, que te propusiste un plan, y en 
ese plan simbolizaste la razón suma. .! ¿por 
qué dividiste á la humanidad en dos sexos? 

¡Te hubiese sido tan fácil, Señor, al formar 
al ser humano, constituirle de suerte que no se 
encontrase descabalado y solo, y no le apre- 
miase sin cesar el impulso de reunirse con la 
otra mitad de la naranja, á riesgo de tropezar 
en vez de medio fruto dorado y deleitable, me- 
dia venenosa poma! Este estímulo; esta sed, 
menos material que psicológica; este desaso- 
siego , esta inquietud , estas rabias y dolores 



204 



DOÑA MILAGROS 



que nos atarazan el espíritu, ¿por qué, Señor, 
por qué nos las impusiste á nosotros, efímeras 
criaturas de una hora, destinadas ya á tantos 
sufrimientos? ¿Por qué condenaste al amor á 
los que ya estaban condenados al trabajo y á 
la muerte? 

Todavía, Señor, comprende mi flaca inteli- 
gencia que esa ley amorosa nos obligue durante 
el período indispensable para que no se extinga 
la especie humana; todavía me avengo, de 
buen grado, á que por instantes se alborote y 
encalabrine el barro vil de nuestro cuerpo; 
pero el alma , Señor; la porción inmaterial y 
purísima, que guarda en sí la centella divina 
de su origen, ¿no valdría más que se mantu- 
viese libre y tranquila, en plácido sosiego, de- 
dicada sólo á contemplarte, á admirar tu gran- 
deza y á esperar el momento en que Tú la 
recojas? 

¡Porque en efecto, Señor, para los fines de 
la conservación de nuestra especie, corto tiem- 
po bastaría; y los que han llenado— tal vez 
con exceso — el deber de impedir la extinción 
de la raza humana, — verbigracia yo — deberían 
—así como al jornalero se le otorga descanso 
cuando ha cumplido su tarea— encontrar el re- 
poso y la calma del corazón y de las potencias, 
y dominar con serena sonrisa la lucha de las 
pasiones! 

¡Lo has querido así, Señor... y sin compren- 
der tu voluntad, la respeto! Has dispuesto que, 
atraídos sin cesar por el sexo contrario, sin ce- 
sar también, si hemos de acatar tus leyes , lo 



POR E . PARDO BAZÁN 



205 



evitemos, lo huyamos , elevemos barreras 
entre él y nosotros. Y procuramos hacerlo 
para servirte. Pero tómalo en cuenta, Señor... 
porque si es fácil, sobre todo cuando se han 
calmado los hervores de la mocedad, huir de 
un cuerpo que la ilusión nos representa divi- 
no... es casi imposible apartarse de un alma 
en quien teníamos cifrada nuestra espiritual 
delicia ! 

Si hubiesen podido tomar forma mis atrope- 
llados pensamientos— al volver de la Sociedad 
de Amigos llevado del brazo por Mauro Pare- 
ja,— creo que sería muy análoga á la de los pá- 
rrafos anteriores. Bajo la impresión de la bo- 
chornosa nueva; en medio del dolor que me 
aplanaba y casi me embrutecía, mi imagina- 
ción, excitada por acontecimientos recientes, 
alzaba líricamente su vuelo para preguntar á 
la Providencia la razón de ser del perpetuo 
conflicto entre las picaras mujeres y los bella- 
cos de los hombres. En aquella triste hora de 
desengaño y vergüenza, creía verlo todo cla- 
ro: el fundamento de las desconfianzas de mi 
esposa; su perspicacia al rastrear la condición 
de la comandanta de Otumba; la razón sufi- 
ciente de mis defensas y de mis caballerescos 
arrechuchos; el móvil de mi conducta al con- 
fiar mis hijas á doña Milagros; el verdadero 
carácter de semejante mujer, buena y sencilla 
en apariencia, en realidad impúdica y torpe 
como las romanas emperatrices... Porque, se- 
ñores, sólo con una emperatriz romana, de las 
que entronizaban momentáneamente á sus es- 



206 



DONA MILAGROS 



clavos , se me ocurría comparar á la inicua , á 
la falsa, á la perversa... 

Pensando estoy, lector y juez mío, que al lle- 
gar aquí dirás: pues hombre ligero de cascos, 
mal pensado y tornadizo, ¿cómo das tan fácil- 
mente crédito á la más ofensiva de las imputa- 
ciones que contra esa señora se formulan, 
mientras desdeñabas, con olímpico desdén, 
otras hipótesis por cierto estilo menos infaman- 
tes y aun algo creíbles? 

Es muy cierto, y yo también reflexioné sobre 
esta anomalía, y vine á deducir que, como su- 
cede con todas las cosas del mundo, lo creí... 
no porque me lo dijesen, sino porque instinti- 
vamente ya lo creía antes, desde el mismo día 
en que doña Milagros me expuso aquella cé- 
lebre teoría acerca de nuestros primeros pa- 
dres, y después me llevó á la cocina para en- 
señarme cómo había encontrado la perla de 
los servidores... 

Mi movimiento de repulsión al notar la arro- 
gante presencia de Vicente; el impulso profa- 
nísimo, inesperado, que sentí en la antesala, 
no habían sido más que avisos, intuiciones de 
unos celos que aún no se conocían á sí propios 
A primera vista yo no había podido definir ni 
precisar lo que temía, porque me engañaba la 
desigualdad de condiaj¿3n social entre la señora 
y el mozo valenciano... Pero, bien mirado, 
¿dónde estaba semejante desigualdad? Doña 
Milagros (bien lo decía Iiduara) pertenecía al 
pueblo por los cuatro costados. La sobrina de 
la tomatera de Chipiona no tenía por qué ha- 



POR E. PARDO BAZÁN 



207 



cer ascos, como no fuese por virtud, al soldado 
raso, hijo tal vez de algún honrado labriego de 
la ribera, y no inferior á su ama ni en origen, 
ni en principios. El mismo encanto de doña Mi- 
lagros; la simpática espontaneidad, la frescura 
de sentimientos, la sinceridad, la abnegación, 
la completa ausencia de esas pretensiones ridi- 
culas y mezquinas que afligen á la mesocra- 
cia , bien podía poseerlo Vicente, como poseía 
una belleza noble y varonil que los caballeros 
¡ay de mí! le envidiábamos. 

Pensando en esto, casi se me saltaban las lá- 
grimas de rabia y despecho. No ha de llamarse 
celos lo que yo sentía, entonces: era más 
bien un remordimiento doble y agudo: el de 
haber ofendido y abreviado la vida á mi buena 
esposa, el de haber confiado mis hijas á seme- 
jante mujer. ¡Ah, todo se acabaría, todo! La 
ruptura de la amistad sería completa, irreme- 
diable y pública: prefería dar, como suele de- 
cirse, mi brazo á torcer, reconocer tácita- 
mente que había sido un bolo y vivido en el 
más risible engaño, á fin de extirpar de una 
vez aquella mala hierba enraizada ya en mi 
hogar ! 

u La extirparé, quien lo duda,,— afirmaba en- 
tre mí. — Pero al mismo tiempo, cierta vocecilla 
desalentada y mofadora decía también allá en 
los últimos repliegues de mi conciencia: — "No 
la extirparás, porque te faltará valor. Tú eres 
hombre que ha soportado el destino, pero no lo 
ha dirigido y dominado nunca. Tú tienes de 
varón sólo la forma: tu espíritu es pasivo, dó* 



208 



DOÑA MILAGROS 



cil; por el cauce que le abren, se desliza: no 
sabe rebelarse y arrostrar los obstáculos. Tu 
política es la política de los aplazamientos y de 
las contemporizaciones; tu ética, la resignación; 
en tu niñez sólo aprendiste á sufrir, sólo viste 
ejemplos de mansedumbre y paciencia: el re- 
sorte de tu carácter está roto; no te erguirás; 
seguirás consintiendo que una mujer liviana 
haga de madre de tus hijas, y ocupe el lugar 
de la intachable señora á quien mató...,, ¡Por- 
que hasta de asesinar á Ilduara acusaba yo 
entonces á doña Milagros! 

Con tan negras cavilaciones entraba, del bra- 
zo del Abad, bajo los soportales de la plaza 
de Marihernández, paseo muy concurrido en 
los días de lluvia,— aunque por lo general es- 
tuviesen más húmedos que la misma plaza. — 
Mauro Pareja, que me sostenía, preguntóme 
cortésmente : 

— ¿Se encuentra V. mejor? 

—Gracias, mucho mejor me encuentro... Yo 
acostumbro padecer estos vahídos— respondí. 

— No es nada: ya lleva V. otro cariz: allá se 
desencajó V. enteramente : parecía V. un cadá- 
ver. Pero, antes que lleguemos á su domi- 
cilio de V., quiero atar el cabo que nos dejamos 
suelto cuando V. se indispuso. Todo lo que yo 
le dijese á V. de lo que se glosa en el pueblo 
respecto á doña Milagros y al asistente buen 
mozo, sería flor de cantueso al lado de la rea- 
lidad. Hace años que no había disfrutado Ma- 
rineda escándalo por el estilo. Sé que corren 
por ahí unos versos de Primo Cova, que arden 



POR E. PARDO BAZAN 



209 



en un candil: pimienta fina... Se han sacado de 
ellos una docena de copias... pero no he podido 
conseguir ninguna todavía, y eso que me los 
prometió el condenado... Así que los tenga se 
los leeré á V... Y nos reiremos. 

Hice el gesto que haría un sentenciado á ga- 
rrote si al ajustarle el collar le dijese el verdu- 
go una chanza, y el Abad continuó: 

—Los detalles son de este género: que Vi- 
cente le abrocha las botas y le ajusta el corsé á 
su ama... En fin, le aseguro á V. que la histo- 
ria no tiene desperdicio. Yo no sé si á V. le 
agrada ó le contraría que le entere: pero se 
me figura— y noté en el acento del Abad cierta 
conmiseración — que estaba en el deber de 
enterarle. Era cargo de conciencia el permitir 
que por ser V. la única persona que á estas fe- 
chas no veía claro, consintiese que sus lin- 
dísimas hijas... Lo demás... ¿qué diantre im- 
porta? 

— ¡Ay amigo mío! — murmuré con aflicción.— 
¡Eso es más fácil de decir que de hacer! Crea V. 
que me pone en un conflicto... 

—¿Quiere V. un consejo bueno? Se muda V. 
de casa.... ¡y andando! 

Excelente encontré el parecer. A los miedo- 
sos les es grata y fácil la retirada. Mudarse, sí, 
mudarse; romper ese nudo sutil y apretado de 
la vecindad, que estrecha toda relación como 
irrita toda antipatía; suprimir los encuentros 
en la escalera, las paraditas en el portal, las 
bajadas y subidas de los niños, el inevitable 
roce, hasta el ruido de muebles que recuerda 
Adán y Eva. 14 



2IO 



DOÑA MILAGROS 



la proximidad de la persona en quien no qui- 
siéramos pensar... Mudarse, sí; ni había otro 
arbitrio. 

— Tiene V. razón — dije al Abad: — lo único 
factible es irse bien lejos, á la calle de la Unión 
de Cantabria... ó á la plaza de Compostela... 
¿Gusta V. subir á descansar? 

Négose cortésmente el Abad, fiel á su siste- 
mática resistencia de solterón empedernido, 
que no entiende de poner los pies en casa donde 
hay señoritas casaderas. En este punto, Mauro 
Pareja era incorruptible, y yo, que lo sabía, no 
insistí. 

En el mismo portal encontré á mi casero Bal- 
tasar Sobrado, que se disponía á emprender 
la ascensión. Nos saludamos cordialmente. 
Hacía tiempo — desde que él asediaba á doña 
Milagros en nuestra tertulia— que no nos diri- 
gíamos la palabra el rico viudo y yo. No sé por 
qué razón, ahora me aproximé á él con un apre- 
suramiento que puede llamarse amistoso. El 
me tendió la mano bien enguantada y me de- 
dicó una sonrisa semiprotectora, semiconfiden- 
cial, colocándose en la actitud de un hombre 
que quiere demostrar que no ha dado impor- 
tancia á los candorosos desplantes de otro; y 
yo, aprovechando la ocasión favorable, con 
la precipitación de los que no están seguros 
de mandar en su voluntad al día siguiente, dí- 
jele que había resuelto mudarme; que la casa 
era muy cara para mí, y que le agradecería me 
advirtiese si en alguna de las suyas había un 
piso desalquilado, —pues Baltasar poseía en 



POR E. PARDO BAZÁN 



211 



Marineda seis ú ocho hermosos inmuebles.— 
Con gran sorpresa mía, el casero se encogió de 
hombros, forzó la sonrisa y la amabilidad, y 
murmuró cogiendo y remirando las solapas de 
mi gabán, lo mismo que si le interesase mucho 
su forma y color : 

— ¡Bah! ya entiendo... La subidita del duro, 
que no la ha digerido V., vecino... No, y tie- 
ne V. razón: eso fué una tontería del apode- 
rado, que se empeñó en apretar, y apretó 
donde no debía... Pero le he leído la cartilla, y 
cuente V. que desde hoy tendrá V. su piso al 
precio de antes. Y se empapelará también el 
dormitorio de las niñas. ¡Sólo faltaba! No había 
dé estar con papel sucio y viejo. Las pondre- 
mos algo bonito... un fondo perla con ramitos 
de rosas Pompadour. Hasta he dispuesto que 
se componga el fogón: si hace humo, lo renova- 
remos completamente. Estas mejoras y otras 
de pintura, revoques... etc., ya supondrá V. 
que las concedo con mucho gusto: todo antes 
que V. se me vaya. No: lo que es con eso... no 
se transije, Don Benicio; no se transige. 

Aturdido y sin saber cómo interpretar tanta 
atención y afecto, respondí: 

—Pero si es que yo... Si es que me conve- 
nía... 

— No, no le conviene á V... ¿Qué le va á con- 
venir? Como que le rebajaré no sólo los veinte 
reales de la subida, sino otros veinte de alqui- 
ler... ¿eh? vamos, aunque digamos treinta... Se 
me figura que así... ¿Pero iba V. á retirarse? 
¿Tenía V. mucha prisa?— añadió aquel modelo 



212 



DOÑA MILAGROS 



de caseros, cogiéndose campechanamente de 
mi brazo y llevándome hacia los soportales, 
por donde comenzamos á pasear deteniéndo- 
nos á cada minuto. 

— Conmigo — decía Sobrado recargando el 
tono confianzudo — puede V. hablar franca- 
mente. ¡Yo sé bien..., pero muy bien! lo que 
son ciertas cosas. Un padre tan cargado de fa- 
milia como V., pasa á lo mejor la pena negra... 
y no es que le falte con qué vivir, no; ni es tam- 
poco que sea un despilfarrado, ni mucho menos 
un vicioso. Es que vienen los imprevistos; es 
que no se puede, teniendo chicas, meterlas de- 
bajo de una cazuela; es que hoy el [traje, ma- 
ñana el sombrerillo... el dinero se va, ¡qué sé yo 
como! sin sentir. Para establecerlas es preciso 
lucirlas; para lucirlas, adornarlas; para ador- 
narlas, gastar bastante... No salimos de este 
círculo vicioso. Hoy sus hijas de V. llevan luto; 
pero no lo han de llevar eternamente ; vendrá 
el paseo, el teatro, el baile; no tendría nada de 
extraño que V..., que V. necesitase... por 
poco tiempo, naturalmente... recurrir... á un... 
á un amigo... De esto se ve... á cada triqui- 
traque. ¿Porque V. será opuesto á vender? 

— ¡Opuestisimo!— exclamé con toda la ener- 
gía de mi alma.— Para mí son sagrados los pe- 
dazos de tierra que me transmitieron mis ma- 
yores. 

— ¡Bien, bien! Muy sanas ideas. La propiedad 
fundada en la tradición, es uñábase social... de 
las más sólidas. No venda V. Don Benicio; no 
venda V., aunque le ofrezcan el oro y el moro. 



POR E. PARDO BAZÁN 



213 



— Antes creo que me dejaría morir. 

— Y además, pregunto yo, ¿qué necesidad 
tiene V. de vender? El que vende por necesi- 
dad, vende casi siempre á desprecio, malba- 
ratando. Pero eso es para quien no dispone 
de un amigo, que en buenas condiciones le ade- 
lante tres... ó seis... ó diez que puedan urgirle 
en aquel momento. V. no está en ese caso. 
A V. le basta abrir la boca... y encontrará in- 
mediatamente lo que se le ocurra. Supongo que, 
si llega la ocasión, se acordará V* de los que 
estamos cerca. No vaya V. á ponerse en manos 
de logreros que le asfixien... Bien sabe V. dón- 
de hay amigos viejos. 

Confieso .que la gratitud y la sorpresa me 
embargaron el habla. Yo, dígase la verdad, me 
había conducido con Sobrado medianamente. 
Hasta creía haber estado impolítico con él. 
Todo por culpa de mi quijotesco empeño en de- 
fender contra malandrines y follones la honra 
de doña Milagros. ¡Necio de mí! Sobrado era 
el hombre de mundo, el experto, el que cono- 
cía á las mujeres, mientras yo... ¡Cuánto me 
despreciaba á mí mismo! ¡Cuán ridículo me en- 
contraba ! 

Como si Sobrado adivinase mis pensamientos, 
dióme al codo, obligándome á mirar, de sopor- 
tal afuera, hacia las iluminadas ventanas de la 
comandanta de Otumba. 

—Ese piso sí que me gustaría á mí que se de- 
salquilase - murmuró mordiendo ligeramente 
su bigote, que aún era dorado y fino.— No me 
hacen feliz historias de cierto género... Pero 



214 



DOÑA MILAGROS 



¡ahora que me acuerdo! ¡Si V. es uña y carne 
de la prójima... y va á sacar la espada por ella, 
de seguro! 

—Yo no saco la espada por nadie... Pero me 
agrada de que las señoras se hable con mira- 
miento—advertí, sintiendo renacer, al latigazo 
de aquellas brutales palabras, mi tradicional 
criterio y mis añejas indignaciones. 

El camastrón de Sobrado no insistió : era de- 
masiado sagaz. Se limitó á hacer un movi- 
miento picaresco de cejas, y antes de soltarme, 
en el descanso de la escalera, á la puerta de su 
piso, insistió, tomándome de nuevo las manos: 

— -Cuidadito... Si alguna vez se ve V. en apu- 
ro... con franqueza... Nada de vender... Los 
amigos para esos casos somos. 

Subí á mi casa. Mis piernas flaqueaban, ren- 
didas por doloroso cansancio; mis sienes la- 
tían; en mi cabeza retumbaba un sordo murmu- 
rio, como de resaca del mar... "Voy á caer 
enfermo,,, pensé, mientras Feíta, según cos- 
tumbre, me abría la puerta. 

Hay días, — muy contados, es cierto, — que pa- 
recen tejidos con hilos de luz: en otros diríase 
que la trama de la vida se enreda y se afea y 
adquiere negruras de fúnebre crespón. Aquel 
era de estos últimos. ¡Qué día, viven los cielos! 
¡Qué diita! Primero el, doctor Moragas y sus 
noticias sobre Argos; después, el Abad y sus 
noticias sobre la comandanta de Otumba; lue- 
go, Sobrado y sus ofrecimientos, que olían á 
miseria y á ruina; y ahora... Ahora, Feíta me 
siguió misteriosamente á mi cuarto, y mirando 



POR E. PARDO BAZÁN 



215 



alrededor, y^ acercándose luego á mi oído, 
murmuró esta lacónica y terrible frase: 

— Papá... debemos mucho. 

— ¿Qué? ¿Que debemos? Chiquilla, ¿estás en 
tu sano juicio? 

— Ya se ve que estoy. Debemos mucho , y 
vamos á deber más, porque urge comprar mil 
cosa%. Me han amenazado Rosa y Tula con 
ponerme las posaderas como un tomate si se lo 
digo á V.... pero se lo digo, y á Roma por todo. 
Si se atreven á tocarme, las dejo el pescuezo 
como un hilo. ¡Vaya! 

— ¡Pero hija... no te entiendo! ¿Qué deudas 
son esas, di? 

— Son... son trampas de Tula... porque dice 
que lo que V. daba para gobernar la casa no 
alcanzaba... y que ella no se ha de volver du- 
ros. Se le debe á la panadera; se le debe al de 
la tienda de ultramarinos; á la aguadora dos 
meses; á la lechera; á la lavandera, al que 
trajo la leña, ...y á la tocinera de la plaza el 
jamón y el tocino de más de un trimestre... Esa 
parece que ya se insolentó, y le dijo á Tula 
mil barbaridades. 

— Pero... — tartamudeé — ¡si es imposible!... 
He dado más de lo que se daba en vida de tu 
pobre madre... ¡Más de lo justo!... No puedo 
creer lo que me cuentas. 

— ¡Papá del alma! — murmuró la chiquilla 
echándome al cuello los brazos.— ¡ Qué buení- 
simo, qué infeliz le hizo Dios! Por eso hay que 
quererle más— añadió estampándome un fresco 
beso en los bigotes.— V. dió, ya se ve que dió, y 



2l6 



DOÑA MILAGROS 



más de lo que destinaba mamá para el gasto... 
Sólo que no se invirtió ese dinerito en la casa, 
sino en los caprichos de cada una... Tula, que 
no tiene bonito sino el pie, ha derrochado un di- 
neral en calzado y medias... Rosa, se pierde la 
cuenta de lo que se le va en perfumería, en 
guantes, en alfileres de azabache y en macaca- 
das por el estilo... La chiflada de Argos compra 
piezas de música, se suscribe para las novenas, 
y además le compró regalitos al Padre Incien- 
so... Yo lo sé... Por cierto que el Padre la dió 
un chafo: los devolvió... Hasta la pavisosa de 
Cohstanza tuvo el antojito de retratarse y de 
comprar un álbum... ¡Está para álbumes el 
tiempo!... Mire V. — añadió bajando la voz — 
también milor Froilán fuma... ¡Son muchas go- 
tas de cera, y hacen el cirio pascual! 

¡Día de oro! Antes de acabar de enterarme 
de nuestro precario estado y calcular la gra- 
vedad del conflicto económico , nos avisaron de 
que estaba servida la cena... Sentéme á la mesa 
con más ganas de llorar que de comer, y las 
chicas, que andaban tan alegres y alborotadas 
como alicaído yo, sacaron la necia conversa- 
ción de la belleza física de los hombres. 

— ¿Te gusta á ti Baltasar Sobrado? — pregun- 
tó Purita á Constanza. 

— ¡Ay! no... ¡Parece un calabacín... los carri- 
llos tan gordos! 

—¿Y Visanté? 

— ¡Visanté! — exclamaron dos ó tres de las 
chicas.— ¡Ese sí! ¡Es guapísimo! ¡Una preciosi- 
dad! ¡Qué ojos! ¡Qué pelo! ¡Qué cara! 



POR E. PARDO BAZÁN 



217 



—A ver si os calláis— dijo severamente Tula, 
con un acento y un gesto que recordaban ente- 
ramente á su madre.— -Da asco oiros hablar así 
de un criado. Para las señoritas, los criados no 
son hombres. 

— Pues Vicente es hombre, y reguapo— de- 
claró Feíta con energía de niña emancipada.— 
Y mira: más vale decirlo así, francamente, que 
mirarle con el rabillo del ojo, como le miraba... 
alguna que... que se la echa de dómina. 

De un brinco se alzó Tula de la mesa; y aga- 
rrando por un brazo á Feíta, la sacudió dos 
bárbaras puñadas en el rostro. Pero Feíta, 
desprendiéndose de las manos de la mayor, 
descargóle á su vez sonora bofetada en la me- 
jilla, mientras balbucía sollozando: 

— ¿Quién eres tú para pegarme, malvada? 
¿Quién eres tú? 

Me lancé á separarlas, porque Tula, descom- 
puesta, quería "hacer un escarmiento,,. No sé 
como logré que, gruñendo y lloriqueando, se 
apartasen. Ya sosegado el motín, se me ocu- 
rrió ver qué hacía Argos. En su cuarto ha- 
bía luz; miré por la cerradura, y vi algo seme- 
jante á una aparición. Mi hija, de pie, inmóvil, 
no tenía otra ropa sino la larga camisa de dor- 
mir , que descendía hasta el suelo. Con la 
cabellera tendida, las manos abiertas y cru- 
zadas sobre el seno, como pintan á las Con- 
cepciones, los ojos al cielo y las mejillas arre- 
boladas por el transporte de su espíritu, era 
Argos una hermosísima extática, una verdade- 
ra efigie de altar. — Y al recogerme en mi cama, 



2l8 



DOÑA MILAGROS 



donde me aguardaba el insomnio, no pude me- 
nos de pensar que mi casa parecía la de Ora- 
tes, y que acaso yo no estaba mucho más cuer- 
do que mis hijas. 



XIV 



No hablemos de la noche que pasé. Hacia 
cualquier parte que me volviese, sólo veía res- 
ponsabilidades, decepciones y peligros. Era 
preciso emprender lo más difícil para quien no 
está habituado: tener tesón, revestirse de 
energía, en una palabra, transformar mi ser... 
¡Ah Ilduara! ¡Cuán preferible encontraba yo 
entonces la docilidad y obediencia á tu bienhe- 
chor régimen absoluto, á la triste anarquía que 
me rodeaba por todas partes y que represen- 
taba el más profundo desbarajuste moral y 
económico! 

Apenas me hube levantado y salido en zapa- 
tillas á la galería, por ver si el aire fresco de la 
mañana entonaba un poco mis nervios, volvíme 
de pronto, porque sentí detrás el aliento de 
una persona que respira fuerte y vivo. Mi san- 
gre dió una vuelta.... Era la misma doña Mila- 
gros, que abusando de la confianza con que 
nos tratábamos , venía á aquella temprana 
hora, sin cumplido alguno, de falda usada y ca- 
saquillo blanco, el negro pelo recogido, una 
toquilla marrón anudada á la garganta. En el 



220 



DOÑA MILAGROS 



momento de verla, lo olvidé todo: encargos del 
Padre Incienso, chismes de la Sociedad de 
Amigos, quejas y suspicacias propias..., y me 
dejé llevar del gusto de tenerla allí, á media 
cuarta de distancia, en aquel traje casero, que 
favorecía las ilusiones más dulces de convi- 
vencia íntima. 

Mal conocerá la naturaleza de ciertos afectos 
quien sospeche que la proximidad de doña Mi- 
lagros me producía pecaminosas impresiones. 
Mi satisfacción era noble y honesta : la alegría 
del que, agobiado por cuidados y ansias morta- 
les , ve al amigo á quien puede confiar todas 
sus cuitas y con el cual espera desahogar su co- 
razón. 

Como si la andaluza adivinase lo que por él 
pasaba; como si tuviese facultades de zahori, 
adelantóse á mis confidencias, exclamando: 

— Vamo, don Benisio, que hoy hay penitas 
nueva... No me las caye usté: así como así las 
he cálao. 

Me estremecí, y ella continuó: 
—Estoy enterá de toos lo disgustos. Soy yo 
el paño de lágrimas de la casa, y las chiquiyas 
me cuentan antes que á nadie sus rabieta. Una 
confiansa tienen conmigo... ¡Pobresiyas! No 
haya reparo, santo varón: descargue ese cos- 
talito de aflisione... que alguna se podrá reme- 
diar en un verbo. 

Sonreía picarescamente al hablar así, mien- 
tras con una mano se sujetaba las puntas del 
pelo indómito que querían salirse del rodete. El 
movimiento era juvenil, encantador, y suspi- 



POR E. PARDO BAZÁN 



221 



ré, más de verla y de pensar en su infamia, 
que por mis apuros y contrariedades. 

— No valen suspiro... ea, ¿qué hase usté 
callao como un poste? A contar esos pesare... 
¿No?— añadió , viendo que yo sacudía tristemen- 
te la cabeza y hacía ademán de rechazarlas pre- 
guntas y el interés de la señora. — Pué los con- 
taré yo... y le iré disiendo á usté el remedio 
para cada uno. 

Acabó de arreglar los rizos; miró al mar, que 
el sol doraba y opalizaba allá á lo lejos , donde 
surgía la espuma de las rompientes ; me dió un 
empellón... y habló así: 

— Las hija, por orden de edaes» — Tula está 
insufrible: con la soltería, es un pepiniyo en 
vinagre; riñe, pega, y además, ni gobernar 
sabe... ó no la da la gana. Bueno: pasiensia, 
y quitarla el mando : las cuentas las paga 
usté... y por la mano de eya, ni un séntimo. 
Clara... ¿se creía usté que yo no estaba enterá? 
Clara tiene determinao resar en el coro... Tan 
secretico lo guardó que pocos lo sabemo... Pero 
hace mu bien, y usté debe alegrarse. ¿Qué? Es 
una chica colocá; se la dota á usté otro, y lleva 
buen marío!... ¿Que si la pesará luego? ¡A 
cuántas casás las pesa! Clarita corre el albur... 
y puede que esté más contenta que tós nosotro 
en el mundo. Rosa... casquivaniya... mucha 
gana de gastá la plata y de emperifoyarse, y de 
mirá al primero que la hase guiño... No per- 
derla de vista, y no largarla ni un real tampoco 
á esa... ¡Argos, con vena de loca... pero no se 
asuste usté, hombre, que eso no dura, y la per- 



222 



DOÑA MILAGROS 



sona por quien anda ella bebiendo los vientos 
ni la ha de mirá siquiera! A esa, cerrojo y 
ya ve: no déjala salí en dos mese. Y si quiere 
usté oí un consejo bueno... pero bueno, ¡com- 
padre!, á Argos... cuando se la quite está luna 
que tiene... la dedica usté al canto, y la manda 
usté á Madrí, y en el teatro se gana la vía y 
lo pasa como una reina... Amiguito, en estos 
tiempos hay que trabajá, y cá palo que aguante 
su vela; y no vale decir que salimos de la pata 
isquierda délos Gutigambas... ! Esa chica, en 
la tabla se hase de oro... y puede que encuen- 
tre un esposo título y miyonario. ¡Anda! Ya no 
sería la primera, ni la segunda. 

Oía yo á la señora sin despegar los labios. 
Reaparecían poco á poco mi cólera y mi des- 
precio, y no encontraban más fórmula que la 
de aquel silencio elocuente, que ella interpretó 
de otra manera, creyéndolo efecto de mi apo- 
camiento. 

—¿Se le ha comió á usté la lengua un ratón? 
—exclamó festivamente, tirándome de la man- 
ga.— Si ya sé yo, aunque usté no responda, lo 
que cavila... Cavila usté en que usté es, como 
quien dise, un alma de Dios, un bonusír , un 
cacho de calabasa, que no tiene arranque... 
¡vamo!, para apretarse los calsones y chillar:— 
¡Eh, gayinero, aquí mando yo, porque quiero y 
porque puedo y porque me da la gana... y á 
cayar, y á enderesarse!— Pues hombre, si usté 
no puede desidirse á ser autoridá, yo... yo es- 
taré á su vera pá darle ánimo, ¿entiende?, pá 
que me sea un valentón... y pá que todo ande 



POR E. PARDO BAZÁN 



223 



derechito» Y no le consiento á usté que se ladee. 
Y usté no se ladea. ¡No faltaba má! Por los hijo 
hay que ser duro como un cuerno... y blando 
como un merengue... too á su tiempo... ¿esta- 
mos? En fin, que usté hará su obligasión de 
padre... ó si no, á la horca. Misté: ¿ha visto 
esa payasá que la disen el enano? Es una per- 
sona que habla y otra la apunta lo que ha de 
desir y mueve los braso por eya. Pues así 
haremos, camarada; usté habla y yo le soplo. 

Tuve un respingo que la señora interpretó 
por desconsolada negativa, fundada en alguna 
razón secreta, y al punto añadió con toda su 
monería y con la zalamera humildad que la 
hacía tan irresistible: 

—Que tenemos la cuestión de monise... Que 
este mes va á haber algún ahogo... Pues ná... 
no hay ahogo, querío, no hay ni sombra de él... 
Ayer, cuando salto de la cama, me entra Ví- 
sente una carta sertificá, con más pegotes de 
lacre... Firmo el resibo, la abro, y sale de den- 
tro una letriya... ¿Ve usté? — añadió, entrea- 
briendo el casaquín con indiscreta familiaridad 
y sacando un papel largo, crujidor, cubierto de 
renglones mitad litografiados, mitad de esa bo- 
nita letra inglesa propia de los documentos co- 
merciales.— Mi tía la rica é Chipiona... que cada 
medio año ó cada tres mese me dispara estas pe- 
drás... Tres mil peseta sobre la casa Sobrao... 
¿Qué me dise usté del confite? Pues teniendo 
yo parné, ¿hae pasá usté agonías? Hombre, 
estaría grasioso. Tomás ni sabe ni se entera 
de nada de esto. Es el hombre más infclis de 



224 



DONA MILAGROS 



la tierra y sus arrabales... digo, no ; más infelís 
es usté... ¡Al grano: el grano es que hoy cobro 
yo la letra... y esta noche tiene usté en su bolsa 
el trigo! A mí no me viene usté con resibo ni con 
pinturas : los papelote son bueno pá los tra- 
palones; yo le conosco á usté y sé que tan hon- 
raos los habrá, pero más es imposible. Arre- 
glamos las trampiyas esas... que son natura- 
les; porque, patriarca, esta casa es una federal, 
donde todos mandan y nadie gobierna, y si usté 
no agarra el látigo, va á tirarse de las orejas 
cuando no le sangren. Y como yo no he de con- 
sentir que se meta usté en manos de usureros, 
le doy lo que nesesita... y no se habla más del 
asunto. 

Ante aquel rasgo que confirmaba la magna- 
nimidad de la señora y la verdad de su cariño, 
un enternecimiento repentino me invadió, y la 
voz se me trabó en la garganta. Sí; doña Mi- 
lagros era muy buena; quedábamos en eso, en 
que efectivamente era la más generosa, la 
más noblota de cuantas mujeres existen en el 
mundo... pero lo otro, lo otro, no podía olvidar- 
se ni perdonarse; lo otro era como mancha de 
cieno en blanco ropaje, como hendidura en 
copa de cristal, como desgarrón en encaje rico, 
como grieta en torre, que delata su caída pró- 
xima... Lo otro lo estropeaba todo, lo infamaba 
todo, lo echaba todo á perder... ¡Admitir yo 
dinero de las manitas impuras que jugueteaban 
sobre el borde de la galería! Primero la ruina 
y el hambre y la mendicidad... No era indig- 
nación lo que sentía: creo que este viril resorte 



POR E. PARDO BAZÁN 



225 



de la indignación, como el del orgullo, faltaba 
en mi carácter; era pena, era bochorno, era un 
dolor depresivo, como el del muchacho á quien 
han castigado rudamente sin causa, y que res- 
pira, en la atmósfera, una gran maldad, una 
irritante injusticia... A seguir mi impulso, hu- 
biese dejado caer la cabeza sobre el hombro de 
la culpable y lo hubiese calado de lágrimas. 

—Pero cristiano, ¡se contesta! ¿Habla algún 
gato, que no merese ni una rasón?— murmuró 
la señora, enrollando la letra alrededor de su 
índice. 

De pronto, como al destaparse é inclinarse 
una botella sale el agua á borbotones, salieron 
las quejas de mi boca. 

—Doña Milagros... ya que se empeña... V. 
sabe que soy un hombre de bien; que en mí no 
cabe un sentimiento villano ; que soy incapaz de 
no agradecer, que agradezco, que agradezco... 
No ; no me juzgue V. tan vil que la ingratitud 
tenga asiento en mi corazón...! 

—No vale haser puchero— murmuró la anda- 
luza volviéndose, pero no tan pronto que yo no 
divisase, al borde de sus pestañitas curvas y 
negras, una gota menuda, que al sol relució 
como un brillante. 

—No, si no me enternezco por lo que V. 
piensa.,. No es que me conmueva su bondad... 
Me conmueve; pero lo que me aflige... es que 
no puedo aceptarla... y las causas porque no 
la acepto... las causas... no me las pregun- 
te V.... porque mire V.... no se las diría, no se 
las diría...! No, doña Milagros, no insista V., 
Adán y Eva 15 



226 



DOÑA MILAGROS 



no me mate... Mucho ascendiente tiene V. sobre 
mí; es decir, mucho ha tenido... pero lo que es 
ahora... Lo que es ahora, moriré callando. 
Bástele á V. con saber que ni admito ni puedo 
admitir sus favores... Y esto es lo de menos. 
No le he dicho á V. lo gordo. ¡Lo más gordo! 
Que... que... que ya no... que ya no podemos 
tratarnos... vernos., ser amigos... amigos... 
como antes. Que se acaba esto... Sí, se acaba, y 
mal, y feamente! Y que ya no saldrán con V. 
mis hijas á la calle .. ni bajarán... ni... ni coge- 
rá V.... en brazos... á las pequeñas... á las ge- 
melitas. 

Aquí me aturrullé, me desfallecí, se me atas- 
có la voz, se me encogió el corazón, y me 
volví de espalda... ¡Cuál no sería mi asombro... 
y mi repulsión, al escuchar la carcajada inso- 
lente que soltó doña Milagros ! 

—¡Divino!— exclamaba la señora sacudién- 
dose de risa y destellando malicia por sus ne- 
gras pupilas , de venturina á la luz del sol. — ¡ Es 
usté un alma mejor aún de lo que párese, Don 
Benisio! ¡Es usté la perla é Dios! Pero, cris- 
tiano, ¿se ha figurao usté que yo soy tan infelís 
como usté mismo? 

—¡No entiendo, doña Milagros! ¡ Y á la ver- 
dad... me choca... me extraña! 

—Le choca... le extraña... ¡Querío, querio! 
¡ Santo de mi corasón! 

El acento de dulzura, de mimoso halago, con 
que la señora pronunció estas palabras, no lo 
puedo yo expresar, ni se imagina sin oirlo. 
Quedé atónito. ¡Así acogía la señora la grave 



POR E. PARDO BAZÁN 



227 



acusación , el terrible cargo que envolvían mis 
palabras! ¡Con tal descaro, con tal cinismo 
ponía en solfa la enérgica reprobación que yo 
la arrojaba á la faz! {Hasta tal punto me creía 
débil, que osaba reírse en mis bigotes cuando 
yo la aseguraba que no volvería á acompañar 
á mis hijas ! 

Aquello debía de ser un error. ¿Me habría 
entendido efectivamente doña Milagros? 

— ¡Qué cara de bobo estasté poniendo!— in- 
sistió ella sin dar de mano á la risa. Vamos... 
yo me explicaré, es desir, yo le explicaré á 
usté lo que cavila, y lo que usté cree tan se- 
cretiyo entre usté y el confesor. Para que vea 
que no soy ninguna boba. ¡Atensión! ¿Andan 
las chiquiyas por ahí? 

Salió de la galería, se cercioró de que está- 
bamos bien solos, y volviendo á mí, pronunció 
risueña: 

—¿Se acuerda usté, D. Benisio, de lo que 
hablamo el otro día? ¿Se acuerda que le dije 
que en el mundo todo lo hase Adán por Eva y 
Eva por Adán? Pues. . aplique usté ahora la 
moraleja. Usté, aunque no es ningún chico, y 
aunque es por lo bueno un peaso de mojicón, 
al fin... es de la casta de Adán... y como ade- 
más tiene consiensia... se le ha puesto en el 
periquito... vamo... que me... es desir... que 
está un poco más chalao por mi de lo regular... 
y que Dios , y el Padre Jesuíta, y toda la corte 
selestial... quieren que se aparte de mí alre- 
deor de cuatrosientas legua. ¡Que te quemas! 
¿Verdá? 



228 



DOÑA MILAGROS 



Al decir esto me miraba serena y tierna- 
mente, y en sus mejillas tersas y sin color 
asomaba un carmín ligero que la hacía mucho 
más linda. 

—No, no acierta V., doña Milagros— res- 
pondí , trémulo , aterrado de mi emoción. 

—Sí quejasierto... y usté, troso de masapán, 
es el que no sabe por dónde se anda. D. Beni- 
sio, usté se ha creío que me quiere; y yo, si 
empieso á devanar por todo lo alto, también 
soy capas de jurar á Dios vivo que le quiero á 
usté como una guilla...; pero, ¿qué, hombre, 
qué? Si todos los pecaos del mundo fuesen 
así... ni agua bendita. Porque del modo que le 
quiero yo á usté... es una cosa tan bonita y tan 
inosente... que, si Dios la pesca, dirá allá pá 
sí: "Por esto no me atufo.,, Porque el caso es... 
oiga, que tiene su intríngulis: que yo, si le 
quiero á usté, es porque ha engendrao dos an- 
geliyos que me roban el arma... y á mis ho- 
ras... cuando el corasón me pide querensia... 
verasté... no se ría... me creo que soy la mamá 
de eyos, y que á Zita y Media las he dado á 
lus , pasando los dolore y las fatiga y las afli- 
siones de las madre... Que sí, D. Benisio: cáa 
loco con su tema, y no hay nadie que no esté 
loco; yo loquiya estoy, y me ha entrao la ma- 
nía de que es mentira que usté estuviese casao 
con .. con la difunta, vamo, jcon la difunta!; 
que con quien estuvo usté casao fué conmigo; 
que nos quisimo... allá en tiempos; que tuvimos 
esasneniya... y que ahora todavía nos queremo, 
§í señó, nos queremo. . . de la entraña. . . ; pero san- 



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tamente, como lo hermanitos viejos, muy vie- 
jos... sin pecao ni malisia. Ahí tiene usté, que- 
río...cómoel Padre que le dijo que no me viese y 
que se apartase de mí, demostró que no entien- 
de de estas cosa. Si usté me tiene ley, es por las 
chiquiyas, por las gemelas de gloria... y si yo 
le tengo ley á usté... es por las gemelas tam- 
bién, por las gemelas. Y el que se figure por- 
querías y maldaes... peor para el muy bárba- 
ro... peor pá el gorrino. ¿Tengo rasón? No ponga 
esos ojos espantaos. Los dos somo una Eva y 
un Adán, pero que acaban por donde los demás 
empiesan. Los Adanes que hasen la rosca á las 
Evas, es para vení á parar en la patochá de 
tener luego un vastago... ó dos... ó los que sal- 
ten. Pues si aquí ya han venío; si ya los tenemo 
y los adoramo y son como los serafines de her- 
moso, ¿me quiere usté desir á qué íbamo á 
calentarnos la cabesa? Esto es má claro que 
el agua, cristiano... Dígaselo al cura, y que se 
entere de que yo, grasia á la Virgen de la Con- 
solasión, soy una buena mujer... y usté... usté, 
un santo. 

Al ensartar estas locuras, no estaba muy lejos 
la señora de abrazarme; y yo, turbado, confu- 
so, estático, embriagado, absorto, no encon- 
traba palabra que pronunciar, ni razón que 
oponer á los divinos disparates de la ceceosa 
lengua. 

—Yo le quiero á usté— repetía la señora—por 
la habilidad de las niñas... pero también... ¿qué 
se creía usté? por su persona, por usté que 
vale cuanto pesa... Hombre mejor no nase de 



230 



DOÑA MILAGROS 



madre... Bueno es Tomás, que yo no lo he de 
poner por los suelos; pero es bueno á lo bruto, 
á lo patán... y usté á lo cabayero, á lo desente- 
Tenia yo una amiga en Cádis que me desía 
siempre:— Me pirro por los perdíos.— Yo soy 
de otra maera. Me pirro por la bondá. Siempre 
me yevó el alma la gente buena. Alguna deli- 
rará por un chico arrogante. A mí que me den 
los infelises y las criaturas de Dios. Y tampoco 
por aquí me voy á condenar. Esto no es cosa 
mala. 

Ponte en mi caso, lector intransigente. Que 
te diga estas vaciedades una mujer de singular 
atractivo, de coquetería tanto más peligrosa 
cuanto más involuntaria; que te las diga con 
toda la gracia de su acento, toda la efusión de 
su alma, todo el brío de su carácter, y mucha 
inocencia real ó fingida; que te las diga en una 
mañana de sol, delante del mar cuya salobre 
brisa te acaricia la frente, cerca de unos tiestos 
de heliotropo en ñor , que trascienden á bien- 
aventuranza y á primavera; que te las diga con 
abandono , en traje casero y en incitadora sole- 
dad relativa... Y si á más no has sido amado 
nunca , por lo menos de una manera blanda y 
dulce ; si tienes años y ningún mérito ; si te ilu- 
sionan más las delicadezas y monerías del cari- 
ño que los estímulos de la materia; si eres capaz 
de estimar la dicha pura en todo lo que vale, 
¿no te sentirías aturdido, loco? 

Me tambaleaba; iba á caer, como los galanes 
de comedia, á los pies de mi dama encantado- 
ra... cuando vi que por el muelle cruzaba una 



POR E. PARDO BAZÁN 



231 



figura apuesta, un hombre que levantó el ros- 
tro y se fijó en el cierre donde estábamos. El 
rayo de aquellos ojos fué para mí como un 
rayo verdadero... Volví á la razón, á la me 
moría, á la realidad; y señalando á Vicente— 
pues era él el que pasaba, llevando en las manos 
un envoltorio y mirándonos con intensidad y 
fijeza, dije en voz que gemía: 

—V. se chancea, doña Milagros; V. me quiere 
tapiar la boca con jalea, pero no sirve... Ve- 
jestorios de mi facha no cautivan á nadie... Si 
yo me pareciese á ese... 

— ¿Eh? — prorrumpió sorprendida la andaluza. 

— ¡Digo que para gustarle á Eva hay que 
tener la figura de ese Adán! - añadí con algo 
que intentaba ser ironía. — ¡Adanes así valen un 
mundo! ¿No es cierto? 

— ¿Ha almorsao usté fuerte, don Benisio?— 
contestó la comandanta poniéndose pálida y 
desviándose un poco.— Semejante guasa... 

— No es guasa, sino el Evangelio— respondí 
con la brutalidad de los tímidos. 

— ¿A ver... Qué dise este hombre? 

—Lo que todos dicen. Lo que todos saben. 
— ¿Toos? ¿Y quién son toos? ¡ Embusteros in- 
fame! 

— ¡No, no... Por desgracia no mienten... Y 
como yo he abierto los ojos ya..., doña Mila- 
gros..., se ha concluido el acompañar á mis 
hijas... y de las gemelitas despídase V.... que 
no ha de volver á besarlas ! 

La andaluza se quedó muda. Oscilaba todo 
su cuerpo; sus manos bailaban sobre el talle, 



232 



DONA MILAGROS 



como si tuviese alferecía su dueña. Al fin se 
las echó á las sienes , se metió en la boca el 
puño, dió dos pataditas, respiró ruidosamente, 
y un grito salió de su boca: 

— i Mal agradesío! ¡Judas! 

Al mismo tiempo echó á correr sin mirarme; 
salió de casa como un cohete; batió mi puerta; 
se disparó por las escaleras; retumbó su puerta 
también , y yo me encontré tan humillado y tan 
triste, que de buena gana regalaría mi cora- 
zón al que me hiciese la caridad de sacármelo 
del pecho. 



XV 



Tal vez lo que más duele de los dolores es 
no poder entregarnos libremente á ellos, pres- 
cindiendo de los demás cuidados y preocupa- 
ciones ruines de la vida. Cuando nos agobia la 
pena, diríase que también nos emborracha, y 
deseamos sumergirnos en ella hasta el fondo, 
sin sacar la cabeza fuera un instante , ni dis- 
traernos por cosa ninguna. Pero á mí no me era 
lícito este amargo gusto. Tenía que pensar en 
mi gente. 

Por orden : ante todo la prosa vil: me encon- 
traba sin recursos para hacer frente á las ur- 
gencias económicas de que me había enterado 
Feíta. Hasta Junio no vencían las rentas, y 
hasta Octubre ó Noviembre lo más pronto no 
se podía soñar en vender la cosecha del trigo, 
que estaría despuntando entonces. Rehusado, 
¡y con el agua al cuello lo rehusaría! el ofreci- 
miento de doña Milagros, sólo me quedaban dos 
medios de salir del apuro: ó escribir á Garroso 
proponiéndole la adquisición de alguna finca, 
ó recordar las insinuantes palabras de Sobra- 
do, que de fijo me echaría un cable sin ahor- 



DOÑA MILAGROS 



carme con él. Todo menos vender la tierra he- 
redada de mis antecesores, y á la cual se me 
figuraba que iban adheridas partículas de sus 
ya carcomidos huesos. Solicité, pues, una en- 
trevista de mi casero, y con la vergüenza y el 
sofoco inevitables en el que pide , — aunque no 
pida gratis y por su cara bonita,— expuse mi 
necesidad y manifesté — apenas formaba pala- 
bras mi garganta seca— que sin dos ó tres mil 
pesetas... por poco tiempo... empeñando mi pa- 
labra de hombre de bien de que al vender la 
cosecha, sin falta... 

Me tranquilicé algo viendo que Sobrado me 
recibía de la manera más cordial y campecha- 
na del orbe. No advertí en él ninguno de esos 
estremecimientos nerviosos que suelen produ- 
cir, aun en los temperamentos más linfáticos, 
los ataques al bolsillo. Me tuvo un rato cogida 
la mano izquierda; ofrecióme puros, aunque 
sabía que yo no fumaba jamás; me dirigió fra- 
ses alegres 3^ animadoras; ¿quién no se ha visto 
en algún ahogo? ¿de qué sirven los amigos? 
¿para qué se ha inventado la moneda? y acabó 
por decirme que él arreglaría el asunto infini- 
tamente mejor que yo mismo. — "Carta blanca,, 
— exclamó mientras se retorcía el bigote siem- 
pre juvenil, y acariciaba á un gracioso perrillo 
canelo, de hocico negrísimo y poblada cola.— 
" W, Don Benicio,,— añadía el ricachón— "está 
atortolado: es la primera vez que pide dine- 
ro... y la cosa se le hace una montaña. Si los 
negociantes nos alterásemos así por miserias 
de déficits y de evoluciones del capital, en 



POR E. PARDO BAZÁN 



235 



unas ó en otras condiciones... estaríamos fres- 
cos. Nada: ánimo, y tome V. esto como la cosa 
más usual y corriente. Ninguno de los propie- 
tarios que ve V. por ahí tan orondos deja de 
tener su cachito de hipoteca encima... No: y yo 
le aseguro que voy á admitir la garantía que V. 
me ofrece... sólo por complacerle, por quitarle 
el empacho.,, 

No recordaba haber ofrecido á Sobrado hi- 
poteca alguna, antes al contrario, creía que el 
dinero se me daba á confianza ; y poniéndome 
muy colorado, se lo hice observar así. 

— ¡ A confianza! — redargüyó risueño D. Bal- 
tasar. — ¡Pues claro que á confianza se lo daré 
á V.! ¡Porque ya podían venir ahora la mar- 
quesa de Veniales, ó los de Lobeira, ó los 
Caudillos, á pedirme valor de una peseta de- 
jándome en garantía cuanto tienen! Se volve- 
rían como vinieron. ¿Soy acaso prestamista? 
¡La garantía de V.... fórmula, pura fórmula! V. 
de sobra comprende que, aun cuando no pu- 
diese abonarme á su tiempo la cantidad, yo no 
le iba á sacar á la vergüenza vendiendo los lu- 
gares. Hay más: si V., ni intereses ha de abo- 
nar por el préstamo! Los intereses, ó los capi- 
talizamos, ó ¡mejor aún! los cargamos sobre la 
renta misma de esos lugarejos que aparece V. 
hipotecándome. ¡Ya ve V. si es sencillo! En 
vez de adquirir un gravamen, puede V. decir 
como Juan Palomo: — Yo me lo guiso, yo me lo 
como.— ¡Habas contaditas! 

No me salía á mí la cuenta de las habas, por- 
que también estaba en la persuasión de que So- 



236 



DOÑA MILAGROS 



brado me facilitaría la suma desinteresada- 
mente. Indiqué, de un modo tímido: 

—Pero... intereses... Supongo... V. me dijo... 

— ¿Que se lo prestaría sin réditos? Claro está, 
porque el seis no se considera rédito nunca: 
menos del doce ó del quince, nadie se arries- 
ga á estas alturas en que andamos. £1 seis 
no es interés, puesto que casi lo produce la 
misma propiedad hipotecada, de modo que el 
interés se lo puede V. sacar á la suma, que- 
dando rds con ras... En fin, don Benicio, salta 
á la vista que V. no entiende de estas cosas. Sí 
tiene el menor reparo, no hay nada perdido: V. 
busca esa cantidad por ahí ; á mí crea V. que 
me causa... no extorsión, pues por V. eso y 
mucho más estoy dispuesto á hacer, pero, en 
fin..., cierta mala obra el distraer fondos!... 
Tanto, que si V. no quiere perjudicarme mu- 
cho, le agradeceré que acepte, en vez de un 
préstamo de dos mil, uno de cinco mil... La 
suma redonda no me trastornará tanto. ¡Para 
V., más respiro; para mí, la ventaja de no des- 
membrar capital! Pero carta blanca... Y sere- 
nidad, ¡qué demontre! No merece la pena. 

Entre aturdido y receloso; no viendo más 
salida y anhelando librarme cuanto antes de 
pensar en la ingrata cuestión de la escasez de 
numerario, concedí la famosa carta blanca. 
Por un lado, me parecía caer en una red ten- 
dida hábilmente , y experimentaba la angustia 
del que sabe que bajo sus pies se abre un 
precipicio; por otro, la inmediata posesión de 
cinco mil pcsetazas representaba tanto des- 



POR E. PARDO BAZÁN 



237 



canso en mi espíritu y tanta alegría en mi hogar, 
que se necesitaba heroica virtud para no ten- 
der la mano y recoger la cantidad tentadora. 
¡Cinco mil pesetas! ¡Desahogo lo menos hasta 
el invierno ! ¡ Y sin vender , sin deshacerme de 
una mota de tierra! Lo que acabó de decidirme 
fué que el negociante, desabrochándose y 
echando mano á una cartera, me puso en las 
manos, á guisa de arras, cinco billetes de á 
cien. — " Ya formalizaremos el trato „ — mur- 
muró.— "Esto es para que tape V. los primeros 
agujerillos. „—¡Ay si había agujerillos que ta- 
par! La víspera había estado en mi antesala 
María la tocinera, con los brazos en jarras y 
la lengua en erupción, exigiendo doscientos 
veintiséis reales de rancio y fresco que se le 
debían por delante de la cara de Dios , y po- 
niéndonos de tramposos, hambrones y señores 
de papel de estraza, que no había más que oir... 
Por librarme de semejante harpía , era yo ca~ 
paz de dar el dedo meñique. "Ya formalizare- 
mos,, — repitió Sobrado al despedirme. — En 
efecto, formalizó bien pronto como se verá. 
Yo le hipotecaba mis buenos lugares de Car- 
dobre; los intereses del dinero, el seis, se co- 
brarían sobre la renta actual y futura; el plazo 
era de un año; pero Baltasar aseguraba que á 
los seis meses — ¡claro, hombre!— liquidaría yo 
con él. Sí; era un pasajero desequilibrio en mi 
hacienda, debido á las circunstancias realmen- 
te extraordinarias de aquella temporada aza- 
rosa. Muertes, entierros, partijas, derechos del 
Estado... Una crisis. 



DOÑA MILAGROS 



— Oye, Feíta — dije reservadamente al tras- 
tuelo cuando hube saldado las cuentas pen- 
dientes y restablecido en apariencia el orden; 
—ya no tenemos pufos; y ahora, vida nueva. Se 
me ha ocurrido que acaso poseas tú más juicio 
que todas tus hermanas juntas; te pongo al 
frente de la administración de esta casa; me 
irás pidiendo lo que necesites, y cada noche 
ajustaremos al céntimo el gasto del día. Hay 
que imponerse una economía severa, y no de- 
rrochar ni el valor de un perro chico. ¡No sa- 
bes..., no puedes saber el sacrificio que me ha 
costado salir de este aprieto! Desde hoy se han 
de contar aquí hasta los garbanzos de la olla. 

Feíta me escuchaba en reflexiva actitud, con 
el dedo puesto sobre los labios, y fijos en mi 
cara los diminutos ojuelos verdes, que destella- 
ban atención é inteligencia. Aquel día, la mu- 
chacha tenía más que nunca su gracioso aspec- 
to hombruno, de chiquillo travieso y diabólico: 
se había cortado el pelo no sé de qué empeca- 
tada manera, y en su frente se alzaban abor- 
rascados unos mechoncillos indómitos, mal 
sujetos atrás por un cordón deshilachado y vie- 
jo; vestía un largo delantal blusa de hilo del 
Norte, gris, que ocultaba las formas y no descu- 
bría ninguna turgencia femenil; además, en una 
mejilla ostentaba un churrete de tinta, formida- 
ble. Sólo contestó á mis disposiciones econó- 
micas con una mueca y un suspiro. 

— También — añadí , — quiero que te encar- 
gues de impedir que tus hermanas vuelvan á 
casa de... de doña Milagros. Bajo ningún pre- 



POR E. PARDO BAZAN 



239 



texto— ¿entiendes?— bajo ninguno. Fíjate bien 
en lo que te digo: bajo-nin-gu-no. Haced cuen- 
ta que... que he reñido con esa señora... ó que 
esa señora se ha muerto... ó... en fin... ¡Basta 
de explicaciones ! Yo saldré con las que quie- 
ran salir á la calle; yo las acompañaré á todos 
lados, al paseo, á las tiendas, adonde vayan... 
pero que no sepa que ponen los pies abajo... 
¿estás? ¡Cuidado conmigo! 

Feíta bajó la mano, castañeteó los dedos y 
sonrió. 

— ¡Ay papá! Me envia con la embajada á mí... 
porque no se atreve á decírselo á ellas. ¿Pero 
no ve que á mí también me mandan al rábano? 
Lo que sucede es que no se necesitan seme- 
jantes prohibiciones , porque los de Llanes han 
tomado la delantera. 

Me sentí palidecer. 

—¿Los de Llanes...? 

—No nos reciben ya... Esta mañana bajó Rosa 
con Mizucha y yo con el ama y las pequeñas, y 
nada... cara de palo. Abre la puerta el Vicen- 
te... y la defiende lo mismo que un perro de pre- 
sa : no permite que entremos ni en el recibi- 
miento. "Que la señora está indispuesta... que 
ahora no se pasa... que necesita descansar... 
que el señor también ha salido...,, ¡Y si viese 
con qué cara dice eso Vicente! Los ojos le 
echan fuego. Debe de estar enfermo también 
él, como doña Milagros, porque parece un di- 
funto. ¿Qué ha sido, papá? Cuéntemelo, que le 
prometo no decir ni esto á las mosconas , que 
andan muertas de curiosidad. 



240 



DOÑA MILAGROS 



—Hija mía— murmuré turbadísimo y con des- 
fallecida voz— no ha sido nada; vamos, una ton- 
tería; pero hay cuestiones de delicadeza que... 
los niños no podéis comprender... Cuando 
seas más grande, te diré á ti... ;á ti sola! 

—¿Y á esas? ¿Se lo dirá ahora porque son ma- 
yores? 

—No, tampoco... es decir, dentro de algún 
tiempo... Soy vuestro padre, y no tengo para 
qué justificar una determinación que he adop- 
tado en provecho vuestro. Creo que aquí debo 
mandar en jefe... Digo, estoy seguro: debo 
mandar, y mandaré. Es preciso enderezar esta 
casa. 

— Papaíño — contestó la muchacha, echán- 
doseme encima y besándome á bulto, creo que 
en la nariz -ya se sabe que V. debe mandar; 
pero también se sabe que no manda ni pizca. A 
mamá la obedecían esas mosconas, por miedo, 
porque las zorregaba. Desde que falta mamá, 
cada cual va por su lado; y me alegro que ha- 
blemos de eso, que así le diré lo que conviene 
que sepa. Argos, aunque V. la prohibió ir sola 
á la iglesia , allá se larga todas las mañanitas, 
mientras V. está en la cama aún. Tula tiene 
amores... Se lo juro, papá: tiene amores con 
un cojo, un escribiente de la Diputación... Se 
cartean... Los tendría con el palo de una esco- 
ba, créame, con el afán que ahora la ha entrado 
por novio... El cojo es un infeliz: se me figura 
que maldito lo que le encanta el noviajo: con 
cuatro gritos que V. le pegue, no volverá á 
acordarse de Tula. Rosita también me parece 



POR E. PARDO BAZÁN 



24I 



á mí que tiene sus maulas... Están de atar — 
añadió con el profundo desdén de un filósofo 
viejo hacia las humanas flaquezas. Viendo que 
yo callaba atónito, continuó:— Aún falta que 
sepa lo que sucede con Froilán. V. me ha en- 
cargado que le repase las lecciones , y yo se 
las repasaba siempre. Nunca daba pie con bo- 
la; no se le quedaban en la memoria ni las co- 
sas más insignificantes. Su cabeza es una pe- 
rilla de balcón. Sólo á fuerza de machacar... 
Pero ya, ni eso: ya no coge el libro. 

— Le voy á matar — exclamé levantándome 
trémulo, con los nervios como cuerdas de gui- 
tarra. 

— ¡ Jesús I —respondió la chiquilla, riendo y 
deteniéndome.— ¡Matar! ¡Mataban! [Si V. no es 
capaz ni de arrearle un lapito ! Oigame á mí, 
guíese por mí. ¿Por qué se empeña en que 
Froilán sea un sabio? 

—¡Hija mía... es el único varón de la casa! 
Sólo de él podéis esperar alguna protección 
cuando yo muera. No hay más recurso sino que 
estudie , que siga una carrera con lucimiento, 
y hoy ó mañana podrá seros útil... ¡acaso am- 
pararos á todas! 

—Pero, papaiño — respondió Feita cruzando 
las manos y acentuando más la expresiva mi- 
rada de sus ojos y la firmeza singular de su 
cara infantil— si Dios ha querido que el único 
varón de la casa sea un desaplicado y un bo- 
doque... no nos vamos á reponer contra Dios. 
Es un dolor que esté V. derrochando dinero y 
paciencia con Froilán. Lo que gasta V. con él 
Adán y Eva. 16 



242 



DOÑA MILAGROS 



en matrículas y libros, ¿por qué no lo gasta con- 
migo? Yo tengo muy buena memoria. Con una 
vez que lea las lecciones, lo más dos, se me 
quedan. ¿Y qué piensa V.? entiendo lo que leo; 
me gusta muchísimo... Me trago el libro de 
texto, y no crea V., también otros que no son 
de texto y... que... me los prestan. Sobrado 
me envió dos novelas de Víctor Hugo ; Mora- 
gas me trajo obras de Camilo Flammarion... ; 
hasta D. Tomás Llanes me regaló unos nove- 
lones muy disparatados de ladrones y de moros. 
¿Qué se había V. figurado? ¿Que soy una burra? 
Pues no hay tal. Me ha entrado un flus de 
leer... Leería toda la biblioteca del Puerto de 
un tirón. Hasta me zampo los libros de Argos 
divina, la Füotea, los escritos de Santa Tere- 
sa y los del Padre Faber... Si ya sé mucho: sé 
más de lo que parece. Haga V. un cambio: 
Froilán que vigile al ama y registre la cesta de 
la criada cuando vuelve de la compra, y yo iré 
al Instituto en lugar de Froilán. Verá V. como 
los dos quedamos bailando de contentos. 

Era tan cómica la proposición de aquel dia- 
blejo, que tuvo la virtud de hacerme olvidar 
por un instante mis penalidades y zozobras y 
de hacerme soltar una carcajada. 

—Mira, Marisabidilla, tú dices que tus her- 
manas están de remate... Pues lo que es á ti... 
te voy á mandar al manicomio ahora mismo. 
Si te pillo en esas lecturas de autores ma- 
los, que te enseñan lo que no te importa, tengo 
energía... ¡ah, para eso sí que la tengo! Quemo 
el libróte..., y á ver si te prestan otro. ¿Pues no 



POR E. PARDO BAZÁN 



243 



quiere estudiar en vez de su hermano? ¿Y para 
qué , si puede saberse? 

—Para graduarme de bachillera. 

—¡Magnífico! ¿Y después de graduarte? ¡ya 
lo eres! 

— Para seguir carrera mayor. 

—¡Divino! ¿Y después? 

—Para tener un título en forma... 

—¡Ya! ¡Caramba! ¿Y luego? 

—Para ejercer una profesión... la que sea... 
y ganar cuartos... y fama... y vivir de mi cien- 
cia y de mi trabajo... como había de vivir Froi- 
lán, si no fuese un camueso. 

La risa me salía á borbotones por las venta- 
nas de la nariz , por la apretada boca que espu- 
rriaba saliva, por los hijares convulsos. Me re- 
torcía en el sillón. 

—¡Chiquilla... delicioso! Vales cuanto pesas, 
te lo aseguro... Ven acá, te voy á plantar un 
beso... porque no quiero plantarte una azo- 
taina. 

La acaricié como á un niño chiquito, y pro- 
seguí: 

—Muy bien. ¿Conque estudiar y ejercer una 
profesión? ¿No sabes que las mujeres no pue? 
den? Te vestiremos de hombre... 

— Sí pueden — respondió con gran aplomo. — 
¿V. cree que yo no he preguntado? Cuando 
quiero saber una cosa... se la pregunto hasta 
á las lápidas de seguros mutuos y á los guarda- 
cantones. He charlado largo y tendido con el 
Sr. de Moragas. Puedo estudiar las asignatu- 
ras en el Instituto, en la Universidad ó en mi 



244 



DONA MILAGROS 



casa; examinarme como alumno oficial, ó como 
alumno libre. Y si sigo la carrera de medici- 
na, puedo ejercerla: hay señoritas que la ejer- 
cen. Además, con el tiempo, ya nos permi- 
tirán que ejerzamos otras profesiones. ¿Por 
qué se ríe asi? ¿Tengo en la cara una danza 
de monos? 

—-En la cara, no... Tienes en la cabeza una 
olla de grillos. ¿Qué quieres; que esté serio 
cuando ensartas despropósitos? 

—Sí señor... Yo bien seria estoy. No es cosa 
de risa. 

—Es que si no me riese, te remangaría las 
faldas... y ¡pum! 

— ¿Por qué? ¡Me va á decir por qué! 

—Vamos, vamos, juicio... Mete esa cabeza 
en agua fresca, y que se te quite la fiebre. Como 
yo vuelva áoirte barbarizar... Hija mía, Dios 
hizo á la mujer para la familia, para la mater- 
nidad, para la sumisión, para las labores pro- 
pias de su sexo... de su sexo! No lo olvides 
nunca, y que nadie tenga que recordártelo, ó 
serás la criatura más antipática, más ridicula 
y más despreciable del mundo: un marima- 
cho; puh! La mujer á zurcir medias... no se ha 
visto ni se verá nunca que truequen los papeles 
á no ser en San Balandrán. 

— Pues sí señor que se ha visto — respondió 
con brío la muñeca, reprimiendo trabajosa- 
mente una lagrimilla de rabia.— Porque mamá 
le mandaba á V... y V. obedecía á mamá lo 
mismo que un borrego. ¿Y sabe en qué consis- 
tía? En que mamá tuvo más disposición para 



POR E. PARDO BAZÁN 



245 



el mando que V. Cada quisque debe hacer 
aquello para que tiene disposición. ¿Dios me 
da á mí talento para estudiar? Estudio. ¿Dios 
le dió á Froilán disposición para jugar á la bi- 
llarda y tirar piedras? Que juegue y que las 
tire. Y vamos ! es una picardía muy gorda eso 
de que las mujeres, cuando sirven para esto ó 
para aquello... hagan precisamente lo otro y lo 
de más allá. Yo sé barrer y coser y cuidar de 
una casa, y sé criar un chiquillo, como crié á 
las gatas monas... pero me gusta estudiar, y 
estudiaré. ¡Sólo faltaba! Aquí todo el mundo 
se pronuncia para hacer disparates... Pues me 
pronuncio yo para hacer una cosa justa y bue- 
na. Quiero estudiar, aprender, saber, y valer- 
me el día de mañana sin necesitar de nadie. Yo 
no he de estar dependiendo de un hombre. Me lo 
ganaré, y me burlaré de todos ellos. 

Todavía prevaleció en mí la risa contra el 
enojo, y seguí echando á broma la estrambó- 
tica resolución de Feíta , que ni era posible que 
pasase á mayores, ni debía en buena ley consi- 
derarse más que como una genialidad cómica. 
Sin embargo, me contrariaba su insubordina- 
ción, [porque repitió con entereza que estaba 
decidida á no auxiliarme en lo referente á 
las lecciones de Froilancito ni en el gobierno 
de la casa. 

— No, papá, no me meto más en eso, se aca- 
bó—decía con insistencia en que ya se advertía 
la tenacidad de la mujercita formada, y el des- 
arrollo repentino de un carácter. — Atenderé 
á las gatiñas, sobre todo ahora que doña Mi- 



246 



DONA MILAGROS 



lagros no las atiende; las atenderé, porque las 
quiero mucho y me dan lástima; no bajaré á 
casa de Llanes, ya que V. lo prohibe... pero en 
cosas de mis hermanas mayores no me mez- 
clo: no y no. Papá, para disponer hay que tener 
mando, y para tener mando hay que tener auto- 
ridad; yo no la tengo; soy una chiquilla; y V. 
no está para guardarme las espaldas, porque 
su genio de V. es... así... ya se sabe! Froilán se 
me repone; y las otras... ¿Vió cómo me pegaba 
Tula en la mesa una noche? Pues mire... ayer. 

Desabrochó el puñito del delantal-blusa, y 
subió la manga, enseñando un cardenal, ó por 
mejor decir, una magulladura profunda más 
arriba del codo. 

—Esto fué que ayer Tula quería arañarme, 
porque la amenacé con contar á V. lo del cojo 
si le seguía escribiendo papelitos... Saqué uñas 
para uñas, y nos peleamos; yo la eché con- 
traía pared, y ella me arreó piñas en la cabe- 
za y luego en el brazo: parecía un basilisco... 
Papá, bien debe V. conocer que no es para mí 
el gobernar la casa. Si me da un duro, me lo 
despabilarán en sus caprichos antes de que yo 
pague con él la cuenta. ¡Gracias! Mejor lidio 
con las presas de la cárcel que con mis herma- 
nitas. 

Me contrarió sobremanera la actitud de la 
muchacha. ¿De modo que ya,— sobre faltarme 
doña Milagros, la dulce confidente,— me aban- 
donaba el diablejo, el marimacho angelical, la 
activa organizadora, mi sostén de los primeros 
días ? 



POR E. PARDO BAZÁN 



247 



Aquella tarde Rosa vino á decirme que "esta- 
ba desnuda,,, que iba á aliviar el luto, y que ella 
y sus hermanas necesitaban ropa "como el 
pan,, ; y Argos, si no pidió moños, ni cosa que lo 
valiese, me causó mayor disgusto: desapareció 
de casa á eso de las tres, y aunque salí esca- 
pado á buscarla, no la encontré en la iglesia 
ni en parte alguna. A las ocho dadas regresó, 
con los ojos extraviados, demudado el ros- 
tro, la respiración congojosa; la oímos que se 
dejaba caer en la cama, sin desnudarse , suspi- 
rando hondamente. Salí : compré un candado ; 
lo mandé colocar en la puerta, y me tomé el 
trabajo de ir á abrirlo cada vez que era preciso 
salir ó entrar ¡Qué infierno! 



XVI 



Es el caso que , desde el mismo instante en 
que me decidí á poner el candado, cesó de ha- 
cer falta. 

Argos, al día siguiente de su escapatoria y 
de su larga é inexplicable ausencia, fué aco- 
metida á la madrugada de violenta convulsión, 
lo cual al pronto no nos alarmó extremada- 
mente, porque la habíamos visto muchas veces 
de aquel modo. Aplicamos los remedios cono- 
cidos, pero nos preocupó que á la excitación 
sucediese una especie de estupor letárgico. 
Dispuse que avisasen á Moragas, y la criada 
volvió diciendo que el doctor había salido la 
víspera , llamado precipitadamente , para un 
enfermo de mucho peligro, al pueblecillo de 
Roblas, célebre por sus aguas minerales. Ro- 
blas dista cuatro leguas de Marineda: no había 
que pensar en Moragas, y opté porque busca- 
sen al facultativo que viviese más cerca y más 
á mano estuviese. Ypor convenir sus señas con 
éstas, acudió D. Dióscoro Napelo, viejo y ruti- 
nario practicón , de los del tipo clásico , que no 
han abierto en su vida una Revista francesa 



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DOÑA MILAGROS 



ni alemana, y mantienen cierta saludable pre- 
vención contra los remedios modernos, y un 
entrañable cariño á las fórmulas que aplicaron 
en sus juventudes. Como quien cierra los ojos y 
se entrega en brazos de la suerte , introduje al 
buen señor en el cuarto de mi desgraciada hija, 
á la cual rodeaban sus hermanas, locas de mie- 
do, pues la creían expirante. 

Ordenó D. Dióscoro que saliesen las mucha- 
chas y se inclinó sobre la enferma, á quien 
habían depositado encima de la cama, vestida 
con la holgada bata de estameña,— el triste há- 
bito , semejante á un sayal. —Tenía el rostro 
muy rubicundo , los párpados hinchados y en- 
treabiertos , empañado el brillo de los ojos, tur- 
gentes los labios, y la lengua asomando entre 
los dientes, cual si no cupiese en la boca. Empe- 
cé á llamarla á gritos, con ansia amorosa y las- 
timeras voces; sin duda me oía, pues al repetir 
yo su nombre se esforzaba en pestañear, pero 
al punto volvía á quedarse inmóvil. Era su res- 
piración frecuente, luctuosa ó entrecortada, y 
sus pies desnudos estaban helados y cárdenos, 
Por orden del Sr. de Napelo traté de desviar 
con el rabo de una cuchara sus apretados dien- 
tes y hacerla tragar un poco de agua y éter, 
pero el líquido se deslizaba sin acción y rebo- 
saba por las comisuras de los labios. La pelliz- 
qué, la apreté la muñeca, y permaneció insen- 
sible. Sus pulsos no se descubrían en parte 
alguna; sólo sobre el corazón parecía adver- 
tirse un obscuro diástole. 

—¡Está muy grave! —grité detrás del Sr. de 



POR E. PARDO BAZÁN 



251 



Napelo cuando éste apoyaba su mano bajo el 
seno izquierdo de la enferma. — ¡Se me muere! 

— ¡ Ya verá V. cómo no!— respondió el viejo, 
en tono afirmativo é imperioso.— Me atrevo 
á responder... y si el Sr. Moragas, á su regre- 
so, critica las medidas adoptadas por este mo- 
destísimo compañero... ¡dígale V. que yo no sé 
curar por la nueva! A mis aforismos me aten- 
go. Ubi stimulus, ibi afluxus. Venga una pa- 
langana... trapos de lienzo... Envíe V. á la far- 
macia, inmediatamente, por vejigatorios y 
cáusticos de los más enérgicos... Y todo vo- 
lando, volando... porque ya conozco este mal, 
y otra vez que lo asistí en una señora de más 
edad que su hija de V. , hice traer, con los me- 
dicamentos, ¡la Santa Extremaunción! 

Puede calcularse cómo estaría en tales mo- 
mentos mi casa. Dábamos vueltas sin enten- 
dernos, unos buscando las camisas viejas para 
hacer vendas y trapos, otros disponiéndose á 
asaltar la botica,— ésta trayendo, en vez de 
palangana, una ensaladera, la otra llorando 
con hipo angustioso en un rincón. — Mis manos 
trémulas sostuvieron la palangana: el viejo 
sacaba ya de una carterilla de zapa la lanceta, 
cuyo acerado brillo me hizo daño á los ojos. 
Crucificada por dos vejigatorios en la espina 
y el vientre , envueltas en sinapismos las plan- 
tas de los pies, Argos continuaba sin dar más 
señal de vida que la fatigosa y entrecortada 
respiración. D. Dióscoro se acercó; alzó la 
floja manga del saco, y quedó descubierto un 
brazo inerte y marmóreo; con rápido movi- 



252 



DOÑA MILAGROS 



miento practicó la incisión en la vena, y al 
pronto no corrió la sangre: por fin rezumaron 
gotas negruzcas. Sentí que no podía resistir 
tal espectáculo , y á punto estuve de |caer al 
suelo. Feíta, en pie detrás de mí, me arrebató 
la palangana de las manos, diciéndome: 

— Salga un poco, que se le ha puesto muy 
mal color... Yo basto... Clara me ayuda. 

Salí en efecto, y abatidísimo me dejé caer 
en un sofá. No sé cuánto tiempo transcurriría 
así, porque el dolor á veces tiene la virtud 
del placer: hace insensible el curso del tiempo. 
Oía el ir y venir azorado de mis hijas; notaba 
alrededor mío esa trepidación peculiar de los 
instantes en que se lucha con la muerte, y vi 
pasar á Clara llevando en las manos un frasco 
oblongo de cristal. La llamé; pregunté alarma- 
do qué era aquello; y la futura monja, sin res- 
ponder, lo colocó sobre la mesa. Al trasluz 
del agua turbia, vi una cosa horrible: un en- 
jambre de delgados y enroscados viboreznos, 
de piel verde esmeralda con manchas sombrías, 
se agitaba adhiriéndose á las paredes del frasco. 
Escuálidas ahora como lombrices, dentro de 
poco aquellas fieras estarían hechas una bo- 
targa asquerosa, digiriendo la sangre de las 
venas de mi hija... 

—Ha costado— exclamó Tula excitadísima, 
acercándose á la mesa— Dios y ayuda el encon- 
trarlas. Ya no hay sanguijuelas más que en la 
barbería de Redondo. El hijo es el que las pro- 
porciona, ¿no sabe V.? ese muchacho pintor 
que decoró las casas de D. Juan Achinado... 



POR E. PARDO BAZÁN 



253 



Dice que por casualidad tenían una docena... 
Ha sido tan atento que las trajo él mismo. 

Al punto se entreabrió suavemente la puer- 
ta de la sala, y un mozo moreno aceitunado, 
patilludo, ojinegro, rechoncho ya á pesar de 
sus pocos años, que no pasarían de veintiséis, 
murmuró obsequiosamente: 

—Don Benicio, dice papá que si hacen falta 
más... que aún podrá buscarlas por ahí. 

—Dios se lo pague— respondí dolorosamen- 
te;— estimo el favor, y agradeceré que vengan 
pronto. 

— Pues volveré con ellas — indicó el pintor, 
desapareciendo por el foro. 

Jamás he podido comprender, — reflexionando 
después sobre el método antiflogístico que con 
Argos se puso en práctica,— cómo á la pobre- 
cilla le quedó en el cuerpo gota de licor vital. 
Para abreviar el relato desús tormentos, diré 
que la administró el valiente discípulo deBrous- 
sais nada menos de cinco sangrías, sustra- 
yéndola más de diez onzas de sangre; y á la 
vez la aplicó al plano alto de los muslos veinti- 
cuatro rabiosas sanguijuelas,— pues la segunda 
docena la trajo luego, y muy solícito, el hijo 
de Redondo.— Yo no conozco tus arcanos, i oh 
arte de curar!; yo no soy el llamado á decidir 
entre dos siglos médicos armado el uno contra 
el otro; yo respeto profundamente la ciencia, y 
la sabiduría, y los adelantos, y los descubri- 
mientos , gloria de las eminencias contemporá- 
neas; yo no descreo del progreso, ni es mi áni- 
mo retroceder á los ominosos tiempos en que 



DOÑA MILAGROS 



era peor, ó sea más temible, el remedio que la 
enfermedad; pero yo debo también atribuir á 
cada cual lo suyo, y proclamar á la faz del 
mundo entero que con su lanceta y sus anéli- 
dos verdes, mi D. Dióscoro Napelo sacó á 
flote á la moribunda Argos. 

A las dos primeras sangrías, se calentaron 
un poco las manos y los pies de la muchacha. 
A la tercera, en vez de sangre negra y semi- 
coagulada, empezó á brotar un caño rojo y 
vivo. La piel se humedeció ligeramente y la 
temperatura fué menos cadavérica. Y por últi- 
mo, cuando el señor de Napelo, tomando una 
plumita de gallina empapada en tintura de asa- 
fétida, la introdujo en las fosas nasales de la 
paciente para provocar un estornudo salva- 
dor, la muchacha no estornudó, pero empezó 
á moverse y á quejarse con expresiones inte- 
rrumpidas y balbucientes, que indicaban el 
trastorno de las facultades cerebrales. En se- 
guida aparecieron sus pulsos, aunque muy 
lentos, profundos é irregulares, y por instantes 
fué vitalizándose su rostro. La dimos unas cu- 
charadas de caldo y las tragó bien: poco des- 
pués , — á la tarde , — el pulso latía con libertad 
y blandura, y aunque la calentura fuese altaé 
intensa, vióse claramente que estaba conjurado 
el inminente peligro. 

El practicón me lo advirtió con una sonrisa 
confidencial y en términos sencillos y llanos. 
"Animarse, que ya pasó lo peor. Ahora no es 
nada. Habrá que alimentarla bien: cosas muy 
nutritivas y muy tónicas, porque va á que- 



POR E. PARDO BAZAN 



255 



darse débilísima, y la suma debilidad nonos 
conviene tampoco. En fin, esto correrá de cuen- 
ta de D. Pelayo Moragas... Y V. no se aco- 
quine. Yo soy padre también... Desgracia y 
muy grande considero el tener hijas en un mun- 
do tan ignorante , que está sobre poco más ó 
menos á la altura de los tiempos en que Areteo 
de Capadocia diagnosticó por primera vez el 
mal que padece esta señorita, y que suele lla- 
marse histeria. El injusto mundo, Sr. D. Beni- 
cio, hace á las doncellas responsables de este 
mal... cuando este mal es precisamente un cer- 
tificado público de vida honesta y de pureza 
incólume, pues las mujeres que se entregan á 
desarreglos como el varón, apenas conocen tan 
terrible padecimiento. — ¡Ah! — añadió el facul- 
tativo.— Por si acaso .. las sanguijuelas que las 
estrujen, para que suelten lo que chuparon y 
puedan volver á servir.,, 

Feíta se encargó de operación tan cruenta, 
y sus finos deditos estiraron el monstruoso 
cuerpo de las sanguijuelas llenas como odres. 
Echólas luego en agua clara á fin de que se 
avivasen y volviesen á sentir sed de sangre 
humana... Y como la enferma necesitaba repo- 
so, yo cerré las maderas y me instalé en una 
sillita baja, velando su calenturiento sueño. 
Estaba á obscuras la habitación, silenciosa é 
impregnada de olores farmacéuticos; y... i no 
ocultaré mi flojedad! reclinando la cabeza so- 
bre la durísima esquina de la mesa de no- 
che... me quedé dormido como una marmota. 
Era que indudablemente los disgustos, los sus- 



256 



DOÑA MILAGROS 



tos, las impresiones fuertes, las emociones, 
me habían rendido... Lo cierto es que me amo- 
dorré. Y cuando llevaba de siesta... no sé 
cuánto, tal vez un cuarto de hora, el ruido de 
una respiración agitada me despertó... No era 
de la enferma, sino otra que yo conocía bien, 
que había comparado mil veces al aleteo de la 
asustada paloma... Sí: allí estaba doña Mila- 
gros. 

Me pareció su presencia cosa natural. En el 
momento de trasposición del sueño á la vigilia, 
ningún hecho nos sorprende: conservamos la 
credulidad del durmiente, que vuela sin alas, y 
en realidad, dentro del modo de ser de doña 
Milagros , no tenía nada de admirable el que 
se me presentara olvidando mis desprecios. 
Por otra parte, apenas tuve tiempo de refle- 
xionar, porque la comandanta, poniendo un 
dedo sobre los labios, me hizo expresiva seña 
de que no debíamos hablar allí; después, con 
el mismo dedito , apuntó á la puerta, indicando 
que tenía que decirme algo de suma impor- 
tancia. 

Me levanté y de puntillas la seguí á la ga- 
lería, que comunicaba con la sala y también 
con los dormitorios. Al salir á la luz cruda del 
50I, reverberada por el mar y que caía á to- 
rrentes en el cierre de cristales , me impre- 
sionó advertir el cambio del rostro de la se- 
ñora. La expresión de malicia infantil é inge- 
nua , de bondad humorística y alegre franque- 
za derramada por sus facciones y rebosante de 
su boca y sus ojos, había desaparecido, siendo 



POR E. PARDO BAZÁN 



257 



sustituida por una mezcla de angustia indeci- 
ble y morboso abatimiento; sus párpados esta- 
ban hinchados , contraída su boca, y se veía 
que reprimía á duras penas las lágrimas que 
querían saltársele. Parecía como si de pronto 
la hubiesen echado encima diez años; entre el 
negro pelo, dos ó tres canas, en que yo no ha- 
bía reparado nunca, brillando al sol, aumenta- 
ron aquella impresión de madurez triste y do- 
lorosa, de mujer sola y sin afecciones que la 
consuelen de la edad. Mi corazón se hizo pa- 
pilla, se liquidó.... aun antes de que ella excla- 
mase: 

— ¡Ay D. Benisio! Tenga compasión de esta 
infelis... No puedo má; se me acaba la cuerda. 
En mi vía, desde la muerte de mi madre, re- 
cuerdo pena como la presente. 

— ¿Qué le sucede á V., señora? — respondí es- 
forzándome en conservar la dignidad de quien 
está cargado de razón. 

—Me suseden varias cosas y toas muy gor- 
das, muy gordísima; pero en particular me 
susede que no me acostumbro á vivir sin ver á 
las gemeliyas y sin cuidarlas y sin besarlas. 
Como cada hijo de vesino tiene su cacho de dig- 
nidá, y no es una de palo ni de corcho, ni está 
acostumbrá á que la digan atrosidaes... yo... á 
la fuersa... en los primeros momentos... hise ju- 
ramento solemne que ni volvería á pisá su casa 
de usté, ni á crusarle saludo. Porque mire 
usté que le he cogió yo ley á esta casa desde 
que les trato, y mire usté que en ella he recibió 
bofetás y coses en el arma... Pero soy de esta 
Adán y Eva 17 



258 



DOÑA MILAGROS 



hechura y no de otra : soy de la condisión de 
la hiedra, que se arrima y se agarra y se abra- 
sa, y no se pué apartar ya del árbol sin secar- 
se... Es una condisión mala, detestable, y daría 
argo porque me fabricasen un corasón de metal 
muy nuevesito y muy relusiente, que fuese á 
modo de reló, ¿comprende usté? de esos que se 
les da cuerda, y ya están en marcha para un 
año, sin discrepar ni un segundo... Eso me hace 
á mí farta; el relojiyo, y no esta porquería de 
corasón de manteca, que se le sale el cariño 
por toós laos como harina por criba rota. Me 
vasté á desir por qué regla de tres estoy yo 
aguantando en esta casa desaires de cá cual; 
groserías de su mujé de usté (que en pas des- 
canse) getas torsías de su hija Tula, imperti- 
nensias de los criaos, y hasta de usté— de usté, 
santo varón — el chafo y el sonrojo de la Era 
cristiana. Yo tengo, grasia á Dió, con que vi- 
vir; en mi chosa no debía echar ná de menos; 
mi marío, á su móo , me complase y me trata 
bien; sólo me farta, como dijo el otro, sarna que 
rascá... y mire usté por dónde diantre se me 
pone en el periquito del condenao corasón pren- 
darme de ustés, pero sobre tóo de las dos reina 
gitana... Y aquí estoy en disposisión de tra- 
garme las injurias y hasta de dar grasia por 
eya, con tal de que me consienta usté tener en 
brasos á los dos cachos de sielo. No crea usté: 
yo misma me río de mí misma, señó don Beni- 
sio. Si conosco mi tontera; si la conosco. Que 
esa niña ni son mía ni cosa que lo valga; que 
no me deben ná, ni yo á eyas, ni á usté, ni ese 



POR E. PARDO BAZÁN 



2 59 



es el camino... Corriente, entera. ¿Y qué le 
hago si me voy tras ellas lo propio que si me 
hubiesen salió de la entraña? ¿Qué le hago, si 
desde que me las privan no encuentro gusto 
para ná? ¿Y si me consumo y me acabo? ¿Qué 
hago, á ver, dígamelo usté? 

Me quedé perplejo. La no fingida aflicción de 
la señora, su desmejoramiento, la elocuencia 
desordenada con que expresaba aquel extraño 
amor maternal electivo por mis últimos reto- 
ños, me conmovían profundamente; pero 
creíame en el deber de resistir á tal emoción, 
y de llevar adelante mis propósitos de desvío y 
ruptura. 

—Me aflige V., doña Milagros— murmuré— 
y me aflige V. en momentos bien tristes de su- 
yo, porque no debe V. de ignorar que la pobre 
Argos por poco se nos muere, y aún quién 
sabe lo que será de ella. Tengo demasiadas 
penas, doña Milagros, créame V., y no venga 
á doblarme la carga pidiendo imposibles. No 
me obligue á dar razones de mi determina- 
ción, porque tampoco me agrada que V. pueda 
decir que la trato mal. Por Dios, no me agobie; 
comprenda que no podemos ser amigos como 
antes... y retírese, se lo ruego. 

—¿Retirarme?— exclamó ella briosamente, con 
cierto gracioso desgarro chulesco muy en ar- 
monía con su tipo físico— No en mis días, hasta 
que usté se entere; porque está usté en Belén, 
hijo, en Belén, á consecuensia de haser caso 
de cuentos, enreos y chisme... Si en ves de 
creer á esos despellejaores viene usté á mi 



26o 



DOÑA MILAGROS 



y me pregunta ¿Milagro, qué hay de esto y de 
lo otro? ¡mejor para usté y retemejor para mí! 
Pero usté se traga las bolas, se enfurruña, me 
echa con cajas destemplás... y aquí se ha en- 
redao una madeja que el desenredarla va á 
costá sudore. 

—Si no se explica V. más... — exclamé á mi 
vez. 

—Allá voy... ¿No se trata de Vísente? 

Bajé los ojos y sentí que me encendía de ver- 
güenza al oír aquel nombre que tantas vueltas 
venía dando en mi perturbada imaginación. 

—De Vísente... no tuersa usté la geta, ¡mala 
persona!; de mi cortejo... ¿No dise usté que ese 
es mi cortejo? Vamo, dígamelo usté en mi cara, 
en mi misma cara... sin empacho. Pensarlo 
habrá sío lo feo; que desirlo... 

— Doña Milagros... ¡por lo que más quiera! 
—murmuré.— Me está V. dando un rato muy 
cruel... y no lo necesito; crea V. que me bastan 
los disgustos de puertas adentro. 

— No, no se sofoque usté, abaniqúese, re- 
frésquese... y á los demás, ¡que no parta un 
rayo! — prorrumpió la comandanta.— ¿Se cree 
usté que es el único á tragar quina? Pues toos 
tenemo nuestra alma en el almario... Pa no 
cansar, ¡porque está usté como un chiquiyo, 
Neira!, hasta el otro día que usté me dió 
aquel bofetón, yo mardito si pensé que á ningún 
alma negra se le podía pasá por la cabesa cri- 
ticarme con el criao... Bajo más afligía que la 
noche; y en cuanto veo á Tomás, me encaro 
con él y le digo que Vísente se tiene que ir 



POR E. PARDO BAZÁN 



de mi casa; que se ha hecho muy insolentón y 
muy holgasán, y que no me* conviene ni chis- 
pa... 

—¿Eso es verdad?— grité con un gozo tal, que 
me temblaban las manos y el cuerpo todo. 

—No, que e mentira— contestó remedándome. 

—¿Y... ya se ha ido? — añadí, con la sonrisa 
que deben de tener los bienaventurados en el 
cielo. 

—¡Irse! Ahí está el hueso, el hueso malo de 
roer... No le da la gana al señorito, y Tomás 
es tan lerdo, que por má que le digo no acaba 
de plántale... Tendré que cantar claro. Y can- 
to. ¡No que no! Mal me conoce ese chaval si 
piensa que no he de ser á la postre franca con 
mi marío. Y á serlo con él, voy á serlo también 
con usté. Los despellejaores tenían media ra- 
són. Vísente se ha atrevió ¡el muy naranjo! á 
desirme que no se larga porque no puede viví 
sino á mi vera; que con eso se contenta ; que 
nunca ha soiisitao más... pero que si le quitan 
eso sin motivo arguno, la menor determinasión 
será pegar fuego á la casa : y de que arda y 
ardamos todos... verá lo que hase después. 

Mi júbilo era tal , que me decidí á tomar una 
mano de la señora , y á pasarla por mis húme- 
dos ojos. 

—¿Ve V.?— tartamudeaba. — ¿ Ve V. como 
era cierto? ¿Ve V. como ese tunante la estaba 
á V. poniendo en ridículo? ¿Ve V. como?... 

—¿Ve usté como yo la he tenido á usté por 
una sirvergüensa? 

—No, eso no, doña Milagros; por Dios, no 



2 62 



DOÑA MILAGROS 



me diga V. eso, porque me mata-.. Perdón; se 
lo pido de rodillas si quiere... ¡ Si V. supiese 
el daño que me hacía pensar mal de V. ! Soy 
un necio, soy un malvado; pero perdóneme... 
¡Diga que me perdona! Ahora mismo va V. á 
tener á las gemelitas todo el día en brazos... 
A ver, ama, Constanza, Feíta... que traigan á 
las pequeñas... ¡ Si viese V. qué monas están! 
—proseguí, como si la señora no las hubiese 
visto en un año. 

—Bien; pero ¿y el conflicto del bruto ese, 
que quiere quemá la casa?— murmuró ella por 
lo bajo, antes de que entrasen las niñas. 

— i Bah ! j Quemar ! j Fanfarronadas . . . bar- 
baridades para asustarla á V. é imponérsele! 
i Con la escoba le barre V.... y al día siguiente, 
á ver si hay en Marineda quien no hable de V. 
con el sombrero quitado ! 



XVII 



A la salida de uno de los sermones cuaresma- 
les en San Efrén, Zoé Martínez Orante , cru- 
zando sobre el púdico seno las puntas del man- 
to de granadina, rojo ya por el uso, le susurró 
á Regaladita Sanz (que iba como siempre muy 
atildada y peripuesta, de gabán de terciopelo 
negro y velo-toquilla bien prendido con agu- 
jones de azabache), la siguiente estupenda 
noticia: 

—Se va el Padre Incienso. 

La sorpresa de Regaladita fué tal, que á po- 
co se la cae de las manos el Ancora de Salva- 
ción y el paraguas de bonito puño cincelado. 

— ¡Ay! ¡Virgen María! ¡Qué me dice V.! 
¡Pero si enMarineda nadie sabe nada! 

Una sonrisa de Zoé — sonrisa orgullosa que 
inmediatamente veló la humildad — pareció de- 
cir con significativa ironía: 

—Necia, ¿no había de ser yo la primera á sa- 
berlo? 

— ¡Ay, Virgen! — repetía entre tanto Regala- 
dita.— ¡Si me deja V. con un palmo de boca! 
¿Es cosa resuelta... segura? 



264 



DOÑA MILAGROS 



Nueva sonrisita ambigua y desdeñosa de la 
Orante, que gozaba, un placer divino al asom- 
brar á la pulcra devota de los salones, siem- 
pre atrasada de noticias y siempre pronta á 
pasmarse por todo, como una simplainaque era. 

—Ya, ya; cuando V. lo dice... — murmuró 
Regaladita— sabido lo tendrá. ¿Y... eso... es... 
por...? 

— Claro que es por esa picara, Dios me per- 
done—refunfuñó la bien informada, arrugan- 
do el gesto como si la obligasen á beber una 
copa de vinagre de yema. 

—¡Pobrecit a! — suspiró tiernamente la Sanz, 
en quien solian encontrar dulce indulgencia 
las flaquezas amorosas. 

—¡Sí, si, compadézcala V.! —respondió con 
bilis la del manto rojizo. 

—Como ha estado tan mala, y todavía ni sale 
de casa ni levanta cabeza... 

— ¡Ay hija, qué bondad la de Vil Maula ha- 
brá sido, para que la visitase el Padre después 
del sofión y las despachaderas que la dió la úl- 
tima tarde que vino á intentar confesarse con 
él. Demasiado lo oyó V. y lo oímos todas, 
cuando la dijo con aquella voz... aquella voz 
suya... ¡ ya sabe V.! ¡la voz de cuando se enfada 
de veras! ¡que había dejado de ser su confesor 
y que ya no tenían nada que hablar, ni á qué 
cruzar palabra ! A mí nadie me quita de la ca- 
beza que al día siguiente fingió ella la enfer- 
medad para que se ablandase el Padre. 

— ¡Ay, Corazón de Jesús! No diga V. eso, 
Zoé, que hasta es pecado... Mire V. que yo sé 



POR E. PARDO BAZÁN 



265 



por la planchadora de la marquesa de Venia- 
les,— que la asiste precisamente Napelo, el 
mismo que vió á la chica por no encontrarse en 
el pueblo Moragas, — que la dieron un horror 
de sangrías y la aplicaron una infinidad de san- 
guijuelas... Se puso á morir, con un insulto 
gravísimo. 

—Mire V., estoy por decir que más valdría!... 
siempre que la cogiese en buena disposición. 

—Vamos, hija... eso es fuertecito. Hay que 
tener caridad. Todos somos pecadores... aun- 
que no tanto, no tanto; digo , al menos yo. 

—Ello es que el Padre se nos va — insistió la 
Orante con acento agorero y fúnebre — por 
causa de esa mocosa perversa... 

—Sí, es lástima que nos quedemos sin el Pa- 
dre; no nos vamos á acostumbrar, pero... ¿qué 
se ha de hacer, Zoé? Los Padres Jesuítas, ya 
sabe V. que siempre andan así, de un lado para 
otro... Es su instituto. Siento que nos le quiten, 
porque vale muchísimo el Padre. Qué cosas tan 
poéticas dijo hoy de la gracia, comparándola 
á... fuente límpida, ¿de qué?... 

—De cristalinas linfas celestiales... Otro así 
no vuelve por acá, Regaladita. Le digo á V. 
que no. ¡Si no incurre en la... en la debilidad de 
confesar polluelas ! 

—¿Y qué va á suceder si se entera de la mar- 
cha del Padre la convaleciente? Hay que en- 
cargar que no se lo digan... 

—¡Al contrario!— bufó la Orante con saña.— 
¡Que comprenda la desgracia que ha causado 
por -casquivana y loca! 



266 



DOÑA MILAGROS 



Cuando llegó á mis oídos que se ausentaba el 
Jesuíta, me impresionó más aún que á la indig- 
nada Zoé. ¡Noticia humillante! La retirada del 
buen religioso se debía exclusivamente á mi 
falta de energía para reprimir las insensateces 
de Argos. El Padre no podía hacer otra cosa 
sino apelar á la fuga. Su política tenía necesa- 
riamente que ser la del poeta monje: 

"Si prendiere la capa 
huye ; que sólo aquel que huye escapa. „ 

Huir, no ya de la tentación, de antemano 
vencida, sino del escándalo, de la calumnia y 
de. la mofa, es lo único que le restaba á aquel 
varón prudente y sabio,— en vista de que mi 
autoridad paterna era vano nombre. — i Qué 
mengua ! j Qué idea tan triste llevaría el sacer- 
dote de mí ! ¿Y qué iba á ser de mi pobre hija? 
Dios sabe á qué extremos la arrastraría su fu- 
nesta obcecación. Dios sabe si la amenazaba 
una recaída mortal. 

Convaleciente, muy débil aún, Argos empe- 
zaba á levantarse y á andar un poco por la 
casa, apoyada en el brazo de alguna de sus 
hermanas ó en el mío. A su edad la naturaleza 
repone pronto lo gastado; pero Argos había 
perdido tanta sangre , que su mate palidez se 
transformaba en amarillez transparente de 
cera. En cambio sus ojos magníficos lucían 
como nunca, y el sufrimiento y la demacración 
aumentaban el carácter expresivo de su fisono- 
mía. Lo que empecé á notar con asombro, al 
poco tiempo, fué su cambio moral. Con la s'an- 



POR E. PARDO BAZÁN 



267 



gre sustraída , parecía haberla sacado también 
la lanceta del médico parte del alma, el punto 
donde radicaban sus antiguas manías y deli- 
rios. La lanceta y los viboreznos chupones, 
habían sorbido las calenturas místicas y ro- 
mánticas de Argos. Ni hablaba de ir á la igle- 
sia, ni intentaba practicar devociones, ni velar, 
ni ayunar , ni enfrascarse en lecturas espiri- 
tuales , ni dar una puntada en el manto de San 
José: ni siquiera notó que pasaban domingos y 
días de fiesta y que no asistía á la misa de pre- 
cepto. No cabía duda: una crisis profunda mo- 
dificaba su ser. Hasta llegué á persuadirme de 
que había perdido la memoria de sus sentimien- 
tos anteriores. 

Una tarde, á la hora reglamentaria de las vi- 
sitas en Marineda, se nos presentó en casa Re- 
galadita Sanz, de veinticinco alfileres, alegan- 
do como pretexto que deseaba ver á Argos y 
felicitarla por el restablecimiento de su salud. 
Sin embargo, no tardé en comprender que á lo 
que venía la devota era á dar la noticia de la 
marcha del Padre : y lo hizo con remilgos de 
gata casera y mimosa, y con suavidades de en- 
fermera de amor y casamentera asidua, acos- 
tumbrada á tocar sin irritarlas las llagas de los 
corazones. Pero ¡oh chasco! ¡oh curiosidad de- 
fraudada! Al oir el nombre del Padre Incienso, 
mi hija ni pestañeó; y al escuchar que partía de 
Marineda tal vez para siempre, y que acaso 
le destinasen á las misiones del Asia, la única 
señal de pena que dió , fueron estas palabras 
cuerdas , naturales y sencillas i 



DOÑA MILAGROS 



— i Ay! ¡Qué contrariedad tan grande! ¡ Lo que 
lo va á sentir Zoé! ¡Y Paciencita Borreguero, 
que dice que sólo el Padre la entendía! ¡Yo lo 
siento también mucho, mucho! Dígaselo V., 
papá, si le ve antes que se vaya. 

Ni una silaba más, ni sombra de alteración en 
el hermoso y descolorido semblante. Entonces 
fué cuando me convencí de que mi hija había 
perdido el hilo de lo pasado. Es imposible fingir 
así, y ya sabíamos que Argos no descollaba en 
el disimulo ni en el arte de reprimir sus fogo- 
sas sensaciones. No era , no, fingimiento; era 
que las sanguijuelas, con sus bocas de ventosa 
viva , la habían extraído de las venas el maldi- 
to, el reprobado, el insensato amor. La negra 
sangre que los dedos de Feíta hicieron escurrir 
de los abotagados cuerpos de aquellos bichos 
asquerosos, era ni más ni menos que la nefanda 
pasión de su infeliz hermana. No en balde suele 
decirse, cuando un afecto nos subyuga, que 
lo llevamos en la masa de la sangre. ¡Bendi- 
tas sanguijuelas! Sentí habérselas restituido al 
pintorcejo, á quien desde entonces solía encon 
trarme muy á menudo en la antesala ó en la 
escalera, y á quien siempre saludaba con sim- 
patía y gratitud. 

Entre tanto el Padre Incienso dejaba á Mari- 
neda y se iba lejos, muy lejos, tal vez con la 
perspectiva de convertir salvajes en remotas 
comarcas, de clima insalubre, países donde los 
pantanos derraman en el aire la fiebre y el sol 
abrasa las carnes del misionero; huía expiando 
faltas que no había cometido, evitando peligros 



POR E. PARDO BAZÁN 



269 



que no existían ya, males que la sabia natura- 
leza había conjurado y desvanecido con su 
hálito puro. No de otra suerte, ganada ya la 
batalla, el soldado que no oyó el toque de alto 
el fuego sigue batiéndose hasta morir. 

Por momentos, Argos se restablecía física- 
mente también, y ¡oh vista deliciosa para mis pa- 
ternales ojos!, renacía en ella la natural afición 
de las muchachas á acicalarse y componerse. 
Empezó por demostrar vivo deseo de sustituir 
con ropa más propia de su edad y estado el in- 
forme y feo sayo del hábito del Carmen; y como 
las demás niñas creían llegada la ocasión de cam - 
biar el luto riguroso por el medio alivio, la casa 
se convirtió en taller de modista, y todas prepa- 
raron galas para salir los días de Semana Santa 
á los Oficios y á la visita de Estaciones. Doña 
Milagros nos transmitió el convite de la Genera- 
la, comisionada por la Hermana mayor de la Co- 
fradía á fin organizar la procesión de la Sole- 
dad, para que mis hijas fuesen alumbrando; y 
con tal motivo, la generosa andaluza sacó á 
relucir una completa colección de mantillas de 
blonda y casco y regaló una á Tula, otra á 
María Rosa, y la mejor, que era larguísima, á 
la convaleciente. En vano quise oponerme á tal 
rasgo de munificencia: me desarmó la alegría 
de las muchachas, que no cesaban de probar y 
volver á probar el suntuoso regalo ante el espe- 
jo. Clara fué la única que, con su buen sentido 
práctico acostumbrado, exigió que no la hicié- 
semos traje , puesto que en Mayo, á más tardar, 
empezaría su noviciado en las Benedictinas. 



270 



DOÑA MILAGROS 



Cuando el enjambre juvenil se echó á la calle 
á visitar iglesias, luciendo los trajes majos , de 
seda negra arrasada, profusamente adornados 
con cintas, y las mantillas sujetas con unos al- 
fileres de piedras antiguas que habían pertene- 
cido á millduara, produjo sensación.— Halague- 
ños murmullos de los hombres apostados á la 
puerta de San Efrén , donde se celebraban los 
Oficios, saludaron el paso de la gentil cohorte. 
Un grupo donde se destacaban Baltasar So- 
brado, el Abad, Primo Cova, el Jefe de Estado 
mayor, el Gobernador civil y el hijo de la mar- 
quesa de Veniales, exageró las demostraciones 
de entusiasmo al paso de las muchachas. A la 
luz del sol, no cabía duda, el triunfo era para 
Rosa. La frescura deslumbradora de su tez, la 
gallardía de su talle, la plenitud esbelta de sus 
formas, la alegría de su cara, el carmín de su 
boca, la graciosa disposición de su pelo castaño 
y rizo, el donaire de su andar, hacían de ella una 
hermosura indiscutible. Parecía efectivamente 
una rosa sembrada de rocío, ó, por mejor decir, 
era la primavera misma que pasaba dejando un 
rastro de aromas, armonía y luz.— Pero aquella 
noche, en la procesión de la Soledad, tomó su 
desquite Argos divina. 

Ya he dicho que tal vez el síntoma más claro 
del restablecimiento moral de mi hija, era la 
reaparición del instinto de agradar, que casi 
todos los seres animados sienten en el período 
de los amores, y que en la mujer ha sido des- 
arrollado y reforzado por la educación desde la 
cuna. Argos había vuelto á mirarse al espejo; 



POR E. PARDO BAZAN 



271 



Argos ya consagraba largas horas á la mag- 
na tarea de desenredar, limpiar y atusar su 
cabellera; pesada y abundosa y al escoger el 
atavío con que debía presentarse en público, 
demostró un interés que me parecería increí- 
ble dos meses antes. Asociada con Rosa, con- 
sultó figurines, examinó patrones, revolvió 
muestrarios de flecos y adornos , y al fin se de- 
cidió, eligiendo, con el gusto delicado y artísti- 
co que solía probar cuando se fijaba en cues- 
tiones de modas, una forma sencilla, lisa, rasa, 
—hechura princesa, según dijeron. 

La noche del Viernes Santo , poco antes de 
la hora en que debían reunirse en la sacristía 
de San Efrén para formar luego el séquito de 
la Virgen, mis hijas mayores , ayudadas por la 
solícita comandanta y por las menores, que no 
cesaban de admirar los estrenos, daban la últi- 
ma mano á su tocado y se contemplaban por 
turno en el espejo que coronaba la consola, so- 
bre la cual habían encendido las bujías de dos 
candelabros. Dijérase que se preparaban para 
un baile, cuando realmente iban á acompañar 
en su soledad á la Madre del dolor. Lucían los 
vestidos de seda, y en su cabeza y sobre sus 
hombros, la clásica mantilla derramaba negras 
espumas. A todos nos pareció que Rosa esta- 
ba, si cabe, más linda que por la mañana; á 
Argos, en cambio, la encontramos demasiado 
pálida, y con los ojos tan excesivamente gran- 
des, que se le comían la cara al alumbrarla co- 
mo diamantes obscuros. Así que se abrocharon 
los guantes, se enroscaron el rosario en la mu- 



272 



DOÑA MILAGROS 



ñeca, y deslizaron entre la blonda, al lado iz- 
quierdo, un ramito chico de violetas tardías, 
se puso en marcha el escuadrón, capitaneado 
por doña Milagros, también vestida lujosamen- 
te, de un brochado "que se tenía de pie„. 

Los que quedábamos en casa apagamos to- 
das las luces, echamos la llave, nos bajamos al 
piso de doña Milagros, y ocupamos inmediata- 
mente las ventanas, á fin de que pasase la pro- 
cesión sin que la viésemos. — Porque á diferen- 
cia de las demás procesiones, que se anuncian 
con estruendo sonoro de músicas militares, re- 
dobles de tambor y choque de herrados cascos 
de caballos sobre las anchas losas del pavi- 
mento, ésta de la Soledad va tan muda, en si- 
lencio tan profundo , que el pueblo la ha bau 
tizado con el expresivo nombre de procesión 
de los calladitos. Diríase que un tierno respeto 
á la desolación y al abandono de la Virgen, un 
recelo de turbar su triste ensimismamiento, 
han presidido á la idea de esta procesión bella 
y singular, que es— á su manera— obra de arte. 

Abrimos las vidrieras. Tibio céfiro de Abril 
abanicaba dulcemente las cortinas: la noche 
había cerrado por completo: en el cielo despeja- 
do y alto, las estrellas titilaban. La gente 
se agolpaba ya en la plaza, y en la bocacalle 
más próxima, la del Canal, se arremolinaba un 
grupo de hombres, figuras conocidas— el ele- 
mento joven y galán de la población. — Era la 
presencia de este grupo señal infalible de que 
la procesión se aproximaba, pues los caballere- 
es que lo componían se las ingeniaban siempre 



POR E. PARDO BAZAN 



273 



para situarse en las bocacalles, esperando el 
desfile délas devotas que alumbran á la Virgen, 
con objeto de decirlas al oído, ó como se pudie- 
se, todo lo que sugiere á un español, en noche 
de primavera, la vista de mujeres jóvenes, bien 
parecidas, graves, serias, de negro, con man- 
tilla y un cirio en la mano. 

La procesión, formada en la iglesia de San 
Efrén y habiendo dado la vuelta á \q, Capitanía 
general, bajaba ya la cuesta del Marisco, y un 
susurro de la gente mirona anunciaba que se la 
sentía venir, que llegaba. En efecto, no tarda- 
mos en divisar las movedizas líneas paralelas 
de las luces de los cirios. La doble hilera de mu- 
jeres — porque en la procesión de la Soledad no 
alumbra ningún hombre — avanzaba despacio, 
solemnemente , con acompasado y rítmico an- 
dar. Venían las primeras las hermanas de las 
cofradías de los Dolores , la Soledad y la Or- 
den Tercera: gente humilde y artesana, llena 
de fe, vestida de hábito ó de lana gruesa, con 
el escapulario muy á la vista, descollando so- 
bre la espalda y el pecho. A estas devotas — 
entre las cuales se contaban muchas encorva- 
das vejezuelas, muchas mozas de rostro feo y 
vulgar — los grupos de las bocacalles nada las 
decían, ó las despachaban con burletas irónicas 
y mordaces, con ronquidos de fingida codi- 
cia voluptuosa. — El tiroteo empezaba al pri- 
mer traje de seda, á la primer mantilla gar- 
bosamente prendida y llevada. Estas se habían 
replegado á retaguardia, muy cerca de la Vir- 
gen y alrededor de la Generala, que presidía 
Adán y Eva 16 



274 



DOÑA MILAGROS 



la procesión; y eran todas ó casi todas las se- 
ñoras de algún viso de Marineda, las que no 
tenían el marido republicano intransigente y 
poseían un pingo de gró y un rebozo de encaje. 
Fantástica impresión producía el verlas avan- 
zar sosteniendo el cirio con la mano enguan- 
tada, y divisar los rostros iluminados por aque- 
lla luz intermitente , que arrancaba á veces un 
destello al broche de diamantes con que se su- 
jetaba la mantilla ó descubría de improviso la 
blancura de una garganta, el rosicler de una 
boca, el coquetón y estrecho calzado que apri- 
sionaba un pie diminuto. 

Ya, á lo lejos, erguida en el aire, oscilando 
ligeramente,— no más de lo preciso para dar á 
su misteriosa figura apariencia de vida real,— 
se divisaba la venerada efigie, la Virgen del 
Dolor. Luengos lutos negros, arrastrando y 
rebosando de las andas , envolvían á la Madre 
de Cristo. Una sola espada, aguda y reluciente, 
se hincaba en su afligido corazón. Sobre el pe- 
cho se cruzaban sus manos delicadas y amari- 
llas, como reprimiendo la ola de lágrimas que 
quería desbordarse. Era conmovedora aquella 
imagen pobremente vestida, sin adornos, sin 
bordados, sin joyas, sin más que dos gotas de 
llanto que al desprenderse de los ojos brillaban 
sobre la surcada mejilla. El silencio absoluto 
hacía más extraña la aparición, más temerosa la 
doble fila de enlutadas mujeres por cima las cua- 
les se cernía otra mujer, llorando, con el cora- 
zón partido. Sin duda el efecto de la procesión 
consistía en que mientras las mujeres vivas, por 



POR E. PARDO BAZÁN 



275 



su mutismo y su compostura, parecían imáge- 
nes, la imagen, vestida como las que la escolta- 
ban, parecía mujer de carne y hueso. 

Baboso á fuer de papá, lo que yo miraba de 
la procesión eran mis hijas. Al fin las divisé :,me 
las anunció un rumor de la muchedumbre , un 
anhelante y tempestuoso arrechucho de los 
hombres apostados en las bocacalles. Creí al 
pronto que la marejada la causaba Rosa, que 
en verdad venía hermosísima, con su traje de 
seda de volantitos , su corpiño de terciopelo ne- 
gro, y su mantilla de casco, de terciopelo picado 
también. Poco tardé en notar que á quien acla- 
maban, digámoslo así, no era á Rosa, sino á 
Argos que la seguía. Yo mismo no pude repri- 
mir una exclamación de sorpresa. Argos era la 
viva reproducción, la copia fiel, pero animada, 
pestañeando, de la efigie de la Soledad. 

Con su traje liso; cubierta la cabeza por la 
mantilla larguísima, casi sin prender y que des- 
cendía hasta el borde de la falda de cola; blanca 
como el cirio que empuñaba, y con los incompa- 
rables ojos, no bajos, sitio alzados hacia la Vir- 
gen, Argos tenía en su belleza ese tinte sobre- 
humano que da la expresión, y que es resplan- 
dor del alma, triunfadora del color, de las líneas, 
del elemento plástico en suma. Siempre había- 
mos advertido en Argos notable semejanza con 
las esculturas religiosas; pero en aquel momen- 
to, envuelta en la blonda pesada y castiza que 
sobre sus hombros y alrededor de su talle for- 
maba estatuarios pliegues, con la diadema de 
sombra del cabello que encuadraba su rostro 



276 



DONA MILAGROS 



afinado por la anemia, dificulto que pudiese ar- 
tista alguno encontrar modelo más admirable 
para una de esas caras en que el transporte 
místico sublima la humana aflicción. En el tea- 
tro, representando un drama, con aquella acti- 
tud y aquel rostro , Argos hubiese arrebatado 
á los espectadores ; en la procesión arrebataba 
á la gente, no sólo á los grupos de señoritos, 
sino á la muchedumbre, al pueblo apiñado para 
verla, y que la saludaba con frases de entusias- 
mo , con requiebros en alta voz , francos , bru- 
tales. 

—¡Ahí vá lo bueno! 

—Nunca Dios me diera, ¡qué señorita! 

—¡Qué cara de cera! 

— ¡Parece propiamente la Virgen! 

— ¡Vaya unos ojos! Alumbran más ellos que 
las velas de esas beatonas mandilonas. 

—¡Esta sí que es moza, esta sí! 

— Hay que rezarle— exclamaba un marinero. 

— Podía ir en las andas figurando á Nuestra 
Señora— recalcaba una cigarrera. 

Bajo este diluvio de piropos, Argos camina- 
ba indiferente al parecer. Se podría jurar que 
no escuchaba. Y sin embargo, no perdía un 
acento, ni una sílaba. Bebía calladamente la 
admiración, y su alma se impregnaba de ella 
como se impregna la piel de un perfume insi- 
dioso y grato. Al llegar á casa, antes de quitar- 
se la mantilla, volvió á mirarse al espejo; se 
contempló mucho tiempo, un cuarto de hora, 
reprimiendo la sonrisa que intentaba asomar... 

Al otro día, Sábado de Gloria, aún no bien 



POR E. PARDO BAZÁN 



277 



se echaron á vuelo las campanas, la que yo te- 
mía ver sepultada otra vez en delirios mis- 
ticos corrió al piano, levantó impetuosamen- 
te la tapa, hizo vibrar el teclado con acordes 
lánguidos y melodiosos, y soltando su voz de 
contralto, timbrada por la pasión, entonó la 
profanísima serenata de Gounod y Víctor Hu- 
go. ¡Cómo cantaba! ¡Qué manera de acentúar 
ciertos pasajes; qué fuego, qué arrullos! ¡Ale- 
luya! ¡La mujer ha resucitado!... ¿Será para 
bien? ¡Argos, Argos divina! Volcán en ignición, 
veleta siempre sacudida por desencadenados 
vientos... ¡Dios te tenga de su mano! 



XVIII 



¡Imborrable recuerdo el que me dejaste, pro- 
cesión de la Soledad! Y no sólo porque en ti 
resucitó mi María Ramona, sino porque señalas 
la fecha de acontecimientos graves y terribles. 

Aunque recobrada la fe en doña Milagros, no 
por eso dejaba de ver con extrañeza que la seño- 
ra no acababa de poner en la calle á Vicente. 
Si no supiese que con todo su almacén de peine- 
tas y moños y su gigantesca humanidad, el 
comandante era otro como yo,— otro marido de 
los que abdican y dejan que recaiga el mando 
en rueca,— á él acusaríapor lenidad tan inconce- 
bible. Dado que al Sr. de Llanes le excusaba su 
sumisión conyugal, la responsable era doña 
Milagros. ¿Cómo permitía que el asistente per- 
maneciese en su casa ni un minuto? 

— Mire usté, es una tontera— respondió ella 
cuando la interrogué sobre el caso al otro día 
de la procesión de la Soledad,— pero le he cogió 
unas miajas de respeto al charrán ese. Al de- 
sirle que se largue comiensa á hasé morisque- 



28o 



DOÑA MILAGROS 



tas y á poné ojos de loco... y, vamos, que yo., 
como lee uno en los periódicos, á cáa paso, ta- 
les atrosidaes... 

— Por Dios, doña Milagros... Parece mentira 
que una mujer como V. se acoquine! El ber- 
gante la ha metido á V. en un puño. . Nada, una 
buena resolución. Escoja V. un momento en que 
el Sr. de Llanes esté en casa... Yo estaré tam- 
bién, si V. quiere... No nos comerá á los dos... 
Si V. supiese lo que la urge limpiar la casa de 
ese pillo! 

Esta vez mis exhortaciones surtieron efecto. 
Aquella misma noche ,— se^ún dijo , — la señora 
significó á Vicente que había resuelto, por razo- 
nes poderosas, "plantarle en la del rey,,. Y ¡cosa 
singular!, el valenciano se oyó despedir silen- 
cioso, estoico; se contrajo su fisonomía; pero de' 
sus labios no salió, como otras veces, réplica 
ni objeción contra el inapelable fallo que lo 
expulsaba. Cierto que el comandante estaba 
presente y apoyaba la medida con toda su auto- 
ridad de jefe y de esposo. Retiróse el asistente 
cabizbajo, y se le oyó trastear en su cuartuco, 
arreglando ropa y rompiendo algunos papeles. 
La compañera — pues la comandanta tenía á su 
servicio una moza para íregar los pisos y 
atender á las labores domésticas cuando el 
asistente salía á recados —dijo después que Vi- 
cente había conservado encendida la luz hasta 
muy tarde, porque al levantarse ella, al punto 
del amanecer, la vió filtrarse por debajo de la 
puerta; y también añadió que, al regresar Vi- 
cente á la cocina después de despedirle sus 



POR E. PARDO BAZÁN 



amos, como le reclamase una palma que el Do- 
mingo de Ramos la había prometido, el solda- 
do respondió pocas y fatídicas palabras: 

—¡Ya regalaré palmas á todos, ya!... El Do- 
mingo de Ramos pasó; pero lo que es el Domin- 
go de Pascua, ha de ser señalado en Marineda. 

El Domingo de Pascua, Vicente salió de su 
cuarto á la hora de costumbre, y se dirigió ai des- 
pacho, llamémosle así, de D. Tomás, donde el 
comandante, — por despachar algo, - daba bue- 
na cuenta de los excelentes cigarros de contra- 
bando, obsequio de la Tomatera de Chipiona. 
Vicente arreglaba aquella pieza, sin permitir- 
se jamás tocar á los cajones de puros,— tenta- 
ción fuerte, sin embargo, para un español.— 
No sólo barría y limpiaba, sino que cuidaba las 
armas del comandante con esmero exquisito, 
haciendo relucir las hojas de los sables y los 
cañones de los revólveres y escopetas, porque 
D. Tomás, sin ser muy aficionado, ni menos 
inteligente, había adquirido , por rutina y por 
vanidad, algunos hermosos ejemplares de ar- 
mamento moderno, encargándolos á Inglaterra. 
Vicente permaneció en el despacho de D. To- 
más media hora escasa, y después se sentó en 
la cocina, abstraído, rehusando el desayuno. A 
las nueve empezó á dar indicios de agitación; 
giró como la fiera en la jaula, comenzó labores 
sin concluirlas, se mojó la cara con agua fres- 
ca, rompió dos ó tres platos, y mostró pueril 
enojo porque tenía que embetunar las botas 
del comandante. 

A las diez de la mañana, la fámula salió á la 



282 



DOÑA MILAGROS 



compra, y se echó á la calle D. Tomás, dejando 
á doña Milagros entregada á la faena de prepa- 
rarse para misa de once: á la salida de esta 
misa, donde concurre toda la high-life de Ma- 
rineda, la aguardaba su marido ante el pórtico 
de San Efrén charlando con vecinos y amigotes. 
—Parece que en el mismo instante en que la co- 
mandanta, después de haber desenredado su 
pelo crespo y negrísimo, alzaba los brazos 
para retorcer el moño, se abrió con estrépito 
la puerta de su gabinete, y penetró Vicente 
navaja en mano, con aspecto y ademanes de 
insensato furioso. La escena que sigue á esta 
entrada de Vicente merecería sin duda ser 
descrita y relatada: convendría saber,— pero 
saber sin omitir punto ni coma,— lo que ha- 
bló con su ama el mozo, y lo que ella, tré- 
mula de espanto, pudo responderle. Por des- 
gracia, jamás lo averiguaremos: nunca aquel 
diálogo tremendo en que una mujer defendía 
su honra y su virtud contra un hombre empe- 
ñado en profanarlas, será conocido de nadie. 
Las palabras volaron, disipándose en el am- 
biente del aposento que las oyó resonar: las 
violencias de la pasión se evaporaron como el 
agua de las salinas , que al bebería el sol deja 
en el fondo amargor inmenso..., y lo único que 
quedó en pie fueron los hechos, por otra parte 
bien elocuentes. 

Subía yo á mi piso , oída la misa de diez, con 
ánimo de activar los preparativos del tocado 
de mis hijas, parroquianas de la de once, cuan- 
do no sé si el cansancio de mis piernas ó un 



POR E. PARDO BAZÁN 



283 



impulso maquinal— el del cariño, que tal vez se 
reduce á una necesidad continua de aproxima- 
ción—me obligó á detenerme ante la puerta de 
doña Milagros. Y lo mismo fué pararme allí, que 
oir el estampido de un tiro, al cual siguió otro, 
y otro... ¡Horror! Toda la carga de un revólver, 
disparada seguidamente, con una especie de 
rabioso frenesí... Empujé la puerta, lo mismo 
que si pudiese abrirla; grité, bajé al portal, 
salí á la calle... Y en un decir Jesús, sin que yo 
advirtiese cómo, la gente que pasaba, la de las 
casas próximas, la de la mía, acudió, se juntó, 
se atropello, se agolpó en la escalera, se arre- 
molinó, rodeándome, queriendo saber lo que 
pasaba, cuando no lo sabía yo mismo... 

Entre tanto, seguía cerrada la puerta; de- 
trás de ella reinaba fúnebre silencio. A nues- 
tros campanillazos , á nuestros gritos , no con- 
testaba un soplo, ni el eco de unos pasos. Un 
agente propuso que se avisase al herrero ; pero 
Redondo el embadurnados el de las sanguijue- 
las, que según costumbre andaba por allí, tuvo 
una idea mucho más sencilla: traer la escalera 
que estaba en la portería, y ya encaramado 
en ella, romper de un puñetazo el vidrio de 
un ventanillo que daba luz al recibimiento, 
abriendo así entrada bien fácil, por donde se 
descolgó y pudo franquearnos la puerta. Nadie 
reparó en que cometíamos una infracción de 
la ley allanando una morada : todas las leyes 
del mundo infringiríamos entonces. 

Fui el primero que , frío de pavor, entró en la 
silenciosa vivienda. Guiado por el corazón, me 



284 



DOÑA MILAGROS 



precipité hacia el gabinete de doña Milagros, 
pieza que la servía á la vez de tocador y de 
cuarto de costura, y donde, con su graciosa fa- 
miliaridad habitual, me había hecho entrar mil 
veces. Era preciso pasar por la sala, y creí es- 
cuchar un gemido leve, apagado, que me dejó 
más yerto délo que estaba. Aparté las cortinas; 
la puerta vidriera encontrábase abierta... Vi en 
el suelo á la comandanta de O tumba. La veré 
siempre así. Yacía reclinada sobre el lado iz- 
quierdo: un reguero de sangre empapaba sus 
faldas y extendía vasta placa roja por su blanco 
peinador; el pelo suelto casi la cubría la cara; 
un brazo, replegándose hacia la cintura, seña- 
laba la actitud de oprimir la herida... 

Mientras yo me arrojaba á levantar en peso á 
doña Milagros, y con fuerzas que nunca creí 
poseer la llevaba á su alcoba y la tendía cuida- 
dosamente sobre la cama; mientras clamaba por 
" ¡ socorro, un médico ! „ , y me apresuraba á ba- 
ñar de agua las sienes y los pulsos de la herida 
señora, porque la sentía respirar; mientras per- 
día el poco seso que me restaba al ver correr la 
sangre y al humedecerme con ella las manos, la 
gente, que se había desparramado por las habi- 
taciones, exhalaba chillidos y exclamaciones de 
horror al encontrar atravesado en el despacho 
del comandante Llanes el cadáver de Vicente. 
La furibunda mano del suicida había agotado la 
carga del revólver; sin duda le temblaba el pul- 
so, pues algunas cápsulas agujerearon la pared, 
mientras dos penetraban por debajo de la barba 
y se alojaban en el cerebro. Refiriéronme esto 



POR E. PARDO BAZAN 



285 



después : yo tuve la suerte de no ver aquel es- 
pectáculo. 

Lo único que me preocupaba en tales momen- 
tos era la señora. ¿Lo he de confesar? Sí, porque 
ya sé que tú, lector, en el curso de esta historial 
habrás encontrado toda clase de defectos que 
ponerme... excepto el de duro é inhumano. — 
Pues bien; así que el Sr. de Napelo, llamado 
precipitadamente, hubo cortado el corsé, reco- 
nocido la herida y hecho la primera cura; así 
que doña Milagros abrió lánguidamente los 
ojos y nos sonrió como para tranquilizarnos; así 
que el médico declaró que la lesión, no sólo no 
era mortal, sino levísima y que cicatrizaría pron- 
to, gracias á la oportunidad de la navaja que res- 
baló sobre la ballena del corsé y tropezó des- 
pués en no sé cuál bienhechora costilla — lo que 
sentí fué, más que alivio y tranquilidad, alegría 
delirante, irracional, absurda; alegría que me 
hizo caer arrodillado al pie de la cama de la 
mártir, bendiciendo á Dios que formó el alma de 
la mujer de tan generoso y noble temple, que 
prefiere la muerte á la ignominia. Me sentía 
inundado, ahogado, sumergido en gratitud; que- 
ría besar los pies de la cama y la colcha; por- 
que nada agradecemos como la conservación 
de nuestras caras ilusiones , el que no nos piso- 
teen las flores que nos brotan dentro del alma; 
y si podemos perdonar, y perdonamos de hecho, 
al que nos roba dinero ó bienes, nunca perdo- 
namos al que nos quita nuestra propia estima- 
ción destrozándonos él ideal. Si doña Milagros 
hubiese sido la mujer liviana que pintaban las 



286 



DOÑA MILAGROS 



malas lenguas , yo no se lo hubiese perdonado 
nunca. Su virtud me halagaba tanto como po- 
dría halagarme una prueba de amor directa y 
vehemente: su virtud, ya heroica, ya adornada 
con las palmas del martirio, era la forma en 
que correspondía á mi amante veneración; era 
su manera de entregarse, de ofrecerme su cora- 
zón y su cuerpo. Ni ella ni yo habíamos creído 
jamás que pudiese unirnos un indigno lazo, su- 
brepticio, vergonzoso, impropio de mi edad, 
antipático á mis convicciones : ni ella ni yo — si 
se exceptúa un minuto de extravío del cual me 
acusé en el tribunal de la penitencia— habíamos 
notado la mutua atracción que nos guiaba, sino 
como fórmula del completo desarrollo de núes 
tros sentimientos más puros y más santos; como 
ultima flor de la filogenitura. ¡ Ah doña Mila- 
gros! ¡Mujer soñada en mi juventud, bendita 
seas ! Y al pie de la cama , con el rostro sepul- 
tado en los pliegues de la colcha, juré yo enton- 
ces pagar tu admirable conducta con algún 
rasgo admirable también, digno de ti y de mí y 
de la delicada hermosura de nuestras relacio- 
nes — porque ya creí poderles dar en mi interior 
este nombre dulce y significativo. 

Sí: era preciso que me elevase á la misma 
altura que tú, ¡oh mi dueña y maestra, ley 
y norma de mi vida! Porque en aquella oca- 
sión lo veía claramente: la única persona que 
había realizado ante mis ojos el tipo de la 
bondad era doña Milagros. Pronta á sacri- 
ficarse por todos; con el sentimiento más her- 
moso y más santo en la mujer, que es la ma- 



POR E . PARDO EAZÁN 



2*7 



ternidad, tan poderosamente desenvuelto que 
absorbía los restantes; sencilla, humilde, man- 
sa, desprendida, tierna, doña Milagros era la 
encarnación de ¡o bueno femenino. Para que el 
cuadro fuese completo; para que no faltase 
pincelada alguna , ahora se había demostrado 
del más evidente modo , que no sólo doña 
Milagros era la misma honestidad, sino la ho- 
nestidad heroica, dispuesta á arrostrarlo todo 
por no mancharse. Yo no ignoraba sus temo- 
res; yo sabía que ella tenía previsto el crimen. 
Una compasión ternísima, una dulzura llena 
de beatitud me inundaban al pensar que á mí 
se debía la brillante prueba de integridad dada 
por la señora. Y al mismo tiempo, me estremecía 
pensando en la terroríñca escena de que habían 
sido testigos aquellas paredes; la infeliz, sola 
con el dragón furioso, sin poder oponer á sus 
amenazas y violencias más que el grito ahoga- 
do por el miedo, viendo brillar siniestramente 
la navaja, percibiendo el frío de la hoja, sin- 
tiendo correr la sangre, cayendo desmayada... 
Dios la había preservado : Dios había querido 
que el monstruo no tuviese la mano certera 
sino para hacerse justicia ; Dios había resuel- 
to dar á todos, al público malvado y suspi- 
caz, testimonio de que ni el armiño ni la nieve 
podrían emular á doña Milagros en limpieza! 
Sí: yo veía en la bárbara y desesperada ac- 
ción del mozo la huella indudable de esa Pro- 
videncia en la cual siempre he creído, v que 
de tiempo en tiempo derrama su gracia y su 
luz sobre nosotros, para confundir á los mal- 



288 



DOÑA MILAGROS 



vados y alentar á los buenos. El doble atenta- 
do de Vicente era diadema de gloria puesta so- 
bre las sienes de doña Milagros. 

Entonces fué cuando adquirí el plenísimo 
convencimiento de que una mujer, así sea 
limpia y firme como el diamante, y así los 
sucesos la ofrezcan ocasiones especialísimas 
de revelar estos méritos á la faz del mundo, 
siempre está expuesta á que la calumnia ha- 
lle resquicios por donde eclipsar el resplan- 
dor de la acción más memorable y digna de en- 
comio. Nadie lo dude: por unanimidad no se ha 
proclamado todavía la castidad de una mujer, 
¡ni aun de la que pisa las estrellas y apoya el 
pie en la luna! ¡Por unanimidad no hay tampoco 
hombre bueno, guerrero valeroso, sabio pro- 
fundo ni excelso artista! La reputación es un 
espejo grande, claro, hermoso, pero que siem- 
pre en alguna esquina aparecerá empañado. 
Limpiad la mancha, y reaparece por la esqui- 
na opuesta. Parece que un travieso diablillo 
colgado del espejo se entretiene en soplar aquí 
y allí enturbiando la superficie. 

Digo esto, porque ¿quién creería que después 
de la tragedia en que doña Milagros afirmó 
á tanta costa su virtud , no había de estar á 
cubierto —enteramente á cubierto — de malé- 
volas suposiciones, y que no se habían de 
postrar todos reconociendo su valor y tribu- 
tándola el merecido respeto? Pues no sucedió 
así. Los eternos enemigos de la señora, los in- 
cansables detractores de aquel ser para mí ce- 
lestial, encontraron medio de sacar de su gloria 



POR E. PARDO BAZÁN 



289 



su deshonor, y de sepultarla en lodo con lo mis- 
mo que debiera servir para ponerla en las nu- 
bes.— Yo, que me lancé á todos los corrillos, y 
en especial á los de la Sociedad de Amigos , á ✓ 
gozar de mi triunfo y á escuchar cosas que me 
lisonjeasen, noté con asombro y cólera que 
abundaban más las reticencias, las dudas y las 
descabelladas hipótesis, de las cuales salía 
muy mal librado el decoro del comandante, y 
más nublada que nunca , la fama de su esposa. 

Sostenían, en efecto, con el encarnizamiento 
de la saña y la malicia, que no se explicaba la 
conducta de Vicente, sino suponiendo que creía 
tener sobre su ama algún derecho que la flaque- 
za de ésta le hubiese concedido. Afirmaban que 
en aquella suprema entrevista última, que, 
aparte de los interesados, sólo tuvo por testigo 
á Dios, habían mediado reconvenciones, car- 
gos, amenazas, súplicas — cuanto media en- 
tre el amante abandonado y la mujer has- 
tiada y resuelta á desembarazarse de él á 
toda costa, porque la asusta, porque constituye 
un obstáculo.— Aseguraban,— como si lo hubie- 
sen visto, que el bárbaro había colocado á la 
señora en la espantosa disyuntiva de morir ó 
continuar arrostrando la reprobación general 
y el peligro de despertar las sospechas de su 
esposo; y juraban que era tal la idolatría del 
mozo por su señora, que, al derramar la san- 
gre de aquellas venas , al pensar que había he- 
rido, quizás mortalmente, á doña Milagros, lo 
vió todo negro, y, loco de dolor, de desespe- 
ración y de remordimiento , volvió contra sí 
Adán y Eva io 



2Q0 



DOÑA MILAGROS 



su rabia, tan aturdido, que arrojó al suelo la 
ensangrentada hoja, sin ocurrírsele servirse 
de ella para matarse. 

— Ya jamás se despejará la incógnita de 
este drama— -decía con silbo de serpiente Bal- 
tasar Sobrado. —El muerto no habla, y la 
viva, claro que ha de decir lo que más la con- 
venga. En amoríos domésticos no median 
cartas. No se encontrará prueba alguna... Pero 
los que conocemos la vida, no nos tragamos esta 
clase de Lucrecias. ¡Seráfico D. Tomás Lla- 
nes! ¡Cuando pienso que las nueve décimas par- 
tes son así! Por supuesto, que al pobre dia- 
blo no le queda más recurso que pedir el tras- 
lado. Sé que al capitán general le haría poquí- 
sima gracia que después de la tragedia siguiese 
viviendo aquí. Eso lo guisarán en familia los 
del cuerpo. La cosa es tan feílla, que le echarán 
un capote para taparla. ¡Bah! Todo se arregla 
en este mundo. . . y á los diez años, todo se olvida! 

¡ Ah venenoso áspid! Si yo no te debiese cinco 
mil pesetas , á las cuales ya había abierto una 
brecha regular, ¡ cómo te metería el resuello en 
el cuerpo! Pero eras el ser sagrado, á quien sa- 
ludamos hasta los pies despreciándole profun- 
damente: eras elacreedor... Contra el acreedor 
no hay razones. Agaché la cabeza. Lo que más 
me afligió fué ver que de tu detestable opi- 
nión era partícipe una persona en quien yo tenía 
gran confianza, aun cuando desde entonces la 
perdí. Moragas, de regreso de su viaje y al en 
terarse de lo ocurrido , había exclamado arru- 
gando la expresiva fisonomía : 



POR K. PARDO BAZÁN 



291 



—Esas cosas nunca suceden antes de la letra. 
Tal furia pasional, tales arrebatos ciegos y 
destructores , es casi increíble que no tengan 
por raíz los sentidos exaltados con el cebo de 
la posesión. 

Como á Moragas no le debía yo un céntimo, 
me creí en el caso de contestarle : 

— Vds. no ven en todo más que materia. Son 
Vds. tuertos del entendimiento. Les compadez- 
co... porque no les quiero aborrecer! 



XIX 



El epílogo de mi historia con doña Milagros 
coincidió con muy importantes acontecimientos 
para mi familia. Perdí á dos hijas casi al mismo 
tiempo... Clara, acompañada del Penitencia- 
rio, salió hacia Compostela dispuesta á que ci- 
ñese su frente la toca de las novicias. Y Tula, 
¡nada menos que Tula!, con toda su severidad, 
su acritud, sus principios de orgullo y sus alti- 
vas frases fielmente calcadas en las de mi po- 
bre esposa..., cogió al aguilucho de la familia 
y lo chapuzó... ¿dónde diréis que chapuzó al 
mísero pajarraco? ¡En la bacía del barbero Re- 
dondo! Sí: con el hijo del rapista, con el pintor- 
cejo de puertas y ventanas fué con quien Tula 
se resolvió á renunciar á su honesta soltería, 
y á entrar en el amor y el matrimonio, paraísos 
desconocidos para ella hasta entonces... 

Me avergüenza esta página. Quiero pasarla 
por alto ó punto menos , corriendo un velo so- 
bre el error de una doncella á quien tuve, no 
solamente por recatada é invencible, sino por 
preciada de su calidad y deseosa de conservar 



294 



DOÑA MILAGROS 



siquiera el prestigio de un distinguido naci- 
miento... Los chismes de Feíta no habían he- 
cho mella en mí; juzgué que eran invenciones 
de aquella cabeza caliente y destornillada... La 
caída de Tula me recordó que el hambre de 
amor, como la otra, hace olvidar las facticias 
jerarquías sociales, y conduce á la más demo- 
crática igualdad, á la nivelación más absoluta... 
Bajo el impulso de esta necesidad apremiantí- 
sima; bajo la fuerza de está ley, todo lo con- 
vencional desaparece, y sólo quedan en pie 
Adán y Eva, la primitiva pareja del Edén, el 
varón y la hembra atraídos el uno hacia el otro 
merced á instintos que á veces ni saben defi- 
nir... Tula no encontraba su media naranja, y se 
moría por dar con ella, hasta que se la brindó la 
embadurnada mano del vástago del rapabar- 
bas. Y verla y asirla fué todo uno. 

Hemos ignorado siempre cómo se desenvol- 
vió el idilio. Yo bien noté que el pintor venía 
muy á menudo á mi casa; pero lo consideraba 
efecto de su carácter solícito y servicial. Que- 
riendo Sobrado cumplirnos su palabra de ade- 
centar el piso donde vivíamos , envió al hijo de 
Redondo para que diese una mano de pintura 
gris perla á las maderas, — puertas, ventanas 
y galería,— con lo cual el mozo se pasó una 
quincena dentro de nuestro hogar , tanto más 
libremente, cuanto que nadie sospechaba que 
sus brochas gordas fuesen flechas del carcaj 
de Cupido.— Así que se difundió por la ciudad 
la noticia de que Tula, la almidonada y remil- 
gada Tula, descendía hasta el pintorcejo, los 



POR E. PARDO BAZÁN 



295 



comentarios versaron principalmente sobre un 
punto tan delicado como difícil de esclarecer: 
¿de qué manera habían principiado á entender- 
se los amantes? Dada la condición social del 
muchacho, casi todos suponían que la iniciativa 
no habría partido de él. Y Regaladita Sanz, con 
su voz dulce y melosa y su chancera suavidad 
de devota aristocrática , declaró en la tertulia 
de la marquesa de Veniales que sin duda alguna 
mi hija se había declarado de un modo indirec- 
to, y que probablemente, colocándose delante 
del pintor en ocasión en que éste embadurnaba 
con más brío, habría exclamado suspirando 
hondo : 

— ¡ Ay! ¡Quién fuera puerta! 

Así ó de otro modo, es lo cierto que la pareja 
se arregló , y que la descendiente de los anti- 
guos señores de Villalba entregó su mano seca 
y febril al nieto de cien Fígaros. En la activa 
desintegración que se verifica en la socie- 
dad contemporánea, mi hija, procedente de la 
vieja aristocracia de aldea, y perteneciente ya, 
por nuestra escasez de recursos, á la modesta 
clase media, se perdía, por ansia amorosa, por 
obediencia á ineludibles leyes naturales, en las 
filas obscuras del populacho... Casada con Re- 
dondo, mi hija encendería la lumbre, la sopla- 
ría , arrimaría el puchero , barrería ella misma 
su cuarto, y tal vez ¡perspectiva afrentosa! ten- 
dría que bajar al lavadero para retorcer los pa- 
ñales de mis nietecillos... Estando yo, muy abati- 
do, en lid con estos pensamientos, díjome Feíta: 

- ¿Ve, papá? ¿Ve la gracia de Tula? ¿Ve cómo 



296 



DOÑA MILAGROS 



caen primero las torres más altas? ¿Ve el afán 
de casarse? ¿Ve el no haber más Dios ni más 
Santa María que encontrar marido? ¿Se con- 
convence ahora de que tengo razón? 

— Bueno, bueno... Chiquilla, que me duele la 
cabeza... ¿En qué quieres tener razón tú? 

—En mis proyectos de buscarme la vida sin 
aguardar al mosiú que venga á sacarme de pe- 
nas. ¿Qué le parece, los asquitos y las monadas? 
Mucho de señoritas y mucho de que nos reba- 
jaríamos trabajando y ejerciendo una profe- 
sión... Ya me dirá qué bonita profesión la que 
va á ejercer Tula ahora. El estropajo y la escoba 
sean con ella. Más le valiera... aunque fuese... 
pintar puertas como su marido! y con lo que 
ganase pagar una criadita. ¡Ay papá! Lo que 
es á mí... A mí no me cogen. Yo me las arre- 
glaré : yo les haré á todos la mamola. 

—Tú estás más loca y más en Belén que la 
misma Tula— contesté severamente. 

— No , papá : yo soy la única persona que está 
aquí en su juicio... Guíese por mí, que tengo 
revelaciones... como dicen los libros que leía 
Argos. Tula ya hizo la trastada; Clara se buscó 
la vida á su manera; yo... yo... soy yo. Mire 
ahora por Rosa y por Argos. No se duerma: le 
advierto que están las dos muy en peligro. ¡Muy 
enpeligro! A Rosa... no quiero asegurarlo aun... 
pero me .parece que la ronda un pez... Qué pez! 
En fin, chito... atiéndalas, papá... Son bonitas... 
no tanto como les dicen los memos, pero en fin, 
son bonitas... Argos tiene además esa voz... 
Mándela á Madrid á estudiar, aunque sea ha- 



POR E. PARDO BAZÁN 



297 



ciendo un sacrificio. Que cante, ¡que salga á las 
tablas! ¿No vale más salir á oir aplausos, que 
repasarle los calcetines á Redondo? ¡V. no me 
da crédito! Tampoco me creyó cuando le avisé 
que Tula estaba dispuesta á casarse con el 
mismísimo diablo... Pues acerté. 

Las reflexiones que debieran sugerirme es- 
tas advertencias de la muchacha, se borraron 
entonces porque sobrevino otro suceso que 
embargó mi espíritu. Los esposos Llanes ha- 
bían sido trasladados á Barcelona. Todo el 
mundo aplaudió y comprendió el traslado : se 
imponía, era de cajón; resolvía una situación 
embarazosa. Aunque el terrible drama había 
valido al matrimonio bastantes manifestacio- 
nes de simpatía (pues en el fondo la gente 
marinedina es buenaza y afectuosa), con todo 
eso, después de ciertas catástrofes, aunque 
no alcance á las personas que en ellas inter- 
vienen responsabilidad alguna, se diría que en 
el ambiente que las rodea flota una nube de 
siniestra obscuridad, y que se les hace indis- 
pensable respirar otra atmósfera, ver otras ca- 
ras y residir en otros lugares, que no recuer- 
den el pasado. El matrimonio Llanes debió de 
comprender que no había más camino; ma- 
rido y mujer se habían quedado muertos... 
"Nos han dao cañaso,, — decía la señora... La 
populosa capital y sus distracciones tenían que 
hacerles un bien muy grande. Así lo recono- 
cían todos... Sólo yo no podía acostumbrar mi 
corazón á la perspectiva de no ver más á doña 
Milagros; sólo yo, que había erigido á aquella 



298 



DONA MILAGROS 



señora un templo, que ya había logrado purifi- 
car mi pasión enteramente y llevarla á tal gra- 
do de decantación espiritual que ni al mismo sol 
ofendería, no acertaba á resignarme á que des- 
apareciese para siempre de mi vida aquel atrac- 
tivo, aquel estímulo, aquel sueño, aquella mu- 
jer que triste, enferma aún, sin su charla y su 
vivacidad de antaño , me interesaba cien veces 
más , y despertaba en mí tal efusión de ternura 
y engendraba tales ilusiones purísimas , que 
mientras la mirase y oyese su voz, no me cree- 
ría viejo. 

Era preciso, sin embargo, separarse. El día 
se aproximaba, y cuanto más cerca lo veíamos, 
más patente era el desconsuelo y la pasión de 
ánimo de doña Milagros. ¿Cabía atribuirlo á la 
herida? No; la herida era un rasguño; apenas 
había causado fiebre. El susto y la aflicción sí 
que explicaban racionalmente el que doña Mila- 
gros apareciese tan decaída. — Huía de mí: todo 
mi afán de tener con ella una conversación á 
solas,— de esas pláticas en que se desahoga el 
alma, — fué inútil: la señora me evitaba cuida- 
dosamente, y dos ó tres veces, al dirigirla la 
palabra, oí que reprimía un sollozo, y noté su 
fatiga y su angustia. 

La víspera del día fijado para la marcha, en 
ocasión de hallarme reclinado sobre el antepe- 
cho de mi ventana favorita, junto al tiesto de 
heliotropos en flor, se me representó con más 
fuerza que nunca la imagen de doña Milagros, 
la santa mujer calumniada por todos... y hasta 
por mí; víctima de su deber y juguete de la in~ 



POR E. PARDO LAZAN 



299 



justicia del mundo; reflexioné sóbrelas causas 
de su misteriosa tristeza, de su profunda depre- 
sión física y moral; medité por centésima vez en 
si podría darla algún consuelo , serla en algún 
modo útil ó grato, — porque comprendía en 
aquel instante que lo único que podría aplacar 
el dolor de la separación sería un gran sacrifi- 
cio, una ofrenda...— y de pronto, mientras mis 
ojos seguían el gracioso columpiarse de un es- 
quife blanco sobre las ondas de la bahía, sentí 
algo como llamarada súbita, el escalofrío de la 
inspiración... Se me había ocurrido la idea feliz, 
la idea que debía servir de consuelo á doña Mi- 
lagros, expresarla cumplidamente mi respeto, 
mi veneración, mi idolatría, y, por último, es- 
tampar la ceniza en la frente á los que se habían 
atrevido á murmurar de la señora. Sí : aquello, 
y sólo aquello, podía simbolizar de un modo 
adecuado lo que representaba doña Milagros en 
la sencilla y corta historia de mi corazón. — Y la 
idea me infundió al instante tal alborozo, que 
no quise tardar ni un minuto en ponerla por 
obra. 

Entré en el cuarto donde dormían las geme- 
las, destetadas ya y reunidas en la misma caini- 
ta de hierro. Detúveme un instante á contem- 
plarlas. Sobre la almohada descansaban las 
cabezas encantadoras, y se esparcía una hoja- 
rasca de rizos castaños alborotados , confundi- 
dos, tocándose las dos frentes que el sueño 
humedecía de ligerísimo aljofarado sudor. Las 
respiraciones se mezclaban ; un brazo de Zita 
rodeaba el cuello de Media; ésta, adelantando 



3°° 



DOÑA MILAGROS 



el hociquito, mamaba en sueños, como suele 
suceder á los niños recién despechados ; y la 
otra, sonriendo vagamente, muy sofocada, veía 
sin duda en el aire á sus hermanos los serafi- 
nes... Miré alrededor; cogí el pañolón de lana 
que las abrigaba los pies ; y sin temor á que se 
despertasen, las eché el mantón encima, las 
> enrrollé en él, y me las cargué al hombro... 
Seguían durmiendo. Sólo Zita gruñó y entrea- 
brió los párpados , que se volvieron á cerrar 
de suyo. 

Bajé las escaleras á escape: había recupera- 
do todo el vigor juvenil, la fuerte agilidad de 
los veinte años... Pegué á la puerta de doña 
Milagros un campanillazo arrollador, triunfal; 
entré de súbito en el gabinete, donde la señora 
doblaba ropa que iba á colocar en una maleta; 
con impulso delirante, llorando y riendo, la 
presenté las criaturas , los dos seres por quie- 
nes y en quienes nos habíamos amado... 

¿Que qué la dije? Maldita la cosa: no hizo 
falta. El presentimiento y la esperanza la ha- 
bían iluminado á ella , como la devoción y la 
ternura [á mí... Abrió los brazos y estrechó á 
las gemelitas y á su padre á la vez ; y su boca 
trémula, impensadamente, rozó mi boca, y nues- 
tros ojos mezclaron sus lágrimas, mientras 
ella balbucía : 

— ¡Querío... querío! ¡Dio te lo pague! 

Si en Marineda armó alboroto el que se lle- 
vase á mis dos niñas doña Milagros, lo dejo á 
tu penetración, amigo que esto lees.— La opi- 
nión más general fué que yo había querido 



POR E. PARDO BAZAN 



301 



redimir un censo. — Estuve en la cama varios 
días; se me apagaron las pupilas; se me dobló 
el espinazo; aumentaron mis canas como si ne- 
vase en mi pobre cabeza... pero no me valió. 
Yo era un mal padre... y además, un viejo 
chocho. 



FIN DE DOÑA MILAGROS 



OBRAS COMPLETAS 



DE 

EMILIA PARDO BAZÁN 



Tomo L— La cuestión palpitante. —Precio, tres pesetas. 
Tomo II.— La piedra angular (novela). — Precio , tres 
pesetas. 

Tomo III. — Los Pazos de Ulloa (novela).— Los dos to- 
mos, cuya primera edición se vendía á seis pese- 
tas, en un volumen, al precio de tres pesetas. 

Tomo IV. — La madre naturaleza (novela). — Los dos 
tomos, cuya primera edición se vendía á seis pe- 
setas, en un volumen, al precio de tres pesetas y 
media. 

Tomo V.— Cuentos de Marineda.— Tres pesetas. 

Tomo VI. — Polémicas y estudios literarios.— Tres pesetas. 

Tomo VIL — Insolación y Morriña (dos novelas amoro- 
sas).— Tres pesetas y media. 

Tomo VIII.— La Tribuna (novela).— Tres pesetas. 

Tomo IX. — De mi tierra (segunda edición).— Tres pe- 
setas. 

Tomo X.— Cuentos nuevos.— Tres pesetas. 
Tomo XI. — Doña Milagros (novela nueva). — Tres pese- 
tas y media. 



Los pedidos á la Administración de las Obras de 
E. Pardo Bazán, 

CALLE DE SAN BERNARDO, 37, PRAL. 

Y EN LAS PRINCIPALES LIBRERÍAS 



BIBLIOTECADELA MUJER 

La importancia que desde mediados de este siglo va 
adquiriendo el destino de la mujer, y la agitación que en 
favor de su cultura se advierte en los pueblos más civili- 
zados , sugirió á Emilia Pardo Bazán la idea de publicar 
una Biblioteca donde tuviesen cabida cuantas obras pue- 
den servir para completar el conocimiento científico, his- 
tórico y filosófico de la mujer en todas las épocas y en to- 
das las literaturas. 

TOMOS PUBLICADOS 

I. — Sección religiosa. — Vida de la Virgen María, se- 
gún la Venerable de Agreda. (La primera edición se halla 
agotada ya). — Tres pesetas. 

II. — Sección sociológica. — La Esclavitud femenina, 
por John Stuart Mili. — Tres pesetas. 

III. — Sección novelesca. — Novelas escogidas de doña 
María de Zayas. — Tres pesetas. 

IV. — Sección biográfica, — Reinar en secreto (La Main- 
tenón), por el Padre Mercier, de la Compañía de Jesús, 
con un estudio crítico de G. Merlet. — Tres pesetas. 

V. — Sección histórica. — Historia de Isabel la Católi- 
ca, por el barón de Ñervo, y Elogio de la misma Reina, 
por D. Diego Clemencín. — Tres pesetas. 

VI. — Sección pedagógica. — La Instrucción de la mujer 
cristiana, por Juan Luis Vives, famoso polígrafo valen- 
ciano. — I. Tratado de las Vírgenes. — Tres pesetas. 

VIL— Crítica. — La Revoluciónala novela en Rusia, 
por Emilia Pardo Bazán. — Tres pesetas. 

VIII. — Viajes. — Mi romería , por Emilia Pardo Bazán. 
— Dos pesetas. 

IX. — La Mujer ante el socialismo, por Augusto Bebel, 
jefe de los socialistas alemanes.— Tres pesetas. 

Seguirán á estos tomos : 

En la Sección biográfica. — Memorias de Madama de 
Stael. — Días felices, por la autora de La Choja de Tom. 
— Recuerdos de la vida de Lord Byron , por una dama. — 
En la histórica: — Las mujeres de la Revolución francesa: 
I. Las realistas. II. Las republicanas. — En la novelesca: 
—Adam Bede, por Jorge Elliot. — Cuentos para niños, por 
Madama de Girardin. 







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